La eternidad que vive en el tenis

Una de las cosas que más me gustaba de cuando estaba papá era jugar al tenis con él. Lo pudimos hacer hasta que un demonio llamado metástasis le destrozó las lumbares. Él era mucho mejor que yo. En lo de la raqueta, también. Pero para mí, jugar con él a lo que fuese, era alcanzar el cenit.

Si hoy vuelvo a competir, casi un cuarto de siglo después es, en parte, para escarbar aquellas emociones perdidas en el limbo de la nada. Ayer, en el Real Club de Tenis de Coruña, jugué mi primer partido de este proceso catárquico. No me lo pasé tan bien como con papá. Sobre todo porque el señor que estaba al otro lado de la red, no me quería tanto y solo me dejó hacer un puñado de juegos. Pero en cada punto peleado, un niño feliz entrenado por Pepe en el Club Santo Domingo donde intentaba copiar lo que Kuerten, Safin o Hewitt hacían por la tele, luchaba por salir. Para decirle a este cuerpo de 38 años, que todavía hay tiempo.

Con esa edad, Gael Monfils apeó del Open de Australia al cuarto cabeza de serie, Tylor Fritz. El parisino es el Dorian Gray del tenis. Hace una semana se convirtió en el más viejo en conseguir un título ATP, 20 años después de ganar su primer torneo, Sopot 2005. También es el tenista con más edad en el top 100. Jimmy Connors, en 1991, llegó a la misma ronda del US Open, siendo todavía mayor. Tenía 39.

GAEL MONFILS of France celebrates after defeating 4th seed TAYLOR FRITZ of the USA on Margaret Court Arena in a Men’s Singles 3rd round match on day 7 of the Australian Open in Melbourne, Australia(Credit Image: © Sydney Low/Cal Sport Media) Tennis Australian Open Day 7, Melbourne, USA – 18 Jan 2025,Image: 954835376, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no

La longevidad ha decidido instalarse en el deporte y, en el tenis, con mayor énfasis. El Big Three lo evidencia. Djokovic, con 37 largos, amenaza con su vigésimo quinto grande. Nadal aparcó la raqueta a los 38. Federer se lleva la palma. Lo dejó con 41 tras haber sido, con 36, el número 1 de mayor edad. En la lista de campeones de Grand Slam más veteranos es el segundo. El primero es Ken Rosewall que ganó Australia en 1972 con 37. En dobles el récord es apabullante. En Australia, en 2024, Rohan Bopanna ganó el torneo de parejas de Australia con 43.

Si acudimos al tenis femenino, la perennidad es mayor. Serena Williams es la más longeva que ha ganado un grande, Australia 2017. Tenía 35 y, ojo al dato, estaba embarazada de su primera hija. Ampliando el abanico a todos los torneos WTA, Billie Jean King fue la de mayor edad en vencer. Con casi 40 ganó en Birmingham en 1983. Con Martina Navratilova habría que abrir un apartado al margen. Cerca de los 48 fue la más veterana en ganar un partido individual. No escogió un escenario cualquiera, Wimbledon 2004. Rayando el medio siglo, se convirtió también en la más longeva en ganar un torneo de dobles.

El tenis es, por tanto, un buen termómetro de la longevidad que, además, demuestra que la dieta Okinawa funciona. Dos japoneses son los abuelos del tenis profesional. Con 46, Tosihide Matsui es el más longevo en la ATP, en la que todavía lucha por mantenerse. Kimiko Date ha sido la tenista más veterana de la historia, retirándose con 47.

Tras perder mi partido de Coruña, en la red, le dije a mi rival que me diese un año para volver a vernos. Estoy convencido de que llegaré a tiempo. Porque cada vez que el niño del Club Santo Domingo lucha por salir, en este cuerpo no tan mellado de 38 años, viene de la mano con papá. Y esa es una sensación indescriptible.

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La santidad de Beco

El 25 de diciembre de 1988, el ‘Xou da Xuxa’ emitió un programa de Navidad que contó con un invitado especial. Ayrton Senna venía de conseguir su primer título mundial de F1 y visitaba el plató de la cantante con quien había comenzado días antes una relación. Xuxa felicitó los años 1989 y siguientes plantando en la cara del piloto sucesivos besos de carmín. Su cuenta se paró en 1993.

Ni ella ni nadie sabían que la vida de Senna sería segada demasiado pronto. En 1991, con tres mundiales ya en el bolsillo, aseguró que aún le quedaba la mitad de su vida y mucho por aprender: “la felicidad llegará cuando me siente completo, lo que no sucede hoy”.

La felicidad que buscó Senna a lo largo de su carrera puede que estuviese lejos de lo terrenal por la cantidad de injusticias que tuvo que enfrentar y que alcanzaron su culmen en el ominoso Gran Premio de San Marino de 1994. Senna llevaba tiempo insistiendo en que su coche era inestable y estaba mal equilibrado. Además, peleaba constantemente por mayores cotas de seguridad. Ni su equipo ni el presidente de la FIA, Balestre, lo escuchaban.

En los entrenamientos de Imola, Barrichello estrelló su Jordan perdiendo el piloto la consciencia y la respiración durante seis minutos. El sábado, en la calificación, Ratzenberg empotraba su Simtek contra una barrera de hormigón, perdiendo la vida en el acto. El Gran Premio continuó con la connivencia de la FIA. El médico, Sid Watkins, trató de disuadir a un Senna completamente roto: “eres el más rápido. Déjalo y vamos a pescar”. Su respuesta fue su sentencia: “tengo que seguir”.

En la salida, el Benetton de Lehto se quedó clavado y fue embestido por el Lotus de Lamy. Trozos de carrocería invadieron la parrilla e hirieron a nueve personas. La decisión de sacar el safety car era irrevocable. Se trataba de un Opel Vectra que no superaba los 130 km/h en las subidas. Senna alzaba su puño en señal de protesta por la peligrosa velocidad. En ese lapso, los neumáticos de su Williams podrían haber perdido presión y temperatura. Un día antes el safety car estaba siendo cambiado por un Porsche 911, pero el reemplazo se abortó por cuestiones comerciales.

La curva de Tamburello, donde no hay cabida a los errores, es el mayor ejemplo de la fatalidad. Algo falló en el coche que colisionó en el ángulo exacto para que un eje de suspensión le causara un traumatismo fatal. El cuerpo de Senna no presentaba ni un hueso roto, ni un solo moratón. La providencia o la religión comparecen como respuestas en lo insondable. Senna ya había identificado su accidente de Mónaco, en 1988, como una señal de que Dios “estaba allí esperándome para darme la mano”.

En la mañana del día de su muerte, Senna leyó la Biblia: “recibirás el don más grande de todos, que es el propio Dios”. Watkins, agnóstico confeso, vivió el último suspiro de Senna con el que dijo que su espíritu se había ido a otro lugar. En la lápida del piloto reza el epitafio: “nada me puede separar del amor de Dios”.

Tras 30 punzantes años sin Beco, quiero creer que aquella fue su forma divina de alcanzar una dicha que le era esquiva en lo mundano. Su espíritu y sus valores quedan para siempre como legado del mayor icono mundial del automovilismo, con un halo de santidad.

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El vals del patriarcado

En ´La Diosa Blanca’ Robert Graves viaja a la Antigüedad para recordar cómo se adoraba a la diosa Luna como progenitora de todas las cosas, mientras que los dioses masculinos eran considerados tan solo sus hijos, consortes o víctimas para el sacrificio. El patriarcado invierte las posiciones. ¿Qué religión tiene, hoy día, a una mujer en la cumbre de su adoración? El único papel femenino en la Navidad es el de una virgen que da a luz a la representación humana, masculina por supuesto, de Dios; por mucho que digan que los ángeles no tienen sexo, el de la Anunciación se llama Gabriel; los tres Magos de Oriente que representan a todas las razas y edades son hombres; y por mucho que la Coca-Cola pinte de rojo a Santa Claus, Nicolás de Bari seguirá siendo varón. Habría que preguntar en cada familia, además, cómo se reparten las tareas domésticas en estas fechas de trajín hogareño y, por si todo lo anterior fuese poco, la violencia machista se multiplica en esta época.

El escenario parece desolador, pero siempre hay elementos más ligeros con los que olvidar el profundo desequilibrio del que adolece el planeta. El Año Nuevo llega con sus clásicas celebraciones para rescatarnos. Los deportes de invierno amenizados con una fina música de cámara nos invitan a dejarnos llevar por la belleza pero, ¿seguro que aquí estamos libres del machismo?

El Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena nació en 1939 impulsado por el ministro de propaganda nazi, Goebbels. Desde entonces, ni una sola mujer ha dirigido a la orquesta austríaca. El director italiano Riccardo Muti completó su séptima aparición con una batuta que solo han manipulado 18 hombres. El apartheid femenino también se halla en la partitura. En este 2025 se ha incluido, por vez primera, una obra compuesta por una mujer. Se trata del ‘Ferdinandus-Walzer’, que Constanze Geiger escribió en 1848 con apenas 12 años. Su carrera terminó cuando se casó y abandonó toda actividad artística para dedicarse a los quehaceres domésticos.

Paralelamente al compás de la ‘Marcha Radetzky’ y de todo el varonil repertorio de los Strauss, da comienzo el otro espectáculo más conocido de Año Nuevo y que también radica a orillas del Danubio. Los esquiadores saltan desde Garmisch-Partenkirchen, una de las rampas del Torneo de los Cuatro Trampolines -dos alemanes y dos austríacos- que remata mañana en Bischofshofen. Los vuelos del vencedor, Daniel Tschofening, inundan las redes pero, ¿qué ocurre con las mujeres? Literalmente, nada. En 2023 consiguieron su propio torneo, conocido como el de las Dos Noches y se espera que en 2026, tengan cuatro citas como los hombres. Por lo pronto, las diferencias son flagrantes: un cheque de 105.000 euros para ellos y otro de 10.000, para ellas. No es lo único que debería sonrojar a la organización. Selina Freitag, vencedora de la categoría femenina del último trampolín recibió como premio una bolsa con gel de ducha, champú y cuatro toallas.

No sé qué pájaros tienen en la cabeza los que repiten hasta la saciedad que hoy día ya no hay machismo. Supongo que serán los mismos que se ofenden por una estampita de una vaquilla del Grand Prix. Seguramente, no habría sido tal el revuelo si se tratase de un toro de Osborne.

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Benposta, el Sol y la Navidad

No lo recuerdo bien pero mi primera experiencia en el circo fue en el de los Muchachos en una Navidad en la que no alcanzaba siquiera los dos dígitos de edad. De aquel viaje a la ilusión recuerdo un paseo en caballo y la figura del castillo de arlequines como reclamo, una estructura que aún se puede ver a los pies de la desvencijada cúpula de Benposta en una finca de Seixalbo. No lo recuerdo bien porque todas las memorias que se bañan en magia, con el tiempo, se vuelven difusas.

El circo y la Navidad comparten el ejercicio de la fe. Los números de ilusionismo o las piruetas imposibles nacen del mismo milagro que el dibujado por el trineo de Santa o la estrella de Belén. Creer algo sin cuestionarlo nos permite viajar a lugares recónditos nunca antes imaginados, un superpoder que atesoran los niños.

A lo largo de sus 40 años de vida, el ‘Circo del Sol’ nos invita a ese viaje en su caravana cargada de espectáculos. Los protagonistas son un sinfín de atletas y gimnastas que consagran y deifican la relación íntima que siempre han guardado deporte y circo. La lista de olímpicos que han actuado bajo su carpa asciende a medio centenar. Suelen estar colgados de sus anillas como el norteamericano Raj Bhavsar, bronce en los Juegos de Pekín, la australiana Lisa Skinner o el rumano Rares Orzata. Por otro lado están las nadadoras artísticas. La española Marga Crespí, bronce en Londres, y la norteamericana Christina Jones también se han unido a la compañía. El encargado de cazar los talentos es Fabrice Becker, oro en ballet de esquí en Albertville. Y entre todos ellos destaca Terry Barlett, un gimnasta británico que participó en tres Juegos y que, al llegar al circo, decidió ponerse la nariz de payaso.

Puede que parezca pretencioso decir que todo esto nace en Ourense, pero no por ello deja de ser cierto. ‘El Circo de los Muchachos’ fue la primera escuela de circo de España y la segunda del mundo, tras el Circo Ruso, fundada por el Padre Silva en 1963 y que cobró vida en una ciudad autogestionada por niños con su propia moneda, pasaporte y gestión política y administrativa, en unos tiempos en los que la democracia todavía era quimérica en España. La utopía sobrevivió cuatro décadas en las que los niños abandonados, fugitivos, hambrientos y desamparados conquistaron el mundo actuando en gigantes escenarios deportivos como el Grand Palais de París, Maracaná en Río, el Madison Square Garden de Nueva York o el estadio olímpico de Tokio. El ‘Circo del Sol’ tomó buena nota de lo que ocurría en Ourense para marcar su hoja de ruta y convertirse en la mayor compañía circense del mundo.

La máxima de los Muchachos: “el fuerte abajo, el débil arriba y el niño en la cumbre” es una oda al orden lógico que deberían ocupar las cosas pero también un canto a las segundas oportunidades. El circo fue fundado hace 300 años por Philip Astley, un jinete británico que reunió bajo su carpa a una serie de figuras -acróbatas, saltimbanquis, mimos o payasos- que se ganaban la vida lastimosamente en la calle. La idea del Padre Silva, desgraciadamente incompleta, bebe de estos orígenes y de la esperanza de darle todo a quien no tiene nada para llevar alegría e ilusión a todos los rincones del planeta. Porque en el circo siempre es Navidad.

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Deportes de reyes

Una de las muertes regias más curiosas es la de Luis X de Francia, el Obstinado, que falleció en 1316 a los 26 años. Se dice que fue el primer jugador de tenis siendo un apasionado del juego de palma, precursor de todos los deportes de raqueta. En un partido disputado en pleno verano, el rey francés decidió refrescarse bebiendo una gran cantidad de vino helado, lo cual le produjo un shock fulminante.

El artículo 43.3 de la Constitución española establece que “los poderes públicos fomentarán la educación sanitaria, la educación física y el deporte”, pero para llegar hasta aquí se ha atravesado un largo periplo en el que el deporte no siempre ha tenido el lugar que merecía. En todas las cartas anteriores no se realiza ninguna mención pero, ¿qué papel han tenido los monarcas que se han ido sucediendo?

Las primeras reglas de las que dispuso España fueron recogidas en el Estatuto de Bayona de 1808, en plena invasión gala. Los franceses siempre tuvieron al deporte en muy buena consideración y el Plan general de instrucción proponía la impartición de baile, esgrima y ejercicios militares. La Constitución de 1812 promulgada por las Cortes de Cádiz, estuvo caracterizada por las idas y venidas de Fernando VII. Del rey felón poco se puede decir. Cuentan las crónicas que era vago y apático, eso sí, tenía una gran afición al billar y de ahí la expresión: “así se las ponían a Fernando VII” ya que era un pésimo jugador y sus amigos le preparaban la mesa para que embocara las bolas sin dificultad.

A la muerte de Fernando VII, su esposa María Cristina accedió al trono en calidad de regente hasta que Isabel II fuera mayor de edad. Hasta el destronamiento de la reina castiza, se promulgan cuatro textos constitucionales: el Estatuto Real de 1835 y las Constituciones de 1837, 1845 y 1869. Es una época convulsa de guerras carlistas y formas de Estado en la que poco tiempo había para el deporte, pero en 1841 se produce un hecho singular. El Conde de Villalobos se convierte en el principal promotor de la gimnasia. Tal fue su éxito que la reina Isabel II le encargó la educación de sus vástagos. El recuerdo del culto al cuerpo no debió de ser grato para Alfonso XII, que cuando se coronó decidió desmantelar todos los gimnasios creados.

Durante el reinado del Pacificador se promulgó la Constitución de 1876. Alfonso XII se dedicó a la caza, deporte de reyes por excelencia, que ya encomiaba Alfonso X el Sabio en sus escritos. Pero fue su hijo, Alfonso XIII, quien le dio una autonomía especial al deporte. Como espectador o como practicante, demostró su pasión por el tenis, la pesca, la hípica, el automovilismo o el fútbol, fomentando también que aumentaran los practicantes de estas y otras disciplinas.

Tras la Constitución de 1931 en el contexto de la I República llega la de 1978. La familia de Juan Carlos de Borbón ha sido, sin duda, la más vinculada al deporte, sobre todo, a la vela. Tanto Juan Carlos (Munich 72) como Sofía (Roma 60) participaron en la clase dragón de vela de los Juegos Olímpicos, representando a España y Grecia respectivamente. Dos de sus hijos, la infanta Cristina (Seúl 88) y el actual monarca Felipe VI (Barcelona 92), fueron abanderados nacionales, llegando Felipe a obtener un diploma olímpico en la clase soiling.

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La gota y la piedra

Cuando llegué a la piscina de Santa Isabel para enrolarme en la enésima locura de mi carrera deportiva y empezar waterpolo con 33 años, toqué fondo. Y no lo digo en un sentido figurativo. El músculo que había ganado durante cuatro años practicando halterofilia le había robado espacio a la grasa de mi cuerpo, reduciéndola a un reducto del 9%. Las fibras musculares, mucho más compactas y densas, eliminaban cualquier atisbo de flotabilidad y por eso me iba a pique. El entrenamiento consiguió que mi figura pétrea comenzase a estilizarse y el agua, poco a poco, limó las formas rotundas esculpidas por las pesas. Ahora no tengo aquel perfil vigoroso, pero sí una silueta más fina que me permite deslizarme en la piscina de una forma hidrodinámica. Y es que ya lo dijo Ovidio: “la gota horada la piedra, no por su fuerza, sino por su constancia”.

Se trata de una cuestión de ciencia. Son cuestiones del somatotipo completamente comprensibles según qué herramientas necesitemos para nadar 100 metros o levantar 100 kilos. Lo que no se entiende, por muchas vueltas que se le dé, es la indiferencia mostrada por otras ciencias, las de la información, tanto a la gota como a la piedra en los hechos acaecidos el pasado viernes. En un espacio de 120 minutos, separados por 5.000 kilómetros, Carles Coll y Marcos Ruiz se proclamaban campeones del mundo, en Hungría y en Baréin, en natación y en halterofilia, respectivamente. Dos éxitos inauditos para hombres españoles, pero que ya habían explorado antes las mujeres.

Carles Coll saltaba a la piscina de 25 metros de Budapest a las 17,50 para disputar la final de los 200 braza. En dos minutos había batido el récord de España y se había colgado el oro con el octavo mejor registro histórico. Tiene un valor incalculable porque hacía diez años que España no tenía un campeón mundial en piscina corta. Mejor dicho, campeona. La última en lograrlo fue la legendaria Mireia Belmonte en Doha que suma siete oros en piscina corta. Erika Villaécija en Dubái y Melani Costa en Estambul también consiguieron ser campeonas mundiales. Si alargamos la lista a la piscina olímpica la lista se amplía con propia Mireia, López-Zubero, Nina Zhivanesvskaya y más recientemente, Hugo González de Oliveira.

Sobre las 19,30 Marcos Ruiz subía a la tarima de Manama para realizar su último intento de arrancada en la categoría de 102 kilos. Con un levantamiento de 183 se colgaba la medalla de oro. Más tarde alzaba otros 212 en dos tiempos para conseguir el bronce en total olímpico. Tampoco ningún español había pisado el lugar más alto del podio. Sí lo había hecho la mítica Lydia Valentín, sumando cinco medallas de oro entre las de Anaheim y Asjabad.

Son estas historias las que se deben contar, sobre todo en deportes que exhiben una igualdad como la halterofilia (40% de licencias de mujeres) y la natación (46%) en España. Mostrando esta variedad y la diversidad de cuerpos que hacen deporte conseguiremos una sociedad más activa y saludable donde los niños jueguen a lo que quieran ante el gran abanico de posibilidades que se les ofrece. Esta es la teoría pero, hoy, como siempre, hay fútbol, así que, ¿qué más da?

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La Torre de Babel

La Torre de Babel es un relato bíblico que narra una historia de desencuentro. Los descendientes de Noé construyen una torre que llegue al cielo, Yavé lo considera un acto de arrogancia y los castiga haciendo que cada uno de ellos hable un idioma diferente. Lo que sí cuenta con un lenguaje universal es la Torre de los Campeones que Jorge Martín abraza como rey del motociclismo mundial.

La torre, convenientemente protegida en una robusta flight case, es un trofeo mítico, confeccionado por el diseñador Marc García e inspirado, precisamente, en la Torre de Babel. Sin embargo, aunque las banderas de todo el mundo han poblado la parrilla, tan solo siete países pueden presumir de tener algún mundial en la categoría reina. Italia es la más laureada con 22; le siguen Reino Unido con 17; Estados Unidos con 15; España con 12; Australia con 8; así como Francia y Rodesia del Sur -actual Zimbabue-, con uno.

Los elegidos también han sido pocos. Las 76 ediciones del mundial de 500 cc -ahora MotoGP- desde 1949 solo conocen 30 campeones. Esto se explica porque en su mayoría -hasta 17- han ganado uno o más títulos. El cuarto en esa clasificación es Mike Doohan con cinco; el tercero, Marc Márquez con seis; por delante, Valentino Rossi con siete; y como líder indiscutible, Giacomo Agostini con ocho.

Además de su octacampeonato en 500 ganó otros siete en 350, pero ha tenido que superar muchos reveses. Su inicio en las motos no fue fácil ya que su padre no lo aprobaba y tenía que escaparse para competir. En 1965 debutó en el mundial quedándose a tan solo unas vueltas de ser campeón del mundo en 350. En la última carrera, en Suzuka, partía con ventaja ante Redman pero su MV Agusta falló dejándolo sin opciones. Un año después ganaría el mundial para poner la primera piedra de un palmarés irrepetible.

Un día, Agostini le dijo a Márquez que con una de sus caídas habría muerto cinco veces en su época. Jorge Martín también podría haberlo hecho. En Portimao en 2021 sufrió el tercer accidente más fuerte de la historia, detrás del de Rossi en Mugello en 2017 y el de Mamola en Assen en 1984. Se ha llevado tantos porrazos que ha pasado una veintena de veces por quirófano. Pero siempre se ha levantado. Incluso de los golpes morales. Otra caída en la última carrera de 2023 le priva de pelearle el campeonato a Bagnaia. Los fantasmas aparecen, pierde las ganas de correr y está a punto de dejarlo. Pero con oficio, sigue trabajando. En 2024 Martín destaca por su regularidad. A pesar de las once victorias de Pecco en 20 grandes premios, Jorge consigue 18 segundos puestos y puntúa en todas las carreras. No se cayó en ninguna.

La historia de la categoría hace prever que el primer mundial de Jorge no será el único. La nueva temporada, con Bagnaia y Márquez en el equipo oficial de Ducati, Viñales en KTM o el propio Martín en Aprilia será una nueva lucha en esa Torre de Babel en la que ‘casi’ siempre ganan los mismos porque son los que siempre se levantan.

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A cuerpo de rey

A finales de junio se producía el Draft de la NBA. Un joven de 19 años de Akron al que llaman Bronny figura entre los 60 jugadores que las grandes franquicias se rifan. Su carta de presentación no es la mejor. Cuenta con apenas 25 partidos universitarios y el hándicap de haber sufrido un paro cardíaco que hizo temer por su vida y por su trayectoria. Todo ello le sitúa en el puesto 55, el sexto más bajo, un lugar que no suele dar acceso a minutos en la mejor liga del mundo y que conduce a los jugadores a la liga de desarrollo. Pero más allá de todo ello, la fortaleza del chaval descansa en su apellido: James.

El superagente de la NBA, Rich Paul, se encarga en los días previos de hacer el trabajo sucio para que Bronny recalae en California. Llamó a los equipos que podían tener interés en el jugador para decirles que se iba a ir a Australia y no vestiría su camiseta. El camino para los Lakers y para su estrella quedaba libre. Lebron llevaba tiempo anunciándolo: “mi último año lo jugaré con mi hijo. Donde quiera que esté Bronny, allí estaré yo”.

Pero la carrera de Bronny empezó de manera torcida. El descalabro de la Liga de Verano con un pírrico 1 de 5 en tiros le valió el desdén del MVP de las finales, Jaylen Brown, que aseguró que “no era un profesional”. Ello se confirmó en su debut en la NBA. Tras 12 partidos presenta unas estadísticas paupérrimas -0,7 puntos, 0,2 rebotes y 0,3 asistencias- que le han valido su exilio en la liga de desarrollo en la que tampoco es capaz de brillar con pésimos porcentajes de tiro -2 de 9 y 2 de 10- en sus dos primeros encuentros.

Lo que ha ocurrido con Bronny es lo que lleva ocurriendo con Lebron desde que tardó nueve años en conseguir su primer anillo y tiene a 26 jugadores por delante de él con más campeonatos NBA: inflan su trayectoria. El sillón en el que se sientan los James es tan cómodo que se acaba de saber que Bronny ni siquiera viajará con el equipo de la liga de desarrollo y solo jugará en casa. A cuerpo de rey.

Dónde si se encuentra una historia de consanguinidad, esfuerzo y calidad deportiva digna de contar es en la familia Salukvadze. La estrella de la prole es Nino, una mujer de 55 años que en París se convertía en la persona con mayor número de participaciones olímpicas, llegando a la decena, y la única en conseguirlo de manera consecutiva. En todo ese periplo -40 años compitiendo al más alto nivel- Nino ha conseguido medallas de todos los colores: un oro y una plata en Seúl 1988 y un bronce en Pekín 2008. Pero es probable que su mayor premio sea el conseguido en Río 2016.

En la cita brasileña, Nino Salukvadze y Tsotne Machavariani se convirtieron en el primer caso de madre e hijo compitiendo en los mismos Juegos, ambos en la modalidad de tiro. Hasta la fecha había tan solo dos casos registrados de madres e hijas compitiendo juntas, doce de padres e hijas y 56 de padres e hijos. Pero la historia de olimpismo en la familia Salukvadze se remonta una generación más ya que en la villa olímpica de Rio también estaba Vakhtang Salukvadze, padre de Nino y abuelo de Tsotne y entrenador de ambos.

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Y, ¿qué más da?

Cuenta la leyenda que, tres días después de la muerte del Cid, las huestes del rey Búcar de Marruecos se aprestaron a recuperar Valencia. Por orden de doña Jimena, los servidores del Campeador lo embalsaman, le arreglan el rostro, le peinan la cabellera y le atusan la barba. Lo suben a su caballo, engarzando su cuerpo con dos tablas, protegido únicamente por su nombre. Y es así como se presenta en su última justa. Su imagen, incólume, a lomos de Babieca y sosteniendo a Tizona es demasiado insoportable para sus rivales que, al primer galope del corcel, huyen despavoridos.

Esta historia, como muchas versadas sobre Rodrigo Díaz de Vivar no es cierta porque, como dijo otro héroe, “los finales ideales ocurren solo en las películas americanas”. Rafa Nadal lo advertía en la víspera de su último baile y así fue. La película la hemos vivido nosotros, espectadores privilegiados del mayor ciclón competitivo que han visto los tiempos. Sí que es cierto que, desde su regreso en Brisbane, muchos nos agarramos a la inmensidad de su figura para confiar ciegamente en la extensión de un palmarés al que no le quedan huecos por cubrir. Lo hacíamos, sobre todo, cuando su grandeza se embadurnaba en la arcilla con la que los guerreros se pintan la cara al son de los tambores.

El martes pude, por fin, sentir ese calor abrasivo que te emborracha al estar cerca de un competidor perfecto. En contacto con esa aura expansiva creí, más que nunca, que su simple presencia, como la del Cid, sería suficiente para desactivar al rival. Y tiene que haber algo de eso. En el segundo juego Van de Zandschulp encadenó siete errores de saque y tres dobles faltas, presa del abismo. Pero Nadal es esclavo de la largura de su propia sombra porque su pelota ya no corre del modo en que lo hacía antes. Su dominio desde el fondo ya no es hegemónico, su drive deja de ser definitivo, su revés no desplaza igual al contrario y su saque ya no encuentra tantos ángulos.

Y, ¿qué más da?


Rafa tenía que jugar. Estaba escrito. Con 14 años portó la bandera española para enseñarle el camino hacia su primera ensaladera e iniciar una historia de amor que alcanza seis idilios. En todos ha estado. Ni nada ni nadie tenía el derecho de impedir que Rafa cerrase el círculo. El resultado es lo de menos. Su carrera está plagada de números que resultaría absurdo repetir pero ya no son importantes. Bajado el telón dice que quiere ser recordado como una buena persona. Y así será por lo mucho que se lo ha trabajado.


Sí, muchas de las historias que se cuentan del Cid no son ciertas, pero eso también es lo de menos. Su valentía, su lealtad y su justicia fueron escogidas por el pueblo a lo largo de mil años para arrojar luz en la desesperanza.


Hoy, son las batallas de Rafa las que llegan a su fin pero, al mismo tiempo, su legado comienza un nuevo camino: se expone, irremediablemente, al juicio de las generaciones. Estoy convencido de que, dentro de mil años la figura de Rafa será todavía más grande porque, independientemente del uso que se le quiera dar a la bandera, la universalidad de su mito y la deportividad de sus valores están por encima de la apropiación indebida de los elementos que nos unen.

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Una cuestión de dinero

Las vidas de Muhammad Ali y Mike Tyson se entrelazan como dos cadenas de ADN para conformar la genética del boxeo. Puede que ambos se equivocaran en sus finales, pero sus formas de abandonar los laureles del éxito los definen.

Tras anunciar su retirada recuperado el cinturón con un aluvión de jabs contra Leon Spinks en 1978, Ali sintió la necesidad de volver. Se dice que esa urgencia partía de sus bolsillos, pues tras dilapidar parte de su fortuna ingresaría ocho millones de dólares por la pelea. El rival era un viejo conocido. Larry Holmes, campeón del mundo de la AMB, había sido su sparring. Los exámenes médicos que se le practicaron a un Ali de casi 39 años indicaron que no era capaz ni de tocarse la punta de la nariz con su dedo. Holmes lo barrió del cuadrilátero y su propio equipo decidió no sacarlo en el décimo asalto. Un Mike Tyson de 14 años vio aquella pelea en el Caesar Palace de Las Vegas y la imagen de su ídolo mermada, vituperada y humillada se le clavó en la pupila hasta el punto de prometerle al mismísimo “campeón del pueblo” que lo vengaría.

La oportunidad le llegó en 1988, de nuevo, con el dinero de por medio. Larry Holmes había anunciado su retirada pero Don King lo sedujo con una buena suma y la oportunidad de coronarse contra Tyson. Iron Mike cumplió su palabra e hizo trizas al penúltimo verdugo de Ali, que estaba en el estadio para verlo. Dos años antes y con tan solo 20 años, Tyson se había convertido en el campeón mundial más joven de la historia al vencer a Trevor Berbick, precisamente el último que derrotó a Ali.

Todas estas epopeyas almacenadas en la biblioteca pugilística del siglo XX se declaran en peligro de extinción ante lo ocurrido ayer en el AT&T Stadium de Texas. Atrás queda la saga de combates inmortales en los que Foreman, Frazier y Alí podían partirse la cara en medio de la selva o disputarse 14 rounds a 40 grados de temperatura. Es el propio Tyson quien no debería haber permitido que un advenedizo como Jake Paul se siente a cenar en la mesa de los más grandes. El youtuber de 27 años saltó a la fama con vídeos en los que comía espaguetis con un tenedor acoplado a un taladro eléctrico y se subió a un ring por primera vez en 2018. No digo que no lo puedan hacer. Digo que esa pantomima sea considerada como profesional y que compute para el récord es bochornoso. Fue un Ali, en este caso el nieto de Muhammad, quien definió la situación con precisión al asegurar que Jake Paul era una vergüenza para el boxeo y que “si mi abuelo todavía estuviera vivo, lo habría retado”. Mientras tanto muchos niños desconocen a Usyk, Valuev o Fury, probablemente, por vivir alejados de tales festines.

Puede que todo sea una cuestión de dinero. Tyson, con 58 años, se embolsó 20 millones de dólares por subirse a un ring en una noche. Son unas cifras astronómicas para muchos. Con tres mundiales y cuatro europeos, pero también con tan solo 30 años, Joana Pastrana, abandonó el boxeo por frustración. Su canto desesperado revela el problema: “sentía que estaba haciendo todo de manera correcta, pero no lograba conseguir el beneficio económico que quería a través del boxeo profesional”.

📝 Artículo publicado en La Región

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