Alcaraz, arenas movedizas y la mantícora serbia

Viktor Frankl, psiquiatra judío, sobrevivió a cuatro campos de concentración; catarsis de la que infiere que “lo que alimenta a la ansiedad es tu lucha contra ella”. Lo mismo ocurre con las arenas movedizas. La viscosidad del barro aumenta con la presión por lo que, cuanto más luchemos, más nos hundiremos. La única esperanza reside en mantener la calma, no rebelarse y aguardar a que la masa sea gentil y nos permita salir del embrollo evitando la fatalidad. Pero, ¿quién se sosiega cuando todo pende de un hilo?

En el cierre del sexto juego del tercer set de la semifinal del Open de Australia, Alcaraz le comunica a su box que ha vomitado. Tres más tarde, se lleva las manos al muslo. Zverev se querella ante la jueza: “is cramping”. Efectivamente se está acalambrando y los viejos fantasmas de Roland Garros 2023 sobrevuelan su cabeza. En aquella semifinal ante Djokovic acabó siendo absorbido por la arcilla que también se movía bajo sus pies “por los nervios y la tensión de jugar con una leyenda”. Pero esta vez no.

Samu López y su banquillo le tienden varios cables de sujeción: “respira”, “punto por punto”, “que pase el tiempo”, “no me enfado”. Corretja los acompaña desde cabina: “cuanto más te estreses, peor”. Como la cita de Frankl, como las arenas movedizas. Carlos renquea por toda la pista, no corre a por la bola pero se atornilla entre la línea de fondo y las letras de ‘Melbourne’ para desatar la magia de una muñeca bañada en el Estigia. Incluso parece más extremo que aquel monumento de Fognini. ¡Está cojo! Amaga con retirarse pero recuerda lo de Nadal y las oportunidades. Se adapta. No se reprocha nada, ni un solo mensaje negativo. Sonríe a la grada. En las Antípodas habían oído hablar de Blas de Lezo y ahora lo pueden ver. Pierde dos tie-breaks, milagrosamente se mantiene en pie y, de repente, recupera la movilidad. La neurolingüística y el jugo de pepinillos han funcionado. Carlos está en su primera final de Australia.

Allí espera la mantícora. Cabeza de hombre, cuerpo de león y cola de escorpión. De los pocos que le supera en sus duelos. Djokovic es un jugador atemporal, más bien eterno, que suma a su descollante técnica un empleo táctico obsesivo, digno de la máquina que derrotó a Kasparov. Un demente de la preparación que desayuna agua tibia y rumia plantas como un búfalo. Es así como le gana la guerra a un mozalbete italiano que fue mejor que él en absolutamente todo. Las uñas del serbio se agarran a la pista por su última voluntad: ser el humano con más número de grandes.

Es la tercera mayor diferencia de edad de las finales de los slams, con 16. Djokovic sabe más por viejo y comienza aplastando. Carlos desconoce qué hacer con la derecha de 24 quilates de su rival pero no se inquieta ante el monstruo. Ya no patalea como en Wimbledon con Sinner. Busca soluciones y las encuentra. La mantícora es legendaria pero no pica como antes. Alcaraz es el más joven en completar el Grand Slam y añade su nombre a los de Lacoste, McEnroe o Wilander con siete majors.

Carlos corre a su esquina y se abraza a su gente. En ese córner ya no está Ferrero que ni siquiera ve los partidos porque le remueve la emoción. Álvaro es ahora quien se encarga de todo. ‘Blessed Hands’, le dicen, pues supuestamente, lo bendijo con el peinado de Nueva York. Carlos dice que su hermano “sabe muchísimo de tenis”, aunque en la ATP solo aparezca registrado un rosco contra un italiano en 2019.

Frankl cuenta como se sobrepuso a la ansiedad en los campos de concentración en su best seller ‘El hombre en busca de sentido’. En Alcaraz, que con 22 años ha vencido a las arenas movedizas y a la mantícora serbia, nada, absolutamente nada, lo tiene.

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Cuando Jutta venció al Dakar y al tóxico

En 1948 Bateman llevó a cabo un experimento con moscas de la fruta para concluir que los machos son más promiscuos y las hembras más exigentes en la reproducción. Esa visión ha dominado nuestro imaginario: las colas de los pavos reales, las melenas de los leones, las cornamentas de los ciervos… y los Maseratis de los hombres. Hace apenas una década se repitió el estudio con tecnología renovada, hallando errores significativos y demostrando que: “ni la promiscuidad ni la competición son terreno exclusivo del éxito reproductivo masculino”. Por lo que los Maseratis, tampoco.

Jutta Kleinschmidt (Colonia, 1962) adoptó la forma de una de esas mosquitas muertas de Bateman para invertir todas las teorías que señalan al hombre como único animal competitivo. Y escogió para hacerlo un desierto inapelable con tufo a queroseno: el rally más duro del mundo en su versión más agreste, cuando comenzaba en París y terminaba en Dakar.

Como Atenea en la mitología, Hiparquía en la filosofía o Curie en la ciencia, Jutta nació con la misión de quebrar los roles de género. Se compró una moto, estudió Ingeniería y se especializó en Física lo que le abrió las puertas del I+D de BMW, cuando las rubias con llaves solo se veían en los calendarios de carretera. Ahorró durante seis años y viajó a su primer Dakar. El embrujo fue instantáneo y en tierra de orishas, también quiso ser diosa. Debutó en el 88 sobre dos ruedas. Sin equipo. Corría por la mañana y reparaba por la noche. Aguantó como los estoicos hasta que la organización perdió su material y tuvo que abandonar. En los 90 se asentó en la categoría y conoció a un amor sibilino: Jean-Louis Shclesser.

El francés la animó a subirse a un coche y se estrenó como piloto de Mitsubishi. Su novio amplió la propuesta y le ofreció una manzana envenenada: pilotar uno de sus buggys. Jutta era la primera mujer en ganar etapas, Schlesser se inquietó con su Galatea y todo saltó por los aires. Cual tirano enfurecido, obligó a detenerse al coche de Jutta, cuando era más rápida que él. La alemana olió la toxicidad a kilómetros, se bajó del coche de su novio y volvió a Mitsubishi, para volar libre.

Con el Pajero Evo rubricó la leyenda. Fue la primera mujer en liderar la prueba y en subirse al podio y, en 2001, como Pandora, abrió la caja de los truenos. El Dakar se presentaba como una berrea entre Schlesser-Serviá y Masuoka-Fontenay, mientras Kleinschmidt y Schulz serían convidados de piedra. Así sucedió, hasta que en la última etapa un vendaval de testosterona provocó la tormenta perfecta.

En una maniobra digna de Pierre Nodoyuna, Schelesser se colocó justo delante de Masuoka en la salida para que comiese polvo. El nipón mordió el anzuelo y arrancó a la desesperada destrozando su suspensión. En un arrebato de locura, Fontenay salió del coche averiado para intentar detener a Schlesser, mientras Masuoka la emprendía a golpes. El Dakar era del francés, pero la artimaña le costó una hora de sanción y Jutta, a la chita callando, entró en el Lago Rosa de Cabo Verde como la primera campeona en la historia del Dakar, aplastando, de paso, al novio que la había intentado amordazar.

Hoy se cumplen 25 años de que Kleinschmidt sublimase la ‘Teoría King Kong’ de Despentes, para recordarle al mundo que las mujeres pueden ser tan promiscuas, competitivas, arriesgadas y veloces como los hombres.

Si les apetece.

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El vasco que inventó la chilena a bofetadas

Una ‘chilena’ es, según la Real Academia Española, un “remate o despeje de espaldas a la portería contraria, con los dos pies en el aire”. Y debe ser transcrito así, en la lengua de Cervantes, porque este arabesco imposible de los cuerpos gráciles, fue inventado por un español de los que nacen donde quieren. Se llamaba Ramón Unzaga pero bien podría haber sido Pedro de Valdivia, por la contumacia con la que conquistó Chile.

Desde Bilbao, su familia emigró a Talcahuano. Se formó en contabilidad y trabajó en la mina, aunque su pasión era el deporte. Practicaba atletismo como Spiridon Louis, ciclismo como Garin, waterpolo como Hajós y natación como Weissmüller, pero la pelota lo cautivó para dotarlo de mil filigranas. El 16 de enero de 1914 la cancha de El Morro fue testigo de la más importante. “El cuerpo en el aire, de espaldas al suelo, las piernas disparaban la pelota hacia atrás en un repentino vaivén de hojas de tijera”, rememora Galeano. Ramón Unzaga acababa de crear la chilena, su “salto de lujo”. La exprimió sobre todo en defensa, aunque tamaña vanguardia tardase en ser aceptada. El hispano-chileno, capaz de concluir un partido disparando una pistola, dirimió en alguna ocasión la validez de sus cabriolas con “un cambio de bofetadas” con los trencillas.

Los diarios lo catalogaban como “trabajador incansable, hábil para romper una combinación, astuto en ubicarse, alimentador constante y oportuno de los ágiles”. Su destreza lo llevó a capitanear a la selección de Chile y desde ahí expandió su jugada al mundo como un ciclón.

La ‘chorera’ en Talcahuano, ‘chilenita’ en Chile o ‘trizaga’ en Uruguay, se llamó lacónicamente ‘chilena’ en España porque un discípulo de Unzaga, David Arellano, la exhibió aquí una década más tarde. Y es que a pesar de que son muchas las circunscripciones que se la rifan -como Brasil y su adscripción a Leónidas Da Silva- nadie la ha litigado más fuerte que el Perú. Se cuenta que los chalacos, moradores en el Puerto del Callao, ya ejecutaban la ‘chalaca’ mucho antes de Unzaga y que en 1892, los ingleses, llegados en sus barcos, la importaron. Es una teoría que apoya Vargas Llosa en detrimento de su colega uruguayo ya que “sólo los chalacos manejan las patas mejor que las manos” y por la que hasta el coloso Teófilo Cubillas, intentó reclamar los derechos de la pirueta.

Resulta imposible establecer una clasificación de las mejores chilenas. Lira, Madruga, Montiel o sobre todo, Ibrahimovic con un disparate de 35 metros, han ganado un premio Puskas con sus ejecuciones. Los hay que basan su carrera en la maniobra como el alemán Fischer, capaz de convertirla en una semifinal mundialista, o los más de 30 goles de Hugo Sánchez. Van Basten hizo lírica hace 40 años, Ronaldinho se doctoró ante el Villarreal, Rooney la bordó en un derbi de Manchester, Cristiano hizo un monumento en Turín, Bale la encumbró en una final de Champions y, si me preguntan, siempre señalaré el misil de Bressan como favorito.

El gol de Pelé en ‘Evasión o victoria’ es el mejor indicio del poder liberador de una chilena, considerada por la propia FIFA como “lo más espectacular visto en el fútbol”. Una combadura inverosímil que sacó de su chistera un mediocentro de Bilbao y que defendió a bofetadas para que, 112 años después, sigamos venerando la magia.

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30 años del momento estelar del Compos

Cuenta el Eco Republicano de Compostela que en 1873 llegó a Vilagarcía el carguero inglés Go-Go y “sus marineros descienden a tierra y divididos en dos grupos disputan una bola que llaman balón y se dirigen con los pies”. Aquel habría sido el germen del fútbol en España si esta historia no fuese una patraña. El fútbol llegó a España de manos de los mineros británicos de Riotinto y, a Galicia, gracias a los empleados de la Eastern Telegraph Company de, ¡cómo no!, una nación celta como Cornualles que arribaron en Vigo. Es por eso que el cable telegráfico que para Stefan Zweig es “el cambio más decisivo desde la creación del mundo” y uno de los momentos estelares de la humanidad, también trajo el fútbol a Galicia.

Pero en una comunidad marcada por el ímpetu costero que fraguó sus equipos decanos en el primer lustro del XX, la capital fundada sobre los restos del apóstol quiso zarandear el establishment con un club rematadamente joven. La Sociedad Deportiva Compostela nació en 1962 y encontró su apogeo en los 90 con un meteórico ascenso de cuatro escalones en cinco temporadas. Fue entonces cuando se encaramó al Pico Sacro de su historia con un subcampeonato de invierno que es parte de las narraciones mitológicas del fútbol gallego y que ahora cumple sus bodas de perla.

El 14 de enero de 1996 San Lázaro acogía una final insospechada. Los dos equipos revelación -el Espanyol, segundo con 41 puntos y el Compos, tercero con 39- se jugaban la plata de la primera vuelta de la Liga, notablemente alejados del líder, el indómito Atleti de Kiko, Caminero, Pantic o Penev (que al curso siguiente llegaría a Santiago) en el año del extático doblete.

El once del Compos fue el habitual pues la dicha reinaba en un equipo tocado por la gracia, sin lesiones ni sanciones. Falagán, en portería. Defensa de cuatro: Nacho y Mauro en los laterales y Villena y el tótem Bellido de centrales. En el medio, la crema: Lekumberri, ‘Monsieur’ Passi, José Ramón, el hermano de Fran, y ‘O Rei’ Fabiano. Por delante, los torpedos: el campeón de Europa Christensen y el máximo artillero de siempre, Ohen.

En aquella época de laureles figuran las leyendas más egregias de la Esedé. Javier Bellido es el icono por antonomasia, el que tiene casi 300 batallas. El carioca Fabiano renunció al Celta por ser timón y alma en un Compos de Segunda. Y el nigeriano Ohen anotó 60 goles en sus siete temporadas en Santiago. No hay que olvidarse de Fernando Vázquez y sus carreras kilométricas por el anillo de lo que hoy es el Vero Boquete, enardeciendo a los fieles. Ni tampoco de un presidente tan carismático como Caneda, tan capaz de reinventar el refranero, como de liarse a mamporros con Jesús Gil, lo que no es “pataca minuta”.

El Compostela ganó aquel partido contra el Espanyol con goles de Lekumberri y José Ramón, que superaron el solitario de Urzaiz, y obtuvo el honor del subcampeonato de invierno con 15 puntos sobre el Celta, 10 sobre el Dépor ó 9 por encima del Madrid. Fue una temporada vibrante en la que terminó décimo, sin apuros, pero cuajando inolvidables actuaciones como la victoria ante el Barcelona, el 4-0 al Dépor o el 3-3 contra el Madrid.

Hoy son otros los vientos que soplan por el Vero Boquete para un Compos de Tercera Federación, pero el patrimonio de aquella camiseta serigrafiada con la Catedral y las conservas Escuris, siempre quedará en el imaginario colectivo como el embrujo de una ciudad mística en la que todo era posible.

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Navidad, Palestina, fútbol y conciencia

Es Navidad. Con las luces exageradas, los villancicos desentonados, el buche inflamado y una lotería que perpetúa desigualdad. Con el árbol colmado de regalos inútiles. Con el machismo de las comidas, del Concierto de Año Nuevo y de los saltos de esquí. Pero qué más da si es Navidad. La magia nos aturde y la fiesta se mantiene incólume un año más, extremadamente lejos de cualquier perspectiva misericorde de lo que un día fue religión.

Marx afina la visión por la que Dios no crea al hombre, sino que es el hombre quien crea a Dios desde sus necesidades y deseos. Y por eso lo del opio y el pueblo, por el consuelo ilusorio que nos ofrece la fe. Galeano, con una contemporaneidad ineluctable, lo actualiza y le otorga ese lugar al fútbol que “atrofia la conciencia del obrero, hipnotizado por la pelota”. El uno y el otro hablan de lo mismo, de la sociedad asfixiada por el capitalismo que según Weber también nace de la religión.

En Gaza, hoy se lapidan todos los credos.

En 1947, la ONU resquebraja Palestina entregándole un 56% a la población judía. Jerusalén queda bajo administración internacional ya que las tres grandes religiones se la rifan por el valor en sus relatos. La posverdad amplifica las diferencias, sin darnos cuenta de que todo viene de Abraham y es prácticamente lo mismo. Tan solo un año después, tras la expulsión indiscriminada de los musulmanes de sus casas, Israel ya controla el 78% del territorio y declara Jerusalén su capital “entera y unificada”. A escasos kilómetros de la disputa se encuentra Belén, lugar inconcusamente palestino y donde nació el Dios que celebramos en estas fechas.

En ese pesebre que alumbró lo divino se profanan todas las barreras de lo sagrado. 70.000 gazatíes muertos y 170.000 heridos en nombre de la religión desde 2023, de los cuales 64.000 son niños inocentes como los que ordenó asesinar Herodes en tiempos antiguos. Un exterminio del que ni siquiera se libra un coloso del dogma moderno del fútbol, porque donde Portugal tiene a Cristiano o Argentina a Messi, Palestina tenía a Suleiman al-Obeid.

El ‘Pelé Palestino’ era un héroe para el fútbol árabe. Sus más de cien goles y regates ilusionaban a niños y mayores. En 2015 volvió a Gaza y durante la guerra salía a las calles hostigadas por los bombardeos para mantener la esperanza con un balón. El pasado mes de agosto se dirigió a un punto de ayuda humanitaria para conseguir alimentos para su familia. Allí fue acribillado y “martirizado”. Tenía 41 años, mujer y cinco hijos, a los que solo les queda un pantalón con su aroma y el número 10: “Que Dios no perdone a quien hizo esto”. En aquel momento, 321 personas vinculadas al fútbol palestino habrían muerto en la guerra. El número de deportistas ascendería a más de 665, sin olvidarnos de los 250 periodistas que cubrirían sus gestas. Hoy, lamentablemente, serán muchos más.

Nietzsche nos señala como responsables de la muerte de Dios por ser incapaces de vivir bajo una moral universal. Y sin leyes reina el caos. El ser humano sigue buscando sus propios fundamentos y solo encuentra el fundamentalismo, mientras se encharca de sangre las mismas manos con las que come mazapán.

El Apocalipsis de San Juan se emplaza “en el lugar que en hebreo se llama Armagedón”, una colina al norte de Israel, testigo de un sinfín de batallas. Donde todo comenzó, todo puede concluir. Alfa y Omega se tocan en el juicio final. Que cada palo aguante su vela y escoja el lugar donde quiere que lo recuerden.

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El día que Jesús Gil fue inocente

Es el primero de octubre de 1993, la víspera del primer derbi de la temporada que disputarán atléticos como locales y madridistas como visitantes. Jesús Gil reposa la cena despreocupado, en su finca de Valdeolivas, entre Ávila y Toledo, a 140 kilómetros de la capital. Se recuesta en el sofá y enciende la televisión. Un informativo urgente anuncia que varios grupos de ultras blancos han profanado el Vicente Calderón, asaltando la puerta 9. La situación parece acuciante. El presidente rojiblanco, teléfono en mano, observa las imágenes con estupefacción mientras su rictus abandona la laxitud. La Policía Nacional entra en escena generando un ambiente detectivesco. Una cámara penetra en el estadio y descubre a los fanáticos prendiendo una hoguera y colonizando el palco. “Vamos a quemar el Calderón”, dicen los unos, “venimos a sentarnos donde se sienta el gordo”, dicen los otros. “Esto es contraproducente”, replica Gil desde el sofá de su casa sin acertar a utilizar el teléfono inalámbrico al que se ase como salvoconducto.

La televisión emite las primeras detenciones en los intestinos del coliseo, pero un puñado de forofos se amotinan en el despacho de Gil, usando como rehén al gerente del equipo, Clemente Villaverde, al que maniatan. El hijo del presidente, turbado, llega al lugar de los hechos. Su conato de diálogo es rechazado por los exaltados. “Queremos hablar con tu padre”. Jesús Gil intenta tomar las riendas: “Qué es lo que quieren estos hijos de puta. Nombra una comisión con tranquilidad, que hablen conmigo y ya está. No dramaticéis”.

Los periodistas acceden a la oficina. Las imágenes, grotescas, recuerdan a cualquier cinta de neorrealismo. Copas ultrajadas, litronas de Mahou y cánticos viscerales. Por fin se produce la comunicación entre cabecillas. “No rompáis nada”, pide Gil. Los ultras advierten de diez bombas colocadas en el graderío que estallarán si no cumple las peticiones. Gil replica todas con cadera. Piden a Futre para el Madrid, pero objeta que no lo quieren ni Mendoza ni Floro. Exigen entradas para el partido pero inquiere la cantidad. Accede a fotografiarse con una remera blanca si ellos visten la colchonera. Niega la cabeza de Imperioso por ser un animal noble y se planta cuando le piden ser presidente del Madrid. “Yo creo que no queréis llegar a ningún acuerdo”, sentencia.

La negociación salta por los aires y tres explosiones sacuden el estadio, la más fragorosa descabalgando el escudo de las barras, el oso y el madroño. La policía controla la situación, se suspende el partido y cuando todo parece bajo control, un reducto irrumpe en la vivienda del presidente. Ellos mismos portan la resolución del caso: un ramo de flores, un monigote de papel recortado y una sintonía inconfundible.

Es anecdótico que el adjetivo inocente vaya de la mano del que fuera alcalde de Marbella y presidente del Atlético pues su rosario de causas daría para componer los sonetos de Shakespeare, pero Jesús Gil y Gil es el protagonista absoluto de una de las inocentadas más recordadas de la historia patria. Una efeméride que nos conmina a estar atentos a todos los embustes y trampantojos que hoy son licencias en los titulares de la prensa, pero que mañana desafiarán nuestra información en la temible época de la posverdad.

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Parricidio en El Palmar

“Cuando te fijas en todo lo que ha logrado hasta ahora, el ‘mago español’ es el mejor jugador que a su edad haya jugado al tenis”. El mago español es Alcaraz porque cuando blande la raqueta evoca al Mago Merlín con su báculo de Ávalon. El autor de la frase es Rick Macci, quien ocupa el escalón más alto de la pirámide de los entrenadores. Sus manos han esculpido los halos más brillantes. Roddick, Capriati, Sharapova y, sobre todo, las hermanas Venus y Serena. En 1991, viajó hasta Compton, el salvaje suburbio de Los Ángeles, para chequear el nivel de las hermanas tras ser urgido en repetidas ocasiones por su padre. Allí, obnubilado por la calidad de las jóvenes, extendió un contrato por el que proveía formación, alojamiento, comida y educación gratis en su escuela de Florida a cambio del 15% de sus premios. El padre de las estrellas, replicó otro acuerdo en el que solicitaba una casa para toda la familia, educación para todas sus hijas, empleo y acceso a los entrenamientos. Richard Williams es conocido por sus injerencias en el trabajo ajeno, pero los dos lo vieron tan claro que no había cláusula que tumbase la coalición y estrecharon sus manos.

Carlos Alcaraz -padre- y Juan Carlos Ferrero acaban de firmar la antítesis de este concierto en Murcia. Sus discrepancias han sido suficientes a la hora de renovar la relación contractual sobre la mentoría de su hijo y han puesto fin, sin rodeos, a una alianza gloriosa de siete años y seis Grand Slams, una plata olímpica o dos trofeos de Número 1 que se han ido al limbo de las cosas que Dios sabe si volverán a ocurrir. Los ventajistas dicen que esto se veía venir cuando se introdujo en el equipo a Samuel López, pero la noticia, inesperada y turbulenta, ha sido un jarro de agua congelada en la calidez de una unión que parecía indisoluble.

Un matrimonio que excedía, por mucho, al deporte. Un vínculo paternofilial de afecto, devoción y una báscula minuciosamente calibrada entre deber y poder. Carlos es el verso blanco del tenis, el huracán desbocado, el manantial de energía rebosante que amenaza autólisis. Ferrero, el anticiclón sereno que le fuerza a tomar tierra. Que le dice que no toca la Fórmula 1, que le pauta su ocio ibicenco, que le recuerda esa relación inexorable entre el sudor y los sueños. “Para ser el mejor de la historia, esclavo tienes que ser. Si no, hay que aceptar que quizá no llegues a tu mejor versión”.

La franqueza de Ferrero nunca ha sido negociable. “Me hubiera gustado seguir”, cuenta lacónico en su despedida. Su plan, antes de que todo saltase por los aires, era permanecer diez años con Carlos para, tras una vida recorriendo el mundo, centrarse en su academia de Villena. Puede que, más allá de la discordia económica, ese haya sido el detonante. La Ferrero Tennis Academy nacía en 1990 en Alicante. Tres años después, la que hoy es conocida como la Carlos Alcaraz Academy que dirige Carlos Alcaraz senior en El Palmar. Los intereses, la mercadotecnia y los egos no debieran enturbiar la armonía y parece que sí lo han hecho en lo que el tiempo amenaza convertir en un error craso y flagrante.

¿Qué ocurrirá ahora que Alcaraz ha perdido el termómetro que controlaba su fuego? ¿Será el nuevo Ícaro, condenado por su desobediencia, o aparecerá un nuevo gurú que lo domeñe? La frase de Rick Macci con la que abre este artículo exaltando al ‘mago español’ continúa: “No obstante, en la vida no se trata de cómo o dónde empiezas, sino de dónde terminas finalmente”.

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Un obituario sport, ilegal y extremo

Puede que muchos crean que las únicas tangencias detectables de Jorge Martínez con el deporte se reduzcan a asuntos de alcoba. No les faltaría razón pues el líder de Ilegales se pasó media vida reconociendo sus contrariedades con ítems del ejercicio que las hordas fanáticas acogieron como himnos de una métrica cruda, transgresora e imperecedera de las cosas que ya no se pueden decir. “Tengo un problema sexual, soy una bicicleta” y “es mi deporte favorito el adulterio” son dos apotegmas que no esconden mayor verdad que la sátira, pues debajo de los 186 centímetros de pellejo que cubrían al ser más irreverente del rock nacional, había un deportista en potencia que nunca derivó en acto. Su carácter conflictivo lo derivó a un colegio militarizado en el que decía ser “el atleta más brillante”. Corría y jugaba al fútbol como delantero tanqueta; no le dieron la oportunidad en el boxeo por “frío y destructivo”, pero sí encontró la dicha en el hockey. Tal fue la destreza que adquirió con el stick que, tiempo después, lo utilizó como mazo de la justicia en el cenagal del proxenetismo en favor de las mujeres humilladas. Porque Jorge, además de feo y fuerte, era formal.

A Roberto Iniesta no se le conoce un pasado tan prolífico en la gimnasia como el de su colega. Sí es sabido que sus padres, Carmen y Juan, eran profundamente colchoneros y fundadores de la peña atlética de Plasencia. El ‘hombre pájaro’ recibió en herencia la liturgia del Calderón y en abril de 1996, justo el día en que grababa el video de ‘So Payaso’ y al lado de otro líder transgeneracional como Rosendo, se enfundó una casaca tan mítica como la del mecenazgo de ‘Marbella’. El Atleti ganó el doblete y, años después, explotó el ‘Caso Camisetas’ que bien podría haber sido el leitmotiv de cualquier tema taleguero de Extremoduro. Es probable que la filosofía del fútbol de barrio se adhiera al verso de Robe, de espíritu rebelde y vocación honesta, de cantar a las cosas que duelen, que supuran y que salen del tuétano que se rasga. De la abnegación y la redención constantes, que nos unen en ese camino en el que “todos, como hermanos, repartamos amores, lágrimas y sonrisas”.

El rock, el deporte y la dopamina forman una tríada indisoluble por la que seguimos en pie. Bruce Dickinson, vocalista de ‘Iron Maiden’ fue uno de los diez mejores esgrimistas británicos y todavía saca lustre al florete; Lars Ulrich, batería de ‘Metallica’, una de las mayores promesas del tenis danés; Rod Stewart dejó la cantera del Brentford por la música y ya en terreno patrio, la historia de Loquillo con el baloncesto, merece un punto y aparte. Entrenado por Aíto García Reneses y compañero de Epi, quien lo bautizó, llegó a jugar en el Mataró donde las chupas de cuero y la sombra de ojos no terminaron por encajar en la disciplina de la época. Fue precisamente de Loquillo una de las despedidas más sentidas a Jorge Ilegal, “real, como la vida, una batalla campal desde el principio”. Porque todo esto es cíclico.

No se me ocurre mejor forma de cerrar este obituario que con una frase de quien no creía en nada porque ahí es donde residen todos los abismos de los que hablaron los genios valientes. Quevedo, Bukowski, Bazán, Zola y por supuesto, Nietzsche, que consideraba perdidos “los días en que no hemos bailado al menos una vez”.

A Jorge, a Roberto y a todos los poetas muertos.

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Orfebres del fútbol sala femenino

El 28 de diciembre de 1990 el septentrión peninsular acogió un parto furtivo. En un remoto pabellón de Carballo un grupo de mujeres viste por vez primera el escudo del castillo, el león y la granada. Su rival es una paradoja. La selección gallega la antecede y la alimenta. El Sal Lence y el Meirás, henchidos de copas, sus principales proveedores. Roberto Amado se tira de los pelos para armar una convocatoria en la que, finalmente, escintilan cuatro apellidos oriundos. Beatriz Seijas, Vero Díaz, María Varela y Ana Silva escudan a la madrileña Kuky, primera capitana y astro. Tan difícil es el dilema que un coloso como Lis Franco, que ya vio nacer a la selección de fútbol en Galicia, se queda fuera. Las de rojo ganan 8-0 y Bea Seijas abre la lata, como hará cinco años más tarde con la primera selección auspiciada por la federación de fútbol. Cuente como se cuente, el primer gol siempre será nuestro. Al día siguiente llega el primer duelo internacional. Es contra Portugal en Narón. España vence 4-1 y ya no hay quien frene su biografía.

Cuando la selección femenina aún juntaba sus piezas, los hombres ya habían disputado un mundial. El primero masculino fue en 1989 en Países Bajos. Desde entonces se han celebrado diez ediciones con bombo y platillos de la FIFA. Mientras tanto, las mujeres permanecieron 36 años en la clandestinidad, con un mundial oficioso organizado por ellas mismas que no ha conocido otra campeona que Brasil y suomnipotencia insultante. De los 202 partidos jugados por la selección española solo una décima parte han sido oficiales. Son los tres europeos en los que se ha consagrado como absoluta emperatriz continental y este primer mundial con pedigrí. Hoy, todas las mujeres futbolistas de salón se liberan del yugo en Filipinas, en el primer torneo planetario con todas las de la ley. Demasiado tarde, pero de una forma mistérica y mágica en la que todo se repite.

Cuatro gallegas han vuelto a tirar del carro; además de la pléyade forastera que siente Galicia como propia, comandada por una Dany incombustible. Las razones de que en este córner siga emergiendo tanto talento se llama Burela, decretado como el mejor equipo del mundo, así como Poio, Marín, Viajes Amarelle, Ourense, Castro, Marín o Cidade das Burgas. Ale de Paz, Antía Pérez, Martita y, sobre todo, Vane Sotelo, son las escogidas.

La capitana apareció con 19 años de la mano de José Venancio para enfrentarse a gigantes y ya ha sido la máxima goleadora en dos mundiales oficiosos y un europeo. A la ourensana le ha llegado el brazalete tras esa maldición faraónica que ha perseguido al grupo a punto de alcanzar la Tierra Prometida. La atrocidad es la única explicación de que Anita Luján y Peque, con 255 partidos entre ambas, se hayan quedado sin una fiesta que también se le ha privado a Mayte Mateo. Pero la tercera en discordia, Sotelo, ha aceptado el desafío de iluminar el camino con un fogonazo a la escuadra tailandesa. El primer gol de nuestra historia en un mundial de verdad, vuelve a ser gallego. No podía ser otra: 95 goles en 99 partidos.

El bronce del mundial de Filipinas puede saber a poco, pero es mucho, contando que Brasil es tan inexpugnable como Cerbero. Nadie ha podido toserle. Lleva 43 partidos sin perder y ha ganado todo torneo en el que ha participado: ocho Copas América, seis mundiales oficiosos y este primero oficial. El duelo de semifinales se le atragantó a una España con menor experiencia. La media de edad de las canarinhas es de 32 años, próxima a un cambio generacional. La nuestra, de 27. Las hermanas Córdoba, Irene Samper, María Sanz o Elena tienen todo por delante.

Si todo transcurre con normalidad, el próximo mundial será en 2029. Sotelo tendrá 34; Anita Luján, 38 y Peque, 42, justo la edad a la que Lucileia acaba de proclamarse campeona del mundo. La imagen de las tres capitanas levantando la copa será la redención idónea de todas las que lucharon desde el barro y los pabellones vacíos. El fútbol sala mundial lleva el nombre de nuestras reinas tatuado desde sus inicios. La corona es solo cuestión de tiempo.

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El fútbol nació en Escocia

Hace unos días las fallas de las Highlands se estremecieron hasta lo indecible. La sacudida fue de tal magnitud que a punto estuvo de despertar al monstruo del lago; de romper Escocia en dos, en tres, en cuatro pedazos peligrosamente proporcionales a los goles que llovían en Hampden con nostalgia celta. Quizás por eso también aquí los sentimos propios. Por ese trisquel común tatuado en la amígdala.

Escocia volverá a estar en un Mundial por primera vez desde 1998 en un relato que ya forma parte de las leyendas artúricas. De fondo se escucha una melodía in crescendo. En todos los bares de Glasgow, en todas las tascas de Edimburgo, mujeres y hombres recitan el poema heroico heredado de sus bardos que retumba cada vez que la selección anota. Le cantan a su país que han caminado 500 millas y que caminarían 500 más por ser los que se levantan, trabajan y se emborrachan al lado de su amor. Al fin y al cabo, de eso trata la vida.

Es una danza tribal que celebra el tartán, las gaitas y el whisky. Un ritual que sublima comunidad, sangre y linaje. Es un himno que embauca. Un espectáculo salvajemente indígena. Porque aquí empezó todo. Puede que te hayan dicho que los padres de esto de las patadas y el balón son ingleses y que recogieron sus normas en 1863. Pero el fútbol de verdad nació en Escocia en un día como hoy. El 30 de noviembre de 1872, tras una serie de encuentros en el barrio londinense de Kennington, Escocia e Inglaterra disputaron el primer partido internacional de la historia. Fue en el campo de cricket de Hamilton Crescent, en Glasgow, coincidiendo con el día del patrón. Apenas un chelín de entrada y 4.000 testigos de un momento estelar zweigiano. La rivalidad histórica de pictos y anglos; de Alba y Albión; de San Andrés y San Jorge; de William Wallace y Eduardo I; de María Estuardo e Isabel I; de católicos y protestantes; de Burns y Shakespeare; de Europa y Brexit; de unicornios y leones; del cardo y de la rosa; pasaba a un nuevo plano, más relajado: el 90×120.

116 veces se han batido en el verde: 49 para Inglaterra, 41 para Escocia, 26 tablas y siempre con insondable expectación. Los Escocia-Inglaterra de Hampden aparecen doce veces en la lista de los 20 partidos con mayor asistencia, llevándose la palma el de la British Home del 37 que vencieron los norteños ante 150.000 almas. Solo milagros como el Maracanazo superan tal barbaridad.

Eso es el fútbol de selecciones. Allí donde se liman las aristas de lo irresoluble y se alcanza lo imposible. Donde Curazao, una minúscula isla del Caribe, se mete en un Mundial. Donde Jordania, en medio del fuego abierto entre Irán e Israel, hace lo propio. Donde Haití engaña a la pobreza con goles. Donde el África negra enseña sus colores. Donde todo Portugal suspira por otro récord del hombre de las mil dianas. Donde incluso España, abonada a un fracaso secular, borda dos estrellas en un santiamén.

Dice el colega Borja Pardo que “el sentido de pertenencia de un país a través del fútbol es un plato gourmet que se cocina a fuego lento”. Me seduce Galeano cuando asume que “todos los uruguayos nacemos gritando gol”. Y empatizo con el Alfredo de Sorrentino cuando trasciende su miseria a través de Maradona que “ha vengado al gran pueblo argentino, oprimido por los innobles imperialistas en las Malvinas. ¡Es un genio! Es un acto político. Una revolución”.

Puede que en el fútbol de selecciones se encuentre la última bocanada de aire fresco de un edén arrollado por la codicia. Porque la identidad de los pueblos no se puede comprar. Tan solo se siente de una manera incontrolable.

📝 Artículo publicado en La Región

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