30 años del momento estelar del Compos

Cuenta el Eco Republicano de Compostela que en 1873 llegó a Vilagarcía el carguero inglés Go-Go y “sus marineros descienden a tierra y divididos en dos grupos disputan una bola que llaman balón y se dirigen con los pies”. Aquel habría sido el germen del fútbol en España si esta historia no fuese una patraña. El fútbol llegó a España de manos de los mineros británicos de Riotinto y, a Galicia, gracias a los empleados de la Eastern Telegraph Company de, ¡cómo no!, una nación celta como Cornualles que arribaron en Vigo. Es por eso que el cable telegráfico que para Stefan Zweig es “el cambio más decisivo desde la creación del mundo” y uno de los momentos estelares de la humanidad, también trajo el fútbol a Galicia.

Pero en una comunidad marcada por el ímpetu costero que fraguó sus equipos decanos en el primer lustro del XX, la capital fundada sobre los restos del apóstol quiso zarandear el establishment con un club rematadamente joven. La Sociedad Deportiva Compostela nació en 1962 y encontró su apogeo en los 90 con un meteórico ascenso de cuatro escalones en cinco temporadas. Fue entonces cuando se encaramó al Pico Sacro de su historia con un subcampeonato de invierno que es parte de las narraciones mitológicas del fútbol gallego y que ahora cumple sus bodas de perla.

El 14 de enero de 1996 San Lázaro acogía una final insospechada. Los dos equipos revelación -el Espanyol, segundo con 41 puntos y el Compos, tercero con 39- se jugaban la plata de la primera vuelta de la Liga, notablemente alejados del líder, el indómito Atleti de Kiko, Caminero, Pantic o Penev (que al curso siguiente llegaría a Santiago) en el año del extático doblete.

El once del Compos fue el habitual pues la dicha reinaba en un equipo tocado por la gracia, sin lesiones ni sanciones. Falagán, en portería. Defensa de cuatro: Nacho y Mauro en los laterales y Villena y el tótem Bellido de centrales. En el medio, la crema: Lekumberri, ‘Monsieur’ Passi, José Ramón, el hermano de Fran, y ‘O Rei’ Fabiano. Por delante, los torpedos: el campeón de Europa Christensen y el máximo artillero de siempre, Ohen.

En aquella época de laureles figuran las leyendas más egregias de la Esedé. Javier Bellido es el icono por antonomasia, el que tiene casi 300 batallas. El carioca Fabiano renunció al Celta por ser timón y alma en un Compos de Segunda. Y el nigeriano Ohen anotó 60 goles en sus siete temporadas en Santiago. No hay que olvidarse de Fernando Vázquez y sus carreras kilométricas por el anillo de lo que hoy es el Vero Boquete, enardeciendo a los fieles. Ni tampoco de un presidente tan carismático como Caneda, tan capaz de reinventar el refranero, como de liarse a mamporros con Jesús Gil, lo que no es “pataca minuta”.

El Compostela ganó aquel partido contra el Espanyol con goles de Lekumberri y José Ramón, que superaron el solitario de Urzaiz, y obtuvo el honor del subcampeonato de invierno con 15 puntos sobre el Celta, 10 sobre el Dépor ó 9 por encima del Madrid. Fue una temporada vibrante en la que terminó décimo, sin apuros, pero cuajando inolvidables actuaciones como la victoria ante el Barcelona, el 4-0 al Dépor o el 3-3 contra el Madrid.

Hoy son otros los vientos que soplan por el Vero Boquete para un Compos de Tercera Federación, pero el patrimonio de aquella camiseta serigrafiada con la Catedral y las conservas Escuris, siempre quedará en el imaginario colectivo como el embrujo de una ciudad mística en la que todo era posible.

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Navidad, Palestina, fútbol y conciencia

Es Navidad. Con las luces exageradas, los villancicos desentonados, el buche inflamado y una lotería que perpetúa desigualdad. Con el árbol colmado de regalos inútiles. Con el machismo de las comidas, del Concierto de Año Nuevo y de los saltos de esquí. Pero qué más da si es Navidad. La magia nos aturde y la fiesta se mantiene incólume un año más, extremadamente lejos de cualquier perspectiva misericorde de lo que un día fue religión.

Marx afina la visión por la que Dios no crea al hombre, sino que es el hombre quien crea a Dios desde sus necesidades y deseos. Y por eso lo del opio y el pueblo, por el consuelo ilusorio que nos ofrece la fe. Galeano, con una contemporaneidad ineluctable, lo actualiza y le otorga ese lugar al fútbol que “atrofia la conciencia del obrero, hipnotizado por la pelota”. El uno y el otro hablan de lo mismo, de la sociedad asfixiada por el capitalismo que según Weber también nace de la religión.

En Gaza, hoy se lapidan todos los credos.

En 1947, la ONU resquebraja Palestina entregándole un 56% a la población judía. Jerusalén queda bajo administración internacional ya que las tres grandes religiones se la rifan por el valor en sus relatos. La posverdad amplifica las diferencias, sin darnos cuenta de que todo viene de Abraham y es prácticamente lo mismo. Tan solo un año después, tras la expulsión indiscriminada de los musulmanes de sus casas, Israel ya controla el 78% del territorio y declara Jerusalén su capital “entera y unificada”. A escasos kilómetros de la disputa se encuentra Belén, lugar inconcusamente palestino y donde nació el Dios que celebramos en estas fechas.

En ese pesebre que alumbró lo divino se profanan todas las barreras de lo sagrado. 70.000 gazatíes muertos y 170.000 heridos en nombre de la religión desde 2023, de los cuales 64.000 son niños inocentes como los que ordenó asesinar Herodes en tiempos antiguos. Un exterminio del que ni siquiera se libra un coloso del dogma moderno del fútbol, porque donde Portugal tiene a Cristiano o Argentina a Messi, Palestina tenía a Suleiman al-Obeid.

El ‘Pelé Palestino’ era un héroe para el fútbol árabe. Sus más de cien goles y regates ilusionaban a niños y mayores. En 2015 volvió a Gaza y durante la guerra salía a las calles hostigadas por los bombardeos para mantener la esperanza con un balón. El pasado mes de agosto se dirigió a un punto de ayuda humanitaria para conseguir alimentos para su familia. Allí fue acribillado y “martirizado”. Tenía 41 años, mujer y cinco hijos, a los que solo les queda un pantalón con su aroma y el número 10: “Que Dios no perdone a quien hizo esto”. En aquel momento, 321 personas vinculadas al fútbol palestino habrían muerto en la guerra. El número de deportistas ascendería a más de 665, sin olvidarnos de los 250 periodistas que cubrirían sus gestas. Hoy, lamentablemente, serán muchos más.

Nietzsche nos señala como responsables de la muerte de Dios por ser incapaces de vivir bajo una moral universal. Y sin leyes reina el caos. El ser humano sigue buscando sus propios fundamentos y solo encuentra el fundamentalismo, mientras se encharca de sangre las mismas manos con las que come mazapán.

El Apocalipsis de San Juan se emplaza “en el lugar que en hebreo se llama Armagedón”, una colina al norte de Israel, testigo de un sinfín de batallas. Donde todo comenzó, todo puede concluir. Alfa y Omega se tocan en el juicio final. Que cada palo aguante su vela y escoja el lugar donde quiere que lo recuerden.

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El día que Jesús Gil fue inocente

Es el primero de octubre de 1993, la víspera del primer derbi de la temporada que disputarán atléticos como locales y madridistas como visitantes. Jesús Gil reposa la cena despreocupado, en su finca de Valdeolivas, entre Ávila y Toledo, a 140 kilómetros de la capital. Se recuesta en el sofá y enciende la televisión. Un informativo urgente anuncia que varios grupos de ultras blancos han profanado el Vicente Calderón, asaltando la puerta 9. La situación parece acuciante. El presidente rojiblanco, teléfono en mano, observa las imágenes con estupefacción mientras su rictus abandona la laxitud. La Policía Nacional entra en escena generando un ambiente detectivesco. Una cámara penetra en el estadio y descubre a los fanáticos prendiendo una hoguera y colonizando el palco. “Vamos a quemar el Calderón”, dicen los unos, “venimos a sentarnos donde se sienta el gordo”, dicen los otros. “Esto es contraproducente”, replica Gil desde el sofá de su casa sin acertar a utilizar el teléfono inalámbrico al que se ase como salvoconducto.

La televisión emite las primeras detenciones en los intestinos del coliseo, pero un puñado de forofos se amotinan en el despacho de Gil, usando como rehén al gerente del equipo, Clemente Villaverde, al que maniatan. El hijo del presidente, turbado, llega al lugar de los hechos. Su conato de diálogo es rechazado por los exaltados. “Queremos hablar con tu padre”. Jesús Gil intenta tomar las riendas: “Qué es lo que quieren estos hijos de puta. Nombra una comisión con tranquilidad, que hablen conmigo y ya está. No dramaticéis”.

Los periodistas acceden a la oficina. Las imágenes, grotescas, recuerdan a cualquier cinta de neorrealismo. Copas ultrajadas, litronas de Mahou y cánticos viscerales. Por fin se produce la comunicación entre cabecillas. “No rompáis nada”, pide Gil. Los ultras advierten de diez bombas colocadas en el graderío que estallarán si no cumple las peticiones. Gil replica todas con cadera. Piden a Futre para el Madrid, pero objeta que no lo quieren ni Mendoza ni Floro. Exigen entradas para el partido pero inquiere la cantidad. Accede a fotografiarse con una remera blanca si ellos visten la colchonera. Niega la cabeza de Imperioso por ser un animal noble y se planta cuando le piden ser presidente del Madrid. “Yo creo que no queréis llegar a ningún acuerdo”, sentencia.

La negociación salta por los aires y tres explosiones sacuden el estadio, la más fragorosa descabalgando el escudo de las barras, el oso y el madroño. La policía controla la situación, se suspende el partido y cuando todo parece bajo control, un reducto irrumpe en la vivienda del presidente. Ellos mismos portan la resolución del caso: un ramo de flores, un monigote de papel recortado y una sintonía inconfundible.

Es anecdótico que el adjetivo inocente vaya de la mano del que fuera alcalde de Marbella y presidente del Atlético pues su rosario de causas daría para componer los sonetos de Shakespeare, pero Jesús Gil y Gil es el protagonista absoluto de una de las inocentadas más recordadas de la historia patria. Una efeméride que nos conmina a estar atentos a todos los embustes y trampantojos que hoy son licencias en los titulares de la prensa, pero que mañana desafiarán nuestra información en la temible época de la posverdad.

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Parricidio en El Palmar

“Cuando te fijas en todo lo que ha logrado hasta ahora, el ‘mago español’ es el mejor jugador que a su edad haya jugado al tenis”. El mago español es Alcaraz porque cuando blande la raqueta evoca al Mago Merlín con su báculo de Ávalon. El autor de la frase es Rick Macci, quien ocupa el escalón más alto de la pirámide de los entrenadores. Sus manos han esculpido los halos más brillantes. Roddick, Capriati, Sharapova y, sobre todo, las hermanas Venus y Serena. En 1991, viajó hasta Compton, el salvaje suburbio de Los Ángeles, para chequear el nivel de las hermanas tras ser urgido en repetidas ocasiones por su padre. Allí, obnubilado por la calidad de las jóvenes, extendió un contrato por el que proveía formación, alojamiento, comida y educación gratis en su escuela de Florida a cambio del 15% de sus premios. El padre de las estrellas, replicó otro acuerdo en el que solicitaba una casa para toda la familia, educación para todas sus hijas, empleo y acceso a los entrenamientos. Richard Williams es conocido por sus injerencias en el trabajo ajeno, pero los dos lo vieron tan claro que no había cláusula que tumbase la coalición y estrecharon sus manos.

Carlos Alcaraz -padre- y Juan Carlos Ferrero acaban de firmar la antítesis de este concierto en Murcia. Sus discrepancias han sido suficientes a la hora de renovar la relación contractual sobre la mentoría de su hijo y han puesto fin, sin rodeos, a una alianza gloriosa de siete años y seis Grand Slams, una plata olímpica o dos trofeos de Número 1 que se han ido al limbo de las cosas que Dios sabe si volverán a ocurrir. Los ventajistas dicen que esto se veía venir cuando se introdujo en el equipo a Samuel López, pero la noticia, inesperada y turbulenta, ha sido un jarro de agua congelada en la calidez de una unión que parecía indisoluble.

Un matrimonio que excedía, por mucho, al deporte. Un vínculo paternofilial de afecto, devoción y una báscula minuciosamente calibrada entre deber y poder. Carlos es el verso blanco del tenis, el huracán desbocado, el manantial de energía rebosante que amenaza autólisis. Ferrero, el anticiclón sereno que le fuerza a tomar tierra. Que le dice que no toca la Fórmula 1, que le pauta su ocio ibicenco, que le recuerda esa relación inexorable entre el sudor y los sueños. “Para ser el mejor de la historia, esclavo tienes que ser. Si no, hay que aceptar que quizá no llegues a tu mejor versión”.

La franqueza de Ferrero nunca ha sido negociable. “Me hubiera gustado seguir”, cuenta lacónico en su despedida. Su plan, antes de que todo saltase por los aires, era permanecer diez años con Carlos para, tras una vida recorriendo el mundo, centrarse en su academia de Villena. Puede que, más allá de la discordia económica, ese haya sido el detonante. La Ferrero Tennis Academy nacía en 1990 en Alicante. Tres años después, la que hoy es conocida como la Carlos Alcaraz Academy que dirige Carlos Alcaraz senior en El Palmar. Los intereses, la mercadotecnia y los egos no debieran enturbiar la armonía y parece que sí lo han hecho en lo que el tiempo amenaza convertir en un error craso y flagrante.

¿Qué ocurrirá ahora que Alcaraz ha perdido el termómetro que controlaba su fuego? ¿Será el nuevo Ícaro, condenado por su desobediencia, o aparecerá un nuevo gurú que lo domeñe? La frase de Rick Macci con la que abre este artículo exaltando al ‘mago español’ continúa: “No obstante, en la vida no se trata de cómo o dónde empiezas, sino de dónde terminas finalmente”.

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Un obituario sport, ilegal y extremo

Puede que muchos crean que las únicas tangencias detectables de Jorge Martínez con el deporte se reduzcan a asuntos de alcoba. No les faltaría razón pues el líder de Ilegales se pasó media vida reconociendo sus contrariedades con ítems del ejercicio que las hordas fanáticas acogieron como himnos de una métrica cruda, transgresora e imperecedera de las cosas que ya no se pueden decir. “Tengo un problema sexual, soy una bicicleta” y “es mi deporte favorito el adulterio” son dos apotegmas que no esconden mayor verdad que la sátira, pues debajo de los 186 centímetros de pellejo que cubrían al ser más irreverente del rock nacional, había un deportista en potencia que nunca derivó en acto. Su carácter conflictivo lo derivó a un colegio militarizado en el que decía ser “el atleta más brillante”. Corría y jugaba al fútbol como delantero tanqueta; no le dieron la oportunidad en el boxeo por “frío y destructivo”, pero sí encontró la dicha en el hockey. Tal fue la destreza que adquirió con el stick que, tiempo después, lo utilizó como mazo de la justicia en el cenagal del proxenetismo en favor de las mujeres humilladas. Porque Jorge, además de feo y fuerte, era formal.

A Roberto Iniesta no se le conoce un pasado tan prolífico en la gimnasia como el de su colega. Sí es sabido que sus padres, Carmen y Juan, eran profundamente colchoneros y fundadores de la peña atlética de Plasencia. El ‘hombre pájaro’ recibió en herencia la liturgia del Calderón y en abril de 1996, justo el día en que grababa el video de ‘So Payaso’ y al lado de otro líder transgeneracional como Rosendo, se enfundó una casaca tan mítica como la del mecenazgo de ‘Marbella’. El Atleti ganó el doblete y, años después, explotó el ‘Caso Camisetas’ que bien podría haber sido el leitmotiv de cualquier tema taleguero de Extremoduro. Es probable que la filosofía del fútbol de barrio se adhiera al verso de Robe, de espíritu rebelde y vocación honesta, de cantar a las cosas que duelen, que supuran y que salen del tuétano que se rasga. De la abnegación y la redención constantes, que nos unen en ese camino en el que “todos, como hermanos, repartamos amores, lágrimas y sonrisas”.

El rock, el deporte y la dopamina forman una tríada indisoluble por la que seguimos en pie. Bruce Dickinson, vocalista de ‘Iron Maiden’ fue uno de los diez mejores esgrimistas británicos y todavía saca lustre al florete; Lars Ulrich, batería de ‘Metallica’, una de las mayores promesas del tenis danés; Rod Stewart dejó la cantera del Brentford por la música y ya en terreno patrio, la historia de Loquillo con el baloncesto, merece un punto y aparte. Entrenado por Aíto García Reneses y compañero de Epi, quien lo bautizó, llegó a jugar en el Mataró donde las chupas de cuero y la sombra de ojos no terminaron por encajar en la disciplina de la época. Fue precisamente de Loquillo una de las despedidas más sentidas a Jorge Ilegal, “real, como la vida, una batalla campal desde el principio”. Porque todo esto es cíclico.

No se me ocurre mejor forma de cerrar este obituario que con una frase de quien no creía en nada porque ahí es donde residen todos los abismos de los que hablaron los genios valientes. Quevedo, Bukowski, Bazán, Zola y por supuesto, Nietzsche, que consideraba perdidos “los días en que no hemos bailado al menos una vez”.

A Jorge, a Roberto y a todos los poetas muertos.

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Orfebres del fútbol sala femenino

El 28 de diciembre de 1990 el septentrión peninsular acogió un parto furtivo. En un remoto pabellón de Carballo un grupo de mujeres viste por vez primera el escudo del castillo, el león y la granada. Su rival es una paradoja. La selección gallega la antecede y la alimenta. El Sal Lence y el Meirás, henchidos de copas, sus principales proveedores. Roberto Amado se tira de los pelos para armar una convocatoria en la que, finalmente, escintilan cuatro apellidos oriundos. Beatriz Seijas, Vero Díaz, María Varela y Ana Silva escudan a la madrileña Kuky, primera capitana y astro. Tan difícil es el dilema que un coloso como Lis Franco, que ya vio nacer a la selección de fútbol en Galicia, se queda fuera. Las de rojo ganan 8-0 y Bea Seijas abre la lata, como hará cinco años más tarde con la primera selección auspiciada por la federación de fútbol. Cuente como se cuente, el primer gol siempre será nuestro. Al día siguiente llega el primer duelo internacional. Es contra Portugal en Narón. España vence 4-1 y ya no hay quien frene su biografía.

Cuando la selección femenina aún juntaba sus piezas, los hombres ya habían disputado un mundial. El primero masculino fue en 1989 en Países Bajos. Desde entonces se han celebrado diez ediciones con bombo y platillos de la FIFA. Mientras tanto, las mujeres permanecieron 36 años en la clandestinidad, con un mundial oficioso organizado por ellas mismas que no ha conocido otra campeona que Brasil y suomnipotencia insultante. De los 202 partidos jugados por la selección española solo una décima parte han sido oficiales. Son los tres europeos en los que se ha consagrado como absoluta emperatriz continental y este primer mundial con pedigrí. Hoy, todas las mujeres futbolistas de salón se liberan del yugo en Filipinas, en el primer torneo planetario con todas las de la ley. Demasiado tarde, pero de una forma mistérica y mágica en la que todo se repite.

Cuatro gallegas han vuelto a tirar del carro; además de la pléyade forastera que siente Galicia como propia, comandada por una Dany incombustible. Las razones de que en este córner siga emergiendo tanto talento se llama Burela, decretado como el mejor equipo del mundo, así como Poio, Marín, Viajes Amarelle, Ourense, Castro, Marín o Cidade das Burgas. Ale de Paz, Antía Pérez, Martita y, sobre todo, Vane Sotelo, son las escogidas.

La capitana apareció con 19 años de la mano de José Venancio para enfrentarse a gigantes y ya ha sido la máxima goleadora en dos mundiales oficiosos y un europeo. A la ourensana le ha llegado el brazalete tras esa maldición faraónica que ha perseguido al grupo a punto de alcanzar la Tierra Prometida. La atrocidad es la única explicación de que Anita Luján y Peque, con 255 partidos entre ambas, se hayan quedado sin una fiesta que también se le ha privado a Mayte Mateo. Pero la tercera en discordia, Sotelo, ha aceptado el desafío de iluminar el camino con un fogonazo a la escuadra tailandesa. El primer gol de nuestra historia en un mundial de verdad, vuelve a ser gallego. No podía ser otra: 95 goles en 99 partidos.

El bronce del mundial de Filipinas puede saber a poco, pero es mucho, contando que Brasil es tan inexpugnable como Cerbero. Nadie ha podido toserle. Lleva 43 partidos sin perder y ha ganado todo torneo en el que ha participado: ocho Copas América, seis mundiales oficiosos y este primero oficial. El duelo de semifinales se le atragantó a una España con menor experiencia. La media de edad de las canarinhas es de 32 años, próxima a un cambio generacional. La nuestra, de 27. Las hermanas Córdoba, Irene Samper, María Sanz o Elena tienen todo por delante.

Si todo transcurre con normalidad, el próximo mundial será en 2029. Sotelo tendrá 34; Anita Luján, 38 y Peque, 42, justo la edad a la que Lucileia acaba de proclamarse campeona del mundo. La imagen de las tres capitanas levantando la copa será la redención idónea de todas las que lucharon desde el barro y los pabellones vacíos. El fútbol sala mundial lleva el nombre de nuestras reinas tatuado desde sus inicios. La corona es solo cuestión de tiempo.

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El fútbol nació en Escocia

Hace unos días las fallas de las Highlands se estremecieron hasta lo indecible. La sacudida fue de tal magnitud que a punto estuvo de despertar al monstruo del lago; de romper Escocia en dos, en tres, en cuatro pedazos peligrosamente proporcionales a los goles que llovían en Hampden con nostalgia celta. Quizás por eso también aquí los sentimos propios. Por ese trisquel común tatuado en la amígdala.

Escocia volverá a estar en un Mundial por primera vez desde 1998 en un relato que ya forma parte de las leyendas artúricas. De fondo se escucha una melodía in crescendo. En todos los bares de Glasgow, en todas las tascas de Edimburgo, mujeres y hombres recitan el poema heroico heredado de sus bardos que retumba cada vez que la selección anota. Le cantan a su país que han caminado 500 millas y que caminarían 500 más por ser los que se levantan, trabajan y se emborrachan al lado de su amor. Al fin y al cabo, de eso trata la vida.

Es una danza tribal que celebra el tartán, las gaitas y el whisky. Un ritual que sublima comunidad, sangre y linaje. Es un himno que embauca. Un espectáculo salvajemente indígena. Porque aquí empezó todo. Puede que te hayan dicho que los padres de esto de las patadas y el balón son ingleses y que recogieron sus normas en 1863. Pero el fútbol de verdad nació en Escocia en un día como hoy. El 30 de noviembre de 1872, tras una serie de encuentros en el barrio londinense de Kennington, Escocia e Inglaterra disputaron el primer partido internacional de la historia. Fue en el campo de cricket de Hamilton Crescent, en Glasgow, coincidiendo con el día del patrón. Apenas un chelín de entrada y 4.000 testigos de un momento estelar zweigiano. La rivalidad histórica de pictos y anglos; de Alba y Albión; de San Andrés y San Jorge; de William Wallace y Eduardo I; de María Estuardo e Isabel I; de católicos y protestantes; de Burns y Shakespeare; de Europa y Brexit; de unicornios y leones; del cardo y de la rosa; pasaba a un nuevo plano, más relajado: el 90×120.

116 veces se han batido en el verde: 49 para Inglaterra, 41 para Escocia, 26 tablas y siempre con insondable expectación. Los Escocia-Inglaterra de Hampden aparecen doce veces en la lista de los 20 partidos con mayor asistencia, llevándose la palma el de la British Home del 37 que vencieron los norteños ante 150.000 almas. Solo milagros como el Maracanazo superan tal barbaridad.

Eso es el fútbol de selecciones. Allí donde se liman las aristas de lo irresoluble y se alcanza lo imposible. Donde Curazao, una minúscula isla del Caribe, se mete en un Mundial. Donde Jordania, en medio del fuego abierto entre Irán e Israel, hace lo propio. Donde Haití engaña a la pobreza con goles. Donde el África negra enseña sus colores. Donde todo Portugal suspira por otro récord del hombre de las mil dianas. Donde incluso España, abonada a un fracaso secular, borda dos estrellas en un santiamén.

Dice el colega Borja Pardo que “el sentido de pertenencia de un país a través del fútbol es un plato gourmet que se cocina a fuego lento”. Me seduce Galeano cuando asume que “todos los uruguayos nacemos gritando gol”. Y empatizo con el Alfredo de Sorrentino cuando trasciende su miseria a través de Maradona que “ha vengado al gran pueblo argentino, oprimido por los innobles imperialistas en las Malvinas. ¡Es un genio! Es un acto político. Una revolución”.

Puede que en el fútbol de selecciones se encuentre la última bocanada de aire fresco de un edén arrollado por la codicia. Porque la identidad de los pueblos no se puede comprar. Tan solo se siente de una manera incontrolable.

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Con Franco se vivía mejor

“Desde hoy. Franco asumirá todo el poder. Y el pueblo lo acatará felizmente. No habrá igualdad. La mujer no podrá votar. Se censurará todo contenido político cultural y escrito. La mujer deberá dedicarse al hogar y al matrimonio, no emprender una carrera. A los homosexuales se les aplicará, si no la muerte directa, la lobotomía. Se reinstaura la pena de muerte para delitos comunes y políticos con carácter retroactivo. El judaísmo, el liberalismo y la democracia serán tres de los enemigos del nuevo régimen”.

Con 28 renglones, David Uclés firma ‘El caligrama del funcionario civil’. Es una danza de grafismos -como los de Huidobro, Apollinaire o Manuel Antonio- que dibuja la silueta del Valle de los Caídos, el mausoleo del dictador. Detrás de las 700 páginas de ‘La península de las casas vacías’, se esconden tres lustros de titánica documentación para engendrar una de las mejores novelas de nuestro siglo. Algo sabrá el chaval.

El 20 de noviembre de 1975, Francisco Franco fallecía en el Hospital de La Paz. Su defunción supuso el fin de la dictadura y el advenimiento de la democracia, pero donde solo cabría encontrar alivio también emerge una terrorífica añoranza disfrazada de incultura. El 21,3% de los españoles considera que los años del franquismo fueron “buenos” o “muy buenos”, mientras que uno de cada cinco jóvenes valoran positivamente la dictadura. Los nietos de la barbarie aseveran sin rubor que Franco hizo muchas cosas buenas, pero se quedan in albis cuando toca enumerarlas. Sin tan siquiera entrar en la avalancha de derechos estragados, las torturas, ejecuciones o los campos de concentración, yo vengo a hablar de mi libro.

En 1934 nacía la Sección Femenina para formar a la mujer en los roles del hogar, refinando el esencialismo ilustrado: cariño para ellas, fuerza para ellos. Tocante al deporte, médicos, autoridades políticas y religiosas esgrimían argumentos supuestamente científicos que las limitaban a actividades artísticas como la gimnasia o, en menor medida, el tenis, la natación y el voleibol para reforzar su delicadeza, gracilidad, armonía, elegancia y belleza. No podían practicar fútbol, remo, boxeo, ciclismo y ni siquiera atletismo. En la revista de la Sección se asegura que “la limpieza y abrillantado de los pavimentos, quitar el polvo de los sitios altos, limpiar cristales, sacudir los trajes, cumplen los mismos objetivos que un ejercicio programado o un deporte”.

Pero el caso más desolador fue el de las raquetistas. La primera medalla olímpica española fue ganada en París 1900 en cesta punta por José de Amezola y Francisco Villota. Sin embargo, las auténticas estrellas pelotaris eran mujeres. Bene II, Carmenchu Sánchez, Chiquita de Ledesma o Chiquita de Anoeta cuadruplicaban el salario medio y se codeaban con la flor y nata de la sociedad. Fueron las primeras deportistas profesionales en España y eran motivo de orgullo en el extranjero. Con la llegada del franquismo se definió la pelota como una “actividad no femenina que contribuía a la esterilidad” y en 1944 se prohibió la emisión de licencias a “señoritas raquetistas”. Un año antes, suponían más de la mitad de las licencias de la federación. Hoy apenas superan el 10%.

El franquismo fue el mayor estorbo que encontró el deporte femenino en España. 50 años después, las mujeres siguen empujando una losa que se erosiona a balonazos, en detrimento de todos los que dicen que el deporte femenino nunca será como el masculino y que con Franco se vivía mejor.

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Amaya Valdemoro, estuario y leyenda

“Siempre que metas una canasta acuérdate de mí”. En el desgarro de una agonía temprana e injusta de 19 días, Amaya Madariaga dejó este encargo a su hija. La mejor jugadora española de todos los tiempos se lamenta de no haber podido devolverle un “te quiero”, pero se agarró a aquellas palabras como faro, alimento y premonición. Porque cada lágrima derramada, cada canasta convertida, cuentan la historia de Amaya Valdemoro. El llanto, decía Concepción Arenal “es el modo de expresar las cosas que no pueden decirse con palabras”.

Sus primeras lágrimas fueron de ambición. Amaya soñaba con ser campeona olímpica en el tartán, pero lloraba cada vez que perdía una carrera y así construyó su competitividad. Después llegó el baloncesto por accidente. En el descanso de un partido de su hermana copó un balón de malabarismos y nunca más lo soltó. Tiempo después, se coló en la fiesta de una prueba de la Universidad de Salamanca. Con 15 era la estrella de un equipo de División de Honor y con 16, campeona de Europa.

En el Mundial del 98 fue la jugadora de mayor impacto. Una performance que no pasa desapercibida para la reciente WNBA. Los Houston Rockets de Olajuwon y Drexler ganan dos anillos en ausencia de Jordan y fundan los Comets, su homólogo femenino. Allí están Thompson, Arcain, Cooper y Swoopes. Probablemente, el mejor equipo de la historia. Desde Alcobendas, Amaya lo complementa como la mejor sexta mujer. Gana tres anillos y muchos se la rifan, pero no la dejan salir. Van Chancellor alaba la calidad de la ‘spanish superstar’ pero la prefiere de suplente antes que de rival. Las lágrimas del éxito preceden a las de la impotencia. Amaya deja las Américas en busca de un oro que ya no está en California. En cada partido contra USA, les fabrica una chaqueta de puntos. Chancellor le pide que regrese. En los Mundiales de Brasil y República Checa es la máxima anotadora y conduce a España a su primera medalla mundial. Sweet vendetta.

Una escalofriante caída le parte las dos muñecas en 2011. En el Cerro del Telégrafo todavía resuenan los gritos de “la lesión más rara del mundo”. Muchos creen que es el fin pero Vukovic le enseñó que “sin trabajo no eres nada”. Las lágrimas son de dolor, de apretar los dientes. La resurrección, gloriosa. Amaya lleva a España a la cima continental y se retira. La garra de Petrovic, la cinta de Wallace, el 13 de Nash o las filigranas de Williams, quedarán para siempre fundidas en una jugadora única.

Tras su ingreso en el Hall of Fame de la FEB y la FIBA, la noticia llega de Estados Unidos. “Cada vez que me lo recuerdan me pongo a llorar”, me reconoce Amaya que se sincera como “la tía más llorona de España”. Sus lágrimas son patrimonio porque han formado un prodigioso estuario por el que la riada de jugadoras nacionales vierte talento al océano nortemaericano. Desde su llegada a la WNBA otras 14 han seguido sus pasos, acercándose a la veintena de hombres que han jugado allí y que tienen en otro mito como Fernando Martín a su sherpa iniciático.

A finales de junio, Amaya Valdemoro se enfundará su cuarto anillo. Será el más importante, pues simbolizará su beatificación como una de las mejores deportistas del universo. Y desde ese cielo del baloncesto, tocando las nubes donde ahora viven para siempre su padre Álvaro junto a su madre Amaya, podrá volver a decirles “te quiero”, como hacía con cada canasta que la convirtieron en leyenda.

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Las 12 pruebas de Alcaraz

Hace veintitsiete plúmbeos años me prendí de un partido como Narciso de su reflejo. En aquella pista de Hannover, color salmón y sin pasillos, dos tenistas vernáculos porfiaban por el que siempre he creído el mayor cetro. El tenis es un deporte abrasivo, sin espacio para errores. Si resbalas, un aluvión de puntos te entierra. La Copa de Maestros es el summum del alambre. Los ocho mejores espaderos tras un año sin cuartel. Meterse en ella es sublime. Ganarla, la apoteosis.

Álex Corretja y Carlos Moyá ya me habían engatusado en la final de París del mismo 98. Aquel polvo de ladrillo que Bruguera y Arantxa domaban por costumbre, empezaba a ser tierra amiga para los españoles. Pero lo de Hannover era harto diferente. La pista cubierta repele con obstinación al tenis nacional. La victoria final de Corretja, tan solo precedida por la de Orantes en 1976, se convirtió en un oasis rayano al espejismo.

Poco después, en 2002, lo intentó Ferrero en un thriller contra Hewitt, la bestia más venenosa de la fauna aussie, tras cinco agónicos sets que salieron cruz. A David Ferrer, el mejor de la historia sin un grande, le faltaron armas ante el greatest, Federer, en 2007. La maldición es tan rígida que ni siquiera el fenómeno Nadal -solo dos de sus 92 títulos han sido indoor– fue capaz de doblegarla. Los otros dos miembros del ‘Big Three’ malograron el único gran trofeo que le falta: Federer en 2010 y Djokovic en 2013. En chicas, Garbiñe sí las ganó en 2021, pero fue al aire libre.

Tennis – ATP Finals – Turin – Palasport Olimpico, Turin, Italy – November 16, 2025 Italy’s Jannik Sinner celebrates with the trophy and runner up Spain’s Carlos Alcaraz after winning the final REUTERS/Guglielmo Mangiapane

Y ahora un extaterrestre, pero de Murcia, está dispuesto a colonizar esa tierra inhóspita para sus ancestros. Parece difícil encontrar una fuga en el tenis de Alcaraz, pero si la hubiera sería el mismo talón de Aquiles del tenis patrio: la perversa pista cubierta. Por lo pronto, en este 2025 ha ganado su primer torneo bajo techo, en Rotterdam, pero el desafío de ayer era tan salvaje como las 12 pruebas de Hércules. Sinner, Italia y esa jaula cubierta donde mueren nuestros sueños.

El spoiler es que él sí que acabará venciendo. Y más de una vez.

📝 Artículo publicado en La Región

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