8 de marzo del 776 a.C.

Hubo un tiempo en que las mujeres no tenían que pagar entrada en los pubs que frecuentábamos los babosos. No sé si sigue ocurriendo porque me he hecho tan viejo y casposo como aquella práctica que años después supimos que se llamaba micromachismo y que era prehistórico.

En los Juegos Olímpicos antiguos solo podían entrar al estadio olímpico las mujeres jóvenes, solteras y de buena familia. Ni las casadas, ni las viudas, ni las viejas, a excepción de la sacerdotisa Demeter que, entre tanto heteropatriarca, podría ser algo así como lo que es hoy Rocío Monasterio. Con su puesto privilegiado frente a los jueces supremos, flaco favor le hacía a sus compañeras en unos tiempos en los que la sororidad tampoco se había inventado.

Las muchachas no podían competir. Como mucho contemplar el derroche de virilidad de los atletas, con quienes sus padres pretendían emparejarlas y perpetuar la saga de los campeones, porque las mujeres solo valían para dar hijos. De hecho los deportistas corrían desnudos y con su hombría al viento para que ninguna mujer se pudiera infiltrar en los Juegos. Quebrantar esta norma se pagaba con la vida: de ser descubiertas, las mujeres eran despeñadas desde el monte Tipeo.

Solo Ferenice, madre de Pisidoro, se jugó la vida vistiéndose como un hombre para entrar en el estadio y ver luchar a su hijo. Al correr hacia él para celebrar su victoria, su túnica se rasgó descubriendo su identidad, pero fue indultada por ser de familia de campeones. La mayor afrenta que se le puede hacer al coraje de Ferenice y a la lucha histórica de las mujeres la perpetraron los nazis en Berlín 1936 cuando travistieron a un hombre para colocarlo en la competición de salto de altura y dejar fuera de ella a una deportista que era mujer y judía. Y que solo le faltaba ser negra.

Casi tres mil años después, las mujeres siguen siendo usadas en muchas ocasiones como ganado y pasto para las bestias, vetando su entrada a lugares reservados para los hombres pero ofreciéndolas como premio de feria y reclamo. Y no habrá sido por las sucesivas tentativas para enmendar este deleznable agravio.

Si los Juegos Olímpicos se celebraban en honor a Zeus, dieciséis mujeres reunidas por Hipodamía -una de cada ciudad de la región de Elis, donde estaba Olimpia- recibieron el encargo de organizar unos juegos en honor a su hermana Hera. Se dice que las dieciséis mujeres tejían un peplo a Hera (que corran si quieren, pero al menos que cosan) para convocar la competición. Como los olímpicos, también se celebraban cada cuatro años, en el estadio y las vencedoras eran coronadas con olivo y homenajeadas con estatuas. Pero, a diferencia de los olímpicos, las mujeres competían vestidas. Portaban un quitón que solo mostraba sus piernas y hombros. Los pezones femeninos que hoy perturban a instagram y que motivan canciones reivindicativas candidatas a Eurovisión, ya generaban pánico en la cuna de la civilización. Y de aquellos lodos, vienen estos pixelados.

Pero aunque parezca imposible, hubo una mujer capaz de conseguir una medalla de oro en el gran evento olímpico y priápico. Cinisca nació en el 440 a.C. para hacer historia, o al menos hacerla de algún modo. Al ser espartana, partía con una ventaja importante con respecto a las mujeres griegas. Las espartanas eran feminazis y hacían lo que le salía del coño: practicaban deporte, cazaban, montaban a caballo y pasaban “olímpicamente” del hogar. Pero Cinisca no fue campeona olímpica por ninguno de estos motivos sino por tener dinero. Pertenecía a la realeza como hermana de reyes y esto le permitía tener cosas diversas, entre ellas caballos. La hípica era el único deporte en el que las mujeres podían conseguir algo en los Juegos Olímpicos, porque no se premiaba al auriga o jinete, sino al propietario o propietaria de los caballos vencedores. Y los caballos de Cinisca ganaron en dos ocasiones la carrera de cuadrigas. Después de Cinisca, los equinos de otras mujeres también ganaron carreras, pero siempre se trataba de reinas, princesas o señoras fetén. Así que lo de Cinisca, desgraciadamente, no fue para tanto en términos de igualdad. Fue algo así como si el Rayo Vallecano hubiese ganado dos Champions cuando lo presidía Teresa Rivero.

Hubo que esperar unos 2.500 años para ver de nuevo un oro femenino, el conseguido por Charlotte Cooper en París 1900, pero como era tenista, es un logro que nadie tiene en cuenta, como los 24 títulos de Grand Slam de Margaret Court. En Tokio participó la primera mujer transgénero en unos Juegos no sin polémica, porque parecen evidentes las ventajas biológicas (y psicológicas, dirán los cavernícolas) sobre la mujer por haber nacido hombre.

La ciudad parisina, de nuevo, marcará otro hito en la igualdad deportiva en los próximos Juegos de 2024, alcanzando por primera vez en la historia una participación matemáticamente igual de hombres y mujeres deportistas. No ocurre lo mismo en el caso de los entrenadores acreditados, donde las mujeres solo representan el 10% ni en la Comisión Ejecutiva del Comité Olímpico Internacional, donde son solo el 33%. Y es que todo el mundo sabe que las mujeres no son inteligentes ni toman buenas decisiones.

Así que probablemente, lo único serio de este artículo sea la lapidaria verdad de que queda una barbaridad de trabajo por hacer.

Artículo publicado en La Olimpipedia

Ucrania, bomaye. Ucrania, mátalo.

La historia de Ali es tan grande que sobrepasa las fronteras que no deberían existir. Cuando en 1966 fue convocado a la Guerra de Vietnam, ya se había proclamado campeón olímpico y mundial y, uniéndose al Malcolm X y al islam, le había mostrado al mundo que no existía ni una sola religión ni una sola ideología. Se negó a combatir porque: “ningún vietcong me ha llamado nigger”.

Y le costó un riñón. Fue despojado de su título mundial y su licencia de boxeador, condenado a cinco años de prisión y privado de su plenitud como deportista. Todos pensaron que su absolución, en 1971, llegaba tarde. Se enfrentó a Foreman para volver a embucharse el cinto dorado. Lo hizo en la frondosa selva de Zaire jaleado por 60.000 gargantas que gritaban aquello de “Ali, bomaye”, -“Ali, mátalo” en su lengua bantú-. Y vaya si lo mató. Ali tumbaba a Foreman y al despotismo en el octavo asalto.

Si Ali rehusó unirse al bando opresor de una ofensiva que quería descomunizar a los vietnamitas a bombazo limpio; hoy, los boxeadores ucranianos se unen al bando oprimido de una guerra que pretende desnazificarlos a ellos, que son quienes reciben los misiles.

Lo hacen también como campeones olímpicos y mundiales. Vitali Klitschko se coronó hasta en doce ocasiones y solo perdió dos combates. Su hermano pequeño, Vladimir, llegó incluso más lejos que él. Conquistó 24 títulos mundiales y se colgó el oro en Atlanta. Se alistaron tras dominar el cuadrilátero durante dos décadas: “cogeremos las armas y defenderemos el país”. Oleksandr Usyk Vasyl Lomachenko están con ellos. Fueron campeones olímpicos de peso pesado y peso ligero en Londres 2012. Ahora están considerados como dos de los mejores boxeadores libra por libra. Su decisión fue la misma: posponer sus combates e incorporarse al batallón de defensa.

En el ejército ucraniano también hay Grandes Maestros Internacionales de ajedrez, entrenadores de Champions o tenistas de Grand Slam. Sin vacilar, cambiaron trebejos, balón y raqueta por kalashnikovs.

La historia de Ucrania cuenta que los referentes en los que se inspiran hicieron lo propio. En pleno Tercer Reich, un equipo de futbolistas ucranianos que escapaban del holocausto, el FC Start goleó al ejército alemán. El último encuentro que disputaron fue el archiconocido Partido de La Muerte. Dicen que un oficial de la Gestapo los advirtió de que los fusilarían si ganaban. Trusevych, alma máter del equipo, replicó: “jugaremos hasta la muerte”. Vencieron 5-3 y años después la Gestapo cumplió su amenaza.

Ali nació el 17 de enero de 1942 en Louisville.

El FC Start se gestó en ese mismo 1942 en una panadería de Kiev.

En 2022 se cumplen 80 años de ambos acontecimientos y los boxeadores ucranianos han recogido el legado de su deporte y de su país para enfrentarse a Putin.

Hoy no somos 60.000, sino 8.000 millones los que gritamos: “Ucrania bomaye. Ucrania, mátalo”.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Cuando fuimos los mejores

La muerte de un joven es más desoladora que la de un niño. Puede que sea porque nunca se espera. Porque se produce una vez superada la inmadurez de los sistemas fisiológicos del puerperio y antes de que el envejecimiento haya podido deteriorar el organismo.

Y porque la valoración social de la vida de un joven es incalculable. Con su muerte se pierde la inversión en su crianza y el retorno de toda una futura vida productiva.

Supongo que cada vez que un joven muere, algo se resquebraja en nuestro interior con una intensidad directamente proporcional al fulgor que desprende la vida cada vez que Mella, Yeremay o Noel arrullan el balón en Riazor.

Y es esa vida que emerge de las diabluras que un puñado de irreverentes querubines con la que intentamos recomponer nuestros sueños rotos. Porque creemos que todos los pedazos del cofre de los descalabros aún sirven para algo. ¿Para qué si no los habríamos conservado? Para regodearnos en todo lo que no hemos conseguido en nuestra vida y la gran mayoría de cosas para las que ya estamos viejos.

Y de repente llegan ellos. Con sus pelos pintados, sus gomas de colores y sus miradas incorruptas. Llegan ellos con el brío de quien nunca ha tenido que pagar el fracaso. Llegan ellos que no recuerdan que hubo un tiempo en el que el Dépor paseaba su blasón con soberbia por toda Europa. Llegan ellos que convierten nuestra catarsis en un juego. Llegan ellos y nuestros sueños, esos que guardamos por si acaso, se reactivan.

Porque hubo un tiempo que en A Coruña eran los mejores. Y es tan importante el hecho de haberlo sido como la capacidad de recordarlo. Por eso la canción de Loquillo comenzó a atronar en todas las salas y discotecas del Orzán y desde el Playa hasta el Portiño. Para que sus desgarradas notas cayeran en las heridas de los deportivistas como el limón del heroinómano que se ha quedado sin su dosis. Al sol de los lunes que ya no alumbran sino abrasan.

El duelo por el penalti de César que dejó al Dépor sin su final de Champions se ha hecho mayor de edad. Y ese ha sido justo el tiempo necesario para que la cohorte de muchachos que nació de las lágrimas de un 4 de mayo de 2004, hayan adquirido uso de razón y de balón para devolverle la alegría a una ciudad resignada a la Primera Federación, aunque nadie sepa lo que es.

Los juveniles del Deportivo ganaron la eternidad desde ese lugar fatídico donde la suerte siempre le es esquiva a los blanquiazules y, si cabe, de una forma más cruel que la de sus predecesores. Porque cuando se tienen 16 años todo duele más, como cuando te rompen por primera vez el corazón.

Hoy el corazón de la afición deportivista vuelve a latir. Porque la mejor hinchada de este país, esa que aún elige a su equipo por un criterio de adscripción geográfica, ha sabido sacar de su síndrome de abstinencia la convulsión necesaria para que 20.115 gargantas les canten a dos docenas de chavales lo que no recuerdan.

Quien no conoce su historia está condenado a repetirla pero en A Coruña ya no.

Los de siempre llevan cantando dos décadas que “cuando fuimos los mejores y la vida no se pagaba, en todas las esquinas mi juventud se suicidaba”. Es una letanía tan repetida que se ha convertido en advertencia.

Los infantes del Dépor ya saben que su virginidad está al servicio de la historia, que sus siete vidas solo se podrán consumir ahora que son los mejores.

Mañana les tocará cantar a ellos.

Artículo publicado en El Correo Gallego.

1998 y los Reyes charros

Las porterías del Helmántico siempre me sedujeron. Supongo que el singular arco curvo que formaban sus caños traseros, esos que sujetaban palos y travesaño, deleitaba la visión casta de un niño de 12 años. Supongo que ese niño empezaba a entender que las formas contoneadas eran mucho más sugerentes que lo cuadriculado y convencional. Y supongo que dentro de aquella inconsciencia, la excitación generada por el fútbol era lo que más se podía acercar al desconocido orgasmo.

Cuando se tienen 12 años se empieza a vislumbrar la estúpida frontera que divide la inocencia del maniqueísmo. Pero no se cruza. Se prefiere continuar recorriendo las calles tomado de la mano de quienes aún piensan por ti, sobre todo cuando es Navidad, porque en Navidad hay regalos y chocolate con churros. Y es ahí cuando todavía no se tiene la constancia de que todo tiempo pasado fue mejor, porque en el momento que fijamos nuestros primeros recuerdos, no tenemos con qué compararlos.

Fue esa la razón por la que en mi primer año en las Carmelitas y ya con pelos en el bigote perjuré ante el tribunal de la clase de 6ºB que creía en los Reyes Magos. Lo hice para mantener vivas en mí muchas llamas, entre ellas la que se resistía a creer que la epifanía no era más que una pantomima y que los Reyes Magos eran los padres.

Fue en ese mismo año 1998 cuando se produjo mi última Noche de Reyes como creyente. Como niño. Y fue memorable porque además de regalos y chocolate con churros había fútbol en El Helmántico y sus rollizas porterías. Y supongo que aquello era lo que más se podía acercar al desconocido orgasmo.

Cuando tenía 12 años no había otra forma de consumir deporte que no fuese con papá porque cuando tenía 12 años había fútbol en abierto para los pobres. Antena 3 brindó a toda España uno de esos episodios de David contra Goliat que parece que solo ocurren en el fútbol inglés. El Salamanca vencía al todopoderoso Barcelona con tres goles en los últimos diez minutos, dos de ellos del mítico Cuqui Silvani.

Eran otros tiempos porque en el Salamanca estaban Zegarra, César Brito, Bogdan Stelea. En el Barcelona, Sonny Anderson, Bogarde, Fernando Couto. En el Parma, Verón, Buffon, Sensini. En el Manchester United, Schmeichel, Solskjaer, Sheringham. En el Ourense, Bizarro, Kortina, Baba Sule.

En la NBA, Larry Bird era elegido mejor entrenador al mando de los Pacers de Miller. En Roland Garros vencían Carlos Moyá y Arantxa Sánchez Vicario. En un motor en el que todos los pilotos eran conocidos reinaban Doohan, Häkkinen y Mäkinen. En el mejor mundial de fútbol que recuerdo, Davor Suker fue el máximo goleador.

En las vetustas pistas de tenis de Santo Domingo, un padre y un hijo jugaban un partido cada domingo.

Y es en ese torrente de recuerdos en el que me rindo ante la incontestable evidencia, ahora que ya conozco más cosas, de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Artículo publicado en El Correo Gallego.

Tonya o Surya, blanca o negra, Navidad al fin y al cabo

Es curioso que cinco días antes de la Navidad se celebre el Día Internacional de la Solidaridad. Y digo que es curioso porque, por definición, viene siendo lo mismo. La pobreza que pretende erradicar el día de las Naciones Unidas es la misma que eligió Jesús al nacer en un pesebre, y ambas efemérides dicen que la igualdad solo será igualdad cuando todos tengamos los valores adecuados.

Las abarrotadas pistas de hielo que se disponen en las principales plazas y centros comerciales en estas fechas son un lugar que mucho tiene que decir acerca de esa igualdad. O, cuanto menos, de la lucha por conseguirla. Hablamos del patinaje artístico. Hablamos del color de la piel.

Con tres años de diferencia, Tonya Harding y Surya Bonaly fueron rivales y dos de las mejores patinadoras de la historia. Pero no fue sencillo para ellas. Con sus cuchillas debían ejecutar cada salto y romper los prejuicios de los jueces que las encasillaban en los lugares que creían corresponderles por ser blanca y negra, respectivamente.

Campeona de Estados Unidos en 1991 y 1994, Tonya Harding protagonizó una encarnizada rivalidad con Nancy Kerrigan. No lo tuvo fácil desde un principio. Nacida en el seno de una familia pobre, su madre trabajaba como camarera y cosía a mano sus trajes, puesto que no se podía permitir el costo de un deporte en el que todo era fastos y lentejuelas. Además Tonya fue víctima de su abuso físico y psicológico, siendo golpeada en repetidas ocasiones. En medio de este escenario, Tonya se preguntaba por qué los jueces siempre escogían la ejemplaridad de Kerrigan. “No eres lo que buscamos”, le decían. El sueño americano no podía apadrinar a una mujer de la White Trash -basura blanca-, pobre, republicana y ultranacionalista. Todo ello desembocó en uno de los episodios más violentos de la historia del deporte, con amenazas de muerte y ataques físicos, del que siempre se culpó a Tonya Harding.

Campeona mundial júnior y nueve veces ganadora del Nacional de Francia, Bonaly se quedó siempre a las puertas de un oro mundial. Nacida en Niza con el nombre de Claudine, sus padres afirmaron que había nacido en Reunión para hacer la historia más atractiva. Los comentarios inapropiados sobre su cuerpo musculado, su color de piel y su vestimenta eran la comidilla de la prensa. Llegó a denunciar “un sesgo racista” en sus calificaciones: “Tenía que hacerlo mejor que bien para ser aceptada”. Japón fue su penitencia y su redención. En los Mundiales de Chiba en el año 1994 se negó a subir al podio para recibir la plata tras una decisión injusta. Cuatro años más tarde, en los Juegos de Nagano, ponía fin a su relación con el patinaje amateur con un salto prohibido: un mortal hacia atrás aterrizando sobre una cuchilla. Lo hizo para enamorar al público.

Nancy Kerrigan, Surya Bonaly y Tonya Harding coincidieron en los Juegos Olímpicos de Albertville 92 y de Lillehammer 94. Kerrigan consiguió un bronce y una plata. Surya, un quinto y un cuarto puesto. Tonya, un cuarto y un octavo. Es el precio que hay que pagar cuando los vientos no son propicios. Y clasistas. Y no soplan por Navidad.

Artículo publicado en El Correo Gallego.

La feria de muestras internacionales de Barcelona y el fútbol

LA UEFA siempre será la UEFA. Como el Baskonia siempre será el TAU, el forzudo de la limpieza siempre será Mr. Proper o los helados de Nestlé siempre serán Camy. Y las imágenes del precioso trofeo sin asas factoría de los talleres Bertoni siempre estarán fijadas a la irreverencia de Maradona, a las bicicletas de Ronaldo Nazario, al botín de la Quinta del Buitre o la desgracia del Alavés.

Todo empezó con la Copa Challenge que enfrentó desde 1897 a los principales clubs del imperio austrohúngaro. La Mitropa ensanchó sus fronteras y abrazó contendientes hasta los Apeninos. El Servette suizo invitó en 1930 a los mejores equipos de Europa a celebrar su 40 aniversario. Mayor longevidad tuvo la Copa Latina: las federaciones italiana, francesa, portuguesa y española enviaban a sus campeones a una sede rotatoria.

Pero fue un inocente partido amistoso el que desató la fiebre. El Wolverhampton, campeón inglés, venció al Budapesti Honvéd, campeón húngaro, siendo proclamado como mejor equipo del mundo. Los periodistas de L´Équipe, Hanot y Ferran, lanzaron a la FIFA una propuesta para dirimir esta cuestión: una competición europea de clubs campeones de liga.

El escollo principal fue que la UEFA había nacido con otro proyecto entre manos: la Copa Internacional de Ciudades en Ferias, ideada por el presidente del fútbol inglés, Stanley Rous. El objetivo de la competición era enfrentar a los mayores equipos de las ciudades con ferias de muestras internacionales. De este modo surgieron ambas -Copa de Ferias y Copa de Europa- en 1955. Una el 18 de abril, la otra el 4 de septiembre. Una bajo el manto de la UEFA, la otra de la FIFA. Una con el Barcelona como estandarte, la otra con el Real Madrid.

El prestigio que el club blanco alcanzó con sus cinco Copas de Europa seguidas pudo ser contrarrestado en parte por un Barcelona que ganó tres ediciones de la de Ferias, siendo el más laureado.

En la primera, los jugadores del Barcelona compitieron bajo el escudo de la ciudad condal, vestidos de blanco y compartiendo alineación con Di Stéfano, que en un partido de preparación contra Bolonia jugó para paliar sus bajas. En la segunda, el Barcelona recuperó su identidad y llegó a alternar partidos con la Copa de Europa.

En 1971, justo antes de que la UEFA le diese su nombre y la dotase de oficialidad, se disputó una final entre el primer campeón y el último para decidir quién se quedaría el trofeo en propiedad. El Barcelona ganó 2-1 al Leeds, quedando su nombre vinculado por siempre a la Copa de Ferias.

Los nombres de Barcelona y UEFA han estado unidos desde los orígenes. Hoy, 66 años después, vuelven a encontrarse.

Artículo publicado en El Correo Gallego.

‘Nada’, de Carmen Laforet y Lili Álvarez

“Llegar a tu país y ver que no cuentas para nada en todo el movimiento deportivo, después de saber tu trayectoria, duele mucho, esa es la verdad. No sé, yo creo que debería ser algo así como la anciana del deporte femenino, pienso que posiblemente pudiera haber ayudado bastante a las generaciones de deportistas más jóvenes y… no soy nadie”.

Lili Álvarez nació en 1905 en Roma para darle a España una heroína en la lucha por la igualdad. En 1924 fue la primera española convocada a unos Juegos, tanto a los de invierno, en Chamonix, como a los de verano, en París. Una lesión le impidió patinar a los pies del Mont Blanc, pero sí que compitió en la cita tenística parisina donde quedó quinta. En total ganó 80 trofeos de tenis y varios torneos de patinaje, a lo que hay que sumarle el Campeonato de Cataluña de automovilismo o el de España de esquí. También era capaz de hacer treinta carambolas de una tacada al billar y practicó con éxito esgrima, equitación y alpinismo.

Abandonó los deportes de invierno cuando en Candanchú acusó al jurado de machista por hacer esperar a las mujeres y siempre denunció que los éxitos femeninos -como sus tres finales de Wimbledon- no tuvieran el mismo parangón que los masculinos: “de ellos hablan y de lo mío nadie dice nada”.

Su lucha por el deporte femenino pudo ser divulgada gracias a su verbo. Fue una consumada periodista y escritora en cuyas obras mujer y deporte adquieren un protagonismo esencial. Trabajó en el diario inglés Daily Mail, así como en conocidas revistas europeas y firmó 16 libros. Las palabras de Manuel Azaña, tras ser entrevistado por ella: “Señorita bastante tonta, con pedantería galaica, que no entiende nada”, reflejan la ignorancia de una sociedad cavernícola.

Quien sí se desvivió en elogios fue Carmen Laforet. Es lo que se desprende de las cartas que intercambiaron en una fuerte relación de amistad: “Antes pensaba que esta confianza espiritual se debería tener sólo con el marido. Ahora estoy totalmente segura de que ningún hombre la merece ni la quiere ni sabe qué hacer con ella”.PUBLICIDAD

Hoy, a pesar de sus esfuerzos, solo el 22% de las noticias deportivas son firmadas por mujeres y solo el 4% habla de ellas -un porcentaje que sube hasta el 39% durante los Juegos- y si hablan de apariencia, el 70% son sobre mujeres.

Lili no pudo recoger su Medalla de Oro al Mérito Deportivo, que llegó tarde, como muchas otras cosas. Solo la reivindicación en días como el de ayer, el periodismo honrado y la continuación de su trabajo salvarán al deporte femenino del título de la obra culmen de la única persona que supo admirarla en vida, salvarán al deporte femenino de la Nada.

Artículo publicado en El Correo Gallego.

La capa de San Martiño

Los recuerdos que tengo del otoño me llevan una y otra vez a allí donde la calle del Paseo confluye con Bedoya. Supongo que en aquella maravillosa esquina donde comenzaban nuestras excursiones pedestres dominicales ocurría todo lo mágico que sucedía en Ourense, que es mucho, cuando comenzaban a caer las hojas.

Se trataba de un privilegiado deleite para los sentidos. Se afinaba el oído, con el incansable golpeo de baqueta de Andrés; se refinaba el gusto, con el singular sabor del chocolate de La Ibense; se estimulaba el olfato, con el chisporroteo de la castaña asada por la vendedora ambulante; se alegraba la vista, con una serpiente multicolor que se reflejaba en los charcos que el agua formaba en los adoquines, y se regalaba el tacto, con la mano curtida de papá asiendo con firmeza la mía.

El modo violento en que ese tren caleidoscópico golpeaba los cúmulos de agua de lluvia para deshacer su propio reflejo aún pervive en mi memoria, como perviven los gritos que jaleaban a los primeros atletas locales que perseguían lastimosamente a una incombustible locomotora negra. Lo que sobrevive con holgura en el imaginario colectivo de la ciudad, es el primer pistoletazo de salida, que se guarda bajo llave desde 1977 y que contó con poco más de dos centenares de participantes.

Quizás aquellos primeros valientes fueron los más importantes de una historia que ya cuenta con 44 ediciones y que ha crecido desde entonces, hasta juntar seis millares. Ellos fueron los primeros en celebrar la advocación de San Martín de Tours en Ourense con un itinerario que comenzaba en la emblemática e inclinada Plaza Mayor y que subía hasta San Francisco. Y es en ese nexo de unión entre los dos santos, donde reside la verdadera magnitud de la San Martiño.

Por todos es conocida la leyenda más reseñable de San Martiño. Entrando en Amiens encontró a un mendigo tiritando de frío a quien le dio la mitad de su capa tras partirla en dos con su espada. Es en esa noche en la que Jesús aparece en sus sueños y San Martín se convierte al catolicismo.

Casi un siglo después, venía al mundo el mayor exponente del ascetismo religioso. San Francisco de Asís predicó con una vida de pobreza y austeridad. El hecho de que regalase sus túnicas a los pobres posibilita que hoy se conserven tantas. La más famosa, la de la capilla de San Nicolás de la Basílica de San Francisco de Asís, una capa con hasta 31 parches, la mayoría de ellos remendados por Santa Clara.

No hay más secreto para una carrera popular que el calor de sus gentes. Un calor guarecido bajo las capas de San Francisco, de San Martiño y de toda una ciudad que comparte lo poco, que es mucho, que tiene.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Morné du Plessis, “an excellent chap”

Una celda húmeda de 2,4 de alto por 2,1 de ancho con una esterilla de palma para dormir. Un castigo diario: picar piedra entre insultos y agresiones. Una visita y una carta cada seis meses. Esas eran las condiciones del reo 466/64 de Robben Island, un número perfectamente capicúa y terriblemente siniestro, que desvela que en aquel año, 1964, Nelson Mandela era el preso 466 del apartheid sudafricano.

Su objetivo fue luchar contra la segregación racial instaurada en 1948. Su sentencia, la cadena perpetua. En total fueron 27 años, muchos en condiciones deplorables. De vez en cuando, disfrutaban de alguna concesión como vestir pantalones cortos y jugar al fútbol, lo que les permitió “sentirse llenos de vida”.

Aquellas sensaciones lo llevaron a apostar por el deporte para la reconciliación de su país. Y lo hizo escogiendo a la selección de rugby, cuyos jugadores y aficionados eran eminentemente blancos y partidarios del apartheid. Los presos de Robben Island, eminentemente negros, animaban a todos los rivales de los Springboks.

El propio Mandela planificó en su celda boicots a las giras internacionales de la selección, que en aquellos años capitaneaba Morné du Plessis, con la mejor ratio de éxito de la historia: 13 victorias en 15 partidos.

Hijo de otro capitán de los Springboks y de la capitana del equipo de hockey, Morné nació hace ahora 72 años para ser un líder. Desde muy joven rechazó públicamente el apartheid, pero se lamenta de “no haber hecho alguna cosa que ayudase a mejorar la situación de los negros” en su condición de capitán.

Su purga llegó en 1995 cuando fue designado mánager de los Springboks, justo antes del Mundial que acogería Sudáfrica y para el que presionó para que Chester Williams, único jugador negro de la plantilla, fuese convocado.

Fue también Du Plessis quién llevó a los Springboks a la celda número 7 de Robben Island, la misma en la que Mandela los había boicoteado veinte años atrás. Allí, jugadores como James Small, encargado de frenar a Jonah Lomu, rompieron a llorar. La evolución de Small es la de todos los Springboks: de comprarse un arma por miedo a la venganza a aprenderse el himno negro Nkosi Sikelel. Todos comprendieron el precio de la unión. Días después eran campeones del mundo.

El mismo Du Plessis vetado por Mandela era ahora “an excellent chap”, como confiesa Carlin en su libro.

En aquella minúscula celda atiborrada de dolor, Du Plessis recogió el trabajo de Mandela contra la segregación para convertirlo en concordia. En aquella celda, los capitanes de la lucha contra el racismo y del deporte se abrazaron en torno al poema de William Ernest Henley: “No importa cuán estrecho sea el portal, cuán cargada de castigos la sentencia, soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”.

Artículo publicado en El Correo Gallego

De Cervantes a Shakespeare, de Ramón y Cajal a Sandow

Un 14 de octubre, pero de 1925, fallecía en Londres Friedrich Wilhelm Müller. La razón de su muerte nunca se llegó a dilucidar pero la teoría más plausible es la de un aneurisma provocado por la sífilis. Su vida adúltera lo condenó a una tumba sin lápida. 77 años después un admirador colocaba una placa de mármol en la que se podía leer: “Eugen Sandow, el padre del culturismo”.

Con toda seguridad fue así. Tanto su enfermedad como su legado. Su físico envidiable, próximo al ideal griego, excitaba a numerosas mujeres que lo acompañaban entre bambalinas para tocar sus músculos, realzados con polvo blanco. Fue el protagonista de la primera película comercial de la época, de los Estudios Edison, y trabajó bajo la batuta de Florenz Ziegfeld, el productor teatral más famoso de la época.

Pero antes del estrellato, era un simple forzudo de un circo que recorría Europa. En su periplo conoció a Ludwig Durlacher Atila quien le enseñó ejercicios rudimentarios de definición. Juntos destronaron a Cyclops y Sampson, capaces de levantar “toneladas imperiales” y romper cadenas ajustadas al pecho.

De todo el aprendizaje de Sandow emanaron cinco libros con sus métodos. Además acuñó el término bodybuilding, entrenó a Jorge V y se lanzó a la actividad comercial con cursos, gimnasios, revistas, cigarros o el Cacao de fuerza y salud Sandow. Hoy su efigie da forma a la estatuílla de la mayor competición de culturismo profesional, Mr. Olympia.

Pero antes de Sandow, un Nobel de Medicina español ya moldeaba su cuerpo en la misma dirección. “Ancho de espaldas, con pectorales monstruosos, mi circunferencia torácica excedía de los 112 centímetros. Al andar mostraba esa inelegancia y contorneo rítmico característico de los forzudos o Hércules de Feria”.

Así se definía Santiago Ramón y Cajal a sus 18 años. Tras perder una contienda por una muchacha decidió asemejar su cuerpo al de forzudos como Sandow y lograr sus atributos irresistibles. Para ello acudió al gimnasio sin falta durante meses, a cambio de lecciones sobre fisiología muscular.

Y al igual que Sandow, también creó su método. Promulgaba la acción muscular repetida para obtener máximos resultados con mínimos recursos y diseñó máquinas diagnósticas y de musculación.

Puede que las vidas paralelas y simétricas de un inglés como William Shakespeare y de un español como Miguel de Cervantes en la literatura, también tengan su reflejo en el mundo del fitness, con Sandow y Ramón y Cajal.

Por ello, como en el Día del Libro, habría que buscar un nexo común en las vidas de estos dos pioneros para conmemorar el Día del Fisioculturismo, que actualmente se celebra el 30 de octubre en honor a Charles Atlas.

Quien no conoce a Dios, a cualquier santo le reza.

Artículo publicado en El Correo Gallego