Libertad o sedentarismo

La homosexualidad está presente en nuestra historia desde tiempos inmemoriales. Tanto así como la amistad, el amor o la familia. Negar su evidencia es cercenar emociones. Es clausurar libertades. El mayor icono cultural de la Antigüedad, Alejandro Magno, pudo haber sido homosexual. Se cuenta que el objeto de sus afectos fue su amigo y comandante, Hefestión, con el que se crió en la corte de Pella. En plena conquista persa ambos se detienen en Troya para honrar los altares de los héroes de la Ilíada. Y es que Hefestión es a Alejandro lo que Patroclo a Aquiles. Compañero, guía, objeto de amor.

Los héroes de guerra han dejado paso paulatinamente a otros que también defienden la habilidad, la destreza o la fuerza de cada territorio. Hoy son los deportistas los que trasladan a niños y niñas, la importancia de unas correctas normas de conducta en la vida: superación, voluntad y valores.

En 1992 la generación de oro del waterpolo español perdía la final olímpica frente a Italia tras tres extenuantes prórrogas y un tiro al palo en el último suspiro. Los integrantes de la selección aseguran haber vivido una pesadilla de cuatro años. Pasado el duelo, siete de aquellos trece jóvenes repiten final en Atlanta y vencen a Croacia.

La capacidad de superación es su primer ejemplo.

El éxito prematuro hace que las salidas nocturnas, los excesos y las drogas marquen su vida. El mejor portero de la historia, Jesús Rollán, la pierde en un centro de rehabilitación. Miki Oca o Pedro García Aguado la logran reconducir. El primero lleva a la selección femenina a lo más alto. El segundo se convierte en gurú para los adolescentes con problemas.

La fuerza de voluntad es su segundo ejemplo.

En su programa, García Aguado endereza muchos casos de homofobia. “Yo no lo he visto nunca con tíos, siempre con tías buenas” o “Yo conozco muchos gays y mucha gente de esta” son las expresiones de algunos padres que, seguramente hablarían de otro modo si sus hijos tuviesen tanta virilidad como Alejandro Magno.

Hoy, el waterpolo vuelve a sentar ejemplo como el primer deporte que castiga la homofobia. La Federación Española de Natación ha sancionado con cuatro partidos al jugador serbio Nemanja Ubovic por llamar maricón al internacional español Víctor Gutiérrez, uno de los deportistas LGTB pioneros en España: “como deportista homosexual, siento la responsabilidad de dar la cara”. Las palabras de Víctor se unen a los esfuerzos de Navratilova y Mauresmo, de Reid, de Fashanu o Hitzlsperger, de tantos otros que ni quieren ni deben ocultarse. En esta tarea, política, justicia y sociedad deben contribuir a que los y las homosexuales forjen su camino. El que quieran. Nadie puede opinar sobre un estilo de vida que no le pertenece.

Hace cien años, en el primer movimiento LGTB de la historia, la Asociación de la Amistad Alemana decía que “la liberación de los homosexuales sólo puede lograrse gracias al esfuerzo de los propios homosexuales”. Del mismo modo que Wollstonecraft decía a las mujeres en 1792 que ellas podían reformar el mundo “mediante su propio cambio”.

La sanción a Ubovic es tan necesaria como coadyuvante al cambio.

La defensa de valores éticos es su tercer ejemplo.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Las nómadas que cazaban sueños

Todos hemos sido nómadas nómadas. En algún momento, o lo seguimos siendo. Yo lo fui hasta que encontré pasto para mi rebaño. Un pasto que no prevé agostamiento. Y allí dejo pacer a mi felicidad. La suelto y no la vigilo. Porque sé que nunca querrá marchar de donde hay alimento.

Hay gente que busca constantemente su pasto. Porque su felicidad está en el mismo camino y su destino en la propia batida. El movimiento para el cambio, el cambio para el movimiento. El fundamento aristotélico donde ocurren los cambios, las revoluciones.

Fern lo hace así. La cinta de Chloé Zalo es un canto al nomadismo, a la fluidez, a la no permanencia. A la decisión soberana de renunciar al sueño americano por un sueño propio que conduce a la libertad por un atajo. Abandonarlo todo, deshacerse de ataduras y dejarse llevar

Muchas mujeres fueron Fern antes de Fern. Pioneras en la revisión de ese concepto retrógrado de nomadismo que dice que las mujeres recolectan y cuidan de la familia mientras los hombres cazan mamuts, caballos y ciervos. Que dice que son ellos los que deciden a dónde ir, dónde asentarse y cuándo partir.

Las cholitas bolivianas y las primeras mushers no esperaron indicaciones. Se pusieron en marcha por ellas mismas y por todas las que no pudieron. Recorrieron kilómetros hacia arriba y hacia adelante apoyadas en firmes convicciones: sus piernas y sus trineos tirados por huskys.

Salieron a cazar sus propios sueños.

Se denomina cholas a las mujeres del altiplano de Bolivia que visten trajes regionales. Muchas trabajan como escaladoras de apoyo. Cocinan para los hombres y cargan sus equipos. Ellas se quedan abajo, esperando. En 2015 se cansaron y decidieron que también querían escalar. Lo hacen con sus vestidos típicos en una lucha contra el racismo y contra el machismo. En 2019 lograron su cumbre más alta, el Aconcagua, demostrando que sus sueños no tienen techo. “Hemos demostrado que las señoras de pollera, las cholitas, sí pueden subir con su propia ropa”, dicen.

La Iditarod (Lugar lejano) es una de las carreras más duras. Son 1.600 kilómetros hasta el mar de Bering a través de las durísimas condiciones del invierno de Alaska. Los mushers se desplazan en trineos tirados por 16 perros. Libby Riddles desafió en 1985 a una terrible tormenta de nieve que retiró a todos los demás. Fue la única que se mantuvo en pie. Su decisión de alcanzar ese lugar tan lejano e inhóspito para las mujeres la convirtió en la primera ganadora. El camino que abrió con su trineo fue recogido a la perfección por Susan Butcher, que estableció un récord sin precedentes al vencer en 1986, 1987, 1998 y 1990. Y cómo no, por Aliy Zirkle que nunca ganó pero que coquetea desde hace 20 años con la victoria superando incluso incidentes como el ataque de un esquizofrénico que puso en peligro su vida y la de sus perros.

Las mujeres nómadas ya no son lo que eran. Ahora son ellas las que cazan mamuts. Caminan, iluminan y desbrozan la senda. Con sus valientes pasos dejan un mensaje grabado en la carretera, en la montaña o en la nieve. Un mensaje que alienta a todas las demás: “Nos vemos en el camino”.

Artículo publicado en El Correo Gallego

La república del portero: derrocar la dictadura del gol

Los ojos de Camus se prenden de sueños cuando el 14 de abril de 1931. España proclama su segundo intento por convertirse en una “res pública” que abrace a toda la ciudadanía. Anhela una transformación social en el sur de Europa que extienda su sombra hasta el norte de África. Hasta Argelia.


Su compromiso, solidaridad y fidelidad con un pueblo que supo hacer suyo a lo largo de su vida y obra lo hacen merecedor de la Encomienda de la Orden de la Liberación de la República. Lo recibe con genuina humildad: “Nada hice que justifique el galardón con que me honran. Cumplí con mi deber y en esta conducta persistiré siempre”.


Al tiempo que la Segunda República esperanza a un Camus de 17 años, otra ilusión se quiebra. Una tuberculosis pulmonar grave lo aparta de los terrenos de juego.


Lo de Camus y el fútbol, al igual que lo de la república, es una historia de amor. Acaba en la portería por accidente, como muchos otros. Las cuatro horas diarias que Camus dedica al fútbol en el colegio destrozan las suelas de sus alpargatas. Su abuela materna, natural de Menorca y culpable también de su amor por España, le prohíbe jugar. La maltrecha economía familiar no alcanza para zapatos. Es un delantero excelente pero se reinventa. En la portería puede cumplir sus fantasías sin ser reprendido. Dice que pronto aprendió a que el balón nunca viene por donde uno espera y que eso le ayudó mucho en la vida. Pero sobre todo dice que todo lo que sabe con mayor certeza de la moral y de las obligaciones de los hombres se lo debe al deporte.


Todos los 14 de abril son de Camus, porque ayer, además de ser el Día de la República se celebró el Día Internacional del Portero.


Camus era republicano y era portero. Y puede que no exista nada más republicano que ser portero. Atentar contra la tiranía del delantero. Derrocar la dictadura del gol.


Ser portero no es una profesión, ni una afición, ni siquiera una posición en el campo. Ser portero es un modo de afrontar la vida, una filosofía, una doctrina con sus dogmas y sus ritos.


Los porteros nos alejamos del ruido para, con dos postes y un travesaño, construir una guarida en la que versar soliloquios de clausura. Nos une la insania de quien maquina en silencio, frío y cauto, para, llegado el momento, proferir un grito que acalle el bullicio más atronador. Los porteros somos mansos y flemáticos, pero también indomables y viscerales.


Solitarios pero inherentes. Sobrios pero extravagantes. Impetuosos pero meditabundos. Calmos pero atrevidos. Serenos pero convenientemente violentos. Humildes pero necesariamente arrogantes.
Alguien escribió que en los últimos días tristes de Camus y su entuerto con Sartre, “si no hubiera estado enfermo, habría vuelto a jugar a fútbol sólo por olvidar”.


No le falta razón. La portería es ese lugar en el que se olvidas todo lo que hay fuera del campo para controlar todo lo que hay dentro. Una puerta que conduce a la única realidad domable. Dejar tu casilla a cero.


Ser portero es magia, aunque en ocasiones me olvide de ello.

Artículo publicado en El Correo Gallego

De torrijas, panqueques y fútbol

La batalla entre los excesos del carnaval y la mesura de la Pascua se ha repetido como un ‘leitmotiv’ a lo largo de la historia, tocando todos los ámbitos de los que participamos. Lo mucho y lo poco, lo exagerado y lo justo. El arcipreste de Hita lo relata en el episodio del Libro de buen amor que narra la batalla entre Don Carnal (gula) y Doña Cuaresma (templanza): “El primero de todos que hirió a don Carnal fue el puerro cuelliblanco, y dejólo muy mal, le obligó a escupir flema; ésta fue la señal. Pensó doña Cuaresma que era suyo el real”.

Los cuarenta días de sacrificio de Jesús en el desierto de Judea es el tránsito que hay entre uno y otro. La Iglesia los toma como un período de purificación, de preparación para la Semana Santa. Según sus preceptos, en los días de vigilia no se puede comer carne, y para ello se inventaron las torrijas. No deja de ser curioso que el último día de carnaval y víspera de la Cuaresma se conmemore el Día del Panqueque, otra receta de harina, leche y huevos.

En Inglaterra el período anterior a la Cuaresma es el Shrovetide. En el Shrove Tuesday, martes de carnaval o de panqueque (el famoso Mardi Gras francés), solía celebrarse el Día del Fútbol. Ese es el origen del fútbol de carnaval o fútbol medieval inglés, otro ejemplo de la oposición entre lo desmadrado y lo comedido.

Un campo de tres millas (unos cinco kilómetros) plagado de ríos, montañas, prados, valles, castillos, cementerios o plazas, separa dos porterías, ubicadas en dos molinos antiguos, donde se debe golpear tres veces la pelota para ganar el partido.

En la localidad de Ashbourne, que todavía celebra el Royal Shrovetide Football, estos molinos se recuerdan con un monolito. Según el antecesor del fútbol de carnaval, la soule -practicada en Normandía y Picardía-, la meta también podía estar ubicada en sitios más recónditos como el fogón de una casa particular. La pelota es voluminosa, difícilmente manejable (de piedra, de cuero, de tela, de madera o de vejiga de cerdo) y suele acabar en el agua. Los contrincantes, cientos de personas separadas en grupos rivales de villas, pueblos, parroquias o los nacidos al norte y al sur del río. Para avanzar, las facciones forman enormes melés que van empujando a la muchedumbre hacia una de las porterías. Pueden usarse pies y manos.

El partido dura hasta 16 horas. La única regla es que no se puede matar a un rival.

Es real desde 1928, cuando Eduardo VIII participó del juego y sufrió una hemorragia nasal. Anteriormente no había tenido muy buena relación con la realeza. Varios monarcas lo prohibieron. Eduardo III mediante real decreto: “Se ordena bajo pena de prisión a vecinos y extraños la prohibición del lanzamiento de piedra, madera o hierro, el balonmano, el fútbol o el hockey, las peleas de gallos u otros juegos de inactividad”.

Uno de los problemas que el fútbol de carnaval presentaba para la nación y una de las razones de su prohibición era que en época de la peste negra y con la población diezmada, suponía una distracción de ocupaciones más útiles como el tiro con arco. La población se reveló constantemente contra estas prohibiciones a pesar de las excomuniones y multas de cien sueldos.

Y es que el premio es enorme: el artífice del único tanto es conducido a hombros hasta el bar para beber toda la cerveza que quiera.

Cómo han cambiado los tiempos.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Hormigas tejedoras asiáticas

En 2010 el zoólogo Thomas Endlein fotografió a una hormiga tejedora asiática sosteniendo un peso de 500 miligramos, cien veces su peso. Lo consigue gracias al poderío de sus mandíbulas y al fuerte pegamento de sus patas.

El 1967 nacía una hormiga tejedora asiática en Kardzhali. Lleva apellido búlgaro, Suleimanov, aunque el de su padre es turco, Süleymanoglu. Entre la extracción de zinc y el cultivo de tabaco desarrolla un cuerpo de 147 centímetros biomecánicamente perfecto para la halterofilia. Para levantar tres veces su propio peso.

Con 15 años entrena ocho horas al día y bate su primer récord. Le habría dado un oro en Los Ángeles 84 si no fuera por el boicot búlgaro. A veces las hormigas también deben defenderse de otros grupos de hormigas.

En diciembre de ese año, el presidente Zhivkov comienza el ‘Proceso del Renacimiento’ para cambiar los nombres turcos y árabes, así como prohibir su lengua, su religión y su cultura. Los turcos se organizan y rebelan en un pulso bélico. Las tejedoras asiáticas defienden su territorio juntas. Las de la primera línea de defensa se yerguen sobre las patas traseras y emiten unas feromonas que avisan a sus hermanas.

En diciembre, pero dos años más tarde, Suleimanov se esconde en los lavabos de un restaurante de Melbourne para burlar a la seguridad y escapar en un Datsun amarillo a la embajada turca. Lo hace tras la Copa del Mundo en la que vuelve a batir un récord. Es su último servicio al depredador. A Bulgaria.

Con su nuevo pasaporte turco y su apellido original gana el oro de Seúl 88 y es coronado como “el hombre más fuerte de los últimos cien años”. A su regreso a Ankara lo aclaman un millón de personas. Es el triunfo de todo un pueblo. Las tejedoras asiáticas así lo hacen. Ante cualquier intromisión, rodean a la matriarca para protegerla.

También gana el oro en Barcelona y en Atlanta, además de siete campeonatos del mundo y seis de Europa a lo largo de su carrera.

Su ocaso es aterrador. El alcohol destroza su vida y su hígado. Tiene muchas heridas de guerra pero ninguna producida por la mancha del dopaje. En su vida deportiva solo hay trabajo. En octubre de 2017 la Federación Internacional de Halterofilia suspende a Turquía por el uso de sustancias prohibidas. Es el peor homenaje de un país al mejor halterófilo de la historia es avergonzar a quien tanto ha luchado por él. Un mes después Süleymanoglu muere por una hemorragia cerebral y con solo 50 años.

Toda esta epopeya corre serio peligro. La halterofilia puede ser excluida de París 2024. Es el precio que tienen pagar los trabajadores (muchos) por los atajos que buscan los descarados (pocos). En la perfecta organización de las tejedoras asiáticas, si las obreras no trabajan, su sociedad se hunde.

Todos los halterófilos que conozco son tejedoras asiáticas. Son capaces de soportar varias veces el peso de su cuerpo, de luchar juntas y de trabajar sin descanso. Supongo que es porque todos los halterófilos que conozco destacan por su franqueza, su nobleza y su sacrificio.

Es ahí donde reside el poder de Süleymanoglu, de las tejedoras asiáticas y de todos los halterófilos que conozco. El único camino hacia el éxito.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Citius, altius, fortius

Es 31 de diciembre de 2009. Con 22 años, Kevin Pearce lo ha ganado casi todo en la modalidad freestyle de snowboard. Quedan 50 días para los Juegos de Vancouver donde intentará hacerse con el oro olímpico. En el Park City de Utah, intenta una maniobra arriesgada, un doble cork. Se golpea la cabeza violentamente sobre el pipe sufriendo un traumatismo cerebral grave. Seis días en coma. Meses de rehabilitación. En medio de su recuperación acepta que no volverá a competir. No es capaz de juntar la mirada y su cerebro es tan frágil como el cristal. No se detiene. Aprovecha su experiencia para ayudar a otros con dificultades semejantes.

Cuatro años después se estrena su documental: The Crash Reel. Lucas Eguibar, campeón del mundo de snowboardcross desde este febrero, lo visiona en el cine. Él sabe, mejor que nadie, que los traumatismos cranoencefálicos están a la orden del día en su deporte. Pero la china le toca a su hermano. Suena el teléfono. Nico acaba de tener un accidente de moto.

La vida de Nico pende de un hilo. El accidente le ha causado graves lesiones cerebrales. No le dan ni una noche. Tras dos meses en coma, Nico despierta y, paso a paso, es artífice de un avance milagroso. Las secuelas no le amargan: “Yo lo que quiero es pelear, pelear y pelear”. “Nico tuvo suerte, hemos aprendido mucho de él; y yo sigo aprendiendo cosas”, dice su hermano Lucas. Supongo que entre tantas cosas ha aprendido a no rendirse. A pesar de lo de su hermano, de abandonar un tiempo el deporte, de haber perdido a su entrenador Isra, de los cambios en el diseño de los circuitos, de lo dura que es la vida, de las piedras en el camino. Pase lo que pase, él sigue.

También siguieron en Múnich. El 5 de septiembre de 1972 la Organización para la Liberación de Palestina asesina a once miembros del equipo olímpico israelí. La masacre se cierra con 17 muertos. En medio de la consternación y en honor a la tregua olímpica, el presidente del COI, Avery Brundage, toma una difícil decisión: “Los juegos deben continuar”. La locución latina Citius, altius, fortius fue el lema de Múnich 72. La misma con la que Nicolás Eguibar cierra un maravilloso alegato sobre la resiliencia en el cortometraje Gigantes Paralelos que cuenta su lucha, su inspiración y su inconformismo. Nico le dice a Lucas que la vida es dura, que el camino está lleno de piedras y que ambos se levantarán todas las veces que caigan: “Ahora quiero que hagas realidad tu sueño, así como tú soñaste que yo hacía realidad el mío. Estamos juntos en esto. Tú con tu lucha y yo con la mía. Diferentes batallas pero un mismo fin. Más rápido, más fuerte, más lejos”.

Hoy su hermano Lucas se prepara para Pekín 2022. Su gran desafío es el oro olímpico. Lucas sabe, mejor que nadie, que la vida es dura y que el camino está lleno de piedras. Pero también sabe que la receta es ir “más rápido, más fuerte, más lejos”. Porque, pase lo que pase, “los juegos deben continuar”.

Lo dice Camus. Dentro del invierno de los Eguibar -el de la tabla y el del accidente- “hay un verano invencible”.

Artículo publicado en El Correo Gallego

La música de los dardos

Denise Riley habla en El tiempo vivido, sin su fluir de las distintas fases del duelo. Según la autora, cuando perdemos a alguien súbitamente, nos sumimos en un no-tiempo. El flujo temporal se detiene y tan solo podemos reconocer si un acontecimiento tuvo lugar antes o después de la fatídica fecha. Para explicar este proceso recurre al idealismo hegeliano. El sonido es capaz de sostenernos gracias a su secuencia. En el momento en que el sonido cesa, la continuidad se rompe y el ser cambia. Y eso es lo que ocurre tras la pérdida. El fin de las notas, de la rima, de la música. El fin del amor.

La banda sonora del Campeonato Mundial de Dardos de la PDC es el Chase the sun de Planet Funk. Peter Wright lo dejó de escuchar en 1995. Lo hizo tras perder en primera ronda del Campeonato Mundial de la BDO (anterior al de la PDC) contra Richie Burnett, a la postre campeón. El dolor de la derrota alejó a Wright de los dardos. El duelo lo introdujo en un no-tiempo de una década en que solo jugaba en las ligas locales de Inglaterra. Había dejado de bailar, de “correr como el viento persiguiendo el sol”. Había perdido la pasión.

Fue el otro amor de su vida, su mujer, quien consiguió que volviese a guiñar el ojo. Su cambio fue total, tanto por dentro como por fuera. Su ruptura con los dardos lo había convertido en alguien distinto que volvía más fuerte, más sabio y con un ritual místico.

Antes de cada partida, su esposa Joanne invierte dos horas en teñir y peinar su cabello. Lo hace con un estilo mohawk de vistosos colores a través del que Wright torna guerrero. Para los indios, pintarse es un acto transformador. Para los mohicanos, sus peinados muestran fuerza, espiritualidad y poder.

Wright cambió de orientación. Un giro de 180º para acumular tiradas perfectas de 180 puntos. Tres dardos al triple 20. Y así su regreso fue sobresaliente. Fue conquistando torneos, campeonatos y abiertos. En 2017 le ganó una final a Van Gerwen, hoy triple campeón mundial y digno sucesor de la leyenda de Phil Taylor (16 campeonatos mundiales), a quien Wright también venció. Hasta ese año había perdido diez finales seguidas contra números uno. El summum llegó en 2020. Se coronó campeón mundial. Y todo por volver.

Wright y Riley nos enseñan que volver no significa retomar lo viejo, lo que ya no vale o ya no está. Como dice Sabina, “al lugar donde fuiste feliz no deberías tratar de volver”. Volver significa seguir. Romper la parálisis del no-tiempo. La paradoja es que no podemos seguir hacia adelante negando lo de atrás. La mochila viaja con nosotros. Steven Hayes lo explica a la perfección: no tenemos un botón de borrar. Nuestra mente está operada por una calculadora que solo contiene sumas y multiplicaciones. Todo queda, nada se va.

Tardaremos tanto en avanzar como el tiempo que tardemos en asumir que el camino continúa. Eventualmente aparecerá algo o alguien con nuevas emociones. ¿Nos volverán a destrozar? Puede. ¿Estaremos mejor preparados? Seguro. Y eso es estar vivos. Y eso es el amor.

Lo dice Gardel en castellano: “Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida”. Lo dice Curtis en inglés: “Love will tear us apart, again”.

Artículo publicado en El Correo Gallego

Benditos palos, benditas astillas

DE TODO LO QUE ME HA DEJADO MI PADRE solo he sabido coger el modo en que cruzo las piernas, una sonrisa ingenua como marchamo y una flema que se asienta en el poso de las emociones para encarar los desafíos.

Hay una puerta en un piso de Fontiñas que dice lo contrario. La selección española de balonmano se jugaba en Londres y contra Francia una nueva reválida en su eterna búsqueda del oro olímpico. Accambray recogía en el último suspiro un rebote para dejarnos, otra vez, en el camino. Aquella puerta pagó las consecuencias en forma de boquete. De algún modo me vengaba de la madera en la que Cañellas había estrellado el último ataque español. Papá nunca habría reaccionado así.

El pasado viernes, la selección se examinaba de nuevo en Egipto y contra la campeona olímpica. Un pase filtrado dejaba a Marchán solo ante el mejor portero del mundo. De nuevo a la madera, como Luis Miguel López lleva cantando media vida. En la siguiente jugada, los daneses sentenciaron lo que ya no hacía falta.

La decepción punzante hizo que mi cabeza recordase otras muchas maderas. La de Guijosa en 1997, la de Maqueda en 2015, la de O’Callaghan en los siete metros de Atenas. Y en otros muchos palos que se ha llevado la selección: los 37 años sin llegar a una fase final mundialista, el bochorno de Croacia 2009, la ausencia en Río…

La ira me empujaba a escribir barbaridades sobre la mala suerte del balonmano masculino nacional. Pero esta vez no hubo puerta, no hubo boquete. Fue la flema que heredé de mi padre la que me permitió dedicarle dos minutos al luto y retomar un libro que hablaba sobre inflación.

España ha hecho cosas increíbles en balonmano. De los catorce europeos en los que ha participado (todos), ha conseguido medalla en ocho. De las diez ediciones en las que se ha incluido el balonmano en los Juegos ha participado en siete y ha obtenido medalla en tres. Quizás los Mundiales se le atraganten más, pero la victoria ante Croacia en 2005 por un incontestable 40-34 y la mayor paliza de las finales endosada a la todopoderosa Dinamarca (35-19) lucen en las vitrinas como los tesoros mejor preservados de generación en generación. Y esa es su mejor arma: la tradición.

La génesis se sitúa en 1989. Un kirguís de 21 años de apellido Dujshebaev, se erigía como una de las mayores promesas júnior en el Mundial de Pontevedra. En la final anotaba doce goles contra la España de Barrufet, Urdangarín, Garralda, Núñez o Masip, a los que se uniría en 1995. Solo le hizo falta un año para convertirse en líder. En 1996 llevó a España a la plata de su europeo como MVP.

Hoy su testigo lo recogen muchos, especialmente sus hijos Álex y Dani. Reciben cada semana sus indicaciones en el Kielce y cuentan con capacidad sobrante para tirar del carro y reverdecer esta generación de viejos rockeros que nunca se rinde. La clave es mirar al pasado y coger lo mejor de quienes nos han enseñado tanto. De su padre han imitado sus condiciones, su calidad, pero también esa flema para encarar desafíos.

Dicen que de tal palo, tal astilla y, por eso mismo, todas las maderas, todos los palos que han frenado a España, han sido también parte de su gloria.

Artículo publicado en El Correo Gallego

«Mujer tenías que ser»

“¿SABES CUÁNDO LAS MUJERES dejarán de ganar el Dakar? Cuando tengan que aparcar”. Era uno de los chistes que los más malos del colegio contaban a los que queríamos ser como ellos. Y claro, te reías. Como te reías cuando metían a Jaime en el plinto. No hacerlo sería jugarte un poco de agresión y un mucho de discriminación. Y así nunca serías como ellos.

El chiste no estaba bien formulado. Las mujeres no podían “dejar de ganar” el Dakar cuando todavía estaban empezando a hacerlo. Pero la figura de la alemana Jutta Kleinschmidt golpeó con tanta fuerza un mundo tan varonil que seguramente aquellos mamelucos eran, simplemente, el eco de los chascarrillos cobardes que sus padres mugían en casa mientras las madres preparaban la cena en lugar de, por qué no, preparar un rally.

Desde el primer París-Argel-Dakar han cambiado cosas. Pero no tantas. En aquella primera carrera más dura del mundo tomaron la salida seis mujeres revolucionarias que querían abrir gas en un deporte masculino. Tres de ellas cruzaron la meta. La francesa Martine de Cortanze lo hizo en un brillante undécimo lugar en motos. “El terreno que ganamos de los hombres no es algo que les robamos”, dice en una lección de educación tremebunda.

Luego vino el fenómeno Kleinschmidt. Debutó en 1988 a lomos de las dos ruedas. En 1995 se cambió al automóvil. Fue la primera mujer en ganar una etapa, en subirse al podio y en ser campeona. Lo hizo en 2001, un año en el que Peterhansel terminó en décimo segundo lugar. Ese señor suma hoy catorce triunfos absolutos.

No pasará mucho tiempo hasta que emerja otra Jutta y ella lo sabe. El pasado 3 de enero visitaba el box de Cristina Gutiérrez para mostrarle su orgullo, su sororidad. La germana ya no era la única mujer en ganar una etapa en el desierto. Ahora compartía récord con la burgalesa, vencedora en la manga inicial de los vehículos ligeros. “Ganar el Dakar en esta categoría puede ser factible”, dice.

En total, en la edición de 2021 han participado 17 mujeres, igualando el récord de participación femenina (Lima, 2009) desde que el rally salió de África.

Es curioso que todas estas pequeñas conquistas sucedan en Arabia Saudí, un país en que, hasta 2018, las mujeres no podían conducir. Tampoco pueden darse un baño, abrir una cuenta bancaria o comprarse una Barbie. Y han conseguido fumar desde hace bien poco, aunque esté mal visto.

Lo de fumar no es trivial. En el desfile de Pascua de Nueva York de 1929, el demonio de la propaganda y sobrino de Freud, Edward Bernays, consiguió que un ejército de mujeres desfilaran por las calles de la Gran Manzana fumando cigarrillos. La liberación de un nuevo tabú que constreñía a las mujeres camuflaba una operación de márquetin para incrementar las ventas de tabaco. Pero funcionó.

Fue algo parecido a lo que hicieron Bertha Benz -primera mujer en conducir un vehículo a motor-, Genevra Delphin Mudge -primera mujer con permiso de conducir- o María Teresa de Filippis -primera piloto de F1-. Sus gestas también funcionaron. Sin ellas no existirían Cortanze, Kleinschmidt o Gutiérrez.

Y lo más importante, la revelación de muchos niños que ya no quieren ser como los más malos del colegio porque quieren ser como ellas. Como Cortanze, Kleinschmidt o Gutiérrez. Aunque no sepan aparcar.

Artículo publicado en El Correo Gallego

El mejor regalo de Reyes: pasión y valores

TODOS LOS QUE deis por claudicado el tiempo navideño abiertos los regalos de Reyes, os equivocáis. El tiempo litúrgico de Navidad no concluye hasta el Bautismo, que se celebra el domingo siguiente a la Epifanía y es un tiempo muy valioso porque te concede hasta una semana extra para seguir comiendo panettone sin caer en el flagelo de los propósitos de año nuevo y sin tener que escuchar a Bernard Summer golpeando tus sienes al son del verdadero Blue Monday, donde todo el dolor es de verdad: “And I thought I was mistaken. And I thought I heard you speak”.

Hay recetas contra el día más triste del año. Y algunas de ellas residen, precisamente, en las confituras de estas fechas.

Cuando me imagino a Breo panificando, mi cabeza recrea una peonza bulliciosa moviéndose al son de la Tarantella Napoletana aunque él prefiera The Brains para repartir los ingredientes de las masas. Lo hace del mismo modo en que reparte felicidad en una noche de ritmo y frenesí.

Las cosas bonitas suceden de madrugada y por eso Breo duerme de día. Porque le mueve la pasión, ese impulso que nos lleva a coger los mandos de la única empresa romántica que depende de nosotros: los sueños.

En el deporte también existen ejemplos. Y no hablo de la pasión con la que se retiró del campo Juanito tras la inconcebible remontada ante el Gladbach. Ni de la que llevó a Redmond a terminar los 400 de Barcelona con el tendón de la corva destrozado, apoyado en los hombros de su padre.

Ni siquiera con la que Switzer se inscribió en una carrera solo para hombres para convertirse en la primera mujer en completar una maratón.

Hablo de los orígenes. De lo propio. De lo que llena, llama y enciende. De volver a casa y enarbolar la historia que cuentan los blasones.

Hablo de la pasión con la que todos los días Garmendia abría su carnicería en Villabona, a pesar de ser el portero titular del Éibar. Con la que se forjó Bahamontes subiendo las cuestas de Toledo arrastrando con su bicicleta cien kilos de verdura. Con la que el remero olímpico Olaf Tufte cultiva cereales en su granja familiar de Nykirke.

Pero sobre todo hablo de Gennaro Gattuso. No de la pasión con la que dominó el centro del campo, sino con la que subía cada mañana, con tan solo 16 años, la persiana de la pescadería de Corigliano Calabro y vendía las piezas arrebatadas del mar a las ancianas del pueblo. La misma con la que, una vez retirado, abrió su pescadería de Gallarate: “Los orígenes no se olvidan. Mi sueño era ser pescador”.

Gattuso entrena actualmente al Nápoles de su país. Atraviesa un episodio de miastenia ocular y es solo su pasión la que lo mantiene en pie. Pero Gattuso ha hecho de la enfermedad fortaleza y un regalo de Reyes para los niños “que no se ven guapos en el espejo”. Porque además de pasión, tiene valores: “la vida es bella y hay que enfrentarla sin esconderse”.

Gattuso vende pescado y Breo hace pasteles. Y no veo gran diferencia cuando las dos cosas se hacen con pasión y valores. La última creación de Breo también es un regalo. El ‘Bolo de Raíñas’ es una obra maestra para el día de reyes y reinas.

El día de todos los niños y todas las niñas a los que se debe alimentar con pasión y valores para que cumplan sus sueños.

Artículo publicado en El Correo Gallego