Irse de verdad es irse cuando uno no quiere

Septiembre siempre ha sido un mes florido, pese a que en el año 2002, al mismo tiempo que nuestro club bandera cumplía cien años, recibíamos una nefasta noticia. Mi tío Abel, eternamente asido a su maletín de médico con solera, entraba, como una tarde más, en nuestra casa de Valle Inclán. Era viernes, como hoy. Mi padre, que llevaba semanas con un dolor espantoso en la espalda baja estaba trabajando, y mi madre, apurada, condujo al doctor hacia el salón. Cerraron la puerta como si escondieran algo que se podría romper en caso de ser descubierto. En el mismo instante en que el picaporte besó el cerradero, la caja torácica de mi pecho comenzó a resquebrajarse, recorriéndome un repeluzno gélido que preludiaba horrores. Aquella fue la primera vez que tuve constancia de que algo terrible iba a ocurrir, porque las puertas de la casa de Valle Inclán solo se cerraban por la noche, cuando papá y mamá hablaban de cosas de mayores. Apenas eran las seis de la tarde y el grito ahogado de mi madre confirmó todos mis temores.

De aquello han pasado ya 18 años, pero que el duelo por mi padre se ha hecho mayor de edad no lo hace más liviano. Cuando nos dijeron que mi padre se iba a morir nos lo dijeron sin rodeos y sin opciones. Nadie nos habló de indemnizaciones, ni de cláusulas liberatorias de 700 millones, ni de una extinción unilateral del contrato. Tampoco mi padre había escrito burofax alguno. Tan solo podíamos agarrarnos a los cientos de promesas incumplidas en las que nos aseguraba que dejaría de fumar “un día de estos”.

Messi se va del Barcelona. Y parece que por ello el mundo se ha tenido que parar. Pero Messi no se va del Barcelona del mismo modo en que Andrés Escobar jamás volvió a enfundarse el 2 cafetero. Ni del modo en que Drazen Petrovic o Fernando Martín no se jugaron de nuevo un tiro ganador. Ni de la manera en que Ayrton Senna no regresó a un monoplaza. Ni de la forma en que el Chapecoense dejó de llenar estadios en 2016. Messi se va del Barcelona porque quiere, algo que muy poca gente entiende en un mundo, como el del fútbol, donde predominan los silogismos obtusos.

El pasado viernes 7 de agosto recibí otra de esas nefastas noticias. Alguien me avisaba de que mi tío estaba en la UCI. Él tampoco había enviado burofax alguno ni tenía cláusula a la que agarrarse. Por avatares, llevábamos meses sin dirigirnos palabra pero fui el primero en llegar al hospital. Seguramente por miedo a que detrás del ruido del picaporte con el cerradero se escondiese otro grito ahogado.

Hoy es una tarde más, es viernes, es septiembre y es mi cumpleaños. Como regalo, a mi tío le han dado el alta. En los 28 días que ha pasado en la habitación 221 del hospital hemos superado la cláusula de 700 millones de horas sin hablar conversando de política, de Messi y de amor. Hace no mucho, en un texto de Gabriela González leía que la historia de toda relación se cuenta en tres sonrisas. La primera es la de ilusión, la segunda la de la complicidad y la tercera, “es la más bonita de todas: es la que demuestra que queda lo más valioso, lo que fuisteis, lo único que nadie os puede quitar”.

Supongo que esa tercera es la que permite que mi tío sonría cuando entro por la puerta del hospital. Del mismo modo que será la que permita que un día Messi vuelva al Barcelona, aunque esto no me importe. Para que haya una tercera sonrisa conviene hacer las cosas bien. Porque quién sabe. De lo que estoy seguro es de que ni Andrés, ni Drazen, ni Fernando, ni Ayrton, ni aquel Chape, ni mi padre han vuelto a sonreír. Y eso si que es irse de verdad. Porque irse de verdad es irse cuando uno no quiere.

Munich Gresca

LOS SÁBADOS por la mañana existía en casa una liturgia especial. Habitualmente asistía a mis clases de pintura con María Rosa Caporale, pero concluí por pasar la cita a las tardes de los viernes. El motivo no fue otro que santificar los partidos de fútbol sala que retransmitía la cálida voz de Rafael Recio. Lo hice con un uso de razón incipiente, suficiente para entender que no quería comprometer ni arte ni deporte. Y así visionaba, con papá y en pijama, los partidos sobre lona azul.

No parece casualidad que el primer evento deportivo retransmitido por una cadena privada en marzo de 1991 fuese un partido de fútbol sala. Dos años antes había llegado a España el fenómeno causante de mi hipnosis y de la de muchos otros niños que sollozábamos por unas Munich Gresca con que imitar sus regates utópicos en el patio del colegio. Paulo Roberto Maravilla se coló en los pósteres de las paredes de los de mi generación entre Raules, Redondos, Rivaldos y Figos. Y lo hizo desde un deporte que ni siquiera era olímpico.

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Todo fue de rebote. El carioca llegó a Torrejón entrometiéndose en una operación que tenía como objetivo fichar a su compañero Robson, que terminó en Albacete. Él mismo llamó a Julio Herrero presentándose como un pívot “rápido, habilidoso y goleador”. El negocio se cerró con la misma sencillez con que Paulo enamoró al mundo: “no sé cuánto son 80.000 pesetas. Yo iría por 1.000 dólares. Si usted está de acuerdo, nos vemos en Madrid”.

Inició al Marsanz en los laureles del olimpo con una Copa. En el 92 se fue al Redislogar Coslada. Y en el 94 comenzó en Murcia los once años de su más hermosa historia de amor. En ElPozo conquistó una Liga, dos Copas, una Supercopa, un bronce europeo y una Recopa mientras interpretaba partituras del libre albedrío que salía de sus botas. En todos sus equipos fue pichichi.

Las vitrinas de los estadios donde jugó languidecían, vírgenes, antes de su llegada. La selección no fue una excepción. A los 21 años decidió jugar con España con la misma claridad con que resolvía jugadas. Lo hizo por motivos deportivos pero también familiares. Su abuelo nació en Vigo. Fue la estrella de la primera Eurocopa, consiguiendo que el trofeo se quedara en España. Un éxito que el combinado nacional repitió bajo su batuta en 2001. Pero lo que de verdad rompió el techo del fútbol sala español fue el Mundial de Guatemala en que la selección, capitaneada por él, desbarató la hegemonía de su Brasil natal, invicto hasta la fecha. Sus palabras definen su bondad: “nunca olvidaré el recuerdo de saber que éramos campeones y que habíamos hecho feliz a mucha gente”. Una invitación del Atlético de Madrid a un torneo de verano, que rechazó, estuvo a punto de cambiarlo todo.

De mi viaje a Brasil guardo una camiseta de los Juegos, un amor de verano y un correo electrónico firmado por Paulo Roberto Marques Roris, En él escribe: “Hola, este email es solo para saludar, me comenta mi amigo de Brasil que has estado con él”. Lo recibí tras un singular viaje en Uber desde Barra da Tijuca hasta Leblon donde conocí a un colega de Paulo. Y con esas dieciocho palabras, el mejor jugador de fútbol sala de la historia que se retiró hace ahora 15 años y que acaba de cumplir 53, volvía a hacer feliz a uno de esos niños que hipnotizaba en los imborrables 90 con sus regates utópicos. Y lo hizo como surgiendo de aquella magia, sin necesidad de filigrana alguna.

1906

 

NO LO RECUERDO MUY BIEN pero cuentan que fui del Dépor. En esa época en la que siendo gallego, no apoyar al Deportivo parecía un disparate. En una de las primeras memorias que guardo sobre fútbol -además de las borrosas ligas de Tenerife y del nítido codazo de Tassotti- veo a un pipiolo de siete años defendiéndose de las injurias de un celtista por el penalti de Djukic. Un año después me regalaron un chándal del Real Madrid y ahí se acabó mi idilio.

Todos los amantes de la pizarra y de la cocina a fuego lento quedaron fascinados por el Súper Dépor. La defensa del Zorro de Arteixo era repetida por la parroquia deportivista como una letanía de domingo. López Rekarte, Voro, Djukic, Ribera y Nando. Cinco hombres que tapiaron la portería de un infranqueable Paco Liaño, concediendo tan solo 18 goles en 38 encuentros, el mejor promedio de la historia: 0,47. El segundo clasificado para el Zamora, Ceballos, recibió 38 goles en 36 partidos.

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La defensa de Riazor la completaban sus enfervorizadas y colmadas gradas, además de una inmensa masa social distribuida por toda Galicia. Después vinieron los días de vino y rosas, los seis títulos y las gestas europeas. Hoy, tras tres descensos a la categoría de plata, el Dépor se encuentra en la encrucijada de empezar la temporada en Segunda o en Segunda B. Y es también hoy cuando, siendo gallego, no apoyar al Dépor parece un disparate.

Frank Zappa dijo algo así como que para que un país sea de verdad, debe tener un equipo de fútbol y una cerveza. Y en A Coruña ambas nacieron, como una dualidad infinita, en 1906.

Cuando el Dépor bajó a Segunda por última vez, tras un nefasto acopio de 29 puntos y 76 goles encajados en 38 partidos, Estrella Galicia decidió ampliar el contrato con el equipo e incluso aumentar las cantidades aportadas. Porque como decía aquel aficionado tras consumarse el descalabro de 2018, “da igual en Primera, en Segunda o en Tercera”.

Dice Nacho Carretero que “más allá del marcador y la categoría, la identidad deportivista está arraigada en la ciudad y supone un orgullo, una identificación con lo propio que se transmite en los genes”. Quizás sea la mejor herencia que hemos recibido del fútbol inglés, donde los colores de la bandera no se eligen, sino que tocan por circunscripción territorial, allí donde naces.

Los ingleses asumen como una barbaridad que alguien de Norwich sea del Chelsea o que un vecino de Sunderland anime al United. Y solo así se producen milagros como los del Leicester, el Forest o la congregación de más de 50.000 almas en un partido de Tercera.

En 1970 la cerveza Watney Mann invirtió 82.000 libras en juntar a los dos equipos más goleadores de las cuatro primeras divisiones de Inglaterra y llevar a cabo la primera competición patrocinada de su historia. En su segunda edición, ocurría una de esas utopías exclusivas del fútbol británico. El Colchester, de la cuarta división, tras haber superado dos rondas previas, derrotaba por penaltis a todo un primera como el West Bromwich y levantaba la Copa.

Aquella final se disputó el 7 de agosto de 1971, el mismo día, pero de este 2020, en que el Dépor ha pedido que se juegue su partido aplazado contra el Fuenlabrada. Y dada la situación, los tres puntos podrían valer oro. No parece accidental. Mañana se celebra el Día Internacional de la Cerveza.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Experticia y hándicap

EN AGOSTO DE 1989, Severiano Ballesteros completaba su último ciclo como número uno del golf mundial para un total de 61 magníficas semanas liderando la lista. Cinco años después nacía Jon Rahm, un irreverente muchacho de Barrika que a sus 25 años ha hecho lo que Seve logró con 29: ser número uno. Seve fue el segundo de la historia en conseguirlo, después de Bernhard Langer. Rahm, el segundo español, por detrás de Seve. Rahm dice de Seve ser “la razón por la que estoy jugando”.

El golf es tan complicado que tan solo cinco mortales han sido capaces de juntar en su palmarés los cuatro Majors: Sarazen, Hogan, Player, Nicklaus y Woods. Y es que a su intrincada puesta en escena hay que sumarle el factor psicológico de un deporte en el que jugador pasa la mayor parte del tiempo analizando acciones que requieren máxima concentración.

Como ejemplo de su dureza destaca el British de 1999, en el que el jugador 152 del mundo, Jean Van de Velde, realizó la competición más sorprendente que se recuerda. Una polémica elección del driver; un nefasto segundo golpeo al rough tras rebotar la bola en la grada; el espeluznante tercer approach que ahogó la pelota en el arroyo Barry Burn; el drop del cuarto; el beso a la arena en el quinto; la salida del búnker al green en el sexto y la embocadura final con el putt convirtieron el último hoyo en un infierno de siete golpes en el que perdió la ventaja de tres para ser arrollado por Paul Lawrie en el desempate. La imagen de un joven de 33 años cabizbajo, con los pantalones remangados y el agua hasta las tibias dio la vuelta al mundo como uno de los iconos del fracaso. El joven Van de Velde lo hizo todo mal.

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No me cabe ninguna duda de que el mayor James Nesmeth, un humilde golfista de fin de semana con marcas de noventas, habría jugado cualquiera de esas bolas de un modo mucho más flemático. Nesmeth dejó de jugar al golf durante siete años, el tiempo que pasó confinado en una jaula minúscula como prisionero de guerra en Vietnam. Para mantenerse vivo y cuerdo decidió jugar cada día de su encierro los 18 hoyos de su cancha favorita recreando cada detalle: árboles, césped, pájaros e incluso varias condiciones climáticas. Siete días a la semana durante siete años. Cuando regresó a un campo, bajó su hándicap en casi 20 golpes. El viejo Nesmeth lo hizo todo bien.

Dicen los entendidos que el de Carnoustie, donde Van de Velde se ahogó, es uno de los campos más complicados. Lo reformó Old Tom Morris en 1870. El viejo diseñador de campos ganó cuatro British entre el 61 y el 67. Su hijo, Tom Morris Jr., hizo lo propio entre el 68 y el 72. Cuando ganó en 1869 contaba con 28 años. Su padre, terminó segundo con 58. Fue el único caso en la historia del campeonato con un vínculo familiar entre los dos primeros.

El relevo en el golf escocés se produjo allí. El del español, en Ohio en 2020. Rahm tiene todavía 25 y toda la experiencia del mayor Nesmeth y de Old Tom Morris por adquirir para hacerlo todo bien. Y la estela de Seve para seguir.

 

Artículo publicado en El Correo Gallego

Romántico viene de Roma

UN CUADRO de Friedrich. Una sinfonía de Beethoven. Un poema de Wordsworth. El romanticismo abría el siglo XIX para centrar el foco en el yo, las emociones, lo visceral, dinamitando todo lo clásico que quedaba vivo. Se volvía a lo antiguo, a la subjetividad por pesimista que fuera y partiendo de un sentimiento de rebeldía contra el absolutismo. El romanticismo preconiza los sentimientos, la originalidad, la creatividad y, sobre todo, la preeminencia de lo propio frente a lo global, acarreando un fuerte sentimiento de pertenencia a lo que nos hace miembros de algo genuino.

En el fútbol -increíble- también persiste esta locura. Unos 60 jugadores de primer nivel -en toda la historia- supieron exaltar el sentimiento romántico de vestir una única camiseta. Desde sus primeras e indisciplinadas patadas hasta sus últimos y versados coletazos. A muchos de ellos les une algo más que su obstinada lealtad. Son jugadores dotados de un talento extraordinario que a pesar de escuchar múltiples cantos de sirena, nunca renunciaron a sus orígenes. Por primar lo exclusivo frente a lo ordinario.

Con Maier, Sanchís, Baresi, Giggs, Maldini, Yashin, Arconada o Le Tissier aprendimos que una vida tiene sentido pleno cuando eres capaz de quedarte allí adonde perteneces. En esa lista caballeresca figura Francesco Totti. El órdago constante de uno de los más poderosos siempre planeó entre sus pretendientes. Él mismo reconoció que “al 80% me iba al Real Madrid. Elegí ser un jugador que hiciera algo diferente”. La máxima romántica: lo diferente frente a lo común. El día de su despedida, con el Estadio Olímpico hasta la bandera, una banda sonora especial unía con un hilo invisible las almas de todos los aficionados: la compuesta por Ennio Morricone.

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Dos años después del nacimiento del Emperador, Morricone destapaba su sensibilidad con el fútbol -componiendo la canción del Mundial de Argentina- y recibía su primera calabaza al fracasar en su nominación al Óscar por Días del cielo. Pasó media vida escapando de la guerra -de la que pudo camuflarse tocando la trompeta en orquestas de revista- y otra media persiguiendo una estatuilla -merecida mucho antes de que en 2006 se le concediese un Óscar honorífico con sabor a desquite-. El año en que Morricone abrazaba por fin el premio a la excelencia del cine, Totti conseguía dos de sus mayores logros: se proclamaba con Italia, campeón del mundo y en esa misma temporada recibía la Bota de Oro.

Las vidas de Totti y Morricone concentran el aplauso de la comunidad mundial, en gran medida, porque hicieron magia sin renunciar a sus sentimientos. Afiliado leal al Partido Comunista, la Academia desoyó durante 28 años sus obras maestras de la talla de Cinema Paradiso, Érase una vez en América o La misión. 25 se mantuvo Totti fiel a los giallorossi sin grandes ambiciones continentales. Ambos sabían que merecían más premios, pero no les importaba. Ambos serán siempre hinchas de la Roma. Se profesaban mutua admiración.

Morricone y Totti nacieron a las orillas del Tíber para enseñarnos la innegociabilidad de los principios espirituales. Que es más grande el luchar por una causa que por una cosa. El resto de mortales nos despellejamos en la eterna encrucijada de saber qué queremos. De huir hacia lo desconocido o quedarnos donde tenemos la certeza de ser queridos. Y casi siempre nos equivocamos.

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Artículo publicado en El Correo Gallego

Cien años del anillo negro (II)

MUCHO ANTES de la rebelión de Norman ante lo blanco y de la naturalidad de Long ante lo negro, incluso mucho antes de que las gentes de África se vieran representadas como parte del blasón idiosincrásico de los Juegos, ya existía la certidumbre del potencial afroamericano.

Los Juegos de 1948 cuentan con la vitola de ser los más esperados de la historia, tras un receso de 12 años por la II Guerra Mundial, y con el honor de haber sido escenario del vuelo de la atleta más importante del siglo XX, Fanny Blankers-Koen, con cuatro medallas de oro. No fue la única mujer que brilló en Londres. El color de la piel de Audrey Patterson no impidió que su figura rutilara en Wembley para ser la primera negra en ganar una medalla olímpica. Lo hizo en los 200 lisos tras 45 minutos de espera que tardaron los jueces en otorgarle el bronce por una ajustadísima llegada. Días después, Alice Coachman -negra también- ganaba el oro en salto de altura. La medalla le fue impuesta por Jorge VI y el mismo presidente Truman la recibió a su llegada. En su ciudad natal, Albany, seguían vigentes las leyes de segregación racial por lo que blancos y negros no podían juntarse y su alcalde nunca llegó a estrecharle la mano. En 1952 fue la primera mujer afroamericana en promocionar un producto internacional: Coca-cola.

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Si Coachman fue la primera negra en ganar un oro, Eddie Tolan fue el primer negro en sumar dos. El expreso de medianoche firmaba en Los Ángeles 32 una gesta tan solo al alcance de Owens, Borzov, Lewis o Bolt. Pero él fue el primero. Se colgaba los oros de 100 y 200.

Y si alguien abrió fronteras en este camino vindicativo fue John Baxter Taylor Jr. Con unas envidiables condiciones se plantó en la final de los 400 de 1908. En aquella cita comparecieron tres estadounidenses -Taylor, Carpenter y Robbins- y un inglés, Halswelle. Fue en la recta de meta cuando descalificaron a Carpenter por bloquear con su codo a Halswelle, algo que las normas norteamericanas sí permitían pero no las británicas. La carrera debía repetirse con Carpenter eliminado, por lo que Taylor, automáticamente sería el primer atleta negro en conseguir una medalla olímpica. En lugar de aferrarse a una presea segura, Taylor y Robbins se negaron a competir en señal de protesta y solidaridad con su compañero. Halswelle corrió solo para ganar una penosa medalla de oro. Su tiempo: 50,2 segundos.

Días después el deporte le devolvió a Taylor lo que le pertenecía. En el relevo mixto -obsoleto hoy- formaban cuatro corredores. Taylor salió en tercer lugar para cubrir 400 metros en 49,8 segundos. Esto quiere decir que en aquella polémica final le habría ganado el oro a Halswelle. Gracias a su prodigiosa actuación Estados Unidos logró el oro y por primera vez en la historia, un afroamericano se colgaba una medalla olímpica. Era el 26 de julio de 1908.

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John Baxter Taylor nació tan solo dos décadas después del final de la Guerra de Secesión Americana, en 1865, año en el que también se fundaba la primera organización del Ku Klux Klan. La guerra entre norte y sur en Estados Unidos sirvió para que La Unión aboliese de iure la esclavitud de los negros. Cerca de 4.500 afroamericanos fueron linchados entre 1870 y 1950 como espectáculo público. Durante esos años Taylor, Tolan, Coachman y Patterson ganaban medallas para su país.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Cien años del anillo negro (I)

Un día como ayer, pero de hace 126 años, nacía el Comité Olímpico Internacional y con él los Juegos Olímpicos Modernos. Desde aquella efeméride, cada 23 de junio se celebra el Día Olímpico para conmemorar el invento del barón Pierre Frédy de Coubertin que, 12 años más tarde, idearía su icono principal partiendo de la vesica piscis: los cinco anillos olímpicos. La carta magna de los Juegos recogía -hasta 1951- que los cinco aros representaban los cinco continentes. Fue el propio Coubertin quien reconoció que con sus seis colores -azul para los mares de Oceanía, verde para los bosques de Europa, rojo para los indígenas americanos, negro y amarillo para las gentes de África y Asia y blanco para la paz en el mundo- se podían formar las banderas de todos los países que competían originariamente en los Juegos. Emblema y bandera fueron creados para el Congreso Mundial Olímpico de París de 1914, suspendido por el estallido de la I Guerra Mundial, por lo que su debut oficial se produjo en los Juegos de Amberes de 1920.

El anillo negro, al igual que sus cuatro gemelos, cumple cien años en 2020. Un curso que siempre quedará marcado (además de lo evidente) por la riada de disturbios y reivindicaciones generados a raíz de la muerte de un negro -George Floyd- por una asfixia mecánica provocada por un blanco -Derek Chauvin-, policía de Mineápolis. Sin embargo el deporte y sobre todo el olimpismo, donde se unen los seis colores cada dos años, nos aportan ejemplos que demuestran que, como dijo el preso 466/64 de Robben Island rebelado contra el apartheid, “es más poderoso que los gobiernos para derribar barreras raciales”.

El saludo del Poder Negro estremeció los Juegos México de 1968 y la vida de sus protagonistas. Tommie Smith y John Carlos se subieron al primer y tercer cajón del podio del Estadio Universitario para recibir los premios de los 200 metros. El australiano Peter Norman ocupaba el segundo escalón. Aconsejó a los atletas afroamericanos que compartiesen el único par de guantes negros del que disponían, ya que Carlos se había olvidado los suyos en la villa. Además, Norman portaba en su chaqueta la insignia del Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos. Smith y Carlos fueron condenados por su gesto, relegados al ostracismo y amenazados de muerte. Norman fue ignorado por medios y autoridades australianas. No fue seleccionado para Múnich 72. Contrajo gangrena, entró en depresión y cayó en el alcoholismo. El día de su muerte, Smith y Carlos portaron su féretro.

Owens

Tres décadas antes, en los Juegos de Berlín de 1936 Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro -100, 200, longitud y relevos 4×100- para aniquilar de modo devastador las teorías supremacistas de la raza aria. Se dice que Hitler se negó a reconocer sus éxitos y a saludarle. En la final de longitud, un alemán -Lutz Long- aconsejó al corredor de Alabama que saltase un poco más atrás para evitar el nulo. Cuando Owens se hizo con el oro, ambos se fundieron en un intenso abrazo. Fue tan solo el inicio de una sólida amistad que mantenían por correspondencia. Se cuenta que por aquel gesto Long fue enviado al frente ruso pero parece que todo quedó en una pequeña reprimenda de Rudolf Hess. Combatiendo ya en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, Long pidió a Owens que viajara a Alemania para conocer a su hijo y contarle la amistad que habían tenido.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Los dos Amancios, las dos Españas

A CORUÑA ha sido de romanos, de suevos y visigodos. A Coruña ha sido de María Pita y de Sinforiano López. Pero nunca de Drake ni de José Bonaparte. A Coruña es el Monasterio de Santo Domingo, el Castillo de San Antón y la Real Fábrica de Tabacos. La Casa de las Ciencias, la Casa del Hombre, el Aquarium. Riazor y el Orzán. A Coruña ha sido de Pardo Bazán, de Casares Quiroga, de Barrié de la Maza. Incluso de Picasso y de Sir John Moore. A Coruña ha sido regia, corte y capital. A Coruña es de los coruñeses. Suya y soberana. Y por ello A Coruña ha decidido no ponérselo fácil a aquel que nace entre sus suaves colinas de Monte Alto y San Pedro y lleva por nombre el de Amancio.

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Las vitrinas de Amancio Amaro lucen nueve Ligas y tres Copas del Rey. En su primera intentona por hacerse con la Copa de Europa otro gallego se le adelantó. Luís Suárez es el único balón de oro español (60) y además ha levantado la Orejona en dos ocasiones. En la 63-64, contra el Madrid de Amancio y también en la 64-65.

Un año después, el propio Amancio fue uno de los encargados de recuperar la gloria perdida del Real Madrid que demoró seis largas temporadas en conquistar la sexta Copa de Europa, la de los Ye-yé. El papel de El Brujo no fue anecdótico. En la final disputada el 11 de mayo de 1966 contra el Partizan en el Estadio Heysel, marcó para doblegar a los yugoslavos. También fue el máximo anotador de la competición con cinco tantos. Y repetiría como pichichi en las Ligas 68-69 y 69-70. Todo un fuera de serie.

Si bien es cierto que el de la coruñesa calle Vizcaya coincidió con Di Stéfano -Balón de Oro (57 y 59)- y con Ferenc Puskas -Balón de Plata (60)-, a partir del año 65 solo podía hacerle sombra en el Madrid la ingente figura de Don Paco Gento, el único futbolista que atesora seis Copas de Europa.

En la selección española también dejó su marchamo. Lideró al combinado nacional hacia su primer gran título, la Eurocopa del 64, tras vencer a Rusia en el Santiago Bernabéu con un gol de otro coruñés, Marcelino. En aquel año era el mejor colocado para llevarse el Balón de Oro de la revista France Football pero la suerte le fue esquiva. Se lo llevó un escocés, Denis Law.

No sé cómo se tributaba por aquel entonces, ni en qué momento los antiguos refugios de piratas y corsarios dejaron de serlo para convertirse en el cofre del tesoro de ricachones en Caimán o Bermudas. Pero creo que Amancio es una persona querida en A Coruña y en toda Galicia por toda la notoriedad que le ha otorgado.

Hoy, las máquinas contra el cáncer o las donaciones millonarias en material sanitario contra el Covid llevan la firma de otro Amancio, pero no son vitoreadas como se hacía antaño con los goles del primero. Ser de A Coruña y ser Amancio no parece tarea fácil, a pesar de los esfuerzos por cambiar el sino.

Quizá muchos hubiesen cambiado su percepción si el segundo Amancio hubiese invertido todos esos millones en hacer al Deportivo campeón de Europa -cosa que no pudo hacer el primero- en lugar de derrocharlo en cachivaches sanitarios. Porque todo aquel que diga que la salud es más importante que la pelota es un fanático.

Artículo publicado en El Correo Gallego

A lingua das cousas fermosas

A ÚLTIMA habitación da nosa casa era un caixón de xastre no que se distinguía un piano Yamaha. Alí gardábase todo o importante, como xogos de mesa, libros e enciclopedias ás que recorriamos cando xurdía un debate sobre a capital dalgún país ou a taxonomía dalgún animal. Tamén era escenario de liortas á hora de facer uso dun aparello de son, flamante para aquela época. As miñas irmás reproducían unha e outra vez as cintas de Roxette mentres que eu só quería escoitar un vinilo que narraba con voz roufeña o conto de Barba Azul.

Naquel habitáculo almacenabamos un estoxo de polipiel marrón, estragado polo uso e cuxos cantos languidecían ao paso do tempo. No seu interior dispoñíanse os 16 trebellos que cada xogador dirixe no xadrez. 32 figuras de aceiro, aluminio e titanio que destacaban pola súa beleza e o seu manierista acabado. A caixa durmía sobre un gran taboleiro de madeira no que se debuxaban 64 casas. O papá utilizábao para xogar ás damas. Eu, un petís, apenas sabía que o cabalo se movía en L. Os preciosos peóns, alfís, torres, damas e reis eran máis obxectos de colección que implementos deportivos ou as fichas dun xogo.

Foi en tempos de Afonso X O Sabio cando as pezas do xadrez tomaron esa forma medieval que tanto nos fascina. E non foi produto da casualidade. Con máis desgraza que fortuna, o de Castela aspirou media vida ao trono do Sacro Imperio Romano Xermánico. Facíao para crear un imperio mediterráneo e conquistar Terra Santa, outra das súas fixacións. Mentres vixiaba cun ollo o Fecho do Imperio, co outro convertíase nun dos mecenas máis importantes da nosa historia. A prolífica obra desenvolvida por cristiáns, xudeus e musulmáns na Escola de Tradutores de Toledo configurou un crisol de culturas que contribuíu a que a tradición clásica chegase máis e mellor a Occidente e fixo desembocar ao castelán no porto das linguas cultas.

Dentro deste labor ecuménico houbo un oco para o xadrez, un xogo milenario que chegou ás nosas mans polo legado árabe e que o monarca utilizaba ata para elixir os conselleiros. En 1282, no Campionato Informal de Sevilla, unha vintena de xogadores proporcionaron ao rei 84 libros de teoría xadrecística. Un ano despois pechábase o Libro dos xogos, de valor incalculable. Para a súa produción recreativa, histórica e científica, O Sabio usaba o castelán. Para dicir cousas fermosas -para a lírica- reservaba o galaicoportugués. Os 427 poemas que forman as Cantigas de Santa María valéronlle o respecto e a admiración de todo o pobo galego que, en recoñecemento dedicoulle o seu día máis importante, o das súas letras. Afonso X conseguiu que o galego perdurase ata os nosos días. Rosalía arrincouno do ostracismo seis séculos despois.

 

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O domingo cúmprense 157 anos da publicación da obra cumio da nosa musa, pero tamén catro décadas da homenaxe que Galicia lle rendeu ao principal mecenas europeo do xadrez. Cinco anos despois, a federación de xadrez suspendía a final do seu mundial polo esgotamento de dous rusos que levaban enfrontándose máis de 6 meses sen atopar gañador. Pero iso xa é outra historia.

 

Artículo publicado no Correo Gallego

PC Fútbol, edición familia

EL 30 DE MAYO de de 1984 el Liverpool ganaba en la Ciudad Eterna su cuarta Copa de Europa. La Roma de Pruzzo, Falcão y Conti hincaba la rodilla tras una memorable tanda de penaltis en la que Grobbelaar ingeniaba sus spaguetti legs para despistar a los transalpinos y conducir al triunfo desde el punto fatídico. Casi una veintena de años después, Dudek copiaba el ritual en Estambul con el mismo efecto.

El 22 de mayo de 1988, Osasuna alcanzaba su mayor hito hasta la fecha rematando la Liga en quinto lugar y por delante de potencias como el Barcelona. Casi una veintena de años después, finalizaba en cuarta posición, como en la 90-91, y lograba por primera vez el billete para una Champions que finalmente no disputó.

Nací en 1986. Dos años después de que un joven Robinson levantara la Orejona tras jugar la prórroga de aquella mítica final y dos años antes de que un jugador más baqueteado, liderase una plantilla inolvidable que enamoraba al Sadar con un trío ofensivo formado por el de Leicester, Sammy Lee y un barbilampiño Jon Andoni Goikoetxea.

 

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Los de mi quinta nos lo perdimos todo del Robinson como jugador, pero pudimos exprimir hasta la última gota del Robinson como leyenda, como patrimonio universal del deporte.

Los domingos por la noche siempre tuvieron en nuestra casa un olor especial, el del chaquetón de papá; un sabor peculiar, el de las empanadillas del Cortés, y un sonido característico. Pronto me enganché a su meliflua voz de gracejo anglosajón, esa que nunca moduló hacia el castellano normativo por exigencias del guión. El tono ondulante de su labia me producía conforto mientras papá se desvivía porque comprendiese las particularidades de un orsay.

Pero si Robinson se convirtió en tótem fue a través de un videojuego que representa todo el vicio que un niño de 9 años puede asumir, antes de ir añadiendo a la lista innumerables pecados. La descarga de dopamina que se desataba con cada PC Fútbol hacía que, sin conocer su historia, ya comenzase a idolatrar a aquel señor bonachón que aparecía en el anverso. Su decisión de jugar con Irlanda, el mecenazgo del rugby en España y su pasión por el Cádiz, confirmaron que la intuición de un niño jamás se equivoca.

Con El Día Después llegaron las carreras de los lunes, tras las clases de futbito con Cholo, para llegar a casa antes de las ocho y poder disfrutar de la emisión en abierto de un canal prohibido. Y de lo bien que sentaba reírnos con Lo que el ojo no ve.

Cuando se sacó de la chistera ese regalo llamado Informe Robinson ya éramos mayores. Las plataformas de video online democratizaron su visión más intimista y curiosa con que analizaba todas las caras de un vasto poliedro llamado deporte. Los mismos niños que corríamos para ver EDD al calor de la familia, nos apiñábamos en pisos universitarios para, con la misma fascinación, visionar La leyenda de Tittyshev.

Me da la impresión de que siempre que Robinson consigue algo grandioso, pasa mucho tiempo antes de que se vuelva a igualar su gesta. Y algunas situaciones jamás volverán. El relato de hoy es familiar porque Michael siempre ha sido uno más en nuestras casas.

Casi una veintena de años después, los domingos ya no tienen ese olor al chaquetón de papá ni ese sabor a empanadillas del Cortés. Pero el eco del acento inglés de Robinson siempre nos guiará a momentos en los que fuimos felices.

Artículo publicado en El Correo Gallego