En 1977, Herta Müller accedía a su primer empleo. Se estrenaba como traductora en una grisácea fábrica de la Rumanía comunista. El himno resonaba en la factoría arrastrado por los coros de los obreros. “Pero los obreros tenían ojos vacíos como hojalata, manos embadurnadas de aceite, y su comida estaba envuelta en papel de periódico”. Al tercer año, fue presionada para colaborar con el servicio secreto. Se negó. Su decencia estaba muy por encima. Fue vejada, insultada: “necia redomada, perra vagabunda”. Desahuciada de su lugar de trabajo, exiliada a una escalera. Entre sus peldaños comenzó a escribir amparándose en las palabras, porque cuando no se puede hablar, siempre quedan las letras. En 2009, tras amenazas e interrogatorios, ganó el Nobel de Literatura por describir “con la concentración de la poesía y la franqueza de la prosa, el paisaje de los desposeídos”.
En 2014 realicé un curso de meditación y filosofía en Cheyyur (India) en el me insistían que “todo sufrimiento proviene de nosotros mismos” y que “cualquier persona, en su sano juicio, puede ser libre de ello”. Y es que las cosas malas no tienen ningún propósito, simplemente ocurren. Todavía resbalo mucho a la hora de recordar aquellos aprendizajes pero hay historias que te ponen en tu sitio y ratifican que todo es una cuestión de consciencia, atención y luz. De mucha luz.

Loida Zabala nos ha vuelto a iluminar con otro extraordinario fogonazo. Y no hablo del lustre de la plata continental que vuelve a colgar de su pecho florido de esperanza. Sino de una nueva cátedra de vida. Pongámonos en situación. Con 11 años padece una mielitis que la deja en silla de ruedas. Comienza a hacer pesas para ganar independencia y llega a los Juegos de Pekín, Londres, Río y Tokio. En el camino también se sobrepone al maltrato. A punto de aterrizar en sus quintos Juegos, le detectan un cáncer de pulmón terminal diseminado a hígado, riñón y cerebro. Le recomiendan parar pero su sueño es mayor. Bajo su responsabilidad se planta en París y gana un quinto diploma. Loida sabe que su cáncer es incurable, pero no hay absolutamente nada que la pueda frenar en la convicción de alcanzar todos sus propósitos. Su objetivo, ahora, es escuchar una alarma prorgramada en su móvil para una fecha que desafía las prognosis médicas. El ‘¡Sigues viva!’ sonará en Los Ángeles 2028, cuando alcance sus sextos Juegos.
Resultaría manido -y más propio de una taza de desayuno- decir que la fórmula de Loida para lidiar con el futuro es vivir el presente. Pero ella, ingeniosa, ha acuñado la expresión ‘hackear el cerebro’. Más allá del diagnóstico de su enfermedad, la medicación de Loida es agresiva y terriblemente agotadora, máxime en un deporte adrenérgico. Lo contrarrestra con un cambiazo hormonal: “en vez de generar cortisol, no me estreso”. En su lugar, produce endorfinas -placer, euforia y bienestar- entrenando con Óscar Sánchez. Crea oxitocina -empatía, vínculos, amor- abrazando una y otra vez a sus seres queridos. Y desarrolla serotonina -calma, ánimo, felicidad-, dando paseos con su perra Tara. “Me siento como el perro que se para a oler todo, a observar todo, que simplemente disfruta de la vida”. Esto es mucho más sencillo de lo que creemos.
La sonrisa de Loida -y ‘Casablanca’- siempre estará ahí para recordarnos que si el mundo se derrumba, enamorarse es la mejor opción. Porque el amor todo lo puede. El clavo ardiendo al que nos aferramos los desposeídos. El único camino que conduce a la vida.
📝 Artículo publicado en La Región
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