La locura del skimo

En el año 1500, Juana de Castilla fue reclamada de Flandes como heredera de los Reyes Católicos. Su lugar natural era el trono pero, para evitarlo, la tacharon de loca. Su padre, su marido y su hijo, la desequilibraron, condenándola a vivir encerrada, muriendo como la reina que nunca reinó. La histeria siempre ha sido comodín para dinamitar el camino al éxito de las mujeres.

A Ana Alonso (Granda, 1994) también la tomaron por loca. “Me decían que si estaba loca, que ni siquiera iba a llegar a los Juegos”. Sucedió tras un dramático accidente en octubre, cuando fue atropellada mientras entrenaba en Sierra Nevada. El parte médico es terrorífico: rotura del LCA y LCI de su rodilla izquierda, edema óseo, fisura de maléolo y luxación acromioclavicular. Pero la esquiadora es hábil en las crisis. Se rompió una pierna en 2017 y pasó por dos operaciones cardíacas en 2018. Sin tiempo para lamentos, evitó in extremis el quirófano, se exilió en el gimnasio y abordó una recuperación exprés con un objetivo que nunca ocultó: una medalla individual y un oro en relevos en los Juegos de Milan-Cortina.

Ayer, cuatro meses después del atropello, cumplía la primera parte del trato. Se erigía en la pista de Stelvio con la sexta medalla española de la historia: una presea de bronce, épica y fe. El sábado puede completar su amenaza. Su compañero en relevos será el número uno de la disciplina. Oriol Cardona (Bañolas, 1994) sumó, un parpadeo después del apogeo de Ana, otro disparate al medallero nacional: el primer oro desde Paquito Fernández Ochoa, hace ya 54 plúmbeos años.

Ocurrió en media hora de chaladura en la que todos los entusiastas nos contagiamos de la locura del skimo. Un deporte que bebe de los ancestros del hielo para ascender sobre pieles de foca, escalar con crampones y deslizarse esquiando hasta la meta. Tres minutos de algarabía, prescritos para el fervor de la sangre caliente. Nuestro nuevo bastión de invierno.

Con medio centenar de medallas internacionales, Ana y Oriol son los vigentes campeones de Europa y subcampeones del mundo. Mañana pueden volver a reinar en el manicomio del skimo.

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De Noruega a Milan-Cortina, pasando por Manzaneda

La primera representación que se conoce de unos esquís data del 4.000 a.C. Es un petroglifo hallado en Bøla, cómo no, Noruega. Fueron ellos quienes fabricaron unas tablas que les facilitasen el desplazamiento por la nieve imitando las pezuñas de los renos. Solo así se explica que un país que ocupa el puesto 120º en demografía sea, por mucho, el más laureado en los Juegos de Invierno. 405 medallas, 148 oros, dos citas olímpicas y dos leyendas colosales: la fondista Bjørgen y el ‘rey del biatlón’ Bjørndalen.

Galicia no fue tan precoz y los primeros intentos del esquí suceden en los años 40 del pasado siglo en Manzaneda. Poco después se funda el Club Peña Trevinca y en 1947 nacen los primeros campeonatos. Llegar a ellos ya era una odisea: se realizaba un viaje colectivo hasta O Barco en ferrocarril y, al día siguiente, se llegaba al refugio de Fonte da Cova.

Por aquel entonces, los Juegos de Invierno ya tenían solera. Los primeros se celebraron en Chamonix en 1924, vinculados a los de verano. Galicia tuvo que esperar 60 años para ver a su primer representante. Fue en Sarajevo y, pese a la demora, se convirtió en un pionero.

Manuel García Valiñas, natural de A Gudiña, fue el primer biatleta olímpico de la historia de España. Se inició en el esquí de fondo pero, como capitán de la Guardia Civil, tenía acceso a las carabinas, descubriendo la nueva disciplina, una de las más duras. Su actuación fue discreta. Ocupó el puesto 56 tanto en la prueba corta como en la larga, pero de Yugoslavia se llevó 50 segundos de cuota de pantalla ya que la realización lo confundió con un balcánico. Desde aquel momento épico, ningún gallego ha vuelto a unos Juegos de Invierno, pero en la nieve olímpica se ha seguido escuchando un acento cantarín.

Martín Ríos es hijo de un chapista de O Carballiño que emigró a Suiza, como tantos, cuando la década de los 60 apretaba. Conoció el curling de pequeño y llegó a competir por España, con un club de Jaca. En los Juegos de Pyeongchang alcanzó la gloria con una medalla de plata en dobles mixtos que llena de orgullo al barrio de A Costiña, donde reside parte de su familia y al que regresa para avituallarse con pulpo y filloas.

Arrietta Rodríguez es donostiarra, pero sus abuelos paternos nacieron en la parroquia de Filgueira, en Crecente, donde todos los agostos veranea la familia. En estos Juegos de Milán-Cortina debutará en eslalon alpino marcando un hito al ser la primera española desde Blanca Fernández Ochoa. Con solo 23 años, su futuro es brillante y pronto será asidua de las Copas del Mundo.

Pero si hay que poner el foco en alguien, ese es Martín Souto. Gallego de pura cepa, el morracense comenzó con ocho años en las carrilanas de Bueu -vehículos artesanales sin motor propulsados por la inercia- y acabó en un bobsleigh. La historia es una mímesis de la proeza de los cuatro jamaicanos que irrumpieron en Calgary 1988 entrenando, también, en una carretilla. Martín alcanzó los Juegos de la Juventud de 2016, pero su sueño es ambicioso y no se cumplirá hasta que se convierta en olímpico con todas las de la ley. Estuvo a punto de lograrlo en 2022 y justo después se pasó al skeleton, donde entrenado por el cuatro veces olímpico Ander Mirambell, lucha por llegar, ahora sí, a los Juegos de 2030 en el país vecino, los Alpes Franceses.

La historia olímpica de la Galicia invernal viaja desde la templanza del pulso de un ourensano hasta el trineo de un buenense, a más de 140 km/h.

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La pizarra gallega que domina el mundo

Un poco antes de que el Sal Lence se convirtiese en el mejor equipo femenino y de que su jugadora por antonomasia, Bea Seijas, anotase el primer gol de la selección; Galicia ya había dirigido una revolución. El Egasa Chaston, equipo mayúsculo con apellido de discoteca, decidió trasladar los bailes al parqué para dominar el fútbol sala nacional una década antes. El líder de aquel escuadrón invencible era Vituco que, además de ser reconocido como el mejor jugador coruñés de la historia, dejó su huella indeleble en el encuentro iniciático de la selección con dos goles. Fue un 2 de abril de 1982 y España venció 2-4 a Italia en un IV Naciones de Holanda.

44 años después, la selección se ha consagrado como una de las mejores del planeta, siendo en muchas ocasiones el rival a batir, con siete cetros continentales y dos mundiales. Ese lugar le corresponde hoy a nuestros vecinos lusos. En los últimos ocho ejercicios, Portugal ha levantado dos Eurocopas y un Mundial, impulsada por el alumbramiento del mayor prodigio de los siglos: Ricardinho. El astro creó una escuela tan vasta como la de Atenas y sus discípulos se han convertido ahora en titanes. Por ello, la final de la Eurocopa del pasado sábado fue un duelo hegemónico en el que el león rampante del escudo rojigualda enseñó las garras para reclamar su trono. España le endosó un set a Portugal, comandada por un chaval jienense que marcó tres tantos y un partido mastodóntico: Antonio.

Sin embargo, en la convocatoria no figuraba pedigrí galaico alguno, aunque la lista de guerreros celtas que han sudado la camiseta ha sido cuantiosa. Poco después de Vituco, llegó su compañero del Chaston, el cancerbero Julio Fernández que también marcó un hito como el primer capitán. Y hablando de porteros, imposible olvidar al héroe de la Copa del Lobelle, el imbatible Toni Lodeiro. Antes estuvieron Santi Valladares y Javi Santos y, más tarde, llegaron David Pazos, Diego Quintela, Adrián Martínez o Pola, ganador de la última Eurocopa hasta la del pasado sábado.

Todos ellos y muchos nacieron de una pizarra gallega que aquí es tan importante como los que burlan el balón. A 10.000 kilómetros de la capital eslovena donde se disputaba la final de la Eurocopa, un gallego de Chantada llevaba a Indonesia a su cima. Porque en la lontananza de la orografía terrestre, la calidad de nuestro futbito siempre marca la pauta.

Héctor Souto es uno de esos virtuosos que trazan vectores en el 40×20 hasta dar con una nueva fórmula de todo lo que ya parece inventado. Forma parte de una generación de alquimistas oriundos que han llevado su visión dibujada en un tablero a los confines del mundo. Pablo Prieto y el propio Julio Fernández lo hicieron con Libia. Pulpis con Tailandia y Uzbekistán. Bruno García con Japón, Vietnam o Kuwait. Y dejaron la firma de ‘Galicia Calidade’.

Lo de Souto en Yakarta ha sido un bombazo. Llegó para impulsar al futsal indonesio y ha metido al país en su primera final de la Copa Asiática. En semifinales venció a un hueso como la tetracampeona Japón y, en la final, le esperaba la omnipotente Irán, que en esto del futsal sí tiene destrucción masiva: 14 veces campeona asiática y bronce mundialista en 2016. A pesar del palmarés, los iraníes solo consiguieron vencer a la Indonesia de Souto en el décimo segundo penalti.

La hazaña de Souto no ha sido de oro pero llevar a la agonía a una selección puntera con un equipo en maduración le ha valido el reconocimiento de medio mundo. Y es que la pizarra gallega, no solo se exporta internacionalmente para los tejados, sino también para los cimientos deportivos de cualquier territorio inteligente.

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Pablo Hinojar es el modelo

El pasado 29 de enero Pablo Hinojar Rey habría cumplido 51 años. Más de medio siglo de vida dedicado a la gimnasia si el infausto destino no se lo hubiese llevado tan joven, tan pronto, con tantas cosas por hacer. El ejercicio de buscar a Pablo parece tan esotérico como sobrenatural, pero está. Está en cada salto, en cada certamen, en cada saludo a los jueces. Está en la tensión, en los entrenos y en las celebraciones. Está en cada mirada perpleja de un niño que se encandila por las acrobacias. Está en los que amamos el deporte. Está en cada homenaje que, los que le tanto le deben, organizan para recordarlo. Y con ese nordés del firmamento, sopla las velas con un único deseo: que la gimnasia y el trampolín alcancen el lugar que les corresponde.

Unos días antes de la segunda gala, Belén Ferreiro me escribió para presentarla junto al olímpico Juan Barberá: “Nos conoces y conoces el deporte. Qué mejor momento que compartirlo con los gimnastas que estarán allí”. El orgullo pronto se entremezcló con una profunda responsabilidad. La figura de Pablo me infunde respeto. Cuando lo conocí me golpeó la onda expansiva de su altruismo, de sus vindicaciones, de su empeño por mejorar la gimnasia, pero sobre todo, de la red de cuidados que tejía alrededor de sus alumnos para protegerlos bajo cualquier circunstancia.

Más de 250 deportistas de diferentes países, un sinfín de biografías conmovedoras para rendirle la pleitesía que merece. Laureles olímpicos, mundiales, europeos y firmes promesas que dinamitarán el techo, danzando en torno a su gurú. Una reunión tan insigne como una final de Champions, el All Star de la NBA o el paddock de la Fórmula 1, aunque todavía haya quien no vea al elefante en la habitación.

Suele haber quorum para señalar al matrimonio Károlyi como los mejores entrenadores de la historia. De sus manos emergieron Nadia Comaneci o las ‘Siete Magníficas’ de Atlanta. Pero las imágenes de Kerri Strugg saltando con el tobillo destrozado, no son propias de ahora. El ejemplo es el de Laurent y Cécile Landi que animaron a Simone Biles a abandonar Tokio 2020 cuando su integridad se veía amenazada por los twisties. Pablo lo tenía todo: hacía saltar como los ángeles y amparaba como el de la guarda.

Hace unos días, el entrenador del Uni Girona, Roberto Íñiguez, se preguntaba por qué los entrenadores de equipos masculinos son alabados cuando abroncan a sus jugadores y los femeninos son abucheados cuando lo hacen con sus jugadoras: “¿No queremos igualdad en todo?”. Es desafortunado. El problema no está en quien desaprueba la violencia, sino en quien la valida. No se trata de una cuestión de sexos, sino de que hay otro modelo y ese es el pergeñado Pablo.

Valores. Trabajo, respeto y admiración mutua. Tres patas que sostienen su legado. Pablo jamás echó una bronca a quien lo hacía mal, pues suficiente castigo era fallar. Sin embargo no toleraba que alguien golpease el material, que no saludase o que perdiese las formas. Pero, sobre todo, Pablo abrazaba y celebraba. Abrazaba y celebraba mucho.

Esta herencia la siguen transmitiendo Isaura, Sara, Mela y tantas otras que siguen sus pasos porque el camino ya está marcado. El camino de las causas perdidas, de las batallas libradas día a día. El camino del chico inquieto que hacía flic flacs en la playa de Lourido.

El camino de la gimnasia hasta que esté en su lugar. En lo más alto. Junto a él.

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12,6 segundos

Alberto Tomba es el Dios del invierno. El equivalente en carne y hueso a Aquilón, un anciano con cabellos desgreñados. Y prudente. Tricampeón olímpico y bicampeón mundial, siempre fue un obseso de la seguridad. El primero en usar casco, espinilleras o manoplas, que renunció al descenso por miedo: “si te haces daño en las disciplinas rápidas, arriesgas tu carrera”.

Ayer, cuando el sol alcanzaba su cénit en los Dolomitas, fue testigo de cómo sus temores tomaban tierra. Lindsey Vonn, icono absoluto del esquí, enganchaba su brazo en la cuarta puerta de la vertiginosa bajada de Tofane. La esquiadora perdía el control para ser alimento de una pista con rampas del 65% y velocidades de 140 km/h. La cinética formó con su cuerpo un ovillo indescifrable en el que se deflagraba el último baile de la campeona que osó desafiar los límites físicos para acabar revolcada entre la nieve con la que construyó su gloria.

Vonn, de soltera Kildow, llegaba a sus quintos Juegos con una rodilla de titanio y la otra deshecha. Un fárrago de lesiones del que siempre se levantó. La derecha ya le privó de Sochi 2014. Ahora era la izquierda, con el cruzado roto después de una tremebunda caída en Crans-Montana. Hace nueve días.

“I´m going to do it. End of history”. Nada podía frenar su obstinación. Se lo había ganado a pulso. Tres medallas olímpicas y ocho mundiales; 84 victorias, 143 podios y cuatro veces campeona de la Copa del Mundo; Premio Laureus y Príncipe de Asturias. Lo dejó en 2019 y regresó en 2025 para convertirse, con 41 años y 52 días, en la más veterana en ganar. Sobreviviendo en la nieve, Lindsey aprendió a congelar el tiempo.

El discurso olímpico ha dulcificado los prodigios de Strugg, de Louganis, de Angle o de Fujimoto. Deportistas destrozados que se rehicieron para tocar el cielo. Ayer no hubo milagro. Vonn acabó postrada tras 12,6 segundos de una ensordecedora esperanza, quebrada con un silencio que derritió la nieve. “Dios mío, no puedo”. Su grito desgarrador colmó el valle.

La mujer que quiso competir con los hombres era evacuada, otra vez, en helicóptero. Un aplauso espontáneo le garantizaba su reinado infinito. Nadie quería este final, pero las alturas y los altares serán, para siempre, el hogar de Lindsey.

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Alcaraz, arenas movedizas y la mantícora serbia

Viktor Frankl, psiquiatra judío, sobrevivió a cuatro campos de concentración; catarsis de la que infiere que “lo que alimenta a la ansiedad es tu lucha contra ella”. Lo mismo ocurre con las arenas movedizas. La viscosidad del barro aumenta con la presión por lo que, cuanto más luchemos, más nos hundiremos. La única esperanza reside en mantener la calma, no rebelarse y aguardar a que la masa sea gentil y nos permita salir del embrollo evitando la fatalidad. Pero, ¿quién se sosiega cuando todo pende de un hilo?

En el cierre del sexto juego del tercer set de la semifinal del Open de Australia, Alcaraz le comunica a su box que ha vomitado. Tres más tarde, se lleva las manos al muslo. Zverev se querella ante la jueza: “is cramping”. Efectivamente se está acalambrando y los viejos fantasmas de Roland Garros 2023 sobrevuelan su cabeza. En aquella semifinal ante Djokovic acabó siendo absorbido por la arcilla que también se movía bajo sus pies “por los nervios y la tensión de jugar con una leyenda”. Pero esta vez no.

Samu López y su banquillo le tienden varios cables de sujeción: “respira”, “punto por punto”, “que pase el tiempo”, “no me enfado”. Corretja los acompaña desde cabina: “cuanto más te estreses, peor”. Como la cita de Frankl, como las arenas movedizas. Carlos renquea por toda la pista, no corre a por la bola pero se atornilla entre la línea de fondo y las letras de ‘Melbourne’ para desatar la magia de una muñeca bañada en el Estigia. Incluso parece más extremo que aquel monumento de Fognini. ¡Está cojo! Amaga con retirarse pero recuerda lo de Nadal y las oportunidades. Se adapta. No se reprocha nada, ni un solo mensaje negativo. Sonríe a la grada. En las Antípodas habían oído hablar de Blas de Lezo y ahora lo pueden ver. Pierde dos tie-breaks, milagrosamente se mantiene en pie y, de repente, recupera la movilidad. La neurolingüística y el jugo de pepinillos han funcionado. Carlos está en su primera final de Australia.

Allí espera la mantícora. Cabeza de hombre, cuerpo de león y cola de escorpión. De los pocos que le supera en sus duelos. Djokovic es un jugador atemporal, más bien eterno, que suma a su descollante técnica un empleo táctico obsesivo, digno de la máquina que derrotó a Kasparov. Un demente de la preparación que desayuna agua tibia y rumia plantas como un búfalo. Es así como le gana la guerra a un mozalbete italiano que fue mejor que él en absolutamente todo. Las uñas del serbio se agarran a la pista por su última voluntad: ser el humano con más número de grandes.

Es la tercera mayor diferencia de edad de las finales de los slams, con 16. Djokovic sabe más por viejo y comienza aplastando. Carlos desconoce qué hacer con la derecha de 24 quilates de su rival pero no se inquieta ante el monstruo. Ya no patalea como en Wimbledon con Sinner. Busca soluciones y las encuentra. La mantícora es legendaria pero no pica como antes. Alcaraz es el más joven en completar el Grand Slam y añade su nombre a los de Lacoste, McEnroe o Wilander con siete majors.

Carlos corre a su esquina y se abraza a su gente. En ese córner ya no está Ferrero que ni siquiera ve los partidos porque le remueve la emoción. Álvaro es ahora quien se encarga de todo. ‘Blessed Hands’, le dicen, pues supuestamente, lo bendijo con el peinado de Nueva York. Carlos dice que su hermano “sabe muchísimo de tenis”, aunque en la ATP solo aparezca registrado un rosco contra un italiano en 2019.

Frankl cuenta como se sobrepuso a la ansiedad en los campos de concentración en su best seller ‘El hombre en busca de sentido’. En Alcaraz, que con 22 años ha vencido a las arenas movedizas y a la mantícora serbia, nada, absolutamente nada, lo tiene.

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Cuando Jutta venció al Dakar y al tóxico

En 1948 Bateman llevó a cabo un experimento con moscas de la fruta para concluir que los machos son más promiscuos y las hembras más exigentes en la reproducción. Esa visión ha dominado nuestro imaginario: las colas de los pavos reales, las melenas de los leones, las cornamentas de los ciervos… y los Maseratis de los hombres. Hace apenas una década se repitió el estudio con tecnología renovada, hallando errores significativos y demostrando que: “ni la promiscuidad ni la competición son terreno exclusivo del éxito reproductivo masculino”. Por lo que los Maseratis, tampoco.

Jutta Kleinschmidt (Colonia, 1962) adoptó la forma de una de esas mosquitas muertas de Bateman para invertir todas las teorías que señalan al hombre como único animal competitivo. Y escogió para hacerlo un desierto inapelable con tufo a queroseno: el rally más duro del mundo en su versión más agreste, cuando comenzaba en París y terminaba en Dakar.

Como Atenea en la mitología, Hiparquía en la filosofía o Curie en la ciencia, Jutta nació con la misión de quebrar los roles de género. Se compró una moto, estudió Ingeniería y se especializó en Física lo que le abrió las puertas del I+D de BMW, cuando las rubias con llaves solo se veían en los calendarios de carretera. Ahorró durante seis años y viajó a su primer Dakar. El embrujo fue instantáneo y en tierra de orishas, también quiso ser diosa. Debutó en el 88 sobre dos ruedas. Sin equipo. Corría por la mañana y reparaba por la noche. Aguantó como los estoicos hasta que la organización perdió su material y tuvo que abandonar. En los 90 se asentó en la categoría y conoció a un amor sibilino: Jean-Louis Shclesser.

El francés la animó a subirse a un coche y se estrenó como piloto de Mitsubishi. Su novio amplió la propuesta y le ofreció una manzana envenenada: pilotar uno de sus buggys. Jutta era la primera mujer en ganar etapas, Schlesser se inquietó con su Galatea y todo saltó por los aires. Cual tirano enfurecido, obligó a detenerse al coche de Jutta, cuando era más rápida que él. La alemana olió la toxicidad a kilómetros, se bajó del coche de su novio y volvió a Mitsubishi, para volar libre.

Con el Pajero Evo rubricó la leyenda. Fue la primera mujer en liderar la prueba y en subirse al podio y, en 2001, como Pandora, abrió la caja de los truenos. El Dakar se presentaba como una berrea entre Schlesser-Serviá y Masuoka-Fontenay, mientras Kleinschmidt y Schulz serían convidados de piedra. Así sucedió, hasta que en la última etapa un vendaval de testosterona provocó la tormenta perfecta.

En una maniobra digna de Pierre Nodoyuna, Schelesser se colocó justo delante de Masuoka en la salida para que comiese polvo. El nipón mordió el anzuelo y arrancó a la desesperada destrozando su suspensión. En un arrebato de locura, Fontenay salió del coche averiado para intentar detener a Schlesser, mientras Masuoka la emprendía a golpes. El Dakar era del francés, pero la artimaña le costó una hora de sanción y Jutta, a la chita callando, entró en el Lago Rosa de Cabo Verde como la primera campeona en la historia del Dakar, aplastando, de paso, al novio que la había intentado amordazar.

Hoy se cumplen 25 años de que Kleinschmidt sublimase la ‘Teoría King Kong’ de Despentes, para recordarle al mundo que las mujeres pueden ser tan promiscuas, competitivas, arriesgadas y veloces como los hombres.

Si les apetece.

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El vasco que inventó la chilena a bofetadas

Una ‘chilena’ es, según la Real Academia Española, un “remate o despeje de espaldas a la portería contraria, con los dos pies en el aire”. Y debe ser transcrito así, en la lengua de Cervantes, porque este arabesco imposible de los cuerpos gráciles, fue inventado por un español de los que nacen donde quieren. Se llamaba Ramón Unzaga pero bien podría haber sido Pedro de Valdivia, por la contumacia con la que conquistó Chile.

Desde Bilbao, su familia emigró a Talcahuano. Se formó en contabilidad y trabajó en la mina, aunque su pasión era el deporte. Practicaba atletismo como Spiridon Louis, ciclismo como Garin, waterpolo como Hajós y natación como Weissmüller, pero la pelota lo cautivó para dotarlo de mil filigranas. El 16 de enero de 1914 la cancha de El Morro fue testigo de la más importante. “El cuerpo en el aire, de espaldas al suelo, las piernas disparaban la pelota hacia atrás en un repentino vaivén de hojas de tijera”, rememora Galeano. Ramón Unzaga acababa de crear la chilena, su “salto de lujo”. La exprimió sobre todo en defensa, aunque tamaña vanguardia tardase en ser aceptada. El hispano-chileno, capaz de concluir un partido disparando una pistola, dirimió en alguna ocasión la validez de sus cabriolas con “un cambio de bofetadas” con los trencillas.

Los diarios lo catalogaban como “trabajador incansable, hábil para romper una combinación, astuto en ubicarse, alimentador constante y oportuno de los ágiles”. Su destreza lo llevó a capitanear a la selección de Chile y desde ahí expandió su jugada al mundo como un ciclón.

La ‘chorera’ en Talcahuano, ‘chilenita’ en Chile o ‘trizaga’ en Uruguay, se llamó lacónicamente ‘chilena’ en España porque un discípulo de Unzaga, David Arellano, la exhibió aquí una década más tarde. Y es que a pesar de que son muchas las circunscripciones que se la rifan -como Brasil y su adscripción a Leónidas Da Silva- nadie la ha litigado más fuerte que el Perú. Se cuenta que los chalacos, moradores en el Puerto del Callao, ya ejecutaban la ‘chalaca’ mucho antes de Unzaga y que en 1892, los ingleses, llegados en sus barcos, la importaron. Es una teoría que apoya Vargas Llosa en detrimento de su colega uruguayo ya que “sólo los chalacos manejan las patas mejor que las manos” y por la que hasta el coloso Teófilo Cubillas, intentó reclamar los derechos de la pirueta.

Resulta imposible establecer una clasificación de las mejores chilenas. Lira, Madruga, Montiel o sobre todo, Ibrahimovic con un disparate de 35 metros, han ganado un premio Puskas con sus ejecuciones. Los hay que basan su carrera en la maniobra como el alemán Fischer, capaz de convertirla en una semifinal mundialista, o los más de 30 goles de Hugo Sánchez. Van Basten hizo lírica hace 40 años, Ronaldinho se doctoró ante el Villarreal, Rooney la bordó en un derbi de Manchester, Cristiano hizo un monumento en Turín, Bale la encumbró en una final de Champions y, si me preguntan, siempre señalaré el misil de Bressan como favorito.

El gol de Pelé en ‘Evasión o victoria’ es el mejor indicio del poder liberador de una chilena, considerada por la propia FIFA como “lo más espectacular visto en el fútbol”. Una combadura inverosímil que sacó de su chistera un mediocentro de Bilbao y que defendió a bofetadas para que, 112 años después, sigamos venerando la magia.

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30 años del momento estelar del Compos

Cuenta el Eco Republicano de Compostela que en 1873 llegó a Vilagarcía el carguero inglés Go-Go y “sus marineros descienden a tierra y divididos en dos grupos disputan una bola que llaman balón y se dirigen con los pies”. Aquel habría sido el germen del fútbol en España si esta historia no fuese una patraña. El fútbol llegó a España de manos de los mineros británicos de Riotinto y, a Galicia, gracias a los empleados de la Eastern Telegraph Company de, ¡cómo no!, una nación celta como Cornualles que arribaron en Vigo. Es por eso que el cable telegráfico que para Stefan Zweig es “el cambio más decisivo desde la creación del mundo” y uno de los momentos estelares de la humanidad, también trajo el fútbol a Galicia.

Pero en una comunidad marcada por el ímpetu costero que fraguó sus equipos decanos en el primer lustro del XX, la capital fundada sobre los restos del apóstol quiso zarandear el establishment con un club rematadamente joven. La Sociedad Deportiva Compostela nació en 1962 y encontró su apogeo en los 90 con un meteórico ascenso de cuatro escalones en cinco temporadas. Fue entonces cuando se encaramó al Pico Sacro de su historia con un subcampeonato de invierno que es parte de las narraciones mitológicas del fútbol gallego y que ahora cumple sus bodas de perla.

El 14 de enero de 1996 San Lázaro acogía una final insospechada. Los dos equipos revelación -el Espanyol, segundo con 41 puntos y el Compos, tercero con 39- se jugaban la plata de la primera vuelta de la Liga, notablemente alejados del líder, el indómito Atleti de Kiko, Caminero, Pantic o Penev (que al curso siguiente llegaría a Santiago) en el año del extático doblete.

El once del Compos fue el habitual pues la dicha reinaba en un equipo tocado por la gracia, sin lesiones ni sanciones. Falagán, en portería. Defensa de cuatro: Nacho y Mauro en los laterales y Villena y el tótem Bellido de centrales. En el medio, la crema: Lekumberri, ‘Monsieur’ Passi, José Ramón, el hermano de Fran, y ‘O Rei’ Fabiano. Por delante, los torpedos: el campeón de Europa Christensen y el máximo artillero de siempre, Ohen.

En aquella época de laureles figuran las leyendas más egregias de la Esedé. Javier Bellido es el icono por antonomasia, el que tiene casi 300 batallas. El carioca Fabiano renunció al Celta por ser timón y alma en un Compos de Segunda. Y el nigeriano Ohen anotó 60 goles en sus siete temporadas en Santiago. No hay que olvidarse de Fernando Vázquez y sus carreras kilométricas por el anillo de lo que hoy es el Vero Boquete, enardeciendo a los fieles. Ni tampoco de un presidente tan carismático como Caneda, tan capaz de reinventar el refranero, como de liarse a mamporros con Jesús Gil, lo que no es “pataca minuta”.

El Compostela ganó aquel partido contra el Espanyol con goles de Lekumberri y José Ramón, que superaron el solitario de Urzaiz, y obtuvo el honor del subcampeonato de invierno con 15 puntos sobre el Celta, 10 sobre el Dépor ó 9 por encima del Madrid. Fue una temporada vibrante en la que terminó décimo, sin apuros, pero cuajando inolvidables actuaciones como la victoria ante el Barcelona, el 4-0 al Dépor o el 3-3 contra el Madrid.

Hoy son otros los vientos que soplan por el Vero Boquete para un Compos de Tercera Federación, pero el patrimonio de aquella camiseta serigrafiada con la Catedral y las conservas Escuris, siempre quedará en el imaginario colectivo como el embrujo de una ciudad mística en la que todo era posible.

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Navidad, Palestina, fútbol y conciencia

Es Navidad. Con las luces exageradas, los villancicos desentonados, el buche inflamado y una lotería que perpetúa desigualdad. Con el árbol colmado de regalos inútiles. Con el machismo de las comidas, del Concierto de Año Nuevo y de los saltos de esquí. Pero qué más da si es Navidad. La magia nos aturde y la fiesta se mantiene incólume un año más, extremadamente lejos de cualquier perspectiva misericorde de lo que un día fue religión.

Marx afina la visión por la que Dios no crea al hombre, sino que es el hombre quien crea a Dios desde sus necesidades y deseos. Y por eso lo del opio y el pueblo, por el consuelo ilusorio que nos ofrece la fe. Galeano, con una contemporaneidad ineluctable, lo actualiza y le otorga ese lugar al fútbol que “atrofia la conciencia del obrero, hipnotizado por la pelota”. El uno y el otro hablan de lo mismo, de la sociedad asfixiada por el capitalismo que según Weber también nace de la religión.

En Gaza, hoy se lapidan todos los credos.

En 1947, la ONU resquebraja Palestina entregándole un 56% a la población judía. Jerusalén queda bajo administración internacional ya que las tres grandes religiones se la rifan por el valor en sus relatos. La posverdad amplifica las diferencias, sin darnos cuenta de que todo viene de Abraham y es prácticamente lo mismo. Tan solo un año después, tras la expulsión indiscriminada de los musulmanes de sus casas, Israel ya controla el 78% del territorio y declara Jerusalén su capital “entera y unificada”. A escasos kilómetros de la disputa se encuentra Belén, lugar inconcusamente palestino y donde nació el Dios que celebramos en estas fechas.

En ese pesebre que alumbró lo divino se profanan todas las barreras de lo sagrado. 70.000 gazatíes muertos y 170.000 heridos en nombre de la religión desde 2023, de los cuales 64.000 son niños inocentes como los que ordenó asesinar Herodes en tiempos antiguos. Un exterminio del que ni siquiera se libra un coloso del dogma moderno del fútbol, porque donde Portugal tiene a Cristiano o Argentina a Messi, Palestina tenía a Suleiman al-Obeid.

El ‘Pelé Palestino’ era un héroe para el fútbol árabe. Sus más de cien goles y regates ilusionaban a niños y mayores. En 2015 volvió a Gaza y durante la guerra salía a las calles hostigadas por los bombardeos para mantener la esperanza con un balón. El pasado mes de agosto se dirigió a un punto de ayuda humanitaria para conseguir alimentos para su familia. Allí fue acribillado y “martirizado”. Tenía 41 años, mujer y cinco hijos, a los que solo les queda un pantalón con su aroma y el número 10: “Que Dios no perdone a quien hizo esto”. En aquel momento, 321 personas vinculadas al fútbol palestino habrían muerto en la guerra. El número de deportistas ascendería a más de 665, sin olvidarnos de los 250 periodistas que cubrirían sus gestas. Hoy, lamentablemente, serán muchos más.

Nietzsche nos señala como responsables de la muerte de Dios por ser incapaces de vivir bajo una moral universal. Y sin leyes reina el caos. El ser humano sigue buscando sus propios fundamentos y solo encuentra el fundamentalismo, mientras se encharca de sangre las mismas manos con las que come mazapán.

El Apocalipsis de San Juan se emplaza “en el lugar que en hebreo se llama Armagedón”, una colina al norte de Israel, testigo de un sinfín de batallas. Donde todo comenzó, todo puede concluir. Alfa y Omega se tocan en el juicio final. Que cada palo aguante su vela y escoja el lugar donde quiere que lo recuerden.

📝 Artículo publicado en La Región

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