El gato Márquez

La serpiente Apofis, encarnación del caos, intenta vencer a Ra y sumirlo en las tinieblas. El dios solar, desciende cada noche al inframundo para enfrentarse a ella y mantener el orden. Lo hace convertido en gato, portando su vida y la de otras deidades, hasta sumar siete. Siete son las notas, los días, los colores, los pecados y, desde ayer, los mundiales de la categoría reina del motociclismo que posee Márquez, igualando a Rossi en lo más alto, y, tras superar, también, un infierno de caos y destrucción.

Un día, Agostini le dijo a Márquez que “con una de estas caídas, en mi época habrías muerto cinco veces”. Márquez no murió nunca, pero aquel 19 de julio de 2020 estuvo a punto de firmar su sentencia. En una de sus antológicas remontadas, saltó por los aires en la curva tres de Jérez. La posición de su brazo hacía temer lo peor. Tenía partido el húmero.

No es fácil ser precavido tras ganar cinco títulos de MotoGP en seis años y un pulso feroz al que decían ser el mejor de la historia. Regresó en cinco días a las pistas en lo que luego se culpó como su “gran error”. En agosto volvió a ser operado con un aloinjerto. En diciembre, una infección y de nuevo al quirófano. Tornó al asfalto pero no encontraba ni su ritmo ni ese estilo agresivo que lo había convertido en indomable. “Sentía mi brazo de una forma extraña”. En 2022 apostó todo lo que le quedaba. En la Clínica Mayo de Rochester hicieron trizas su húmero para reconstruirlo como las cenizas del Fénix. En aquella jugada agónica necesitaba garantizarse el éxito y desafió a Honda señalando sus cicatrices: “¿Ves esto? No es por placer, es para ganar”.

En 2024 se refugió con su hermano en Gresini, equipo satélite. Una decisión peliaguda ya que correría con una moto del año anterior, pero hasta con una carraca podría ganar carreras. Los tres grandes premios del año pasado son el fermento de su obra maestra.

Márquez gana con Ducati su noveno mundial, 2.184 días después del anterior. Por delante ya solo quedan los 12+1 de Ángel Nieto y los 15 de un Agostini que habría muerto cinco veces con las caídas de Marc, pero el de Cervera tiene tantas vidas como las de Ra transformado en gato.

Y el hambre de un campeón insaciable.

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Bonmatí es el camino

Presa de un fado inextricable, Aitana nació señalada. Rosa y Vicent la concibieron en una España que obligaba apellidar anteponiendo al varón. Ambos filólogos e inconformistas emprendieron un viacrucis de denuncias hasta que, con el nuevo milenio, España permitió que la identidad de las mujeres fuese por delante. Aitana nació tan marcada como una diosa y su propósito. Tan elegida como Atenea, que de la cabeza de Zeus y de la prudencia de Metis, protegió a los suyos con sabiduría y paz. Con igualdad.

El lunes, Bonmatí recibía su tercer Balón de Oro consecutivo en el Theatre du Chatelet de París, la ciudad de la misma luz con la que ella ilumina, y de los mismos sueños que ella alimenta.

Quitando de la ecuación lo mesiánico, Platini era el único que regentaba ese tres en raya dorado. Los Deschamps, Desailly o Djorkaeff crecieron embobados con su todocampismo, su visión y su cartabón en el libre directo. Trece años más tarde conseguían el mundial que él no pudo, liderados por un marsellés que, como su ídolo, hizo las maletas para crecer en Turín: Zinedine Zidane.

De esto se trata el fútbol. De buscar en el pasado la senda del éxito para redefinirla en el presente, pero a ellas las precedía un páramo. Marta, única mujer seis veces reconocida como la mejor del mundo, lamenta no haber tenido una ‘ídola’. Aitana tampoco la tuvo. “No veía futuro en el fútbol femenino”. Era la única y la mejor en sus equipos, generando envidias que desaguaban en marginación. Se cambiaba en la caseta de los árbitros y se sentía sola. A los 13, todo viró. El Barcelona edificó un proyecto ad hoc para Aitana y para todas las demás.

En su palmarés hay 6 Ligas, 6 Copas, 5 Supercopas, 3 Champions, un Mundial, una Nations y un carrusel de premios individuales que desafían lo verosímil. Pero también está el inconformismo de sus padres. La lucha por la igualdad. La renuncia de las 15. La vindicación por unas condiciones dignas. La perseverancia.

El tercer Balón de Oro de Aitana es el primero en el que los premios femeninos se igualan con los masculinos. Las niñas que ven cómo los recoge también saben que Alexia tiene otros dos, que Mariona, Patri y Claudia también están ahí y que esa ruta hacia el dorado, por fin, también es para ellas.

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María y los Chamosa

No sé qué tendrá Granada. Qué habrá en esos aires del Albaicín, en esa rebelión de las Alpujarras. No sé qué extraña mística abraza la Alhambra, que toca los cuentos de Irving, la memoria de Hemingway y que empapa los ojos de Boabdil. No sé qué tendrá Granada que te hace volar.

Con el segundo oro de ayer, María Pérez se sienta en la misma mesa que Usain Bolt, Mo Farah o el mismísimo hijo del viento, Carl Lewis. Ella es de un pubelo granadino más pequeño que el tuyo, de Orce, y entrena en Guadix. Lo hace a las órdenes de Jacinto Garzón y Montse Pastor, que recogen el testigo de un Manuel Alcalde, que se fue demasiado pronto pero que dejó mucha escuela. Supongo que Jerzy Hausleber fue uno de los más grandes porque más allá de su método, se rodeó de los mejores. Y Garzón hace lo propio.

En Cuntis empezaron los hermanos Chamosa, forjados al fuego lento de la tecnificación de Pontevedra. El tartán que acaricia el Lérez los moldeó y, a principios de la temporada pasada, dieron un salto para entrenar con los atletas de los que hablará la historia. El grupo de Granada es indestructible porque se ha reforzado con la excelencia del norte. Con el tiempo, Antía y Dani se han transformado en una de esas rocas del Monte Pindo, del Olimpo celta que guarda la esencia de una heroicidad que hoy se consigue con medallas.

Las de María Pérez saben bailar muiñeira. En medio del puño de hierro de la granadina, centellean los Chamosa. Dicen los entendidos que Antía tiene mucha calidad y llegará lejos. De primeras ya ha estado en unos Juegos, aunque la astronómica nómina de apellidos nacionales pospusieron su debut. Yo, desde mis ojos de lego, solo puedo contemplar su ritmo constante y abrasivo, que recoge del asfalto la osadía de quien no supo calibrar esfuerzos. Un pajarito me dijo que se había marcado estar entre las 12 primeras, pero su potencial ha hecho añicos su modestia. Regresa con su mejor marca de siempre y la séptima plaza de finalista en los 20 km. En Budapest fue 28ª. Su progresión desafía cualquier límite.

Lo del mayor, lo de Dani, es para darle de comer aparte. Con 28 años afrontaba su primer mundial, pero solo porque una suerte esquiva le hizo vivir en arenas movedizas. Su cuerpo espigado es su mayor fortaleza pero también un hándicap. No tuvo un neumotórax, sino tres, atajados con dos operaciones quirúrgicas. Un lamento joven, comprensible e iracundo todavía persiste en su Instagram: “La suerte nunca está de mi lado”. Casi una década después de aquel pozo, Dani es el sexto mejor hombre del mundo en los 35 km. En su exhibición no hay ni pizca de la suerte que maldecía porque lo único que lo ha encumbrado es una cantidad ingente de trabajo y una sobrenatural capacidad para reponerse de los golpes. “El año pasado estaba en la grada y en Budapest a pie de pista. Ni en mis mejores sueños”, dice en la línea de meta.

El mito de la marcha española, Chuso García Bragado se retiró en Tokio 2020, sus octavos Juegos, con 51 tacos. Santi Pérez, lo más grande que habíamos visto aquí, es ahora el responsable de marcha nacional y en nuestra cantera ya brilla Aldara Meilán. María Pérez seguirá marcando el camino mientras otros como Paul McGrath recogen los frutos. Los Chamosa también lo están haciendo. Y les queda mucha cuerda.

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Ricardinho, oro, samba y fado

El Benfica de los años 60 ganó dos Copas de Europa asido a la infinitud de su pantera negra, Eusébio. La hazaña tintaba longeva hasta que el rencor de Béla Guttmann pronunció la profecía: “sin mí, el Benfica no ganará en 100 años”.

No ocurrió así en el fútbol sala, donde un jugador de apenas 161 centímetros venció a la bestia. A Ricardo Filipe da Silva Braga lo desterraron del fútbol por ser demasiado bajo. Llegó al Benfica en 2003, cuando el cuadro lisboeta se transformaba en un grifo mitológico para, con el lomo de un león y la cabeza de su águila identitaria, conquistar Europa.

En el primer curso que vistió la encarnada, llegaron a una final de Champions. Cayeron frente al Inter de los hermanos Linares, de Luis Amado, de Daniel, de Schumacher, de todo un santoral. Tres años después, un equipo nacido de un concesionario le birlaba otro cetro. Los más nostálgicos aún recordamos a ese zagal que endemoniaba al Multiúsos. La Recopa del Lobelle de Alemao, César, Carlinhos, Saúl y sobre todo de ese gol de espuela que Betao amparó en su espalda ciclópea, volvieron a dejarlo sin nada.

En 2010 sí pone el mundo a sus pies. Gana, por fin, la Champions con el Benfica y es reconocido como el mejor del mundo. El Inter reaparece en su camino como una inevitable señal del destino. Tras tres años en Japón, Moscú y regreso a Lisboa, termina recalando en Torrejón de Ardoz. En sus siete temporadas con la máquina verde, consigue seis Ligas, una Copa del Rey, tres Copas de España, tres Supercopas y, lo que es más importante, dos Champions que mitifican a equipo y futbolista. Ningún club tiene más que el Inter, cinco, y ningún jugador ha sido tantas veces designado como el mejor del planeta, seis, las últimas cinco, consecutivas.

Entre 2014 y 2018 el fútbol sala fue empecinadamente monoteísta rindiendo pleitesía a ‘O Mágico’. El aspirante luso se atrevió a desbancar de su trono al brasileño Falcao, poseedor exclusivo de las mil y una cabriolas, hasta que Ricardinho nos enseñó otras. Un popurrí demencial de filigranas en la Eurocopa de 2016 ante Serbia obtiene quórum para ser el mejor gol de la historia. No ganó ese trofeo del que fue el máximo goleador pero se convirtió en la antesala de su proyecto final. Llevó a Portugal a la cima del continente en 2018 y lo puso en cresta del planeta en 2021. Tras el Mundial de Lituania lo dejó en manos de los jóvenes con un aval de 142 goles en 188 partidos. Ya sin él, Portugal volvió a ganar el Europeo de 2022, porque el legado de Ricardinho es imperecedero.

500 años después de que otro portugués descubriera Brasil, Ricardinho lusificó la samba de los amos del 20×40. La rodeó de un manto de fado con el que, circunspecto, controla todas las facetas del juego, no sólo el ataque jubiloso. Ha sido el mejor. El más completo. Capaz de coger lo más brillante de cada uno de sus destinos para convertir en oro todo lo que toca. El rey Midas del futsal se retira, no sin antes haber deleitado también a franceses, indonesios, letones e italianos en sus últimos coletazos. Las fotos que guardo de sus visitas al Sar atestiguan que a los que lo hemos podido ver, también nos ha cubierto su gloria.

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Solo un número uno

Pocas canciones puede haber más emblemáticas que ‘My way’. Sinatra la reescribió para presentar una oda a la vida, el canto de un veterano que echa la vista atrás sin azorarse. El crooner dio alas al himno en el Madison Square Garden. Medio siglo después, un descarado veinteañero del Palmar se atreve a cantarla en otro estadio de la Gran Manzana: en el Arthur Ashe y por segunda vez.

En su documental, Carlos Alcaraz desvela sus objetivos. Sentarse a la mesa del Big Tree y ser el mejor jugador de la historia. Su equipo le explica las condiciones. Él solo pone una: “lo quiero hacer a mi manera”. En su zurrón ya hay seis Grand Slams y tres veranos en Ibiza.

En los últimos 25 años solo tres tenistas se habían plantado en la final de Flushing Meadows sin ceder un set. Hewitt (2004), Federer (2015) y Rafa (2010). El único que ganó el trofeo fue Nadal pero se dejó un set ante Djokovic. Alcaraz hizo lo propio, cediendo una sola manga en la final, pero subiendo la apuesta. En este US Open, Carlos ha empleado 101 turnos de saque de los que solo ha perdido tres: Darderi, Djokovic y, ayer, Sinner. Un androide al servicio.

A sus 22 años ningún hombre del Big Three sumaba tantos grandes. El único que se le acerca es Nadal, con cinco. Federer y Djokovic solo tenían uno. Quien sí lo iguala es Serena, también con seis. Es un disparate pensar en lo que ocurrirá pero también lo es negar que, de mantener la media, está en los números.

Para lograrlo necesita un archienemigo. Mientras Carlos se escapa a Ushuaïa, Sinner no pierde ni una sesión reconociendo que “el trabajo duro siempre supera al talento”. En toda la historia solo seis parejas de rivales se habían repartido los cuatro grandes en una relación de dos a dos. Evert y Navratilova en 1982, Capriati y Venus en 2001 y Henin y Serena en 2003. Por parte de los chicos fueron Emerson y Newcombe en 1967 y después llegaron los semidioses. Nadal y Federer en 2017 y Nadal y Djokovic en 2019.

Alcaraz y Sinner son los dos únicos jugadores que se han repartido los cuatro grandes en dos ocasiones. Y además, consecutivas. El rumor era cierto. La Next Gen no existe. El Big Three ha dado paso directamente a una tiranía de dos.

Pero solo un número uno.

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Ledecky camina sobre las aguas

La miga de la Biblia se encuentra en los Evangelios. El encargado de abrirlos es uno de los doce, Mateo -el hombre alado según su tetramorfo- y en su capítulo 14 narra un milagro. Los discípulos se encuentran a su maestro caminando sobre el mar. “—¡Calma! ¡Soy yo: no tengan miedo! — Entonces Pedro le respondió:—Señor, si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el agua. —Ven —dijo Jesús”. El apóstol comienza a caminar sobre el agua pero al sentir la fuerza del viento, entra en pánico y comienza a hundirse, hasta que Jesús le extiende su mano: “—¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?”.

No sé qué pudo sentir Katie Ledecky en el último hectómetro de la carrera del siglo, pero seguramente, una presión mucho mayor que la zozobra del viento. Tras 700 metros de una prueba de fondo reconvertida a sprint, con tres transoceánicos calcando tiempos de plusmarca, Summer McIntosh atacaba para poner la hoja de arce a dos virajes del oro. Pallister, en teoría convidada de piedra a la lucha de titanes, también enseñaba su amarillo aussie, vaticinando un último arreón de órdago que nunca sucedió. En el momento del apretón, Ledecky se transformó. En lugar de hundirse, emergió con una energía sobrenatural, propulsando el agua como un fueraborda con un descomunal ritmo de patada. Katie tocaba pared con un cuerpo sobre la favorita, que caía hasta el bronce. Su rivalidad ya es histórica, a la altura de Graf y Seles, Federer y Nadal, Ali y Frazier o Bird y Taurasi. Los 18 de McIntosh y su palmarés ofensivo -pulverizando los últimos récords de Mireia y de la natación española- le garantizan el futuro, pero mientras la náyade de Washington siga en el agua, el cetro será suyo.

Puede que la magnificencia de Katie provenga de su capacidad de no dudar. Del saberse superior. Del no vacilar ante la lozanía. Del confiar en el trabajo y de sus capacidades innatas. De la misma fe que ejercitaban los apóstoles.

La nadadora se crió en Bethesda, Maryland, y siguió los pasos de su madre, nadadora universitaria, y de su hermano en la piscina. Su familia, muy unida, la educó en la fe cristiana y se formó en escuelas católicas. Siempre ha hablado abiertamente de la importancia del credo en su vida, reconociendo que antes de cada carrera reza a la Virgen María, de la que es devota: “Me da paz saber que estoy en buenas manos”. Y es que en estos tiempos en que las religiones se convierten en motivo de separación y enfrentamientos estúpidos, Ledecky ha sabido quedarse con lo bueno de los dogmas. La entrega de una niña que llegaba con el pelo mojado a clase, la humildad de una atleta que nunca ha presumido de sus logros, el respeto por todas sus rivales, la caridad con la que ayuda a quien más lo necesita y, sobre todo, su estilo de vida desprendido y sosegado que intenta transmitir a los que la siguen.

El séptimo oro mundial de Ledecky en los 800 se suma a su corona intangible de los 1.500, una suscripción áurea que renovó el pasado martes en una distancia en la que nadie la ha batido en 15 tiránicos años. Con las cuatro preseas de Singapur eleva su cuenta a 30, supera a Ryan Lochte y solo tiene en el horizonte al mito de Phelps. Su vitrina ecléctica la acredita, ya no solo como la mejor fondista, sino como la mejor nadadora de todos los tiempos porque el aura de Katie, inaprensible y divina, no se arredra ante nadie ni ante nada.

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Vida y obra de Felipe Perrone

La teoría de los seis grados desvela que estoy conectado con Felipe Perrone a través de una cadena de tan solo cinco conocidos. La suerte que tenemos los que jugamos al waterpolo en Ourense es que esa secuencia se reduce a una sola unidad, gracias a Alfonso-Duarte, una especie de médium con la ardora más resplandeciente del waterpolo.

En 2004 Fon jugó la final de una Supercopa de Europa. Lo hizo con un súper equipo en el que no desentonaba entre tanto mito: Guillermo Molina, Iván Pérez, Xavi García o los brasileños Kiko y Felipe Perrone. Los hermanos cariocas heredaron la genética de un padre que clasificó a su país para Múnich 1972 y la cultivaron viendo por televisión las gestas de nuestra primera generación dorada, campeona olímpica en Atlanta. Soñaban con meter los goles de Estiarte o pegarse en la boya como Chiqui Sans. Primero lo intentaron con Brasil. El mayor, Kiko, ya se bregó en Perth 1998, pero el primer mundial de Felipe, fue en Fukuoka 2001. El destino llamaba a su puerta como un tifón. España fue campeona en ambos torneos y Brasil quedó en último lugar. Los dos hermanos, hechizados, querían el gorro rojigualda.

En el preludio de este siglo llegaron a Barcelona para conseguir la nacionalidad del país del que sus abuelos tuvieron que emigrar. Pronto se convirtieron en piezas clave de la selección, pero fue Felipe, el pequeño, quien extendió su proeza hasta el infinito. En 24 años de servicio disputó trece mundiales, ocho europeos y cinco Juegos. Sumó el disparate de 16 medallas con España, de la que tan solo se alejó por una misión honorable con su Brasil natal a la que llevó a su cénit, un diploma, en Río 2016. Además, dentro de su interminable museo hay tres Champions con tres equipos de los países que más honran el waterpolo: en España con el Barceloneta, en Croacia con el Jug Dubrovnik y en Italia con el Pro Recco. En esta antología los reconocimientos individuales también son concluyentes. Fue el MVP del mundial de Budapest y mejor jugador del mundo en 2022 por la FINA y, en 2018, por Total Waterpolo.

SINGAPORE, SINGAPORE – JULY 24: Felipe Perrone Rocha of Team Spain celebrates with team mates after winning the Men’s Water Polo Gold Medal match between Spain and Hungary on day 14 of the Singapore 2025 World Aquatics Championships at OCBC Aquatic Centre on July 24, 2025 in Singapore. (Photo by Adam Pretty/Getty Images)

Perrone destaca de su carrera los mismos valores que le atribuye a España: “equipo, esfuerzo, entrega y pasión”. En el mundial de su despedida lo puso todo en juego. En la agónica semifinal asumió el teórico último disparo que encontró la madera y cuando el equipo naufragaba en desolación, creyó. Con la misma mirada que los labradores dedican a los palos de sus dueños, persiguió la pelota mientras los griegos agotaban la posesión sin saber que al genio le quedaba el deseo más fervoroso. Recuperó el balón a falta de cuatro segundos y se lo pasó a Munárriz, artífice de un milagro que la fe de Perrone había diseñado antes.

El último gol del campeonato no podía llevar otra firma que la suya. Lo hizo ante el muro magiar que tantas veces le privó de la gloria como el bronce de Tokio. No, Perrone no tiene un metal olímpico, pero su vida y obra son reflejo del olimpismo más noble convertido en patrimonio. Los Granados, Sanahuja o Larumbe y también las Crespí, Terré o Leitón recogen hoy su legado incandescente que ilumina a todos los niños que sueñan, como en su día soñaron los Perrone, llegar tan lejos como los ídolos que ven por televisión.

Fon dice que Felipe ha sido y será el mejor jugador del mundo y yo, que creía que se apellidaba Filipovic, le he acabado dando la razón.

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La bendita Eurocopa de Suiza

No había otra forma de que España no se llevase su primera Eurocopa que en una agónica e injusta tanda de penaltis. La selección española es física, táctica y futbolísticamente mejor que cualquier otro conjunto europeo, y probablemente del mundo. Podemos abrir fútiles debates sobre qué hacía Alexia en el banquillo tan pronto, por qué Pina no jugó de inicio o cuál debe ser la posición de Salma, pero ninguna debe ser la reflexión principal.

Las futbolistas españolas han escrito un guión a oscuras. Han descubierto una senda desconocida hacia el éxito desbrozando toda la maleza que les impedía caminar. La España de Quereda, un entrenador déspota que dispensaba trato vejatorio, tan solo se clasificó a tres grandes campeonatos durante un desierto de 30 años, perdiéndose las indispensables experiencias de siete Juegos Olímpicos, seis Mundiales y seis Europeos. Solo en estos dos últimos años, primero con Jorge Vilda y después, con Montse Tomé, ganaron el Mundial de Australia, la Liga de Naciones, alcanzaron las semifinales de sus primeros Juegos y acaban de jugar su primera final europea. El fútbol español femenino, que ha obrado un milagro casi espontáneo por su rebosante calidad, multiplica los panes y los peces con un mínimo de atención. Pero esto no es lo más importante.

THUN (SUIZA), 07/07/2025.- La centrocampista española Alexia Putellas (c) celebra junto a sus compañeras tras marcar el 6-2 durante el partido de la segunda jornada de la fase de grupos de la Eurocopa 2025 entre la selección de España y la selección de Bélgica, este lunes en el Stockhorn Arena en Thun, Suiza. EFE/ Ana Escobar

Desde 2007, las licencias se han cuadruplicado hasta las 110.000. España ha sido líder de audiencia -casi 5 millones- durante un campeonato que en su fase de grupos ya concentró a más espectadores que el flamante mundial de clubs masculino. Los fichajes ascienden a millones de euros. Los estadios -en Basilea no cabía una alfiler- cuelgan el cartel de no hay entradas. Y niños y niñas cambian los cromos de sus jugadoras en el colegio debatiendo si Caldentey o Guijarro deben ser la próxima balón de oro.

Que las últimas cuatro ganadoras hayan sido españolas no es casualidad. Es el efecto de unos gritos ensordecedores que no cesaron hasta que les hicieron caso. No es una cuestión de género. Es una cuestión de apoyo.

La bendita Eurocopa de Suiza, que también nos ha mostrado que una mujer como Sarina puede ser la mejor DT del mundo, se recordará siempre, como el día en que el fútbol femenino, definitivamente, derribó casi todos sus muros.

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Amelia Earhart: un océano de sueños

No sé cuáles son los sueños de Marc. Ni dónde residen las fantasías de un niño de 8 años. Pero un vestido de tirantes, una tiara y una tarta de Lilo & Stich me parecen la forma más tierna de alcanzarlos. Los desalmados vierten su amargura en las redes del ex futbolista Pedro Rodríguez comprometen el futuro de su hijo porque no hay nada más vil que robarle la ilusión a un crío, tanto se quiera disfrazar de princesa como de Hidra de Lerna.

Es posible que todos esos sueños vivan en el cielo. La historia de la aeronáutica es balsámica porque las hazañas de quienes han intentado conquistar las alturas, minimizan la distancia a la que creemos nuestras quimeras. Abbás Ibn Firnás realizó el primer vuelo con unas alas de madera. Da Vinci ideó el ornitópero. Los hermanos Montgolfier patentaron el globo. Los Wright realizaron el primer vuelo de una aeronave. Y Charles Lindbergh cruzó el Atlántico sin escalas.

En los tiempos de Lindy, el nombre de una mujer irrumpía con fuerza huracanada en el mundo de la aviación. Amelia Mary Earhart conoció al amor de su vida trabajando como enfermera en la Primera Guerra Mundial. Vestía fuselaje, lucía un buen par de alas y su rostro coronaba con una hermosa hélice.

En 1923 consiguió la licencia de piloto, en 1927 se unió a la Asociación Aeronáutica Nacional y en 1928 le propusieron ser la primera en sobrevolar el Atlántico. Lo consiguió en 1932 y, dos años más tarde, también cruzó el Pacífico. En cada destino la vitoreaban miles de personas y el presidente Roosevelt la encomiaba. Su siguiente reto era insólito: una travesía de 47.000 kilómetros alrededor del mundo.

El 1 de junio de 1937, Amelia afrontaba el último tramo de su odisea, después de sufrir accidentes e incluso disentería. Debía hacer escala en la isla de Howland, un minúsculo istmo de 2 kilómetros a medio camino de Hawái. Las nubes dispersas hicieron imposible divisar el buque que la acompañaba en el periplo. El barco recibía los mensajes del Electra, pero no podía comunicarse con ella. Sus últimas palabras reflejan la agonía. “Estamos en posición 157337. No podemos verlos. El combustible se agota”.

El pueblo norteamericano no escatimó en un rescate de 4 millones de dólares y 250.000 millas peinadas. Hoy la búsqueda continúa, en manos del descubridor el Titanic, y mil y una teorías que rozan la paranoia.

En 2010 el reloj de Amelia Earhart fue llevado a la Estación Espacial por Shannon Walker. También tiene un planeta menor y un cráter lunar con su nombre. No hay duda de que Amelia llegó mucho más lejos de lo que se podría imaginar. En la culminación de sus metas descubrimos a unos padres entregados que alimentaron sus sueños a contracorriente de las normas. Desde muy pequeña, Amelia saltaba cercas, jugaba a baloncesto, se deslizaba en trineo y construía montañas rusas en el jardín. Su madre la vestía con pantalones y su padre le regaló un rifle con el que disparaba a las ratas del granero.

Cuando nos hacemos viejos, ser cómplices de los sueños de nuestros hijos será nuestra mayor contribución a la grandeza. Dinamitarlos, nos coloca en la parte abyecta de la historia. La educación es la mejor arma para acompañarlos. Como Dédalo aconsejó a Ícaro: “ni demasiado alto, ni demasiado bajo”, entre el cielo y las aguas en las que Amelia nos hizo creer que todo es posible.

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La Revolución nació en una pista de tenis

Hace unos mil años que la pomposa París, capital de las luces, desarrolló un deporte en que los jugadores golpeaban una pelota con la palma de la mano para devolverla por encima de una red. El invento fue llamado ‘Juego de palma’ y se originó en monasterios y castillos, engatusando a frailes y príncipes. Puede que esta genealogía ligase al tenis a los más altos estamentos mediante un cliché irremediable, pero desde muy pronto también contagió al pueblo. Las autoridades tuvieron que limitarlo ya que la locura desatada hacía que los ciudadanos faltasen a sus obligaciones para poder jugarlo a todas horas.

El tenis es del pueblo. Y así se lo ha hecho saber a través de una alianza que dilapida el despotismo. Al tenis, ese deporte que muchos vinculan con la riqueza, la aristocracia y la élite de los clubs privados, no le gustan los tiranos y ha dejado muestras de su poder regicida a lo largo de la historia. Luis X perdió la vida en 1316 tras beber vino muy frío para avituallarse en un juego de palma; Carlos VIII se golpeó con un dintel de piedra cuando se dirigía a un partido en 1498, muriendo en la pista poco después; y el delfín Francisco de Valois corrió la misma suerte en 1536, estirando la pata por beber agua fría en medio de un encuentro.

Pero existe un momento histórico, y poco reconocido, en el que el tenis socorrió al pueblo de su situación más frágil, prendiendo la mecha de una Revolución Francesa que iluminó a toda Europa mostrándole el camino para levantarse contra los abusos del Antiguo Régimen y dinamitar el feudalismo.

La revolución nace del hartazgo del pueblo ante los privilegios de la nobleza y el clero. El 17 de junio, el Tercer Estado se autoproclama Asamblea Nacional para exigir cambios al rey y el 20 de junio, los 577 representantes políticos de campesinos, artesanos, comerciantes, plebeyos y mendigos se plantan en Versalles para jurar su compromiso. Conocedor de sus intenciones, el monarca dio órdenes de no ceder al populacho el Hôtel des Menus Plaisirs, donde se celebraban habitualmente las asambleas, aludiendo unas reparaciones inexistentes. Esto no frenó a los diputados que decidieron reunirse en una sala contigua.

La sala que salvó el contrato inaugural de la revolución fue la Pista Real de Tenis de Versalles, o lo que es lo mismo, la Sala del Juego de Pelota que se construyó en 1686 para satisfacer las necesidades deportivas de la corte. No deja de ser poético que en un recinto deportivo en el que solo gana quien más sudor derrama, se fraguase la célebre fórmula de un pueblo que juró “no separarse jamás y reunirse siempre que las circunstancias lo exijan hasta que la constitución sea aprobada y consolidada sobre unas bases sólidas”. Este vínculo inquebrantable pasó a la historia como el ‘Juramento del Juego de la Pelota’ en el que dormía la abolición del absolutismo, el advenimiento de la República y la victoria del pueblo, escenificados de modo grotesco con las subidas al cadalso de Luis XVI y María Antonieta.

El 14 de julio se cumplieron 236 años de la Toma de la Bastilla, pero la fiesta nacional de los galos, no siendo yo ningún francófilo, celebra lo que toda persona debiera querer para la gestión de su tierra: “libertad, igualdad y fraternidad”.

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