Témpano y lava

En el año 2008 un niño prodigio se proclamaba campeón italiano de slalom. Jannik Sinner vino al mundo a los pies de unos Dolomitas que claudicaron ante el dominio de todos sus descensos. Algo cambió al poco, cuando el taheño, más maduro, viró hacia el tenis. “En el esquí si cometes un error todo se acaba. En el tenis todavía puedes cometer algunos errores y ganar, por eso lo elegí”. Hasta 40 no forzados le permitió Alcaraz antes de cederle el trono más vetusto e insigne del tenis. Con su primer Wimbledon, Sinner suma su cuarto Grand Slams. Todos echan cuentas con Carlos y la historia, pero también hay que sacar la calculadora con un transalpino que no se equivocó escogiendo deporte.

La gélida nieve de San Cándido que segaba con sus esquís es la que atempera su pulso cuando, con tres bolas de partido, los fantasmas asoman. Carlos es un astro que abrasa, que alumbra tanto que desintegra todo lo que se le acerca. En el Bois de Boulogne, su interminable surtido de fogonazos obró un milagro insólito, pero ayer se consumó la lógica. Sinner se hizo enorme y mostró la cara visible de su cuerpo celeste, la de extraordinaria fiabilidad para mandar a dormir a ese meteoro con un eclipse que eleva su frialdad ante el usual incendio de Alcaraz. Un fuego que el murciano ha de procurar regular con frecuencia para no ser pasto de sus propias llamas.

Wimbledon (United Kingdom), 13/07/2025.- Carlos Alcaraz of Spain (L) poses prior the Men’s Singles final match with Jannik Sinner of Italy at the Wimbledon Championships, Wimbledon, Britain, 13 July 2025. (Tenis, Italia, Espana, Reino Unido) EFE/EPA/

Es una dualidad que añoramos desde la gracilidad de Federer y el ahínco de Nadal. En el mismo año que Sinner domaba los Alpes, Roger y Rafa jugaban el partido del siglo en la misma pista en la que acaba de ser coronado ante Carlos. Unas semanas antes, también se batían en la final de Roland Garros. Son los últimos que han repetido final en París y Londres -lo hicieron en 2006, 2007 y 2008 firmando un trienio histórico-. Antes, solo lo habían conseguido Lacoste y Borotra, Fred Perry y Von Cramm, así como Drobny y Sedgman. En mujeres, las últimas fueron las hermanas Williams. Dos veinteañeros se suman a la fiesta de las leyendas.

El firmamento del tenis mundial, definitivamente ha cambiado. Las estrellas que acostumbraban orbitar alrededor de los cetros se apagan. Mientras, Carlos y Jannik, sol y luna, empiezan a brillan con porfía. Y con todo el futuro.

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Zverev, ve a terapia y lleva a tu hermano

El tenis es un deporte psicológicamente abrasivo. La soledad asfixia, la red se levanta como el Himalaya y la duración es una incógnita que puede sobrepasar fácilmente las cuatro horas. Una vez controlado esto, hay que ser mejor que el de enfrente y hacerlo día tras día en un exigente calendario de 60 torneos que comienza en enero y acaba en diciembre. Es, además, un sistema despiadado que no acepta resbalones. Si no se repite el mismo resultado que el año anterior, un torrente de puntos se irá por el fregadero, provocando un despeño en el ranking.

Es un reflejo de la sociedad. Vivimos en la era de la competitividad. Pero no bien entendida, sino voraz y sanguinaria. Una época en la que no se reconoce al amigo; de la tiranía de los ombligos; en la que el orgullo merienda empatía; y en la que la única responsabilidad es la que se tiene con la producción propia. Porque todo se mide y todo se cuenta. En ceros en el banco y en seguidores en instagram, aunque sean una mentira, porque lo único que importa es la facha. La calidad es para los viejos, Terito; la cantidad zafia es el futuro.

Esa neurosis del éxito nos emponzoña a todos. Una necesidad compulsiva de demostrar lo buenos que somos, generando una absoluta insatisfacción que nos impide disfrutar de lo alcanzado en el camino. Alexander Zverev tiene un oro olímpico, una Copa de Maestros y ha sido número 2 del mundo, pero ha perdido tres finales de Grand Slam, dos de ellas cuando estaba a un paso de lograrlo y, desde hace unos años, parece que en el tenis no eres nadie si no tienes un par de grandes, algo realmente descabellado.

Todo eso es lo que pesará sobre su cabeza cuando, tras perder contra el número 72 del mundo en la primera ronda de Wimbledon suelta una bomba: “Me siento vacío y muy solo en la vida, tengo problemas a nivel mental. Por primera vez en mi vida, quizás necesite terapia”.

Lo que no entiendo, lo que no consigo comprender, es que un tenista con un patrimonio de 43 millones de dólares en premios, que aspira ganar los trofeos más importantes del mundo a los mejores del planeta, que salta a pista ante una turbamulta, que se expone a los medios y a la sociedad, que tiene el hándicap de ser diabético y que ha vivido un caso de violencia de género, renuncie a la salud mental hasta que se queda sin aire.

El tremendo disparate de su hermano Mischa -“peor lo pasan los niños en África”- nos da una pista del desorden de la familia Zverev. Evidentemente las circunstancias de los países más desfavorecidos son deleznables y urge cambiarlas, pero muchas veces, son ellos mismos quienes nos enseñan que lo material no tiene nada que ver con lo espiritual y que todo sufrimiento es autoinfligido por nuestra forma de pensar. La importancia de la salud mental no se rige por el mapamundi ni es proporcional a los recursos de cada zona. Todos necesitamos ayuda. Aquí y en la Conchinchina. Con puntos ATP o sin ellos.

El pasado marzo, el tenista argentino Fede Gómez, con 26 años y a punto de entrar en el Top 100, aseguraba haber querido dejar el tenis y tener pensamientos suicidas, “de no querer vivir más”, justo en el mejor momento de su carrera.

Los niños de África no escogieron la pobreza, nosotros tampoco la falta de espíritu y esta presión que nos devora.

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Pica en Flandes

Hubo un tiempo en que Flandes era inexpugnable. Su posición en el centro de Europa, cercada por otras potencias, convertían en un trabajo ímprobo enviar soldados para defender las posesiones. Así, ‘poner una pica en Flandes’ quedó en la cultura popular como una expresión para referirse a aquellas empresas harto dificultosas que se acaban venciendo con denuedo y tenacidad.

Flandes, actual Bélgica, llegaba a la final del Eurobasket como la bestia negra de la selección española. Las últimas heridas de ‘La Familia’ fueron dos zarpazos de las flamencas en escenarios de órdago. Perdieron en la final del último Europeo y en los cuartos de los Juegos de París. Además, la plantilla española en este certamen se podía catalogar de bisoña. De la final de 2023 solo quedaban tres jugadoras en el parqué del Pabellón de la Paz y de la Amistad: Alba Torrens, Paula Ginzo y Raquel Carrera.

Estos factores colocaban a España fuera de la lucha de las medallas en cualquier quiniela que se preciase. En las semifinales contra Francia sumaban un pírrico 17% de probabilidades de victoria y arrancaban la final contra Bélgica con un hándicap de +8. Pero de algún modo espontáneo, alrededor del trío de veteranas -con Torrens y Carrera en el quinteto ideal y Ginzo, máxima anotadora- , brotó una coralidad de heroínas sobradas de calidad y arrojo para seguir construyendo el obelisco de triunfos en el que trabajaron tantas generaciones desde los tiempos de Valdemoro. La polivalencia de Aina Ayuso, el desparpajo de Awa Fam, la rapidez de Helena Pueyo, la energía de Elena Buenavida o el liderazgo de Mariona Ortiz hacen presagiar que España seguirá minando metal en una cuenca que nunca se agota.

España es, sin alardes, una de las mayores potencias del baloncesto. Sus doce medallas en el torneo continetal -once en este siglo- así lo atestiguan. Arrancarse la piel a jirones por un útlimo pase desgraciado sería ignorar la verdadera magnitud de lo logrado.

Que la muralla flamenca guarecida por titanes como Meesseman, Linskens o Allemand haya estado a punto de claudicar es el mejor síntoma de que la fórmula gallega de Martínez y Cantero funciona y que España tiene argumentos de sobra para seguir poniendo la pica en Flandes por muy empinado que sea el camino.

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Cuánta falta hace el orgullo

Este artículo es incómodo. También para mí el escribirlo. Pero quizás sea la única forma de extirpar las ideas que, a veces en forma de metástasis y otras de malignidad residual, nos llevan a catalogar a los demás por sus gustos, en lugar de hacerlo por su voluntad.

El deporte juega un papel crucial. Su foco lo convierte en una herramienta social plenipotenciaria. Pero es un ámbito cargado de estereotipos que las masas envalentonadas no dudarán en usar para asegurar que las mujeres no llegan al larguero o que los negros solo saben correr. No es culpa de ellos no ser los varones blancos que juzgan un mundo hecho a su medida. Y que por si alguien lo dudaba, también dicen ser heterosexuales.

Dennis González es el primer campeón mundial de la historia de natación sincronizada. También sufre acoso de las alimañas que creen que por practicar una disciplina artística es necesariamente homosexual y merece hate.

Tom Daley es campeón olímpico de saltos en plataforma. Hay cabestros que se echan las manos a la cabeza porque ha decidido dar una vida feliz a sus dos hijos con otro hombre.

Megan Rapinoe y Sue Bird han sido las mejores en fútbol y baloncesto, ganando mundiales y oros olímpicos. Una vergonzosa parte de la sociedad entiende mejor su relación porque asume que las marimachos que practican deporte llevan el pelo corto y son lesbianas.

Manuel Neuer es uno de los mejores porteros de la historia. No hay informaciones fiables de que sea gay, ni falta que hacen. Pero portar un brazalete LGTBI y salir en defensa del colectivo le ha convertido en diana de los bárbaros, más preocupados por su orientación sexual que por sus paradas.

Todas las manifestaciones del orgullo siguen siendo necesarias porque todavía no somos capaces de desembarazarnos de la dualidad que parte al mundo en dos. Una brecha en la que hombres y mujeres, solo pueden hacer cosas pautadas para su género en una prescripción social en la que también se indica con quién acostarse. De no hacerlo así, su identidad quedará desdibujada. Ya no serán patinadores, futbolistas o pilotos. Ya no serán campeones, líderes o referentes. Ya no serán ni siquiera hombres o mujeres. Serán otra cosa diferente, no canónica ni convencional por la que habrá que señalarlos hasta que cambien de opinión o, al menos, forzarlos a que vivan sus conductas desviadas de la pestilente norma heteropatriarcal dentro de un armario del que, realmente, no interesa que salgan. O sí, tan solo para que se den cuenta de cuánto mejor estaban dentro. Sin aire.

El primer futbolista profesional que se declaró homosexual, Justin Fashanu, acabó quitándose la vida en 1998 tras sufrir una campaña de persecución y difamación social. La futbolista internacional Eudy Simelane fue brutalmente violada y asesinada en 2008 para ‘corregir’ su lesbianismo. Esto no fue hace un siglo. Fue anteayer.

El orgullo que celebramos hoy es el mejor antídoto contra la homofobia, pero debe aplicarse a manguerazos y todos los días del año junto al peso de una ley inflexible que deje claro que el único delito es la intolerancia. Y cuando la sociedad sea capaz de cantar gol sin mirar la matrícula de quien lo hace, seguirá haciendo falta ese orgullo por todas las personas a las que no se lo dejaron lucir.

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¿Podría una mujer entrar en vuestro equipo, amigos?

Hace unos días el presidente de los Estados Unidos preguntaba a un equipo de fútbol masculino si una mujer podría entrar en su plantilla. La vomitiva pregunta no es más que otra patética intentona del establishment para mantener a las mujeres alejadas de un coto privado al que jamás han sido invitadas.

El deporte es, como diría Hans Bonde, un laboratorio de masculinidad en el que no tiene cabida nada que difiera del hombre. Aquí en España, la Sección Femenina arrinconó a las mujeres una reducto minúsculo “acorde a su naturaleza”. Les quedaron gimnasia, danza y natación, siempre y cuando tuvieran el trabajo doméstico bien gestionado. Y se convirtieron en las mejores en lo que les permitieron. En gimnasia rítmica acaban de proclamarse campeonas de Europa. En natación artística, campeonas de la Copa del Mundo. Ellas no tienen ningún problema en compartir su ínfimo espacio con los hombres. En la rítmica, España fue pionera en permitirles competir en equipos mixtos. En la natación artística, Dennis González es uno más del grupo.

Las mujeres se lo han peleado con la premeditación, nocturnidad y alevosía naturales de quienes son silenciadas. En un tiempo mucho menor del que dispusieron los varones, demostraron que pueden reinar en una estructura de 30 siglos hecha por y para los hombres, con estudios, reglas y estándares escritos y destinados a los hombres, arbitrados y dirigidos por hombres y para el disfrute y placer de los hombres.

Nino Salukvadze es quien posee más participaciones olímpicas y la única en hacerlo de forma consecutiva. Las tres medallistas de doma en París son mujeres, siendo la hípica el único deporte de los Juegos donde ambos sexos compiten entre sí. Nadie en la gimnasia artística tiene más medallas que Simone Biles que también ha patentado un salto exclusivo a un puñado de hombres. La primera en conseguir un 10 perfecto en unos Juegos fue Nadia Comaneci y la última Lavinia Milosovici. Ellen MacArthur completó la circunnavegación al mundo en solitario más rápida de la historia. Kelly Kulick ganó un torneo nacional americano de bolos, jugando contra hombres. Judit Polgar batió el récord de precocidad de Bobby Fischer como gran maestra de ajedrez a los 15 años. El mejor promedio de tiros libres de la historia del baloncesto es de Delle Donne con un 95%. La derecha más potente de todo el circuito mundial de tenis es de Aryna Sabalenka, como marcan los registros de velocidad del último US Open. Valentina Cafolla posee el récord mundial de apnea dinámica bajo hielo. Tara Dower es la persona más rápida en completar el Sendero de los Apalaches, con 3.500 kilómetros en 40 días. Sarah Thomas es la única que ha logrado cruzar a nado cuatro veces el Canal de la Mancha. Y algún asesor debería decirle a Trump que Manon Rhéaume jugó en un equipo masculino de la NHL.

Sería absurdo negar la influencia de la testosterona, pero lo justo es hacerlo en su correcta dimensión. Cordelia Fine dice que por encima de ella están otros cofactores como la identidad, el conocimiento, la experiencia, el contexto o incluso las presiones sociales para ajustarse a las expectativas.

Las mujeres ya han superado la biología y la cultura que les negaron. Y no tendrán ningún recato a la hora de acallar a todas las momias con tupé que intenten detenerlas. Trump ladra desde un sillón robado a una mujer en 2016 por medios ilegítimos. Y esa es la inquina que le hace tapiar todas las puertas que ya rechinan ante el peso de la evidencia, por muchos aranceles que les pongan.

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La piel Vetusta y la sangre Pantone 286

El PC Fútbol 7 incluía una carpeta con los mejores goles de la Liga 97/98 que veía una y otra vez cuando me dejaba arrobar por todo lo que fuese balompié. El Tito Pompei aparecía de los primeros, con un tanto de bandera que me sé de memoria. Pase bombeado de Onopko, control de pecho del argentino y zurdazo inapelable de 30 metros.

Dely Valdés, Abel Xabier, Iván Ania o Paulo Bento completaban un Oviedo que asustaba en el Tartiere. Sus predecesores ya escribían la semblanza azulona en letras capitales. Fueron los Bango, Carlos, Sañudo, Jerkan, Lacatus, Dubovsky, Jokanovic, Oli y, mucho antes, aquella Delantera Eléctrica comandada por un Lángara al que solo pudo frenar la Guerra Civil. Esteban, Losada, Paunovic o Boris fueron los últimos que vivieron la máxima categoría. Luis Aragonés les dedicó uno de sus mayores adagios -“Siempre que llueve, escampa”- en el último día del Oviedo en la élite, hace ya 24 interminables años.

Para conseguirlo era necesario un héroe diferente, nacido del barro de la desolación y la angustia de haber mirado a los ojos de la muerte. Santi Cazorla conoce los infiernos. Tres bacterias devoraron 8 centímetros de su tendón de Aquiles en una lesión aterradora. Vivió un tormento de 668 días y 11 operaciones sin saber si podría volver a caminar. En el milagro de su resurrección supo que era el elegido para desencallar el barco del Oviedo del inframundo, porque él ya conocía el camino. Regresó a casa 20 años después, como un corsario viejo que ya no se mueve por el dinero, con piel de su brazo en el tobillo y de su muslo en el brazo, con la cabeza atiborrada de canas y con un último abordaje pendiente. El río Estigia que no le confirió la inmortalidad a Aquiles en su talón, fue el que Cazorla cruzó con su ejército de mirmidones, asegurándose de que todos se bañaran en las aguas mágicas para permanecer en la eternidad de los que devolvieron al Oviedo al reino de los vivos.

Si la nigromancia hubiese examiando aquellos trozos reconstruidos del cuerpo de Cazorla, habría vaticinado el ascenso. El regreso del club carbayón adonde le corresponde estaba grabado en la piel Vetusta y la sangre Pantone 286 de un héroe irrepetible.

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Lady Godiva no cabalga por Alcaraz

Lady Godiva es autora de una de las primeras estrategias fiscales de éxito. En el siglo X se apiadó de los vasallos de su esposo, el señor de Coventry, rogándole que limitase los impuestos que asfixiaban al pueblo. La condición era que la muchacha pasease desnuda a caballo por la ciudad, a lo que ella, obediente, accedió, pidiendo previamente a los vecinos que se encerrasen en sus casas y se tapasen los ojos.

De los 2,55 millones que Carlos Alcaraz se agenció arrastrándose durante 5 horas y 28 minutos en el Bois de Boulogne, deberá pagar el 46% a Hacienda, aproximadamente unos 1,2 millones. Al contrario de lo que se ha dicho, la presión fiscal española es de las más altas de la Unión y, según los datos recogidos en Bankinter, la tasa máxima de IRPF que se aplica solo es superada por Austria, Francia y Dinamarca. Esto es lo correcto. A mayor tributación, mejores servicios públicos.

Ese 46% es el tipo máximo aplicable en la Región de Murcia. Y es que la campechanía de Alcaraz hace que no se vaya de El Palmar ni con aguarrás. Así, el dinero de sus impuestos se queda en España, no como ocurre con los Sinner, Djokovic, Medvedev, Tsitsipas o Rune que han fichado por Mónaco y su política sin impuestos, en lugar de dejar dinero en las arcas de sus países como tú o como yo.

Carlos estrena sus 22 años con unas ganancias acumuladas de más de 41 millones. El salario medio de un investigador científico se sitúa alrededor de los 30.000 anuales, por lo que en una vida laboral prolífica de 40 años podría llegar a ganar poco más de 1 millón. Es por esto que es tan importante cómo se reparte el pastel de los tributos. El ministro Óscar Puente se jactaba tras la victoria de Alcaraz que el gravamen se invertiría en sanidad y educación. Naranjas de la china. Según ‘El Economista’, estos dos campos recibirían tan solo el 2,5% de lo recaudado. Y esto es lo que se debe evitar a toda costa.

Ahora, con el inicio de la gira de hierba los problemas se recrudecen. El erario británico cuenta con una cláusula por la que los deportistas pagan no solo por lo que generan, sino también por sus patrocinios, lo que convierte las tasas en una auténtica carnicería. Esa es la razón por la que muchos de los grandes se borran de Queens y optan por Halle, en Alemania.

Al menos ellos pueden elegir. El torneo londinense, patrocinado en sus inicios por la reina Victoria, es líder en machisml. Este año las mujeres volverán a competirlo tras un ausencia de medio siglo pero lo harán con un asterisco: la cuantía de sus premios será tan solo la mitad de la masculina. No creo que nadie pase por alto que ellas también pagan impuestos y que, con un total mucho menor sobre el que aplicar la deducción, la hemorragia es mucho mayor.

El mismo pueblo que se tapó los ojos para no ver el cuerpo desnudo de la mujer que luchaba por su salvación es incapaz de abrirlos ahora para devolverle el favor. Los esfuerzos ímprobos de pioneras como Billie Jean King han conseguido grandes hitos como la igualdad retributiva en los Grand Slams, aunque muchos Masters siguen viviendo anquilosados en un pasado injusto. La progresividad que es plausible en los impuestos se convierte en un tumor maligno en los premios si se reparten según el género.

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De Maratón a Vasaloppet

Diez años antes de que Jerjes estuviese a punto de llevarse un buen revolcón en las Termópilas que frenase sus pretensiones de llegar a Atenas, su padre Darío ya intentó conquistarla al mando de un ejército persa mucho más numeroso que el griego. Sucedió en Maratón en la resolución de la primera guerra médica y fue allí donde nació el mito de Filípides.

Los hemeródromos eran mensajeros que, hasta arriba del dopaje de la época conocido como el ‘semen de Hércules’, cubrían enormes distancias para transmitir mensajes entre las polis. Dice Heródoto que Filípides fue enviado a Esparta desde Maratón, ida y vuelta, para pedir ayuda a los lacedemonios, pero la distancia sería de 500 kilómetros. Luciano de Samóstata decidió más tarde que el recadero pasase a la historia con una distancia más discreta como los 42 que separan Maratón de Atenas y que, tras decir aquello de “Nenikékamen” -hemos vencido-, exhalase su último aliento.

Se podría decir que Filípides es el primer bautista del deporte, gestando con su proeza el origen de la maratón, pero no fue el único. Al poco de desperezarse el oscurantismo de la Edad Media, pero con más taquígrafos que en los tiempos presocráticos, el pueblo sueco siente un arrebato independentista y se rebela ante el rey danés Cristián II que concentra en su persona las tres monarquías nórdicas. La familia Vasa es una de las más díscolas y uno de sus hijos, Gustavo, toma partida en la batalla que ganan los independentistas. El rey danés capitula pero pide como rehenes a los cinco mejores hombres suecos que liberará tras su marcha. Gustavo es uno de ellos, vive una emboscada y es encarcelado en la tierra hostil de Dinamarca.

Consigue huir de la prisión y comienza a llamar puerta por puerta como si fuese William Wallace para reclutar soldados y clamar venganza. Razones no le faltan. Su familia ha sido masacrada en el baño de sangre de Estocolmo. Pero predica en el desierto. Los campesinos esquivan los jaleos y prefieren no mover los marcos. Incluso la ciudad de Mora, conocida por su belicosidad, pasa palabra. Gustavo no sacia su sed de justicia y debe seguir escapando hacia Noruega. En su ausencia, el terror danés despierta a los suecos, que advierten su fatal error y rezan a Odín para que Gustavo no se haya ido muy lejos. Dos de sus mejores esquiadores, Lars y Engelbrekt, salen en su busca en una carrera vertiginosa por la nieve. Lo localizan en Sälen y le prometen luchar bajo su espada. El resto es la historia que se estudia en los libros. Gustavo vuelve, vence a Cristián y Suecia alcanza la independencia por estas fechas: el 6 de junio de 1523.

Desde 1922, una caterva de personas se lanza cada marzo a completar los 90 kilómetros que hay entre Mora y Sälen. Es la Vasaloppet, una carrera celebérrima de esquí de fondo que honra, un quincentenario después, la hazaña de los esquiadores que siguieron el rastro de su salvador. Gustavo Vasa quería un pueblo libre, pero en la preliminar renuncia de los suecos al motín se encontraba un premio aún mayor. El de un pueblo fuerte que enaltece su cultura a través del deporte.

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Un antológico sinsentido

Con 22 años, un mes y tres días, el número 2 mundial, Nadal, conseguía su quinto Grand Slam ante el mito de Federer, número 1, en las 4 horas y 48 minutos majestuosas del partido del siglo. Con 22 años, un mes y tres días, el número 2, Alcaraz, suma su quinto grande ante la máquina cuasi perfecta de Sinner, número 1, en 5 horas y 32 minutos insuperables del que no es el partido del siglo, pero probablemente lo acabará siendo al tiempo que Carlos y Jannik sigan ensanchando los confines de su grandeza hasta límites incognoscibles.

No. Nadie se empeña en comparar a cualquier unidad del divino tridente del tenis mundial con Alcaraz, pero la historia lo hace por sí sola.

La Chatrier corona su firmamento con una inscripción que unos atribuyen a Roland Garros y otros a Napoleón, dos combatientes que lucharon hasta la muerte por sus objetivos: “Victory belongs to the most tenacious”. En el foso, entre el barro de los campeones, una huella diestra de una 44 europea se ancla al margen izquierdo de la red para recordar a quien ha llevado esa cita al paroxismo deportivo. Carlos le saca una foto y la mira de soslayo, para saber qué hacer cuando se agota el oxígeno. En una de las perserverancias más famosas de Nadal, en Australia 2022, el de Manacor superó dos sets en contra y tres bolas de break para firmar una remontada impensable. En la tarde de ayer, Carlos levantó dos sets en contra, break abajo en el tercero y tres puntos de partido en el cuarto. Un antológico sinsentido.

Carlos y Jannik nos han regalado, por ahora, un thriller de 14 entregas en el que desbordan los valores. En medio de la inhumana escaramuza de ayer ninguno de los dos pidió una pausa para ir al baño, ni una triste asistencia médica y se concedieron puntos cruciales en momentos irrespirables. Una lista inacabable de jugadores no lo habría hecho así.

Me cuesta comprender que alguien a quien le guste el deporte no se enganche a esto como un yonki a la heroína. Los que solo vemos la tenacidad y la huella nos deleitamos, mientras tanto, con una de las épocas más gloriosas del tenis, sin preguntarnos si es el final de la anterior o el inicio de la siguiente.

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¡Que salga la dos!

Las cicatrices que apartaron a Ramiro Figueiras Amarelle del fútbol lo acercan al perfil sedoso del grano del litoral para acelerar sus recuperaciones. Una peluquería de barrio patrocina a su equipo de amigos en un torneo de fútbol playa que los lleva de Riazor a Alicante. El premio es jugar contra los que salen en la tele: Gordillo, Carrasco, Setién, Míchel, Butragueño o Salinas. A esos semidioses, les mete tres goles. Sarabia le extiende un billete sin vuelta con la selección. Es campeón de España juvenil, pero prefiere el pájaro en la mano.

En el camino Cantona, Romario o Rummenigge sufren una titanomaquia. Amarelle conduce a la selección al firmamento. Gana tres Eurocopas pero se queda a las puertas del mundial en cinco ocasiones. En dos de ellas es elegido como el mejor del planeta. Los brasileños, creadores de esto, dicen que no hay otro igual. Sus bicicletas, sus chilenas, aparecen como rúbrica en los mejores goles de la historia.

La proeza de Amarelle siembra una semilla que crece en terreno árido. Galicia es la comunidad peninsular con más kilómetros de costa y algunos dicen que el fútbol entró a bordo de un carguero que atracó en Vilagarcía. Uniendo ambas variables, el fútbol playa parece tan gallego como la billarda. Un grupo de chicas recoge el legado. La selección femenina se nutre de la savia gallega que fortalece hojas perennes. Carol González, Sara Tui o Andrea Mirón son las encargadas de la sala de trofeos. Carol es nombrada en 2019 como la mejor del mundo con todo merecimiento y Andrea Mirón debería haberla sucedido.

Cuatro son los años consecutivos en los que Andrea se ha instaurado en un segundo lugar que no le corresponde. Los Beach Soccer Stars han decidido poner por delante a Adriele Rocha, una jugadora excelsa, pero con menos títulos colectivos e individuales. Para poder digerir la grosería, le conceden el premio al mejor gol, un galardón único en el que ha superado a rivales masculinos, aunque el fútbol de mujeres siga teniendo que explicarle a la parte casposa de la audiencia que pueden hacer lo mismo e incluso más que el de los hombres. Inexplicablemente, aún no tienen su mundial.

El mejor gol del globo es orfebrería, astucia y física. Todo ello se aúna en la forma en que Andrea amolda el interior de su pie derecho para lanzar un proyectil delineado de 30 metros. Tres días después de la entrega de premios reactiva sus candidaturas. Es la mejor de la Euro Beach Soccer League, donde se saca otro máster en chilenas. Esas acrobacias, que exporta desde las playas hasta la Queens League, también llevan su cuño identitario que refina como una saltimbanqui del Circo del Sol.

La magia de Andrea sucede de espaldas. Con la varita que guarda en las medias hace levitar un balón que se eleva para ser devorado por una cizalla que ejecuta en verso. De algún modo enigmático la arena exhala una sombra de Amarelle que Andrea reverdece. Cuando la afición solicitaba a Ramiro entre tanto nombre regio, lo pedían por su dorsal: ¡que salga el dos! El número de Andrea vaticina que algún día será reconocida como lo que ya es: la mejor jugadora del mundo que fabrica los mejores goles del universo.

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