Date tiempo. Cuídate. Haz burpees.

Todos los que me conocen saben que llego tarde. Siempre y a todos los lados. Incluso llego tarde a llegar tarde, porque cuando me asomo al abismo de la impuntualidad abro un paracaídas defectuoso que dice “me retraso diez minutos”, cuando todavía me quedan veinte.

Puede que en otra vida fuese un Nuer. El pueblo de Sudán del Sur carece de la categoría de tiempo. No disponen ni siquiera de un término para referirse a él. Los únicos puntos de referencia son sus actividades: el agua, la vegetación, los peces, el ganado, los alimentos. Y así nunca llegan tarde. No porque no sepan cuánto dura una hora, sino porque llegan cuando es necesario.

La época en que fui más puntual hacía CrossFit. Y también llegaba tarde. De penitencia pagaba dos burpees por minuto.

Es un deporte más extremista que extremo. Es para todos pero no para cualquiera. Y ahí reside su magia. Creo que no hay ningún otro con ese derroche de pasión, intensidad, frenesí y sobre todo comunidad. Un engranaje de trillones de dientes engrasados a lo largo del orbe con un reguero de endorfinas, dopamina y serotonina del que beben todos sus participantes en un banquete coral prodigioso.

En el box aprendí un puñado de cosas impagables. La perseverancia, la resiliencia, la entrega, el trabajo en equipo, la gestión del tiempo a través de un cronómetro que reina como la medida suprema de rendimiento. Porque si hay algo que importe en CrossFit, después de las personas, es el tiempo. Aunque no exista.

Kant avanzó que solo se encontraba en la mente, Durkheim que era una construcción social y Merton puso el acento en su naturaleza cualitativa. No existe una escala cuantitativa neutral para medir el tiempo entre dos puntos pero sí una escala cualitativa para medir los cambios que se producen en ese lapso. Y así se mide la calidad del tiempo. Por los cambios que se producen en él.

Y por eso, cuando acabas un wod, eres más humano. Eres mejor persona.

El cronómetro no marca segundos, marca las repeticiones que eres capaz de soportar en esos segundos. Cuantas más personas te empujen, te arropen y te griten “una más”, te verás capacitado para subir esa cuerda, para levantar esa barra o para encaramarte a esas anillas. De conseguir lo insospechado. Y así ocurre en la vida. Es la capacidad de asombro.

En una de sus meditaciones Vicente Simón dice que “el pasado no existe, ya no lo podemos cambiar y el futuro tampoco existe y además lo desconocemos”. Es la máxima del aquí y del ahora. De dar todo lo que tenemos en el momento presente, bien sea el cierre de contabilidad de nuestra empresa o las últimas nueve dominadas de un Fran. Y conviene hacerlo con urgencia y atención porque como asegura Sztompka, “cuando tecleo cada palabra deja de estar en el futuro para estar ya en el pasado”.

No deja de ser sorprendente como una representación colectiva inexistente como el tiempo que tan solo ordena experiencias haya llegado a dominar nuestro modo de vida hasta el punto de recetarlo como la panacea de todos los males: “el tiempo todo lo cura”, “con tiempo verás las cosas de otro modo”, “date tiempo, cuídate”.

Y es así, a través de algo que no existe, la única forma que existe para darnos cuenta de que aquello que hiere ya no existe.

Sea 2020, sea pérdida, sea carencia, sea dolor, sea añoranza, sea muerte. Sean las dos millas, 100 dominadas, 200 flexiones y 300 sentadillas de un Murph.

Lo que si existirá -y quedará para siempre- serán todas esas repeticiones realizadas durante el período de sufrimiento. Durante la naturaleza cualitativa del tiempo. Necesarias e irreversibles -como el propio tiempo- para cambiar. Para convertirnos en mejores personas. En las personas más en forma del planeta.

En nuestra mejor versión.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Deuce, egalité, iguales

ANTHONY BURGESS imaginó a la banda de Alex hinchándose de leche con mescalina en el bar Korova para generar ultraviolencia. Las sombras del barroco hicieron lo propio trescientos años antes con la cuadrilla del genial y perturbado Caravaggio que, atiborrada de vino, merodeaba por las callejuelas de Roma sembrando el pánico.

Caravaggio pasó media vida huyendo del asesintato de Tomassoni, un joven mejor posicionado al que le mutiló el pene en los campos de la pallacorda. Que esta batalla priápica sucediese en el lugar donde se originó el tenis moderno, no deja de ser una alegoría de lo que nos ha deparado el deporte años después: una batalla de falos.

Dicen que el tenis es el deporte más igualitario. Se incluyó en los primeros Juegos Olímpicos de la modernidad. Las mujeres tuvieron que esperar cuatro años. Wimbledon no las aceptó hasta siete años después de sus inicios y en el Open de Australia tuvieron que esperar 17. Y no hablemos de la brecha salarial.

Acabamos de vivir una Copa de Maestros apasionante. Individual y dobles. Masculina cien por cien. En medio de la fiesta de Londres, saltaban las acusaciones de Sharypova contra Zverev, su expareja: “Ha llegado a golpearme la cabeza contra la pared y he tenido que escapar descalza del hotel”. El número uno mundial, Djokovic, salía en defensa del alemán. Las finales de la WTA no se han jugado este año. Las declaraciones de Nadal no ayudan en este sentido.

En octubre, se inició un incongruente debate sobre quién era mejor tenista -Nadal o Federer-, ambos con 20 grandes. Sin embargo este número no es, ni mucho menos, el tope conocido. La prensa especializada salió al rescate de las mujeres. Margaret Court consiguió 24, Serena Williams posee 23 y Steffi Graf, 22. Martina Navratilova, contando sus victorias en dobles, suma el disparate de 59.

Además, ocho hombres han conseguido los cuatro grandes a lo largo de su carrera, mientras que las mujeres se cuentan por diez.

Luego está el Golden Slam. Cosa mayor. Ganar los cuatro grandes y el oro olímpico. Contando que los Juegos se disputan cada cuatro años y que el tenis estuvo vetado desde el 24, resulta impensable que cualquier humano lo logre. Agassi, Serena Williams y Nadal lo consiguieron en años diversos. Steffi Graf, todo en el mismo. Australia, Wimbledon, Roland Garros, US Open y el oro olímpico de Seúl en 1988, en lo que creo la mayor gesta de la historia del tenis, muy por encima del que considero el segundo mayor hito: el 1977 de Guillermo Vilas. En ese año el argentino consigue el récord de victorias en una temporada (130), el mayor número de títulos (16), el mayor número de victorias consecutivas (46) y fue el único ganador de torneos ATP en los cinco continentes.

Se asegura de modo machista y rancio que “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”. En este caso Graf está por delante de todos, incluso de su marido Andre Agassi que el año en que comenzó su romance con Stefanie (1999) firmó una de sus mejores temporadas culminando su Grand Slam. No parece coincidencia. Agassi idolatra a Graf. Tras ganar su octavo grande y entrar en la historia reconoce: “nunca estaré tan cerca de experimentar el dominio que ella ejercía” (Open, 2009).

“El ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien y el mal. Si solo puede actuar bien o solo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica”. Contemos las cosas bien, no seamos una naranja mecánica.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Los milagros existen y la ciencia también

JEAN MARTIN CHARCOT otorgó hace 150 años a la ELA la nomenclatura que hoy posee. Esclerosis lateral por la pérdida de fibras nerviosas y endurecimiento glial en la zona lateral de la médula y amiotrófica por la atrofia muscular que se produce por inactividad crónica. Esto es, una enfermedad neurodegenerativa letal que conduce a quien la sufre hacia la parálisis total al tiempo que se van perdiendo, paulatinamente, las capacidades de hablar, masticar, tragar e incluso, respirar. Todo ello en unos tres o cinco años. Sucede en dos de cada 100.000 habitantes.

El pasado junio Juan Carlos Unzué anunciaba que le habían diagnosticado ELA. No es extraño que ocurra en un futbolista de élite. En Italia, desde 1960 se han contabilizado 40 casos de futbolistas que han fallecido por esta enfermedad. La angustia creció en la primera década del nuevo milenio con la proliferación de sucesos: Signorini, Lombardi y Borgonovo. Un reciente estudio del Instituto Mario Negri de Milán revela que la frecuencia de ELA entre los jugadores del calcio es 6,5 veces mayor. En España, la relación parece más azarosa.

Antes de Unzué hay que remontarse a los años 80 cuando la padeció Ángel Zubieta. A su condición futbolista se le sumaba la de fumador compulsivo. Caldo de cultivo de la ELA.

El vínculo entre ELA y fútbol ha ocupado los laboratorios de muchos investigadores durante los últimos años. La concomitancia entre ambos parece apuntar hacia los golpes con impacto en la cabeza, suplementos dietéticos, fármacos terapéuticos e incluso toxinas medioambientales aplicadas en los campos. Jimmy Johnstone, Krzystof Nowak o Fernando Ricksen son algunos de los nombres que convalidan estas causas.

A pesar de ello, los libros de medicina estadounidenses recogen este trastorno con el nombre de un jugador de béisbol, Lou Gherig, leyenda de los Yankees. Además de ser seis veces campeón de la Serie Mundial, dos veces MVP de la Liga y All-Star en siete ocasiones, poseyó durante 56 años el récord de la MLB de mayor número de partidos jugados de manera consecutiva. La cifra se paró en 2.130, cuando le diagnosticaron ELA. George Banks, Pete Frates, Gomer Hodge o Joanne Weaver también la sufrieron y también jugaban al béisbol.

Pero hay más casos que gusta contar. Hace diez días, una expedición en la que formaban cuatro deportistas con ELA alcanzaba los 3.718 metros de cumbre del Teide. La pandemia mundial hizo que tuvieran que cambiar su objetivo que en marzo era el Ama Dablam, uno de los grandes picos del Himalaya.

A Asier de la Iglesia le diagnosticaron esclerosis múltiple (una enfermedad con muchas más posibilidades terapéuticas) en 2013 y cinco años después era el jugador más valorado de la Liga EBA. Incluso llegó a debutar en la Liga Endesa con el Guipúzcoa Basket que lo fichó por un partido para concienciar sobre la causa.

Y, cómo no, el caso de Stephen Hawking. El físico teórico más importante de la historia también fue deportista y también tuvo ELA. Formó como timonel en el equipo de remo de Oxford y con 21 años fue diagnosticado de ELA con un pronóstico de unos tres años de vida. En 2014 aclaró su postura respecto a la religión: “Lo que quise decir cuando dije que conoceríamos ‘la mente de Dios’ era que comprenderíamos todo lo que Dios sería capaz de comprender si acaso existiera. Pero no hay ningún Dios. Soy ateo. La religión cree en los milagros, pero estos no son compatibles con la ciencia”.

Hawking vivió más de medio siglo por encima de su esperanza de vida. Y eso, para escépticos y creyentes, es un milagro.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Maradona ha muerto pero nada ha cambiado

DICE JERCY Lec que “el primer requisito de la inmortalidad es la muerte”. El paso necesario para convertirse en mito. Diego Armando Maradona se ha saltado este requisito a lo largo de los 60 años que ha durado su vida.

Gambeteó a la muerte en una Argentina quebrada por una dictadura. Diego aprendió a jugar al fútbol en el potrero de Fiorito en el que “forjó una zurda inmortal”.

En su debut en Primera tocó “el cielo con las manos”. En el primer balón que tocó hizo un caño.

Menotti no lo convocó para el Mundial del 78. Con 17 años se quiso morir. Pero al siguiente fue campeón mundial juvenil con la albiceleste y mejor jugador del torneo.

Salió airoso de la refriega con la barra brava de Boca armada con revólveres: “Mejor que corran porque si no los reventamos a todos”.

Descendió a los infiernos en España. Su patada a Batista en el Mundial le costó la expulsión y la eliminación.

Aquí lo dieron por muerto tres veces. En ciclos de tres meses. Por una hepatitis. Por la caníbal entrada de Goicoetxea. Y por su agresión a Sola. Pero salió deificado del Bernabéu asiendo una Copa.

Argentine soccer star Diego Maradona, wearing a diamond earring, balances a soccer ball on his head as he walks off the practice field following the national selection’s 22 May 1986 practice session in Mexico City. (Photo credit should read JORGE DURAN/AFP/Getty Images)

Levantó la Copa del Mundo al cielo de México en el 86. Cambió las reglas del fútbol para meter un gol con la mano. Sus milagros hicieron que Víctor Hugo Morales y medio mundo se preguntasen: “¿De qué planeta viniste?”.

Sacó del pozo a un club moribundo como el Nápoles con cinco títulos. Y se metió de nuevo el pozo con historias de prostitutas, cocaína y camorra.

Eliminó al país que lo acogió de su Mundial. Allí venció a la muerte dos veces. A un “tiro directo al corazón” cuando los azzurri silbaron el himno y a ser subcampeón.

Se le impuso una sanción de 15 meses por su primer positivo. A todo el fútbol se le encogió el corazón. Maradona, que ya no era tan divino, era sentenciado a pena de muerte.

Renació de sus cenizas en Sevilla donde vivió más de noche que de día. Sus compañeros no preguntaban nada. Marcó cinco goles.

Volvió al fútbol argentino montado en borrica y enaltecido por 40 mil almas reunidas en su primer entrenamiento.

Basile lo llamó para el Mundial de USA. Marcó un gol para la posteridad. Se comió al cámara. Se reivindicó. A los 4 días volvió a dar positivo por 5 sustancias. Nadie lo iba a sacar ya de ese hoyo.

Volvió y se fue dos veces de Boca. Falló cinco penaltis consecutivos. Otro positivo. Tres sustancias. Se retiró con problemas con todos, pero todos le amaban. “No importa en que lío se meta Maradona, es mi amigo y es una gran persona el 10”.

Entrenó a Argentina.

Superó sobredosis, crisis, adicciones, sobrepeso, hepatitis, cirugías, artrosis, anemias, deshidrataciones y los más caleidoscópicos problemas mentales. Congregó al todo el pueblo de La Plata a las puertas del hospital. Volvió a salir airoso.

Hoy no.

Como diría Nietzsche “Dios sigue muerto”. Quizás sea cierto. Maradona se saltó en incontables ocasiones el requisito para ser inmortal: la muerte.

Maradona ha muerto, pero nada ha cambiado.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Afraid to be free

No me gusta Lebron James. Y me inquieta la idea de que algunos quieran sentarle en un trono reservado desde otro milenio para Michael Jordan. Supongo que en el baloncesto ocurre lo mismo que en el fútbol, donde Cristiano es esfuerzo y Messi talento. Y todos sabemos que lo innato siempre es más puro y auténtico que lo adquirido. Aunque en este caso tampoco me guste Messi.

En el cierre de campaña de Donald Trump, el presidente atacaba a la NBA por una supuesta insurrección nacional que con la que justificaba una bajada del 71% en las audiencias de las Finales. El público republicano, enardecido, coreaba aquello de “Lebron James sucks”, que no me gusta, aunque tampoco me guste Lebron. Lo hacían en un estado -Pensilvania- del que, junto a Georgia, Carolina del Norte, Michigan y Wisconsin -muchos de ellos swing states-, pendía hace dos martes el ganador de los comicios yanquis. Todos ellos contaban con victoria momentánea de Trump. En todos ellos menos en Carolina del Norte ganó finalmente Biden. Algo está cambiando.


Las elecciones americanas no son demócratas contra republicanos. Son una operación de marketing liderada por Trump en la que siempre que hay confrontación, gana. Negros contra blancos. Urbanitas contra campesinos. Los que tienen estudios superiores contra los que carecen de formación universitaria. La clase media-baja contra la clase media-alta. Cemento contra cereal. Industira contra servicios. Negacionistas contra científicos. Derek Chauvin contra George Floyd. Y deporte contra deporte.


Si las elecciones norteamericanas fuesen un espectáculo deportivo en un lado del campo estarían Weston MacKennie, Colin Kaepernick, Stephen Curry o Charles Barkley, liderados por Lebron James y en el otro formarían John Daly, Curt Schilling, Dana White o Bill Bellchick, capitaneados por Tom Brady. Y eso no me gusta.

Tras la victoria de Trump en 2016, el entrenador y exjugador de baloncesto, Doc Rivers decía que “nos queda todavía mucho camino que recorrer en torno a los derechos de igualdad para todos los ciudadanos y no pienso que su elección sea la mejor, pero tenemos que darle la oportunidad de que pueda gobernar durante los próximos cuatro años y haga grandes cosas”. Trump llevó la economía doméstica a cifras récord, pero de igualdad, nada de nada. Y eso tampoco me gusta.


Alexis de Tocqueville me gusta. El pensador francés construyó en 1835 uno de los mayores compendios de la historia democrática americana, válido todavía hoy. En su estudio, Tocqueville recuerda los peligros con que la igualdad de condiciones amenaza a los hombres hasta el punto en que “la libertad se les escapa de las manos mientras fijan su vista en otra parte”.

Por ello Trump divide a la sociedad en lo que parecería una paradoja. Mientras la sociedad pierde fuerza en volver a unirse, él aprovecha el caos porque “en las democracias, donde los ciudadanos no difieren mucho los unos de los otros (…) se forman clasificaciones artificiales y arbitrarias, con cuyo auxilio cada uno procura evitar el ser confundido entre la multitud”.
Las revoluciones son necesarias porque son la única forma de igualar las condiciones, pero el peligro es que, como establece Tocqueville, “es más fácil establecer un gobierno absoluto y despótico en un pueblo donde las condiciones son iguales”.

Por eso, dice, “no hay país donde las revoluciones sean más peligrosas que en las democracias; pues, independientemente de los males accidentales y pasajeros que no deja nunca de hacer toda revolución, crean siempre males permanentes y, por decirlo así, eternos”.


La lucha correcta del pueblo, según Tocqueville, debe emprenderse por la libertad y no por la igualdad. En el primer caso se impedirá que se establezca el despotismo, en el segundo caso, se atraerá.La revista alemana Der Spiegel, anunciaba hace escasos meses que la clase media estadounidense se estaba extinguiendo, acercando el pobre al rico y generando nuevas razones para odiarse. Así, los que están abajo tenderán más hacia la revolución y la mayoría de los ciudadanos que “no ve claramente lo que puede ganar en una revolución, y sabe muy bien lo que puede perder”, no les frenarán. Y aquí es donde el deporte norteamericano también debe posicionarse.

Los términos inglesas freedom (libertad) y afraid (miedo) provienen de palabras con la misma raíz indoeuropea. Y no resulta extraño.


Tocqueville remata su ejemplar de hace 185 años argumentando que depende de las naciones “que la igualdad las conduzca a la servidumbre o a la libertad, a las luces o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria”

Y en esto sigue hoy Estados Unidos. Dentro de sus vastos límites, el pueblo yanqui, ha decidido hacer “un pronto y enérgico esfuerzo para corregir el curso de su destino”. Veremos hacia dónde le conduce.

Artículo publicado en El Diario de Pontevedra

Tu ola llegará

EN MI ÉPOCA universitaria perdí muchos más trenes de los que llegué a coger.

Los viernes solía ver cómo desfilaban delante de mis ojos los regionales de las tres y de las tres y media o el Alsa de las cuatro. E incluso todos. Me resignaba a llegar a Ourense con la noche cerrada para llamar a las puertas de la casa de una madre que esperaba con la nevera llena.

En la mochila pesaba el remordimiento de los actos impíos cometidos con nocturnidad, cuando también perdía trenes. Éstos se me escapaban por torpeza. Como también pasa hoy, jugaba de modo patoso las bazas preparadas con esmero para dejar sin triunfos a la chica que me gustaba. Todo aquello era para mí la insoportable levedad del ser.

Con el paso del tiempo comprendí que los trenes no se pierden por llegar tarde, sino que uno va a la estación cuando se siente preparado para el viaje y que, a veces, el tren para el que se arregló ya no está.

El Tomás que dibuja Kundera en su best seller es un amante obsesivo movido por el deseo de apoderarse de la infinita variedad del mundo objetivo de la mujer, de coleccionar sus diferencias más íntimas.

Durante demasiado tiempo abracé sus palabras como propias y temí convertirme en él: “El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores”.

Duke Kahanamoku es una especie de salvador. Con cinco medallas olímpicas en natación, salvó el surf cuando los misioneros calvinistas destruyeron la cultura de Hawai a principios del XIX. Ayudado de su tabla, salvó también a ocho hombres de un barco pesquero volcado. Y seguramente haya salvado la vida de muchos con una simple frase: “No te preocupes, hay millones de olas ahí afuera. Tómate tu tiempo y tu ola llegará”.

En el Pulitzer de 2016 –Años salvajes-, Finnegan cuenta su propia historia, la de un corresponsal de guerra enamorado del surf que recorre medio mundo en busca de la ola perfecta.

Cuando leo las descripciones de Finnegan, inevitablemente pienso en el amor. Para él, las olas son campo de juego y finalidad, objeto de profunda adoración y enemigo mortal. Y descubro que también habla de paciencia: “Llegar a conocer bien un pico puede llevar años. Y en algunas rompientes difíciles, es un trabajo que te lleva toda la vida. Antes de surfear (las olas), tenemos que aprender a leerlas, o al menos tenemos que haber empezado a descifrarlas”.

El Finnegan de Finnegan es todo lo contrario al Tomás de Kundera.

Finnegan desecha multitud de destinos costeros porque aprendió de Kahanamoku que, a pesar de los desengaños, siempre “quedaban muchos lugares que presentaban buenas condiciones para el surf”. Y disfruta de la conjetura de escoger destino para lanzarse a por todas una vez tomada la decisión. Y aunque termine destrozado y coqueteando con la muerte, Finnegan no teme: “Aunque se levanten grandes olas y sacudan los cerros con violencia, ¡no tendremos miedo!”.

Tomás en cambio está lleno de pavor porque nunca ha convivido con la soledad. Llena su vacío constantemente con un sexo fútil y desconoce que abrazar el agujero que deja el lado desierto de la cama es paso obligado para sentirnos liberados, un día, de la insoportable levedad del ser. Crecer afectivamente. Solos. Sin ruidos. Sin distracciones.

Mientras pasan los trenes para los que no estamos preparados. Mientras esperamos esa ola que algún día llegará.

Y frente a la que ya no tendremos miedo.

Artículo publicado en El Correo Gallego

El futuro es negro y maravilloso

El texto de Sostres tiene algo de supremacista, de colonizador rancio y ario que de repente veías corriendo por las playas de Guanahani cuando alguien al grito de: “¡Oro, oro!”, anunciaba que nuevas explotaciones indígenas habían sido descubiertas. Opresoras estampas en el corazón de lo nativo. Ahora esto no pasa, porque para los rojos los delincuentes son los evangelizadores y no los negros, a los que ya no les van a cortar las manos”.

Hace tres días el profesor Cristian Olivé publicaba en Twitter cómo sus alumnos comentaban que “hacer bromas ofensivas sobre gays es de boomers”, siendo boomer todo aquello que está anticuado o pasado de moda, de otro tiempo. Y añadía, “perdonad que os lo diga, pero esta nueva generación es maravillosa”.

El alegato de los alumnos de Olivé se producía el mismo día en que la OCDE publicaba el informe PISA de 2018 que mide el rendimiento académico de los alumnos de 15 años en matemáticas, ciencia y lectura y, desde esta edición, también la competencia global.

Los chavales españoles no son los mejores en las competencias lectivas, de hecho llevan años estancados en estos análisis, pero sí son los mejores a la hora de respetar y “examinar cuestiones locales, globales e interculturales; comprender y apreciar distintas perspectivas; saber interactuar de forma respetuosa con los demás, y emprender acciones para el bien común y el desarrollo sostenible”.

En un país en el que las mesas de las aulas deben estar situadas a metro y medio, las mascarillas correctamente puestas y la ratio de alumnos es superior a la media de la OCDE, los profesores y sus alumnos han decidido superar otra media de la OCDE, la del respeto y la tolerancia. Y eso es, como dice Olivé, maravilloso.

En esta materia, los periodistas tienen el poder (deber) de ayudar a los profesores que se exponen a grupos volubles de zagales y se convierten en potenciales dianas de contagio solo por su inmaculada vocación de enseñar.

De hecho, la Resolución 1.003 sobre Ética del Periodismo, aprobada en el 93 por el Consejo de Europa, establece “la obligación de no promover la guerra, defender la democracia, la dignidad humana y la igualdad entre personas”. Precisamente, eso en lo que nuestros niños han sacado la mejor nota.

El texto de Sostres no solo es vomitivo por lo que dice, sino por cómo lo dice y a quién se lo dice.

El fútbol abraza universalmente a todos los chavales del mundo. Los fascina, los cautiva, los hechiza, los mantiene pegados a la televisión y pendientes de la radio, los conmueve y los llena de modelos que imitar. Les hace sentir. El texto de Sostres, en cambio, los llena de prejuicios, de la necesidad de establecer dicotomías, de tener que juzgar por el color de su piel a un chaval de 17 años nacido en Guinea-Bisáu que corre como una gacela.

Ese impulso corre el riesgo de convertirse en el abuso de patio de colegio sobre un compañero de Mali, al que le dirán que ha llegado a España en cayuco a recoger fresas.

En 2018 viajé a la África Oriental. Cansado, seguramente, de esa incompetencia occidental a la hora de gestionar empatías. En la escuela tanzana de Msamaria me encontré con un grupo de querubines negros que eran felices a través de las cinco cosas que hacían en su día a día: aprender, cantar, rezar, comer y jugar al fútbol. Lo hacían todo con camisetas de Messsi, de Cristiano, de Neymar, de Pogba, de Mbappé, de Mahrez, de Salah. Muchas de ellas se las llevábamos los voluntarios.

Si volviese, y pienso volver, les llevaría muchas camisetas de un chaval de 17 años nacido en Guinea-Bisáu. Ídolo nacional para ellos y ejemplo para todos.

Artículo publicado en El Diario de Pontevedra

Nadal es de todos

EN EL ÚLTIMO punto del primer juego del segundo set del partido de cuarta ronda de Roland Garros 2005, un Rafa Nadal de 19 años ejecutaba un drive a la línea que rompía el servicio de Sebastian Grosjean, aunque el francés reclamase airadamente que la bola había botado fuera. Su ira recalcitrante no fue suficiente para que el silla, Damian Steiner, bajase de su púlpito a comprobar el bote. El arrebato de Grosjean hizo que el juez de árbitros acudiese a la pista central para calmar los ánimos. Ya era demasiado tarde. Las protestas que se extendieron durante más de diez minutos, enardecieron a las 15.000 almas que abarrotaban la Philippe-Chatrier para abuchear a Rafa con saña y criticar las decisiones de Steiner con obstinación.

Nadal, descolocado, cedió el set. Sería una de las tres únicas mangas que perdería en todo el torneo. Lo que ocurrió en 2005 se convirtió en rutina: las esperanzas del tenis francés naufragaban, su público abroncaba a Nadal y éste se llevaba una nueva Copa de los Mosqueteros a su museo de Mallorca.

No fueron pocas las veces que el público de París fue desmesuradamente grosero con Nadal. Entre los recuerdos más lamentables se encuentra su primera derrota en el Bois de Boulogne contra un rival también arisco como Soderling o los enrevesados comienzos contra Isner o Brands.

Ninguno de ellos era un deportista local. La máxima aspiración del auditorio galo siempre fue la derrota de Nadal y, por no saber apreciar la calidad que se desplegaba en cada revés o en cada dejada, el karma acabó privando a los mismos aficionados que silbaban, de poder asistir a una de las mayores gestas deportivas.

La victoria de Nadal sobre Djokovic para sumar su décimo tercer Roland Garros y su vigésimo major solo fue seguida en la Chatrier por un millar de personas.

Probablemente, la incompatibilidad de Nadal y del público francés venga del mismo sitio de donde nacieron las disputas sobre los dominios de Italia, la Guerra franco-española o la Batalla de Bailén. Pero no dejan de ser odios perpetuados irracionalmente al proyectarse sobre el lugar de nacimiento de uno u otro.

Porque sí, Nadal es español, pero de todo lo que es, seguramente sea lo menos importante. Como Roger es suizo, Novak es serbio y otros son de la Borgoña o de la Bretaña. Nadal es español y probablemente el mejor tenista masculino de toda la historia. Buscar causalidad en el primer fundamento y consecuencia en el segundo para un uso fanático es un disparate tan mayúsculo como su palmarés.

Es indiferente de dónde sea Rafael Nadal. Porque su tenis trasciende a España, a Francia, al 12 de octubre y al 14 de julio. Por ser todas ellas fechas demasiado sangrientas, con excesivas decapitaciones y porque incluso “la efeméride histórica en la que España inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos” se debe a un señor de discutida reputación del que no se sabe a ciencia cierta si es genovés, luso o de Poio. Y ese debate también debería ser baladí. Porque el ser de allí o el ser de aquí no debe generar más división.

Cualquier exaltación de lo que se encuentra dentro de las fronteras en las que vivimos no hace más que fortificarlas. Y, del mismo modo, cualquier adjetivo a lo de Nadal se queda corto. No cabe ninguna duda de que los peligros que encierra lo primero deben ser tenidos en cuenta ante la nimiedad de lo segundo. Porque según Valdano o Sachi, “el deporte es la cosa más importante de las cosas menos importantes”, y dentro de las cosas menos importantes, la de Nadal es una de las mayores gestas.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Zdravljica, un brindis

EN LOS JUEGOS de Estocolmo de 1912 Rudolf Cvetko conseguía una medalla de plata para Austria en esgrima. Era la primera presea para un deportista esloveno. Cvetko había nacido en Kranj.

En París 24, Leon Štukelj, fue declarado el mejor gimnasta. El más grande deportista esloveno de la historia consiguió seis medallas olímpicas pero se las arrogó el Reino de Yugoslavia.

En México 68, Miroslav Cerar se proclamó doble campeón olímpico en caballo con arcos. Sus medallas contaron para la República Federal Socialista de Yugoslavia, a pesar de haber nacido en la capital eslovena, Liubliana.

De la región meridional de los pueblos eslavos nacieron los eslovenos, objeto de constantes conatos de absorción por el ánimo imperialista. Desde los tiempos del Ducado de Carantania, Eslovenia desafió los sueños supremacistas con obstinación y singularidad. La de la dinastía Celje, del Mar Adriático y del monte Triglav.

Esa homogeneidad étnica fue la que facilitó la brevedad de su guerra de independencia, de tan solo diez días. Los nacionalistas serbios no encontraron nada que reivindicar de la idiosincrasia eslovena que declaraba su independencia en 1991 con muchas razones. Deportivas también.

Desde entonces se cuentan un total de 40 medallas olímpicas ganadas bajo la bandera blanca, azul y roja. Tres deportistas acaparan cerca de un tercio: Iztok Čop -remo-, Rajmond Debevec -tiro- y Tina Maze -la más laureada con dos oros y dos platas en eslalon gigante, súper gigante y descenso-. No es raro que Eslovenia tenga a esquiadores entre sus mejores deportistas.

En el valle alpino de Planica se encuentra la primera colina y reina de todos los saltos, construida en 1934. En ese trampolín permaneció durante 12 años el récord de Romoren, con 239 metros.

Primož Roglič también saltaba y llegó a ser campeón mundial júnior. A los 21 cambió los esquís por la bicicleta. Y ahora nos ha brindado una magnífica batalla junto a Tadej Pogacar en la resolución del Tour 2020. En la Vuelta 2019 el del Jumbo se llevó el gato al agua. Un año después, la cronoescalada de La Planche encumbró al de Komenda. Llevamos dos años asistiendo a un duelo fraternal en el que dos ciclistas eslovenos se postulan como los mejores del mundo.

Esta hegemonía no viene de ahora. Un chaval de 21 años bate cada temporada decenas de récords de la NBA, algunos superando a Jordan. La calidad infinita de Luka Doncicć junto a la experiencia de Goran Dragic dieron a Eslovenia su triunfo colectivo más importante: el EuroBasket 2017.

Y el deporte rey no iba a ser menos. Ya no hay temor a equivocarse al decir que Jan Oblak es el mejor portero del mundo. En la Liga el meta del Atlético de Madrid ha dejado su marchamo con el Zamora menos goleado. Un promedio de 0,47 goles igualaba el registro de Liaño, 22 años después. Sus gestas en Champions se cuentan por miles, como la triple atajada al Leverkusen o las once intervenciones en Anfield.

Eslovenia es uno de los países más pacíficos y con mayor biodiversidad. Y su deporte hace gala de ello. En la última etapa de la Grande Boucle no se produjo la clásica foto del brindis del campeón. Pogacar lo quiso así por respeto a su compatriota Roglic. En su lugar, el brindis que propuso el joven ciclista fue el del himno de su país: “Salud a las naciones que ansían ver el día en que de Oriente a Occidente ni un solo odio quede en pie; que la humanidad viva en libertad y las fronteras sean encuentro y buena vecindad”.

Ese parece ser el secreto de la academia eslovena: admiración, esfuerzo y concordia para recuperar lo que antaño les quitaron, su identidad.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Negro, jefe y gallego

EL CUARTO puesto de la selección en Brasil 50 fue durante 60 años su mejor resultado antes de que dinamitara su techo en 2010. Su mayor logro fue campeonar un grupo en el que se hallaba Inglaterra presentando su primera candidatura mundial. Los inventores del fútbol, favoritos para la prensa, perdieron con un gol del legendario Telmo Zarra. Tan importante fue la gesta que el presidente de la federación envió un telegrama a Franco que rezaba: “Excelencia, hemos vencido a la pérfida Albión”. En aquella plantilla figuraba el nombre de un gallego, Juan Acuña Xanetas, mítico portero del Dépor que vivía a la sombra de Ramallets, conocido como El gato de Maracaná por su brillante actuación contra los ingleses.

No fue el único gallego en Brasil. Obdulio Jacinto Muíños Varela será recordado como el jugador uruguayo más importante. Arengó a su equipo con una prédica inmortal para sentar las bases del Maracanazo: “Los de afuera son de palo y en el campo seremos once para once. El partido se gana con los huevos en la punta de los botines”. Lo hizo cuando los charrúas se acongojaban al sentir el bramido de 200.000 aficionados en el cogote. Lo hizo con una indiscutible ascendencia gallega. Lo hizo con unos apellidos más enxebres que la queimada. En aquella actuación del Negro Jefe se puede ver la contumacia gallega.

Brasil venía arrollando, le valía el empate y los dirigentes uruguayos se conformaban con una “derrota honorable”. Varelaobjetó ante sus compañeros: “Muchachos, hoy tengo muchas ganas de correr”. También dejó muestra de su flema. Cuando Brasil se adelantó, el capitán celeste recogió el balón de las redes y, mientras las incontables gargantas cariocas escupían fuego, protestó cuatro minutos un orsay inexistente hasta que consiguió helar toda aquella samba. Acto seguido dijo a Schiaffino, “se acabó, ahora vamos a ganarles a estos japoneses”. Justo antes de saltar al césped ya le había confesado a Ghiggia, “hoy vas a recibir la mayor ovación de toda tu carrera”. Schiaffino y Ghiggia fueron los artífices de los goles que voltearon el marcador para eterna gloria uruguaya.

En Brasil 50 pasaron tantas cosas que son inenarrables. Muchas selecciones viajaron con el miedo de una desgracia, como Italia, que se recuperaba de la tragedia de Superga. En el accidente aéreo del Torino perecieron 31 personas, entre ellas, 10 de los titulares de la selección azzurra.

Otras ni siquiera hicieron las maletas. Bien por motivos bélicos, como Alemania y Japón, o bien por motivos económicos como Turquía o la India, aunque circulase el bulo de que los asiáticos no viajaron por no permitirles la FIFA jugar descalzos.

Se inscribieron 34 selecciones para 16 plazas y compitieron 13. Seguramente no fue sencillo tomar la decisión ante las heridas abiertas por la guerra, pero el deseo unánime de recuperar paz y normalidad fue mayor.

Este domingo, el Negro Jefe llegaría a los 103 años, justo en el verano que se cumplen 70 del, probablemente, mejor mundial de la historia o, al menos, el que nos enseñó que los desafíos se ganan con galeguidade y “con los huevos en la punta de los botines”.

Artículo publicado en El Correo Gallego