Esta Eurocopa es robada

Es imposible ver las bandas de esta selección que ha ganado la Eurocopa y no pensar que el fútbol español tiene un futuro penumbroso, oscuro, negro.

Lamine Yamal y Nico Williams son negros. No son mulatos, morenitos, negritos o de color. Son más negros que el azabache. Pero también son de Esplugues y de Pamplona.

No es algo que hayan decidido ellos. Lo decidieron hace 30 años, como una conjunción planetaria, los que les preceden.

La abuela de Lamine, Fátima, salió de Tánger con las manos vacías. Comenzó cuidando a un señor en Madrid y se mudó a Cataluña buscando mejores oportunidades. Tuvo que cuidar de su nieto por los indecibles esfuerzos laborales de sus padres -de origen marroquí y guineano- en el barrio obrero de Rocafonda.

Los padres de Nico, Félix y María salieron de Ghana hacia una mejor vida. Estando ella embarazada del mayor de sus hijos, Iñaki, y sin más garantías que las de la esperanza, se subieron a un camión, atravesaron descalzos parte del Sáhara y treparon la valla de Melilla para llegar a España donde tuvieron que mentir sobre su origen.

Hoy Lamine y Nico son dos de los mejores jugadores de fútbol del mundo, un estatus que no puede ser superado ni por la presidencia de la mayor potencia del orbe. Pero no todos corren la misma suerte. Lo fácil es apoyar al negro que mete goles. Lo preciso es hacerlo con el que recoge fresas y con el mantero de Paseo de Gracia. Porque son muchos y la vida no es fácil. En 1981 los extranjeros censados en España eran el 0,5% de la población total. Hoy son 8,8 millones, el 18,1% de todos los españoles. La evolución de las mujeres en el fútbol es similar a la de los inmigrantes en España. Dos colectivos minoritarios que han sufrido prohibiciones y obstáculos en ámbitos hostiles. En la década de los 80 las licencias femeninas en el fútbol solo suponían el 0,5%. Hoy alcanzan las 108.000 fichas, cerca del 10%.

En una pregunta naranja del Trivial Pursuit de 1984, relativa a deportes, se puede leer lo siguiente: “¿Por qué característica era conocido el equipo de fútbol español Karbo Deportivo?”. La respuesta es tan real como sorpresiva: “Estar formado por mujeres”. Quiero creer que, en el futuro, alguien descubrirá una pregunta naranja del Trivial antigua que pregunte “¿Por qué era conocida la selección española campeona de la Eurocopa de 2024?”. Y la respuesta sea: “Por tener negros”.

Jamás imaginé que el fútbol, el mayor icono cultural y social del capitalismo, pudiese ser el freno de la ultraderecha en Europa. Pero como dijo un negro, al que pretendieron acallar durante 27 años en una celda de 2,4 de alto por 2,1 de ancho, “el deporte tiene el poder de unir a la gente como pocas cosas lo tienen”.

También hace 30 años, Donato Gama da Silva se convertía en el primer negro que jugaba con la selección española de fútbol.

Hoy la asistencia de un negro catalán y el gol de un negro vasco, le dan su cuarta Eurocopa.

Y esto es poesía.

Artículo publicado en La Región.

Kill your idols

La historia de enemistad íntima entre Lakers y Celtics nace del fango del racismo. Red Auerbach es una de sus figuras más polémicas, pero también un judío que en tiempos de segregación fue el primero en draftear a un negro, en alinear cinco negros titulares y en nombrar a un entrenador negro. Todos estos récords llevan el nombre de Bill y el apellido de Rusell, que en aquellos convulsos 60, se convirtió en el icono deportivo negro por excelencia.

A pesar de ello, los robos, pintadas, vejaciones y amenazas en la casa de Rusell eran una constante. Los de Massachussets no querían a los negros y se lo hacían saber. Más del 50% de los aficionados contestaron en una encuesta que en los Celtics había “demasiados negros”.

La némesis de Rusell era, precisamente el icono blanco del baloncesto. Jerry West devolvió el éxito a los Lakers en 1972, pero perdió seis finales contra Rusell. West aseguró por ello haber caído “en lo más bajo”. En 1969, el año de la última final perdida contra los Celtics, el publicista Alan Siegel creó una nueva marca para la NBA y se inspiró en la figura del perdedor blanco, en lugar de la del ganador negro. La fisionomía delgada, el pelo repeinado por detrás de las orejas, la caída de la cadera, los pantalones altos y la camiseta metida por dentro… El blanco aliñado quedaba grabado para siempre en el logo del mayor la mayor liga del mundo.


El icono de la liga femenina no cuenta con una modelo explícita. Se dice que es una celebración de todas las que alguna vez pertenecieron a la WNBA. Pero los aficionados, ávidos de referentes femeninos, centran sus teorías en torno a dos figuras blancas: Sue Bird y Diana Taurasi.


Bird es la máxima asistente de la historia de la liga. Taurasi la mayor anotadora. Bird tiene cuatro anillos con Seattle. Tuarasi, tres con Phoenix. Son las dos únicas que han superado los 500 partidos. Y juntas han conseguido el récord de cinco oros olímpicos en los cinco Juegos que han disputado.


Su rivalidad es una de las más grandes de la historia del baloncesto, pero ni la una ni la otra son tan conocidas como cualquiera de los nombres masculinos. West y Rusell se enfrentaron seis veces en las finales de la NBA; Bird y Taurasi, a pesar de jugar en la misma conferencia, se vieron las caras 46 veces.


La reciente muerte de West se suma a la de Rusell para dejar huérfana a aquella generación de iconos. Con más de 40 años, Bird y Taurasi -esta última todavía en activo- siguen escribiendo la historia del baloncesto femenino.

El logo de los hombres muertos está más vivo que nunca. El de las mujeres vivas, difumina sus historias para convertirlas en fantasmas.


Es lo de siempre.

Revisar nuestros iconos es un ejercicio urgente. Kimberlé Crenshaw acuñó el concepto de interseccionalidad para explicar como “el género, la raza y otras categorías de diferenciación” se unen para formar una “multiplicidad de opresiones”. Las mujeres que juegan al baloncesto no pueden escoger entre ser mujeres o ser negras. Si lo hacen, una de sus identidades quedará relegada a un lugar sin discurso.

Los iconos de todos los colores son tan necesarios como los de todos los géneros.

Artículo publicado en La Región.

El hambre

En ocasiones la astenia primaveral se extiende demasiado para acompañarme hasta el verano junto a los innumerables achaques del hacerme viejo. El cansancio permanente se abraza a los cambios de humor para situarme en el brete de si lo que tengo será algo físico o producto de mi cabeza. De su unión nace la hipocondría que me dice que también tengo Epstein-Barr. El virus afecta al 95% de los adultos entre 35 y 40 años, generalmente deportistas, y cursa con irritación de garganta y una fatiga crónica extrema. Yo, que últimamente toso mucho y me regodeo en la lasitud.

Quién de verdad lo sufre es Mark Cavendish. El de la Isla de Man descubrió su infección con un análisis de sangre en 2018. El codazo de Sagan en la llegada a Vittel le agujereó el omóplato y parte de su alma. Mark se sentía constantemente aletargado hasta el punto de aparcar la bicicleta. El Epstein-Barr le había robado el hambre. Tanto que dejó de comer. Quería ser más ligero para sentirse más rápido. Su compromiso con la competitividad le llevó a provocarse el vómito. Nada de eso funcionó. Fue eliminado del Tour por llegar fuera de control y la opinión pública lo condenó: “está acabado”. A su inapetencia se le sumaba un plato vacío: fue descartado para los Tours de 2019 y 2020. Su médico lo había advertido: “si corres con Epstein-Barr empeoras y ya no puedes recuperarte. Correr algo como el Tour de Francia se vuelve imposible”.

El virus también le quitó el hambre de vivir. Los malos resultados le provocaron una depresión clínica: “No quería hacer nada. No sentía nada”. Otro virus le devolvió las ganas. La terapia, su familia y un confinamiento, la vida. En medio de una pandemia asfixiante, Cavendish volvía a respirar. El tiempo confinado en casa con su mujer y sus hijos reactivó la felicidad de Mark que no estaba en las carreras, sino en la libertad de montar en bicicleta.

Recuperar su cabeza fue el antídoto para recuperar sus piernas. De repente se sentía como un aprendiz famélico que buscaba su primera victoria. Aceptó un mísero sueldo y ser la tercer opción al sprint del Quick Step. Una lesión de Bennett le abrió las puertas del Tour de 2021. No ganó una etapa. Ganó cuatro.

El mismo equipo que lo rescató le dejó sin el premio del Tour de 2022. Fichó por Astana en la que sería su última temporada pero anticipó su marcha por una caída cuando buscaba el récord. El hambre le hizo, con 39 años, cometer la temeridad de apuntarse a un último baile. Tres días llegando al borde del cierre, desencajado y vomitando daban la razón a los detractores. Pero Cav tenía un plan. Su victoria en la quinta etapa le convierten, en solitario, en el ciclista con más etapas del Tour por delante del mejor de todos los tiempos, Eddy Merckx.

El palmarés del belga -cinco Tours, cinco Giros, una Vuelta, tres Mundiales, 17 monumentos, diez clásicas y siete vueltas menores- deja poca duda de ello. Merckx fue un dominador absoluto. Rodador, escalador, contrarrelojista y sprinter. Un caníbal con una insaciable voracidad que engullía títulos sin dejar nada para los demás. Comenzaba en las clásicas de primavera, competía en las Grandes Vueltas de verano, corría los criteriums de otoño y en invierno se bregaba en pista. En total, 525 victorias de 1.800 carreras, una de cada tres.

Reconozco a quien siempre tiene hambre pero valoro más los esfuerzos de quién se ha quedado vacío y busca el remedio para sobrevivir. Comer por glotonería no es lo mismo que comer por la necesidad de sentirse vivo.

El caníbal se ha visto superado, por fin, por el superviviente.

Y me quedo con esa lección de vida para cuando llegue la astenia.

Artículo publicado en La Región.

De ostras y caracoles

Al tiempo que el todavía llamado Cassius Clay ganaba la medalla de oro del semipesado en los Juegos de Roma de 1960, la historia de otro luchador que puso en jaque al imperio en la tercera guerra servil, Espartaco, era llevada al cine por Stanley Kubrick. Pero en la cinta original no se incluyó todo el metraje.

La hoy mítica escena en la que, Craso, interpretado por Laurence Olivier, le pregunta a su sirviente Antonino, al que da vida Tony Curtis, si le gustan las ostras o los caracoles en un sentido netamente metafórico, fue suprimida por los censores del Código Hays:

-¿Consideras que comer ostras es moral y comer caracoles, inmoral?

– No, amo.

– Por supuesto que no, solo es cuestión de gusto.

Y es que en el mundo antiguo, esta cuestión era totalmente baladí hasta el punto que el imperator Julio César era “marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos”. Teodosio y el cristianismo, así como Justiniano y su persecución a los homosexuales, viraron el sentido y comenzaron a sentar las bases de la homofobia.

La moral eminentemente cristiana de los 60, no permitía insinuar que un hombre comiese caracoles, pero tres décadas más tarde, ante un mayor aperturismo, el metraje prohibido se recuperó. La voz de Laurence Olivier, que ya había fallecido, fue doblada por Anthony Hopkins. Los tres implicados en la escena -Olivier, Curtis y Hopkins- suman una docena de mujeres. Iconos completamente viriles hablando de caracoles.

Hoy, han pasado otros 30 años, pero los caracoles todavía resultan indigestos a los censores de la contemporaneidad, que proliferan como jueces de la moral en internet. Así, los que personajes públicos que antes no encontraban oposición alguna a sus gustos, hoy si la encuentran, a modo de injurias.

Dennis González es el deportista de moda. Campeón del mundo en 2023, con los tres oros del Europeo de Belgrado suma diez medallas internacionales en dos años. Es, sin duda, uno de los mejores de la historia dado, además, el escaso tiempo que han tenido los hombres en la natación artística -la FINA lo permitió en 2015-. Los esfuerzos que ha hecho el deporte hacia la igualdad nos llevan a unos Juegos de París en los que por primera vez habrá plena paridad de género. Serán, también, los primeros Juegos en los que los hombres podrán participar en la natación artística.

El pasado martes, tras proclamarse campeón de Europa en solo técnico, Dennis denunciaba innumerables comentarios homófobos en su cuenta de redes sociales y advertía del peligro que supone para los niños que deciden comenzar a practicar cualquier deporte.

La segunda acepción de la palabra viril significa “relativo al varón”. La primera, es un “vidrio muy claro y transparente que se pone delante de las cosas para protegerlas”. Dennis exalta la segunda acepción de su virilidad para, desde la más absoluta transparencia que le confiere la primera, proteger el futuro de los niños y niñas de nuestro deporte.

En los 84 segundos que dura su vídeo, Dennis ha demostrado ser mucho más viril, mucho más hombre, que todos los machos que desde el más absoluto sedentarismo, llevan toda la vida mirando a un plato.

Para ver si el de al lado come ostras o caracoles.

Artículo publicado en La Región.

Nos queda un deseo

A medida que he ido creciendo he comprendido que la cantidad de gente que se nos muere es directamente proporcional a lo viejos que somos. Pero aunque esto obedezca a una lógica aplastante, hay muertes que dejan el termómetro de la senectud temblando, porque cuanto más viejo eres, más difícil es asumir que la gente que te ha acompañado durante toda la vida, también se va.

La muerte de Toriyama me ha vuelto a poner de bruces ante esta realidad. Pero yo ya he estado ahí.

No recuerdo cuándo pero sí recuerdo cómo. Cada domingo y por un período de años, papá y yo visitábamos religiosamente el piso de abajo de La Región. De aquellas entrábamos directamente por lo que era Capitán Eloy con el único deseo de que, en aquellas repisas negras dónde se almacenaban revistas, hubiese una nueva entrega del ‘Dragon Ball’ de Planeta de Agostini. Así empecé a coleccionar un universo de fantasía que empezó por unas grapas y acabó extendiéndose a un torrente de tomos de otros idiomas, enciclopedias, compendios, artbooks, figuras, ilustraciones y, sobre todo, sueños, que nunca se dará por acabado.


En el año 2000, con esa colección ya bastante avanzada, algo se rompió. En medio de mi primer pitillo y mi primer beso, también viví mi primera fake new. Una mañana en la que el sol violaba las cortinas verdes del barracón 3 de Gandarío alguien me dijo que Toriyama había muerto, ultrajando también buena parte de mi infancia. Tan real fue la sensación de pérdida que tan solo años después, en medio de una discusión acalorada sobre la bazofia que supone GT para Dragon Ball, alguien me advirtió de que Toriyama estaba vivo, descendiendo a los infiernos mi opinión de otaku, que yo creía valiosísima.


A pesar del sonrojo, el alivio fue mayúsculo. Porque por la misma razón que cuando alguien se muere sentimos la incómoda evidencia de hacernos mayores, cuando descubrimos que alguien todavía vive, rejuvenecemos.

Y es que yo veo las galaxias de Lucas; los hobbits de Tolkien; el Hogwarts de Rowling; o los superhéroes de Lee; y la obra de Toriyama me sigue pareciendo la mayor y mejor creación que alguien ha podido concebir con una coralidad, unos escenarios, unos tiempos, una narrativa y unos valores perfectamente compensados y válidos para pequeños y mayores, para orientales y occidentales.


En esa coralidad es dónde me refugiaba yo.

Supongo que un mundo en que los perros son personas, se cambia de carácter a estornudos, las máquinas cobran vida y los extraterrestres nos visitan, es el mejor escenario para un niño que huía de una realidad cáustica en el colegio y que deseaba llegar a casa para esconderse entre tanta diversidad. Toriyama nos dio, a todos, un espacio en el que recrear nuestra fantasía y, a algunos, un lugar en el que sumergirnos mientras tronaba a nuestro alrededor. Porque por muy vulnerable que me sintiera, la ilusión de practicar el “kamehameha” o convertirme en “supersaiyajin” delante de un espejo me hacían sentir tan inmortal como si bebiese el agua del duende Karin.

Pero incluso antes de los mangas, los gallegos ya lanzábamos la “onda vital xa!”, sentíamos “la carraxe de Son Gohanda”, nos recuperábamos con “feixóns máxicos”, y elegíamos entre “Toranks o Vexeta”. La decisión pionera de nuestra televisión de emitir el anime fue la mayor contribución audiovisual a nuestro idioma y la posibilidad de sentir como propio aquello que venía de más allá de 10.000 kilómetros generando lo que hoy es un producto audiovisual de culto. Y eso es lo que nos permite a todos sentir a Goku como nuestro.

A los pocos días de que me dieran la noticia falsa sobre la muerte de Toriyama, mi padre vino a recogerme al albergue para irnos a la feria del cómic de Coruña. El que se murió de verdad fue él tres años más tarde y tuve que continuar yo solo la colección que habíamos empezado juntos. Lo que más echo de menos es la forma en que ambos buscábamos entre las cajas de cartón los números que nos faltaban.


Hoy, ya hace más de un mes que Toriyama ha muerto y aunque sigo esperando a que alguien me corrija provocándome el sonrojo, parece que esta vez es cierto. Sé que ni Shenron ni Polunga pueden resucitar a nadie que haya muerto por causas naturales, pero mi padre y Toriyama siguen todavía hoy salvando mi infancia. Toriyama por crear siete esferas mágicas y mi padre por ponerlas en mis manos.

Mi yo niño dejó escrita una nota para mi yo adulto en la que ponía: “nunca tires los cómics de Son Goku, porque me gustan mucho”.

Santificar aquellos cómics durante tantos años, permiten a aquel niño y a su padre vivir para siempre en mí.

Artículo publicado en La Región.

Dolor no es daño

Hace algunas semanas estuve de baja por el maldito síndrome del colon irritable. Desde que lo sufrí por vez primera lo he intentado paliar sin gluten pero con meditación, deporte y dos tatuajes en los sitios en los que mi vida parece combustionar cuando entro en crisis. En el colon descendente -donde se almacena todo lo que rumio- tengo una frase de Ovidio que dice que sea paciente y duro, que algún día “este dolor será útil”. En el colon ascendente -cerca del hígado donde se fabrica la hipocondria- otra de Faulkner que me recuerda que entre el dolor y la nada, “elegiría el dolor”.

Pero todo esto tiene teoría y práctica.

La explicación teórica me la concedió hace unos días el maestro Pablo D´Ors al apuntar que, al contrario de lo que pensamos, dolor no es daño.

La explicación práctica nos la ha regalado Carlos Alcaraz.

El 9 de junio de 2023 en la primera semifinal de Roland Garros, un Carlitos de 20 años se acalambraba por completo ante la figura y el juego de Novak Djokovic. Lo hacía en el segundo juego del tercer set, en un momento en el que el murciano contaba con todas las papeletas para meterse en su primera final del torneo parisino.

Pero aquellos calambres no le permitieron mantener el nivel y Carlos claudicaba movido únicamente por el orgullo de permanecer en pie. En la rueda de prensa posterior lo reconocía: “tuve calambres por los nervios y la tensión de jugar con una leyenda”.

Los calambres musculares son contracciones o espasmos súbitos e involuntarios. Suelen ser muy dolorosos, pero son benignos y casi nunca implican lesión. Por ello, lo más inteligente parece ser hacer estiramientos y mantener la calma.

Hoy, un año después de aquella fatídica tarde, Alcaraz ya tiene su primer Roland Garros y su tercer Grand Slam. Y lo ha hecho transitando por el dolor.

El pasado viernes -ya, o tan solo, con 21 años-, Carlitos se volvía a acalambrar ante el nuevo número 1 del mundo, Jannik Sinner, en la primera semifinal de Roland Garros. Misma situación, mismo escenario, mismo miedo. Diferente solución.

En la rueda de prensa posterior repitió la misma afirmación del año anterior: “tuve calambres” añadiendo, en esta ocasión, una cláusula adversativa: “pero aprendí de la semifinal del año pasado”.

Puede que el tenis sea el deporte más exigente, mental y físicamente, pero de lo que estoy seguro es de que es la mejor metáfora de vida. Es por ello que, aprender del dolor, entenderlo e interpretarlo, parece el único modo de salir victorioso. Carlos va un paso más allá y abraza el dolor para disfrutar con él: “you have to enjoy suffering”.

Carlitos también tiene dos tatuajes. Son las fechas en las que conquistó sus primeros dos Grand Slam. Quiero creer que, como a mí, le recuerdan que tiene calidad suficiente para afrontar lo que venga y que, en los momentos de mayor sufrimiento, dolor no es daño.

No sé cuándo se tatuará Carlitos la fecha de su tercer Grand Slam, pero yo, si tuviese que escoger otro elegiría otra frase de Concepción Arenal que dice que “el dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro”.

Y es ahí cuando la victoria pertenece al más tenaz.

Artículo publicado en La Región.

A Calpurnia, lo que es de Calpurnia

En un comercial de Orange Mbappé y Griezman realizan diabluras con un balón para la locura de los aficionados. Pero es mentira. Quienes hacen esos regates no son hombres. Son mujeres. Los movimientos de las jugadoras francesas Karchaoui o Le Sommer fueron manipulados con VFX para simular que eran de estrellas masculinas. Supongo que lo que quiere decir el anuncio es que no existe ninguna diferencia entre ellos y ellas, pero que, al mismo tiempo, todavía estamos en un momento en el que no podemos darle de comer brécol al pueblo sin camuflarlo con jamón.

Hoy, estamos más cerca de que el público quiera tanto una cosa como la otra, porque el fútbol femenino ha creado, de la nada, su propia inercia.

A los recuerdos imborrables que se amontonaban en el hipocampo colectivo como la vaselina de Torres, el cabezazo de Puyol o el pie de Casillas, ya se le han añadido otros como el zapatazo de Tere, la revolución de Salma o los disparos de Carmona. Porque gracias a este Mundial, muchos niños que hace 21 años madrugaban para ver un partido de hombres en Corea y Japón se han convertido en adultos que, con la misma ilusión, se han levantado temprano para ver un partido de mujeres en Australia.

Y es que no. No hay ni diferencias ni similitudes. Porque no tiene que haberlas. El fútbol femenino es un libro blanco que está escribiendo su propia historia sin parangón con nada anterior. Porque en nada de lo anterior han estado.

Pero la retahíla de sandeces con peste a esmegma y Varón Dandy aún ha de ser soportada.

Si dices que “el fútbol femenino es infumable” estás confundiendo subjetividad con objetividad. Si no te gusta nadie te pide que lo consumas, pero recuerda que nadie, absolutamente nadie, te ha preguntado tu opinión.

Si dices que el “el fútbol femenino no genera interés”, desconoces los récords de audiencia y asistencia y que, por ejemplo, el 33% de la población aussie vio la semifinal de su país.

Y si dices que “no puede haber igualdad salarial porque las mujeres no generan repercusión y que así es el mercado”, estás validando un sistema capitalista eminentemente masculino al que las mujeres se incorporaron dos siglos después de su invención por causa obligada de una Guerra Mundial, pero a las que nunca, como en otros muchos ámbitos, se les ha consultado tan siquiera su punto de vista.

Porque el primer mundial de hombres se jugó en 1930 y el primero de mujeres en 1991.

Porque los hombres reciben 400 millones de dólares en premios y las mujeres 60.

Porque si hace cien años, Nita Carmona tenía que vendarse los pechos y recogerse el pelo para poder jugar al fútbol e Irene González era sacada a garrotazos por su padre de los campos; hoy, otra andaluza -Olga- y otra gallega -Tere- las han convertido a ellas y a todas en campeonas del mundo.

Los goles son de ellas.

La lucha es de todos.

Así que si no sumas, dimite y no molestes.

Porque por primera vez los aplausos no tienen que ser para ti, hombre.

Y no pasa nada.

Artículo publicado en DxT Campeón.

El fútbol es Dios

Si buscas la palabra Dios en Google obtienes 537 millones de resultados. Si buscas Messi, tendrás 341 millones. Con Putin te salen 288 y si lo que escribes es Siria, tan solo 71, por lo que parece una buena forma de averiguar dónde se encuentra la conciencia de los hombres.


Las escrituras marcan que este Mundial estaba predestinado a convertirse en el mayor evento deportivo de la historia. Y para ello, los derechos de trabajadores, mujeres, comunidad LGTBI y libertad de expresión, no iban a ser ningún óbice. Las tres instituciones más patriarcales -capitalismo, religión y fútbol- tejieron una red de socialización, donde todo vale en el nombre del Santo Grial: la Copa Mundial de Fútbol.


La religión nace por un deseo de los hombres de calmar su incertidumbre ante lo desconocido. Estamos habituados a vincular la religión con el Dios del que nos hablan, pero no siempre es así. La religión se forma cuando la sociedad encuentra un lugar en el que depositar su esperanza y convertir sus creencias en rito. Y si la idea de Dios ha dado paso a la figura de Messi, la eucaristía se ha transfigurado en un ritual de 90 minutos.


Ferry y Gauchet aseguran que el ser humano tiene la capacidad de divinizar, de sacralizar cualquier objeto profano. Un ejercicio que empieza en el siglo XVIII con la razón y que desemboca en el XXI con el fútbol. Vivimos una época en la que los templos se vacían y los estadios se anegan, en la que la religión tradicional decae pero en la que los fundamentalismos se extienden como un tumor maligno que pone en riesgo la tolerancia firmada en 1648 en Westfalia. Porque cualquier idea que ocupe el lugar de lo religioso, produce violencia.


Lo ocurrido en Qatar da buena cuenta de ello. El homicidio impune de 6.500 trabajadores en los estadios, las condiciones abusivas, las amenazas, la violencia sexista o la desigualdad flagrante han sido negadas por todos sus implicados. El ‘Qatargate’ -que comenzó como un informe de 430 páginas que destapaba las vergüenzas de la FIFA- ha extendido sus tentáculos hasta el Parlamento Europeo y los responsables sindicales que habrían dulcificado lo ocurrido en Oriente Medio cuando el trabajo por el que les pagan -y mucho- debería ser todo lo contrario.


Cuando Marx dice que la religión es el opio del pueblo se refiere al aturdimiento que sufre la población que cree que compensará su miseria con las promesas del más allá. Hace años que el escritor uruguayo -la patria del primer campeón mundial- Eduardo Galeano, popularizó una frase que decía que el fútbol era el opio del pueblo. El último mundial ha confirmado su predicción.

Lo único que faltaba para ello era la intervención de la magia. El mundial de Qatar se ha celebrado de modo extraordinario, durante la Navidad, para escenificar este trasvase de poderes: la canonización del fútbol entre petrodólares -lo nuevo sagrado- se ha adelantado una semana al nacimiento de Cristo en un pesebre -lo viejo sagrado-.

La última justa de un futbolista argentino al que llaman Dios para convertirse en el mejor de todos los tiempos y devenir inmortal, se ha librado en Qatar; a escasos kilómetros del mayor productor de opio del mundo. Lo ha hecho guiado desde el cielo por otro jugador argentino que también es Dios pero “más importante que él, porque fue Dios antes que él” (Juan 1:1-25). Con el aplauso encolerizado de las masas que han indultado los pecados de violencia de género del primero y de fraude fiscal del segundo. Y usando los métodos que durante tanto tiempo le han funcionado a lo viejo sagrado: la santificación del domingo, la agonía en la cruz y una milagrosa resurrección.


Qatar ha propuesto el espectáculo más macabro de esclavitud, machismo y corrupción, y no solo lo hemos consentido, sino que lo hemos convertido, definitivamente, en nuestra nueva religión.

Artículo publicado en La Región.

El pezón de Venus

Siempre me he preguntado si es legítimo traer vida a este mundo infame sin consentimiento previo del nonato. Creo que tener un hijo es un acto narcisista, egoísta y cruel. Pero lo quiero tener. Supongo que mis dudas se despejan cuando calculo que, siendo la mitad de bueno de lo que fue mi padre, al niño que no pide nacer, ya le habrá valido la pena.

No tengo información suficiente para asegurar que King Richard no lo haya sido. Ni autoridad para desdecir las maravillas que cuentan las Williams. Ni siquiera para juzgar la perspectiva sobre la que se enfoca la película que producen. Pero es que nadie les ha dado la oportunidad de conocer otra cosa que no sea jugar al tenis. Y si hay algo peor que decidir la vida de alguien es decidir cómo debe vivirla.

Es una decisión que Richard Williams toma en 1980 al ver a una tenista rumana ingresar 40.000 dólares por ganar un torneo. A la mañana siguiente le dice a su mujer, Oracene, que deben tener más hijos y hacerlos tenistas.

372178 06: FILE PHOTO: Richard Williams, center, with his daughters Venus, left, and Serena 1991 in Compton, CA. Serena and Venus Williams will be playing against each other for the first time July 6, 2000 in the tennis semifinals at Wimbledon. (Photo by Paul Harris/Online USA)

La intenta convencer con cenas románticas e incluso le retira sus píldoras anticonceptivas. Mientras tanto, se empapa de literatura tenística para que Venus y Serena comiencen a pegar raquetazos a los 3 años.

El éxito de las hermanas Williams es un éxito de educación. Porque la doctrina que les instruyó su padre -recogida en un manual que de 78 páginas- funcionó. Aunque bien podrían haber acabado en una espiral de drogas, denuncias y agresiones como ocurrió con Jennifer Capriati, porque sobre el respeto a sus propias vidas, nadie les dijo nada.

No sé quién decidió que el papel de Richard Williams lo interpretase Will Smith, pero no hay dudas de que el casting fue un acierto. Tomar decisiones sobre a otros miembros de la familia identificados como débiles es una tarea que se le presupone a los hombres.

Y ahí confluyen personaje y actor. Cuando creen que lo mejor para ellos es lo mejor para su familia. Richard decide que sus hijas deben jugar al tenis para llenarse los bolsillos de dinero. Will decide que su mujer debe ser vengada con violencia física para llenarse los bolsillos de honor.

Lo hacen quizás también por miedo. Por la lastimosa contemplación de las alternativas. Ser padre de una familia numerosa, pobre y marginada en Compton o ser marido de una mujer señalada por calva en Filadelfia no son estatus que se correspondan con la robustez de su hombría que, como sus hijas y su mujer, es suya y nada más que suya.

Este comportamiento también es educado. El padre de Richard Williams observó como su hijo era apaleado por el Ku Kux Klan sin mover un dedo.

El padre de Will Smith golpeó a su madre hasta escupir sangre delante de su hijo. El hijo de Will Smith dice ahora que “así es cómo nos las gastamos”.

Entre los tres sucesos transcurre más de un siglo de heteropatriarcado e invisibilización de la mujer. Las priápicas figuras de Chris y Will, su varonil psique -el humor de uno y la rabia de otro- ensombrecen la presencia de cualquier rasgo femenino. Miento.

Las porciones del cuerpo de la mujer, como el dibujo de las diferentes partes de un cerdo en una carnicería, sí copan portadas. De ahí la importancia del pelo de Jada Pinkett. O mejor dicho su ausencia. Porque en una mujer está feo no tenerlo. Su opinión da igual, aunque nadie se haya molestado en preguntársela.

Como su marido no le preguntó si le parecía bien partirle el maxilar al humorista. O si prefería hacerlo ella misma, aunque siendo mujer, seguramente no sepa.

Si la opinión de Jada Pinkett tuviese tetas, otro gallo cantaría. En el momento del discurso de Will las cámaras enfocaron a Venus Williams porque su vestido dejaba entrever un pezón.

El pezón de una mujer negra. Que era más importante que todo lo demás, porque un pezón es superior a una calva.

Y porque ambos, en el cuerpo de una mujer, son enfermedades.

Artículo publicado en El Correo Gallego.

El león que ascendió del infierno belga

La nobleza del león británico, Winston Churchill, hizo que escogiera el deporte de William Web Ellis como su favorito, llegando a asegurar que: “el rugby es un deporte de hooligans jugado por caballeros”. Supongo que el XV del León, por compartir tal apodo felino, también tiene algo de lo que tenía Churchill. Su historia así lo refleja.

Un 18 de marzo, pero de 2019, la selección española de rugby jugaba un partido por el que llevaba esperando 20 años. Ese era el tiempo transcurrido desde que España accedió a su primer y único Mundial, el de Gales de 1999, tras clasificarse ante Portugal. De haber ganado en el Petit Heysel de Bruselas, España habría jugado el último Campeonato del Mundo, el de Japón 2019. Pero no fue así.

España y Bélgica se enfrentaban en el último partido de la Rugby Europe International Championships por las dos plazas directas que daban acceso a Japón. Una tercera selección, Rumanía, esperaba el resultado para evitar la repesca. La Federación Europea, dirigida por un rumano, cometió la tropelía de designar a otro rumano acusado de corrupción para arbitrar la contienda hispanobelga que dirimía el futuro de su país.

Y Bruselas se convirtió en un infierno. El plan de los leones era volver a paladear la sangre de los Diablos Rojos tantas veces derramada. Pero el árbitro Vlad Iordachescu tomó el legado de su homónimo y paisano Tepes para cambiar las heridas y, con innumerables golpes de castigo, succionar la poca sangre de un león sin melena ni hegemonía en un partido para el olvido.

Como si los leones fueran descuajados de su hábitat, los jugadores de la selección enajenaron a la conclusión del partido y provocaron una lamentable tangana que nada tiene que ver con la nobleza del rugby.

La selección española pidió que se repitiese el partido, pero la World Rugby dejó a los tres países en liza sin el Mundial de Japón.

De algún modo, el rugby no quería que España se clasificase para aquel Mundial de Japón. No así. No de aquella manera. Los leones expiaron sus pecados y los de rumanos y belgas para regresar a sus orígenes y verse delante de una nueva oportunidad histórica, otra vez contra Portugal, esta vez sí, 23 años después.

El infierno de Bruselas cumplió este viernes tres años y lo hace con España legítimamente clasificada para otra cita mundialista, la de Francia.

No tengo dudas de que la intercesión de Kawa ha sido clave, porque esta manada henchida de cicatrices, también tiene ángel.

Dicen que los leones duermen gran parte del día pero hay quince que se han despertado y rugen porque tienen hambre.

Artículo publicado en El Correo Gallego