Actividad laboral esencial: magia

En el mundo del buceo el nombre de moda es el de Alexey Molchanov, un ruso que hace cosa de un mes batía el Guiness de apnea dinámica bajo hielo con un recorrido de 180 metros. El de Volgogrado ostenta una docena de récords mundiales, además de ser ocho veces campeón del mundo. Su madre lo hizo en 22 ocasiones y batió más de 40 plusmarcas.

Se estima que una persona en condiciones normales puede aguantar sin respirar unos 2 ó 3 minutos. A partir de esa franja, el dióxido de carbono se acumula en nuestro organismo haciéndonos sentir la imperiosa necesidad de respirar. La ausencia de oxígeno -primero en la sangre, después en el cerebro- puede provocar una hipoxia que desencadenaría la hecatombe: confusión, pérdida de coordinación, dolor, calambres, aumento de la presión sanguínea, desmayos, daño cerebral, muerte. Superados los 6 minutos sin respirar, los riesgos son mayúsculos.

La clave para superar nuestro propio umbral es, aunque parezca paradójico, relajarnos, entrar en un estado profundamente meditabundo. Ponernos nerviosos acelerará nuestro pulso, aumentará el gasto energético y el oxígeno se consumirá mucho más rápido. Es necesario distraer la mente, evadirse en la medida de lo posible de aquello que estamos haciendo, que no es otra cosa que experimentar nuestros propios límites. El ilusionista David Blaine propone una curiosa táctica: repasar el abecedario de la A a la Z buscando nombres que comiencen por esas iniciales, incluso personajes históricos. Con esta estrategia, el neoyorquino consiguió permanecer 17 minutos y 4 segundos sin respirar bajo el agua.

Todos estos hitos tienen un denominador común: una sacrificada preparación que requiere una dieta estricta, ayunos, dormir en cámaras hipóxicas, entrenarse en ambientes pobres en oxígeno y ejercicios de hiperventilación para eliminar CO2 de los pulmones. Gracias a ello, los buceadores son capaces de beneficiarse del reflejo de inmersión mamífero, ralentizar su corazón y reducir la actividad metabólica.

Hay estudios que demuestran que a todo se adapta el ser humano. Los pescadores brasileños que bucean tiene pulmones más grandes que los que lo hacen sobre la superficie, mientras que los buscadores de perlas asiáticos producen un 10% más de glóbulos rojos -que contienen la hemoglobina que transporta oxígeno- durante sus inmersiones.

El ser humano es tan excepcional que no sabemos todavía de lo que somos capaces. En mayo de 2012 el récord de apnea con respiración previa de oxígeno puro era de 12 minutos y 34 segundos. Hoy casi se dobla: 24 minutos y 11 segundos.

 

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Hace un mes desconocíamos que pudiésemos pasar más de 24 horas en casa. Hoy se cumple un mes de confinamiento y sin ni siquiera ver el horizonte, estos ejemplos nos demuestran que todavía podemos aguantar mucho más. Y que a todo se adapta el ser humano. Nuestro éxito pasa por entrenar nuestro cuerpo y nuestra mente, relajarnos y dosificar nuestra energía. Podemos evadir nuestra mente escribiendo, leyendo un libro, bailando o repasando el abecedario.

Decía Blaine tras una charla TED que su magia consistía en “entrenar, practicar y experimentar mientras aguanto el dolor para sacar lo mejor de mí mismo”. Sigamos haciendo magia.

 

Artículo publicado en El Correo Gallego

Remando como uno solo

Los Juegos del 36 fueron un artificio que Hitler se sacó de la chistera para mostrarle al mundo que su invento llamado nazismo no era tan malo. En el estadio Olímpico de Berlín todavía resuenan los cuatro sopapos de oro que el afroamericano Jesse Owens le endosó al canciller imperial, pero en la cuenta, muchos olvidan el guantazo que el equipo de remo de ocho le propinó al Führer a orillas del Langer See. Todos aquellos acreedores del laurel huían de algo. La familia de Owens en la Gran Migración Negra, las de los muchachos de Washington, de la Gran Depresión.

En 1933 uno de cada cuatro estadounidenses en edad laboral no tenía trabajo ni perspectiva de encontrarlo y tan solo una cuarta parte recibía ayudas. Eran los ecos del crack del 29. Muchos lo perdieron todo y se crearon asentamientos precarios -hoovervilles- donde proliferaban, con suerte, agricultores, madereros o pescadores. De ahí salieron los chicos del 36.

El equipo olímpico de remo de Estados Unidos que logró el oro en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. De izquierda a derecha, Don Hume, Joe Rantz, Shorty Hunt, Stub McMillin, Johnny White, Gordy Adam, Chuck Day y Roger Morris. Agachado, Bobby Moch.

El día de la prueba clasificatoria, Don Hume, remero de popa y encargado de marcar el ritmo, apenas podía salir de cama achacado por una intensa fiebre. Compitió, ganó y se desplomó terminada la regata. Estados Unidos se clasificó directamente para la lucha por las medallas donde le fue asignado el carril más desfavorable. El estado de Don Hume empeoró de forma trágica. «Tiraremos de él hasta la meta. Mételo. Solo para que nos acompañe», pidieron sus compañeros al entrenador.

Un segundo le sacó el batel americano al alemán. Y un segundo tardó Hitler en abandonar la grada del embarcadero.

El 31 de marzo, pero de 1914, nacía el paladín de esta banda, Joe Rantz. Con apenas cuatro años vio como su madre moría de cáncer siendo capaz de reponerse a toda una vida de contrariedades para inscribir su nombre en las páginas doradas del olimpismo. Quizá Rantz, con una ingeniería química bajo el brazo, era el mozalbete mejor preparado de los nueve que remaban como un solo hombre en la embarcación norteamericana en el canal de Grünau. Pero cuando falta la ciencia, o no se saben leer sus argumentos, sobra el corazón. Y aquellos desgarbados iban sobrados de coraje.

Pasaporte olímpico de Joe Rantz, remero en el que el autor de 'Remando como un solo hombre', Daniel James Brown, se centró para escribir su libro.

El éxito yanqui tuvo once nombres. Los ocho que remaron, el timonel, su sintonía y su compenetración.

Veo en Rantz a la ciencia que no sabemos interpretar. Y en Hume a los sanitarios abatidos, que no dejan de bregar. Nosotros, el pueblo que confía en sus paladas. Y podemos sentirnos hastiados. Pero por duras que sean las condiciones, por fuerte e ignorado que sea el enemigo, solo hay una forma de vencer: remando como uno solo.

Artículo publicado en El Correo Gallego

El Partido de la Vida

En 1942 el horno de la panadería estatal número 3 de Kiev dejó de producir hogazas para engendrar a un equipo invencible. Una masa de valentía, arrojo y talento resultó ser el antídoto contra los nazis en una liga de fútbol en que los soviéticos vapuleaban todo cuanto encontraban en su camino. Fue un mecenas fortuito quien reclutó en su tahona a los jugadores del Dinamo y del Lokomotiv para darle vida al FC Start.

Las palizas que los ucranianos infligían a las guarniciones húngaras, rumanas, trabajadores de ferrocarril o soldados del ejército alemán hicieron saltar las alarmas de un imperio que se creía inexpugnable. El mejor equipo teutón, el Flakelf, pidió la revancha tras encajar un deshonroso 5-1, no sin antes reforzarse con los servicios de los mejores jugadores del Tercer Reich. He aquí el 9 de agosto de 1942 y el Partido de la Muerte que ganaron, una vez más, los comunistas por 5-3.

Se dice que antes del partido un oficial de la Gestapo se dirigió a los jugadores soviéticos exhortándolos a perder: “como ganéis un solo partido os fusilo a todos” a lo que Mykola Trusevych, alma máter del Start, replicó: “jugaremos hasta la muerte”. Los periodistas del régimen comunista embellecieron la historia creando un hermoso relato dedicado a un pueblo necesitado de aliento.

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Los jugadores de Kiev llevaban grabado en su ADN el carácter del guerrero. Con el estallido de l conflicto fueron enviados a las trincheras para luchar junto a los partisanos asiendo fusiles con bayonetas que nunca antes habían utilizado. Realizaron misiones que el poder calificó de “milagrosas y heroicas” y formaron una pléyade de mozos audaces bautizados por la plebe como “héroes deportistas”.

Hoy el monstruo que nos acorrala no lanza granadas ni obuses, pero mata de igual modo. Nuestro pueblo necesita aliento, pero no es hora de crear relatos épicos como los de la propaganda soviética. Los únicos artículos que deben llenar boletines y noticieros son aquellos que no estén pintados de ningún color más que el de la franqueza.

Y nuestros deportistas no han sido llamados a filas pero también pueden ser héroes o heroínas. Los jugadores de Kiev no querían embarrarse en las zanjas de guerra, pero lo hicieron por su país, por su gente. Toca quedarse en casa. Luchar desde el salón y desde los balcones, desde los fogones y desde las escaleras del descansillo. Toca prepararse para volver a subir a podios mundiales como héroes y como deportistas. Toca jugar el Partido de la Vida. Y solo nos vale la victoria.

Artículo publicado en El Correo Gallego

¿Tokio 2020?

La Primera Guerra Mundial alineó a Alemania en la coalición de las Potencias Centrales formada por los imperios aelmán, austrohúngaro, otomano y el reino de Bulgaria. 1916 fue un año clave para la Gran Guerra celebrándose en la Galitzia ucraniana una de las batallas con más bajas de la historia, la ofensiva Brusílov, o lo que es lo mismo, rusos contra alemanes y austrohúngaros con un resultado de millón y medio de víctimas. En aquel funesto año deberían haber tenido lugar en Berlín los Juegos de la VI Olimpiada.

Dos décadas y tres años después, recién comenzado el segundo conflicto armado mundial, Finlandia se veía forzada a combatir por su soberanía en la cruda Guerra de Invierno contra la Unión Soviética que buscaba mejorar su posición estratégica contra el eje. El enfrentamiento concluyó el 13 de marzo de 1940 causando a los soviéticos su derrota más severa. El Archivo Militar Estatal de Rusia confirma 170.000 desaparecidos en la gélida frontera ruso finesa. En aquel fatídico año deberían haber tenido lugar en Helsinki los Juegos de la XII Olimpiada.

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Tan solo cuatro años más tarde, en el verano de 1944, más de tres millones de beligerantes de las fuerzas aliadas -en este caso Reino Unido, Estados Unidos y Canadá- pisaban suelo normando para liberar los territorios de Europa Occidental ocupados por la Alemania nazi. La Operación Overlord culminó con alrededor de 400.000 víctimas mortales. En aquel letal verano deberían haber tenido lugar en Londres los Juegos de la XIII Olimpiada.

Tres cuartos de siglo después de la última cancelación de unos Juegos de Verano, el COI expresaba este martes “su pleno compromiso con el éxito de los Juegos de Tokio 2020”, porque la sombra de su anulación planea sobre el imperio del sol naciente en forma de COVID-19. Una gripe que hasta la fecha se ha cobrado más de 3.000 vidas en todo el mundo, la gran mayoría de ellas, personas de avanzada edad o con patologías previas.

Las consecuencias de la crisis del coronavirus en política, economía y diplomacia, el derrumbe de China como la economía que amedrentaba a Occidente, la recesión italiana o los infames pronósticos de la OCDE nos muestran un juego de vencedores y vencidos en lo que ya ha sido denominada como la Primera Guerra Mundial del Siglo XXI, la Tercera de nuestra historia, y, por lo tanto, el cuarto motivo bélico por el que se suspenderían unos Juegos de Verano.

Solo queda seguir la receta con la que Jorge VI intentaba animar a los suyos ante el peligro de una invasión nazi en plena Segunda Guerra Mundial: “Keep calm and carry on”.

 

Artículo publicado en El Correo Gallego

Übermensch

1983. Helsinki. Un efebo asombra al mundo saltando con su pértiga sobre los 5,70. Es ucraniano aunque él cree que es ruso, hasta que en diciembre del 91 Gorbachov dimita como presidente de la URSS. No llega a los 20 y acaba de proclamarse campeón mundial con una marca que se acompleja ante los 5,81 de Polyakov, récord de la especialidad. A partir de ahí, el irreverente chaval de Lugansk -Serguéi Bubka- es el encargado de subir el techo del salto humano desde los 5,85 de Bratislava hasta los 6,14 de Sestriere en 10 esplendorosos años de abuso.

1983. Múnich. Una atleta veterana y de aspecto recio compite en una reunión germana como preparación para Helsinki. Se llama Jarmila Kratochvílová y es checoslovaca, al menos hasta que en el 93 se forme la República Checa. Toda su carrera ha estado eclipsada por Marita Koch, de la RDA. Un calambre provoca que en el último segundo decida correr los 800 para minimizar riesgos y probar ritmo. Es su tercera carrera oficial en la distancia y para el crono en 1:53,28 estableciendo un récord mundial casi cuatro segundos inferior a su mejor marca.

JARMILA KRATOCHVILOVA

2020. Torun y Glasgow. En una semana un púber sueco llamado Armand Duplantis pulveriza por dos veces (6,17 y 6,18) el récord refinado por Bubka durante toda una década. La alianza de la tecnología con la depurada técnica del nórdico devastan todo lo anterior.

Es un proceso normal. De las 150 plusmarcas mundiales de atletismo de hombres y mujeres, más de 100 han sido conseguidas en los últimos 20 años y prácticamente la mitad (70) en el último decenio. El primer récord mundial reconocido son los 47,8 segundos de Maxey Long en los 400 metros de Nueva York. Ocurrió hace 120 años.

El milagro de Kratochvílová es que nadie haya conseguido tan siquiera acercarse a su hazaña del 83 (también posee la plusmarca de los 400 indoor que data del 82). Otra de las más antiguas (1985) está en poder de su archienemiga Koch que frenó el crono de Canberra en 47,60 en los 400 metros outdoor. Ambas fueron señaladas por sus hechuras varoniles. El pecado de las dos rivales del tartan fue nacer en países que se encontraban al este del Telón y que iniciaron en los 70 un programa de dopaje pergeñado por sus gobiernos.

El Oral Turinabol -compuesto por hormonas sexuales masculinas- corría por las gargantas de los atletas comunistas sin freno ni control con el único objetivo de demostrar mayor músculo que Occidente en plena Guerra Fría. 40 años después solo quedan juguetes rotos, un carro de medallas y un par de récords que resisten el paso del tiempo como un busto de Lenin en medio del Polo Sur.

Artículo publicado en El Correo Gallego

La ola que hundió al caballo

El waterpolo cumplirá este año 150 primaveras, si nos guiamos por el primer documento oficial que da fe de su existencia. El 21 de julio de 1870 el tabloide ‘The Times’ se hacía eco de una nueva disciplina engrendrada por los hijos de la Pérfida Albión: «en la tarde de ayer, en la pileta del West-End, dos equipos formados por siete hombres cada uno, bajaron al agua para medirse en el juego de Foot-Ball acuático”.

Si Webb Ellis fue quien llevó la pelota de los pies a las manos con fina indiferencia por las reglas del fútbol, fueron otros coterráneos los que sumergieron el balón en el mar para completar la transmutación definitiva del football in the water. En sus albores, los jugadores competían montados sobre barriles de madera con cabezas de caballo, probablemente, para recrear el deporte milenario proveniente de Asia Central, el polo. Los británicos habrían entrado en contacto con él cien años antes, durante su período colonial en la India.

Durante sus primeros años reinó la anarquía. Los equipos, compuestos por hasta veinte jugadores, tenían el objetivo de colocar a dos manos una pelota manufacturada con el estómago de un cerdo sobre las balsas que defendía el portero, al que se le permitía estar de pie. La pelota podía conducirse sobre o bajo la superficie del agua, por lo que la picaresca impulsaba a muchos a esconderla dentro del bañador.

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La dureza del waterpolo se multiplicó cuando llegó a Estados Unidos. Su estilo propio permitía un infinito espectro de técnicas de lucha para bloquear a los rivales ignorando el balón. Las porfías cesaban cuando los jugadores perdían el sentido quedando sus cuerpos flotando en el agua hasta que los sacaban para reanimarlos.

En los Juegos Olímpicos de 1900, el waterpolo llegaba a París siendo, junto al fútbol, el primer deporte en equipo incluido. Inglaterra se hizo con la medalla de oro, gesta que repetiría ocho y doce años más tarde, en Londres y Estocolmo. En San Luis (1904) no compitió a sabiendas de que se utilizaría el sistema americano.

La de Suecia fue la última gran hazaña de los creadores del waterpolo, hace ya 108 años. La selección inglesa, en varones, solo volvió a comparecer en siete Juegos de 21 disputados y en el Mundial del 73. En féminas sus presencias internacionales se limitan a sus Juegos de 2012, los Mundiales de 1986, 2003 y 2013 -todos ellos en España- y los Europeos de 2012 y 2014. En los últimos Europeos, finiquitados hace diez días, el Reino Unido volvía a desaparecer bajo las aguas, en este caso del Danubio.

Artículo publicado por El Correo Gallego

La izquierda y la meritocracia

Yo me animo a jugar, hay que ver si usted se anima a ponerme”. Con estas ínfulas se presentaba un irreverente Daniel Alberto Passarella ante Pipo Rossi el día de su debut con La Banda. Su salto al ruedo en el desaparecido San Martín no pudo ser más mediático. Mar del Plata acogía su primer superclásico cuando millonarios y xeneizes bancaban juntos contra las teledifusoras argentinas que no emitían en prime time por la crisis energética. Se celebraban los cien años de la ciudad y el de Chacabuco cuajó una gran actuación. Sucedió hace 46 años. El 23 de enero de 1974.

Daniel Alberto siempre quería jugar. En la albiceleste y en el club de sus amores -al que llegó airado tras ser descartado por Boca-. Admite que el mundial de México fue la tristeza más grande de su vida porque a pesar de ganarlo, no pudo disputar ningún partido por una infección intestinal.

Tras triunfar en su primer año como central, el míster Ángel Labruna llegaba para frenar una sequía de 18 años. Una de sus primeras decisiones fue colocar al káiser en el lateral izquierdo cuando el Gorrión López se rompió. Labruna mandó a Passarella a jugar de 3 -zaguero izquierdo- a lo que el jugador contestó con un explícito: “andá la concha de tu madre”. Su insondable ego provocó que se negase a jugar en aquella posición, siendo relegado al banquillo hasta que el alineador reculó. Dicen que todo obedeció a un pacto: jugaría de lateral izquierdo cuando no hubiese ningún compañero que pudiese ocupar tal demarcación.

Veinte años más tarde no hubo opción a pacto. Passarella era designado al frente de la selección para dirigirla con mano dura. Tras vetar a los homosexuales también dijo que «el aro y el pelo largo son peligrosos porque los jugadores se distraen durante el partido tocándoselos muchas veces». Batistuta y otros desfilaron por la barbería pero dos iconos dejaron su melena intacta. Claudio Caniggia y Fernando Redondo no entraron en sus convocatorias.

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El caso del mediocampista fue especialmente curioso. Tras dos acercamientos previos parecía decidido a aceptar el largo de su cabello. Algo dinamitó las conversaciones y Passarella arguyó que no llamaba al de Adrogué por negarse a jugar por la izquierda, el mismo conflicto que el entrenador había abierto en River dos décadas atrás y que también sufría Redondo en el Madrid de Valdano.

Todo sonaba a excusas y es que ni eran, ni son, tiempos buenos para la meritocracia. Años después River descendía a la B con Passarella de presidente. El karma no entiende de bandas.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Blood, toil, tears and sweat

Corría el verano del 66 cuando los creadores del fútbol recibieron su doctorado honoris causa en Wembley. El 30 de julio la reina Isabel II entregaba a Bobby Moore la Copa Jules Rimet, primera y única en posesión de Inglaterra, no sin controversia. Geoff Hurst anotaba en la prórroga un gol fantasma que deshacía el empate con Alemania Federal. «No vi entrar la pelota, pero Dienst descargó sobre mi espalda toda la responsabilidad», reconoció el juez de línea. En aquella portería de la discordia se encontraba Hans Tilkowski. La de enfrente era propiedad de Gordon Banks. Cuatro años más tarde, la RFA se vengaba de aquella afrenta inglesa. Lo hacía en los cuartos de final de otro Mundial, el de México, y marcando el gol decisivo también en la prórroga, obra de Gerd Müller. Una cerveza -parte de la idiosincrasia alemana- dejaba fuera de combate a Banks después de haber firmado la atajada del siglo a Pelé. Indispuesto se vio forzado a dejar su sitio a un inocente Peter Bonetti. La Mannschaft remontaba un 0-2 y hundía al combinado de los tres leones. Banks y Tilkowski ya no están pero fueron los mejores defendiendo su portería patria. Sus batallas rememoran la gran rivalidad que siempre guardaron ingleses y alemanes. Una enemistad sellada con «sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor».

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Cuatro elementos ofrecidos por Winston Leonard Spencer Churchill en su presentación en la Casa de los Comunes en 1940. Aquel 13 de mayo, el líder inglés preparó a toda una nación para una lucha sin cuartel. El rugido del viejo león levantó a todo un pueblo para sumarse a su causa vital: vencer a Adolf Hitler, el águila alemana.

Churchill y Hitler nunca se conocieron. Concertaron una cita en el 32 a la que el cancillerno acudió por estar sin afeitar.Su predecesor, Neville Chamberlain, sí se entrevistó con el dictador para firmar los Acuerdos de Múnich y cederle parte del territorio checoslovaco. No fue su único guiño a los nazis. En 1938 Alemania e Inglaterra se vieron las caras en Berlín en uno de sus primeros partidos de fútbol. Obligados, furiosos y en total desacuerdo, los ingleses saludaron con el brazo en alto para no deteriorar las relaciones anglogermanas. La ira de los isleños se transformó en media docena de goles para vencer por 3-6 en tierra hostil. 22 días después de decir aquello de la sangre y el sudor, Churchill advirtió que lucharían en mares, playas, pistas de aterrizaje, calles y colinas para derrotar a los alemanes. Hoy el campo de batalla mide 105×68.

 

Artículo publicado por El Correo Gallego

Cuando la Navidad era blanca

ES NAVIDAD: el júbilo de los esperados reencuentros entre luces, ágapes y regalos porfía con la nostalgia que nos agarra el pecho al recordar a quien ya no está con nosotros para celebrarlo.

Un 3 de diciembre de hace 30 años la carretera nos robaba a Fernando Martín. El primer español en ser drafteado y el primero del viejo continente de formación no universitaria en debutar en la NBA si no fuera por el búlgaro Glouchkov. En 1986, Martín saltaba por primera vez a una cancha americana enfundado en la camiseta de los Blazers. Meses antes, el equipo de Oregón se hacía con los derechos del yugoslavo Drazen Petrovic.

Martín firmó una discreta temporada. Pudo haberse marchado a los Nets un año antes donde aseguran que habría brillado. Un contrato de 100 millones de pesetas lo trajo de nuevo a Madrid para coincidir en 1989 con el de Sibenik, recién llegado de una Cibona empecinada en frustrar durante todo un lustro los sueños europeos de los blancos. Ambos tallaron en aquel inolvidable 89 una batalla archivada en la hemeroteca de los mitos del baloncesto como la mejor final europea de la historia. El Caserta se fundió por 117-113. El máximo anotador fue Petrovic, con 62 tantos. El mejor reboteador, Martín, con 7.

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Fue la última gran gesta de los dos virtuosos antes de que el croata desapareciera cuando le restaban tres años de contrato. Los Blazers dieron un golpe encima de la mesa. De manera abrupta y sin previo aviso, Petrovic voló a Oregón para firmar la gran epopeya americana. Petro sí se marchó después a los Nets, convirtiéndose en estrella inmortal. En el verano del 93, tras concentrarse con su selección y planear su regreso a Europa, un camión se cruzó en su camino quitándole la vida.

Petrovic y Martín jugaron juntos el Torneo de Navidad. Un invento ideado por el Real Madrid y la FIBA como arranque de la Copa Intercontinental. En el 89, dos semanas después de la muerte del pívot, el torneo reunió uno de sus mejores carteles (Madrid, Jugoplastika, Aris y Maccabi) y fue rebautizado como Memorial Fernando Martín.

Petro, Martín y el Torneo persisten en nuestra memoria como destellos de un pasado hecho añicos. Los mismos en los que partió el tablero un irreverente lituano en el año 1984. Sabonis fue otra estrella coetánea drafteada por los Blazers tras jugar en el Real Madrid. Pero eso ya es otra historia.

El Torneo murió en el año 2006. La Navidad siempre volverá para recordarlo.

 

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Reloj no marques las horas

En el año 56 Roberto Cantoral tallaba un himno transgeneracional a los amores imposibles, aquellos que nunca llegamos a abrazar. “Reloj no marques las horas, porque voy a enloquecer (…) Reloj detén tu camino, porque mi vida se apaga”. Los acuciantes sentimientos de pérdida que le sobrevenían al mejicano, fueron experimentados desde principios de siglo por los rivales de los Boston Red Sox que llevan visitando 107 años el santo grial de la pelota base mundial: Fenway Park.

Parte de su construcción original es el ‘Monstruo Verde’, el gigantesco muro donde se ubica el marcador desde 1934. Tres operarios cambian manualmente la puntuación de la pizarra moviendo fichas de acero de 1,5 kilos entrada tras entrada. Los guarismos del santuario de Massachusetts y de otros duelos ligueros se actualizan con la solemne liturgia que emana de otros ritos como el del reloj astronómico de Praga o el del Rathaus-Glockenspiel de Múnich. Porque el deporte también es cultura. Y la cultura es tradición.

Gracias al béisbol y a George A. Baird, los primeros contadores que grababan automáticamente datos salieron a la luz en 1908. Unos aparatos electrónicos que amenazaban la figura del scorekeeper o tanteador, que provisto de una humilde escalera de madera ascendía a los cielos para refrescar la información deportiva.

Fue en los Juegos de Montreal de 1976 cuando una niña de apenas 14 años y 30 kilos puso en solfa a la tecnología. Una jovencísima Nadia Comaneci se subió a las barras asimétricas para demostrarle al mundo que la perfección era alcanzable con la inefable fuerza de sus brazos. Al acabar su rutina, el marcador del Fórum se iluminaba con dos números: su dorsal, 73, y su puntuación, una cicatera unidad.

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Ante el asombro coral, la megafonía aclaró que se trataba de un 10, el primero de la historia de la gimnasia. Omega no estaba preparada para la perfección. Entendía que la mayor nota posible era un 9.95 por lo que había fabricado un tablero de tan solo tres cifras.

Nadia consiguió en Suiza otros seis dieces y un total de cinco medallas olímpicas a las que sumaría otras cuatro en Moscú. Nueve años después y junto a cinco desconocidos, cruzaba un bosque entre frío y tinieblas para huir del asfixiante régimen comunista de Ceausescu y comenzar una nueva vida en Estados Unidos.

El reloj de Cantoral es tan errático como los complejos marcadores deportivos que por muchos millones de LEDs que integren jamás podrán hablarnos de las historias humanas encerradas detrás del álgebra.

Artículo publicado en El Correo Gallego