La piel Vetusta y la sangre Pantone 286

El PC Fútbol 7 incluía una carpeta con los mejores goles de la Liga 97/98 que veía una y otra vez cuando me dejaba arrobar por todo lo que fuese balompié. El Tito Pompei aparecía de los primeros, con un tanto de bandera que me sé de memoria. Pase bombeado de Onopko, control de pecho del argentino y zurdazo inapelable de 30 metros.

Dely Valdés, Abel Xabier, Iván Ania o Paulo Bento completaban un Oviedo que asustaba en el Tartiere. Sus predecesores ya escribían la semblanza azulona en letras capitales. Fueron los Bango, Carlos, Sañudo, Jerkan, Lacatus, Dubovsky, Jokanovic, Oli y, mucho antes, aquella Delantera Eléctrica comandada por un Lángara al que solo pudo frenar la Guerra Civil. Esteban, Losada, Paunovic o Boris fueron los últimos que vivieron la máxima categoría. Luis Aragonés les dedicó uno de sus mayores adagios -“Siempre que llueve, escampa”- en el último día del Oviedo en la élite, hace ya 24 interminables años.

Para conseguirlo era necesario un héroe diferente, nacido del barro de la desolación y la angustia de haber mirado a los ojos de la muerte. Santi Cazorla conoce los infiernos. Tres bacterias devoraron 8 centímetros de su tendón de Aquiles en una lesión aterradora. Vivió un tormento de 668 días y 11 operaciones sin saber si podría volver a caminar. En el milagro de su resurrección supo que era el elegido para desencallar el barco del Oviedo del inframundo, porque él ya conocía el camino. Regresó a casa 20 años después, como un corsario viejo que ya no se mueve por el dinero, con piel de su brazo en el tobillo y de su muslo en el brazo, con la cabeza atiborrada de canas y con un último abordaje pendiente. El río Estigia que no le confirió la inmortalidad a Aquiles en su talón, fue el que Cazorla cruzó con su ejército de mirmidones, asegurándose de que todos se bañaran en las aguas mágicas para permanecer en la eternidad de los que devolvieron al Oviedo al reino de los vivos.

Si la nigromancia hubiese examiando aquellos trozos reconstruidos del cuerpo de Cazorla, habría vaticinado el ascenso. El regreso del club carbayón adonde le corresponde estaba grabado en la piel Vetusta y la sangre Pantone 286 de un héroe irrepetible.

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Lady Godiva no cabalga por Alcaraz

Lady Godiva es autora de una de las primeras estrategias fiscales de éxito. En el siglo X se apiadó de los vasallos de su esposo, el señor de Coventry, rogándole que limitase los impuestos que asfixiaban al pueblo. La condición era que la muchacha pasease desnuda a caballo por la ciudad, a lo que ella, obediente, accedió, pidiendo previamente a los vecinos que se encerrasen en sus casas y se tapasen los ojos.

De los 2,55 millones que Carlos Alcaraz se agenció arrastrándose durante 5 horas y 28 minutos en el Bois de Boulogne, deberá pagar el 46% a Hacienda, aproximadamente unos 1,2 millones. Al contrario de lo que se ha dicho, la presión fiscal española es de las más altas de la Unión y, según los datos recogidos en Bankinter, la tasa máxima de IRPF que se aplica solo es superada por Austria, Francia y Dinamarca. Esto es lo correcto. A mayor tributación, mejores servicios públicos.

Ese 46% es el tipo máximo aplicable en la Región de Murcia. Y es que la campechanía de Alcaraz hace que no se vaya de El Palmar ni con aguarrás. Así, el dinero de sus impuestos se queda en España, no como ocurre con los Sinner, Djokovic, Medvedev, Tsitsipas o Rune que han fichado por Mónaco y su política sin impuestos, en lugar de dejar dinero en las arcas de sus países como tú o como yo.

Carlos estrena sus 22 años con unas ganancias acumuladas de más de 41 millones. El salario medio de un investigador científico se sitúa alrededor de los 30.000 anuales, por lo que en una vida laboral prolífica de 40 años podría llegar a ganar poco más de 1 millón. Es por esto que es tan importante cómo se reparte el pastel de los tributos. El ministro Óscar Puente se jactaba tras la victoria de Alcaraz que el gravamen se invertiría en sanidad y educación. Naranjas de la china. Según ‘El Economista’, estos dos campos recibirían tan solo el 2,5% de lo recaudado. Y esto es lo que se debe evitar a toda costa.

Ahora, con el inicio de la gira de hierba los problemas se recrudecen. El erario británico cuenta con una cláusula por la que los deportistas pagan no solo por lo que generan, sino también por sus patrocinios, lo que convierte las tasas en una auténtica carnicería. Esa es la razón por la que muchos de los grandes se borran de Queens y optan por Halle, en Alemania.

Al menos ellos pueden elegir. El torneo londinense, patrocinado en sus inicios por la reina Victoria, es líder en machisml. Este año las mujeres volverán a competirlo tras un ausencia de medio siglo pero lo harán con un asterisco: la cuantía de sus premios será tan solo la mitad de la masculina. No creo que nadie pase por alto que ellas también pagan impuestos y que, con un total mucho menor sobre el que aplicar la deducción, la hemorragia es mucho mayor.

El mismo pueblo que se tapó los ojos para no ver el cuerpo desnudo de la mujer que luchaba por su salvación es incapaz de abrirlos ahora para devolverle el favor. Los esfuerzos ímprobos de pioneras como Billie Jean King han conseguido grandes hitos como la igualdad retributiva en los Grand Slams, aunque muchos Masters siguen viviendo anquilosados en un pasado injusto. La progresividad que es plausible en los impuestos se convierte en un tumor maligno en los premios si se reparten según el género.

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De Maratón a Vasaloppet

Diez años antes de que Jerjes estuviese a punto de llevarse un buen revolcón en las Termópilas que frenase sus pretensiones de llegar a Atenas, su padre Darío ya intentó conquistarla al mando de un ejército persa mucho más numeroso que el griego. Sucedió en Maratón en la resolución de la primera guerra médica y fue allí donde nació el mito de Filípides.

Los hemeródromos eran mensajeros que, hasta arriba del dopaje de la época conocido como el ‘semen de Hércules’, cubrían enormes distancias para transmitir mensajes entre las polis. Dice Heródoto que Filípides fue enviado a Esparta desde Maratón, ida y vuelta, para pedir ayuda a los lacedemonios, pero la distancia sería de 500 kilómetros. Luciano de Samóstata decidió más tarde que el recadero pasase a la historia con una distancia más discreta como los 42 que separan Maratón de Atenas y que, tras decir aquello de “Nenikékamen” -hemos vencido-, exhalase su último aliento.

Se podría decir que Filípides es el primer bautista del deporte, gestando con su proeza el origen de la maratón, pero no fue el único. Al poco de desperezarse el oscurantismo de la Edad Media, pero con más taquígrafos que en los tiempos presocráticos, el pueblo sueco siente un arrebato independentista y se rebela ante el rey danés Cristián II que concentra en su persona las tres monarquías nórdicas. La familia Vasa es una de las más díscolas y uno de sus hijos, Gustavo, toma partida en la batalla que ganan los independentistas. El rey danés capitula pero pide como rehenes a los cinco mejores hombres suecos que liberará tras su marcha. Gustavo es uno de ellos, vive una emboscada y es encarcelado en la tierra hostil de Dinamarca.

Consigue huir de la prisión y comienza a llamar puerta por puerta como si fuese William Wallace para reclutar soldados y clamar venganza. Razones no le faltan. Su familia ha sido masacrada en el baño de sangre de Estocolmo. Pero predica en el desierto. Los campesinos esquivan los jaleos y prefieren no mover los marcos. Incluso la ciudad de Mora, conocida por su belicosidad, pasa palabra. Gustavo no sacia su sed de justicia y debe seguir escapando hacia Noruega. En su ausencia, el terror danés despierta a los suecos, que advierten su fatal error y rezan a Odín para que Gustavo no se haya ido muy lejos. Dos de sus mejores esquiadores, Lars y Engelbrekt, salen en su busca en una carrera vertiginosa por la nieve. Lo localizan en Sälen y le prometen luchar bajo su espada. El resto es la historia que se estudia en los libros. Gustavo vuelve, vence a Cristián y Suecia alcanza la independencia por estas fechas: el 6 de junio de 1523.

Desde 1922, una caterva de personas se lanza cada marzo a completar los 90 kilómetros que hay entre Mora y Sälen. Es la Vasaloppet, una carrera celebérrima de esquí de fondo que honra, un quincentenario después, la hazaña de los esquiadores que siguieron el rastro de su salvador. Gustavo Vasa quería un pueblo libre, pero en la preliminar renuncia de los suecos al motín se encontraba un premio aún mayor. El de un pueblo fuerte que enaltece su cultura a través del deporte.

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Un antológico sinsentido

Con 22 años, un mes y tres días, el número 2 mundial, Nadal, conseguía su quinto Grand Slam ante el mito de Federer, número 1, en las 4 horas y 48 minutos majestuosas del partido del siglo. Con 22 años, un mes y tres días, el número 2, Alcaraz, suma su quinto grande ante la máquina cuasi perfecta de Sinner, número 1, en 5 horas y 32 minutos insuperables del que no es el partido del siglo, pero probablemente lo acabará siendo al tiempo que Carlos y Jannik sigan ensanchando los confines de su grandeza hasta límites incognoscibles.

No. Nadie se empeña en comparar a cualquier unidad del divino tridente del tenis mundial con Alcaraz, pero la historia lo hace por sí sola.

La Chatrier corona su firmamento con una inscripción que unos atribuyen a Roland Garros y otros a Napoleón, dos combatientes que lucharon hasta la muerte por sus objetivos: “Victory belongs to the most tenacious”. En el foso, entre el barro de los campeones, una huella diestra de una 44 europea se ancla al margen izquierdo de la red para recordar a quien ha llevado esa cita al paroxismo deportivo. Carlos le saca una foto y la mira de soslayo, para saber qué hacer cuando se agota el oxígeno. En una de las perserverancias más famosas de Nadal, en Australia 2022, el de Manacor superó dos sets en contra y tres bolas de break para firmar una remontada impensable. En la tarde de ayer, Carlos levantó dos sets en contra, break abajo en el tercero y tres puntos de partido en el cuarto. Un antológico sinsentido.

Carlos y Jannik nos han regalado, por ahora, un thriller de 14 entregas en el que desbordan los valores. En medio de la inhumana escaramuza de ayer ninguno de los dos pidió una pausa para ir al baño, ni una triste asistencia médica y se concedieron puntos cruciales en momentos irrespirables. Una lista inacabable de jugadores no lo habría hecho así.

Me cuesta comprender que alguien a quien le guste el deporte no se enganche a esto como un yonki a la heroína. Los que solo vemos la tenacidad y la huella nos deleitamos, mientras tanto, con una de las épocas más gloriosas del tenis, sin preguntarnos si es el final de la anterior o el inicio de la siguiente.

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¡Que salga la dos!

Las cicatrices que apartaron a Ramiro Figueiras Amarelle del fútbol lo acercan al perfil sedoso del grano del litoral para acelerar sus recuperaciones. Una peluquería de barrio patrocina a su equipo de amigos en un torneo de fútbol playa que los lleva de Riazor a Alicante. El premio es jugar contra los que salen en la tele: Gordillo, Carrasco, Setién, Míchel, Butragueño o Salinas. A esos semidioses, les mete tres goles. Sarabia le extiende un billete sin vuelta con la selección. Es campeón de España juvenil, pero prefiere el pájaro en la mano.

En el camino Cantona, Romario o Rummenigge sufren una titanomaquia. Amarelle conduce a la selección al firmamento. Gana tres Eurocopas pero se queda a las puertas del mundial en cinco ocasiones. En dos de ellas es elegido como el mejor del planeta. Los brasileños, creadores de esto, dicen que no hay otro igual. Sus bicicletas, sus chilenas, aparecen como rúbrica en los mejores goles de la historia.

La proeza de Amarelle siembra una semilla que crece en terreno árido. Galicia es la comunidad peninsular con más kilómetros de costa y algunos dicen que el fútbol entró a bordo de un carguero que atracó en Vilagarcía. Uniendo ambas variables, el fútbol playa parece tan gallego como la billarda. Un grupo de chicas recoge el legado. La selección femenina se nutre de la savia gallega que fortalece hojas perennes. Carol González, Sara Tui o Andrea Mirón son las encargadas de la sala de trofeos. Carol es nombrada en 2019 como la mejor del mundo con todo merecimiento y Andrea Mirón debería haberla sucedido.

Cuatro son los años consecutivos en los que Andrea se ha instaurado en un segundo lugar que no le corresponde. Los Beach Soccer Stars han decidido poner por delante a Adriele Rocha, una jugadora excelsa, pero con menos títulos colectivos e individuales. Para poder digerir la grosería, le conceden el premio al mejor gol, un galardón único en el que ha superado a rivales masculinos, aunque el fútbol de mujeres siga teniendo que explicarle a la parte casposa de la audiencia que pueden hacer lo mismo e incluso más que el de los hombres. Inexplicablemente, aún no tienen su mundial.

El mejor gol del globo es orfebrería, astucia y física. Todo ello se aúna en la forma en que Andrea amolda el interior de su pie derecho para lanzar un proyectil delineado de 30 metros. Tres días después de la entrega de premios reactiva sus candidaturas. Es la mejor de la Euro Beach Soccer League, donde se saca otro máster en chilenas. Esas acrobacias, que exporta desde las playas hasta la Queens League, también llevan su cuño identitario que refina como una saltimbanqui del Circo del Sol.

La magia de Andrea sucede de espaldas. Con la varita que guarda en las medias hace levitar un balón que se eleva para ser devorado por una cizalla que ejecuta en verso. De algún modo enigmático la arena exhala una sombra de Amarelle que Andrea reverdece. Cuando la afición solicitaba a Ramiro entre tanto nombre regio, lo pedían por su dorsal: ¡que salga el dos! El número de Andrea vaticina que algún día será reconocida como lo que ya es: la mejor jugadora del mundo que fabrica los mejores goles del universo.

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Josefina, la Champions

Dicen que en su lecho de muerte, Napoleón balbuceó las tres cosas que más amaba en medio del dolor inefable por el cáncer o el arsénico: “Francia, el ejército, Josefina”. Su primera esposa fue la más querida y la más esquiva en una relación consuetudinariamente infiel. Si Bonaparte hubiera existido doscientos años después, es probable que incluyera en su estrofa la Champions, tan deseada y hudiza para la capital del reino que traspasaba los Alpes, como su primer amor.

El Paris Saint Germain es un equipo joven, el de menor edad en levantar la Copa de Europa. Sus 23 predecesores tienen, al menos, una centuria, exceptuando al Steaua y al Estrella Roja nacidos en longitudes más orientales. Enseña los dientes al continente en 1993 cuando forma con sus mejores galas: Lama, Ricardo, Valdo, Ginola. En semis de UEFA se encuentra con su bestia negra, la Juventus. Un delantero con ‘rat-tail’ lo desarbola. Es Roberto Baggio y ganará el Balón de Oro. Dos años después, lo gana uno de los suyos: George Weah, primer africano en conseguirlo. Es pichichi de la Champions, pero al PSG solo le alcanza para unas semifinales contra otro transalpino. El Milan de Capello viene de humillar al Dream Team y no hay nada que hacer.

Una lluvia de perseidas intentan enderezarlo. Raí, Djorkaeff, Leonardo, Okocha, Ronaldinho, Makélélé, Giuly, Pastore, Thiago Silva, Ibrahimovic, Beckham, Cavani, Buffon, Sergio Ramos y, sobre todo, el tridente más ampuloso: Neymar, Mbappé y Messi, a golpe del crudo árabe. Pasan 30 años y todo sigue igual. Una final nefanda en 2020 en un formato extrañísimo por el Covid es su mayor logro. La ciudad de la luz se apaga.

Paris Saint-Germain’s players and Paris Saint-Germain’s Spanish head coach Luis Enrique (C) celebrate with the trophy after the UEFA Champions League final football match between Paris Saint-Germain (PSG) and Inter Milan in Munich, southern Germany on May 31, 2025. (Photo by Kirill KUDRYAVTSEV / AFP) (Photo by KIRILL KUDRYAVTSEV/AFP via Getty Images)

Un entusiasta asturiano descubre entre la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo, Montmartre y Versalles que toda aquella cáscara no estará completa sin sudor. Con una receta plagada de valores, el PSG brilla, por fin, en la cima del viejo mundo, castigando a otro equipo italiano con el mayor revuelco de las finales. No hay grandes astros pero sí un carro de oficio y la lección de que, por mucho dinero que tengas, nunca podrás cumplir tus sueños si te olvidas de la pasión.

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Rosa Porriño

Un análisis genético reciente demuestra que las sociedades celtas eran matrilineales, fenómeno contemplado por vez primera en la prehistoria europea y que predice el empoderamiento social y político femenino. Algunas de estas mujeres fueron raptadas en el medievo por un clan tremebundo que asolaba todo lo que tocaba el Atlántico. La poliginia nórdica dejaba a los jóvenes vikingos sin esposas y terrenos emergentes como Islandia nacieron bajo las faldas forzadas de siervas irlandesas.

Celtas y vikingos volvieron a enfrentar sus realidades 12 siglos después de las afrentas feudales. Las representantes galaicas, hijas de Breogán, surgen de un equipo de balonmano de un pequeño concello del Baixo Miño. Nunca han navegado por Europa pero su periplo cándido coge tintes hegemónicos. Cinco países ya han caído a sus pies. Enfrente, las Dottir, hijas de Odín, herederas de los temibles vikingos. Oriundas de los países donde se inventó el deporte en el que se retan. En el escenario minúsculo del 40×20 no hay salida de emergencia. O muerdes, o eres devorado.

El primer envite es en casa, en un pabellón saturado de camisetas rojas como la ferviente sangre que lo enciende. Las islandesas tiran de galones y su envergadura ahoga el talento. Se van de cinco, pero Porriño vuelve. Una epopeya de Casasola mantiene la inviolabilidad continental de su fortín, donde nadie gana. El desenlace sucede a 3.000 kilómetros. El equipo atraviesa los gélidos mares del Norte abrigado por el calor de su gente, que lo acompaña en la odisea de cruzar el Rubicón. Porriño debe sublimar el balonmano para conseguir una quimera. ‘Alea iacta est’.

Un arreón inicial hace temblar la magma islandesa. Los tambores vikingos acallan con un grito al cielo de Buforn. Ante la amenaza, el volcán entra en erupción y las nórdicas se van de siete. La distancia nunca ha sido mayor. Quedan diez minutos y un tiempo muerto para una hazaña impensable. Porriño, exhausto, parece no tener fuerzas para volver. Pero quedan la magia y el aliento. El speaker local hace sonar los acordes del ‘Sarà perché ti amo’. Debe tratarse de un error. La centena de aficionados gallegos enloquece: “Pongo la roja, será porque te amo, somos Porriño, jugando al balonmano”. Las instrucciones de Isma no se oyen en medio del griterío. Da igual. La mecha está prendida. A la pista no regresan siete. Regresan ciento siete.

Es en ese momento cuando Katia, Carolina, Micaela, Alicia, Iria, Malena, Ayelén, Aitana, Ana, Aroa, Maider, Sarai, Paulina, Maddi, Daniela y Lucía, y tantas otras, asesoradas por el triunvirato de Isma, Gerardo y Sergio, se encaraman para siempre a la mitología tornando divinidades de la única religión que cuenta con idioma universal, la del deporte. En el último parcial, Porriño adquiere la dureza de su granito para destrozar el glaciar islandés. Anota ocho tantos y solo recibe dos. Un gol las separa del trofeo. El mismo que las lleva a la historia.

Puede que la no victoria de Porriño sea una de las mayores coronas que recuerdo. Por el qué, por el cuándo y por el dónde. Pero sobre todo por el quién y por el cómo. Un grupo de mujeres que han perseverado en su sociedad celta y matrilineal, reconocida y enaltecida por el pueblo que las aplaude, para elevar, una vez más, al deporte femenino al lugar del que ya nunca no se bajará: la cima del mundo.

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Relevo: testigo de la historia

Hace una centuria, las mujeres comenzaban a asociarse en torno a la vindicación de sus derechos deportivos. Los Juegos Olímpicos de Amsterdam en 1928 fueron los primeros que las admitieron de manera oficial, lo que significaba su entrada en el atletismo. La primera reina de la velocidad fue la norteamericana Betty Robinson, campeona de los 100 lisos y plata en el relevo 4×100 que ganaron las canadienses.

El pasado domingo, siete mujeres españolas honraban la memoria de aquellas pioneras. Los combinados nacionales femeninos del 4×100 y del 4×400 competían en las finales de los World Athletic Relays de Guangzhou tras haberse clasificado ganando sus series -el 4×100 con récord nacional- y consiguiendo el billete para el Mundial de Tokio, aunque en aquel momento nadie, o casi nadie, lo supiese porque un nuevo partido de fútbol entre Barcelona y Real Madrid se atrevió a discurrir en el mismo horario.

La historia iba a cambiar al poco de concluir las finales. El cuarteto de las especialistas en el hectómetro conformado por Paula Sevilla, Esperança Cladera, Jaël Bestué y Maribel Pérez, se hacían con una plata de valor incalculable. En sus carreras se impusieron a las reinas de la velocidad, Estados Unidos y, sobre todo a Jamaica, que llegaba a la cita con dos leyendas como Fraser-Pryce o Shericka Jackson, tercera y quinta mujeres más rápidas sobre la faz de la tierra con 13 medallas olímpicas entre ambas. “Corre Mari, aprieta el culo que viene la Shericka”, se decía Maribel en plena carrera. Su genuina espontaneidad refleja la inocencia de un equipo al que le queda lo más grande.

Tan solo 20 minutos más tarde, el grupo de las expertas en el anillo -Eva Santidrián, Daniela Fra, Blanca Hervás y, de nuevo, Paula Sevilla- batían el récord de España para hacerse con una medalla de oro antológica. Daniela Fra, recordaba en un llanto áureo a “todas las mujeres que han estado antes de nosotras abriendo el camino”.

No hay duda de ello. Las palabras de Fra van para tantas que lucharon por pisar un tartán en igualdad con los hombres. Pero también para todas aquellas que propulsaron a España con el empuje de sus clavos. Daniel Jiménez, uno de los que más sabe sobre esto, me pasa una lista de 21 nombres que han participado en estos dos últimos años en ambas selecciones. Además de las medallistas, Sonia Molina-Prados, Lucía Carrillo, Carmen Marco, Esther Navero y Elena Guiu en el 4×100; así como Sara Gallego, Geena Stephens, Carmen Avilés, Laura Bueno, Berta Segura, Aauri Bokesa, Laura Hernández, Herminia Parra y Bárbara Camblor en el 4×400, son consustanciales a estas preseas.

Todas ellas se han ido pasando un relevo que es testigo de sus esfuerzos y que lleva más de cien años viajando sin descuidar las postas. Hoy descansa en las mejores manos. Paula Sevilla, lideresa de esta generación, es la calma, la disciplina y la humildad que lleva a España a la excelencia.

Las carreras de relevos se inspiran en los mensajeros de la Antigua Grecia que llevaban importantes mensajes de unas ciudades a otras. Ojalá las ‘Speed Girls’ y las ‘Golden Bubbles’ copen tantas portadas como las que se merecen para que el mensaje de que el atletismo femenino español es de oro llegue a todas las niñas que sueñan con portar también ese relevo.

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La mujer que venció al infierno

Abrazada por un perímetro insondable de la naturaleza más agreste, salvaje y despiadada bajo la sombra de las abominables montañas de Tennesse, Brushy Mountain es una de las prisiones más seguras de Norteamérica. El zarzal tremebundo que rodea la cárcel es Frozen Head State, un parque del que nunca nadie consiguió huir. James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King lo intentó en 1977. Los guardias lo encontraron tras 60 horas de escapada. Estaba tendido sobre la nieve, cubierto de hojas y al borde del colapso. El vergel solo le permitió recorrer 12 kilómetros antes de tragárselo.


A Gary Cantrell, más conocido como Lazarus Lake, le pareció divertido convertir este martirio en carrera y puso en marcha la Barkley Marathons con una salvedad: los participantes disponen del mismo tiempo del que dispuso el asesino de Luther King, pero no para recorrer 12 kilómetros. Sino unos pocos más: 160. El dato de finalizadores estremece. En 40 años consiguieron terminarla 20 personas.

Con solo 40 plazas por edición, la odisea de la Barkley comienza mucho antes de calzarse las botas. No hay forma humana de contactar con Laz. Existe un correo electrónico pero se custodia como el último galón de petróleo. Si se consigue, se debe escribir un ensayo exponiendo los motivos para ser aceptado. La cuota de inscripción es irrisoria -un centavo por kilómetro hasta 1,60 dólares- pero Laz vive de las excentricidades. Los novatos deben entregarle una matrícula de su país; los veteranos, unos calcetines lo más horteras posible y un paquete de Camel.

Laz se fuma uno tras otro contemplando el horror que él mismo edifica y viendo cómo sus crías son devoradas por la espesura. La combustión de uno de sus cigarros marca el inicio del viacrucis que solo él sabe cuando comienza. Una hora antes, una caracola resuena en el bosque para prevenir a los corredores que hacen guardia. A cada vuelta deben entregar, como peaje, las páginas de los libros correspondientes al número de su dorsal que Laz coloca a lo largo del recorrido. Si no continúan, una marcha fúnebre los despide a toque de corneta. Un mapa, una brújula, cinta adhesiva y vaselina son las únicas armas de los corredores ante un abismo de rocas, matorrales y pendientes forradas de lluvia, niebla y nieve en medio de la oscuridad.

Si hoy escribo estas líneas es porque el año pasado una mujer puso patas arriba el infierno de Laz, siendo la primera en terminarlo. Jasmin Paris no es atleta profesional. Es veterinaria e investigadora científica. Con 40 años y madre de dos hijos, se forjó a lo largo de su trayectoria como especialista en carreras de montaña. También es tenaz. La de 2024 fue su tercera participación en la Barkley. El tiempo empleado habla de un milagro. Cuando Jasmin tocó la valla amarilla tras su quinta vuelta al recorrido y tres días en las piernas, faltaban 99 segundos para el final de las 60 horas de plazo.

En 2015 Laz aseguraba que, “matemáticamente”, ninguna mujer podría acabar la Barkley porque no son “lo suficientemente fuertes”. Diez años después, Jasmin Paris ha reventado todas las cuentas de la carrera más voraz. Porque los cálculos que nos han enseñado siempre se olvidaban de un valor en alza: el femenino.

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Bartali, Coppi y el Papa que quiso dividir a Italia

Se ha muerto el Papa pelotero, el que bancaba al fútbol. Lo hacía como en el espíritu, con devoción a un solo color, el azulgrana del Ciclón. Se sabía como un padrenuestro la alineación del 46 de San Lorenzo que campeonó en la Primera argentina y a la que Bergoglio asistió desde las butacas del Gasómetro.

Cuesta recordar a un vicario tan inclinado hacia el deporte porque en tiempos de Pío X hasta se les prohibía a los sacerdotes el uso de la bicicleta por lo indecoroso de arremangarse la sotana. Pero fue otro Pío, dos ordinales posterior, quien elevó el vehículo a los altares: usaba símiles ciclistas; les dio una virgen como patrona; y bendijo al pelotón en el primer Giro después de la Segunda Guerra Mundial. Pío XII, el Papa tifosi del ciclismo, vivió la histórica rivalidad ente dos de los más grandes. Pero tuvo que escoger. Y no fue difícil atendiendo a los cánones de la época.

El veterano Gino Bartali, familiar y conservador, fue elegido por Mussolini como símbolo de un fascismo que usaba sus victorias con afán supremacista. El Papa hizo lo propio, siendo habituales sus elogios desde el balcón de San Pedro. Bartali aborrecía la política, pero sí era un ferviente religioso. Rezaba, corría las etapas con una madeja de medallas de la Virgen y hasta levantó una capilla en su casa. El ‘fraile volador’ también tenía un lado colmado de vicios: podía tomarse 28 cafés, fumar 40 pitillos al día y pasarse las noches en vela. De esa rebeldía nació su revolución. Mientras el Duce y el Papa se arrogaban sus triunfos, urdió un plan secreto para horadar el nazismo y la tibieza de la Iglesia con las leyes antirraciales. Participó en una red clandestina poniendo al servicio de los judíos su bicicleta, en la que escondía pasaportes falsos que llevaba a los perseguidos. Bartali salvó la vida de 800 judíos y lo hizo en silencio, renunciando a los honores de una hazaña que solo se supo después de su muerte.

El joven Fausto Coppi, moderno y progresista, fue, sin embargo, censurado por no ser modelo para la juventud. Su mayor pecado fue enamorarse en una época en la que el adulterio era castigado con cárcel. Giulia Occhini, la ‘dama bianca’, comenzó a orbitar alrededor de su figura en las grandes carreras. Ambos casados y con hijos, el Papa le escribió a Coppi una carta para que se reconciliase con su familia, obteniendo como respuesta una afrenta: se fueron a vivir juntos. Juzgados y condenados, se casaron en México y tuvieron a su hijo en Argentina, dentro de una relación que nunca reconoció Italia. En el Giro de 1955, Pío XII remató la crucifixión: se negó a bendecir al pelotón por contar con un pecador, el adúltero Coppi.

Bartali tiene dos Tours y tres Giros. Coppi, dos Tours, cinco Giros, un Mundial y un récord de la hora. Nadie sabe que habría sido de sus palmareses si la guerra no los hubiese cercenado. Ellos, a pesar de la literatura, se mantuvieron unidos por una noble amistad. En el ascenso del Galibier de 1952 un desencajado Bartali de 38 años languidece ante un Coppi de 33, que coge su único bidón y se lo entrega a su mayor rival: “Toma, bebe que aún queda”. La generosidad de los campeones siempre rebasará la obstinación de cualquier credo, por mucho que los de arriba se empeñen en implicarnos en el juego eterno de vencedores y vencidos.

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