Ourense, capital Nairobi

Hubo un tiempo en que la capital de Ourense era Nairobi. En la primera década del nuevo milenio los atletas kenianos se instauraron en el podium de la San Martiño con una frecuencia convertida en hábito. Fue un fenómeno que ya se puso en marcha en los últimos coletazos del siglo XX. Robert Mudago, David Kemei, Philip Kipkoech, David Kilei, Peter Kamais, Masai Titus, Sergei Barnaba o Daniel Kiplagat, entre ellos; así como Salina Kosgei, Irene Kwambai, Beatrice Jepchumba, Salome Chepkwenoi o Joyce Chepkirni, entre ellas, se convirtieron en las y los absolutos dominadores de unos diez quilómetros en los que rara vez un corredor blanco conseguía situarse en las primeras posiciones de aquella locomotora negra.

Era otra época en la que un rebumbio cosmopolita agitaba la consabida parsimonia de Ourense para arrastrar a cualquier espectador a la hipnosis de la serpiente multicolor. Las carreras populares de atletismo se parecen, irremediablemente, a la mesa de estudio de un opositor. Y, cuando juntas en la misma prueba a diez mil almas ataviadas con camisetas de los colores más llamativos, es probable que agotes, en más de una ocasión, la gama cromática de los subrayadores Stabilo.

De la mano de mi padre comencé a contemplar aquel espectáculo para los sentidos. La calle ourensana de tautológico nombre, El Paseo, ofrece medio kilómetro de carrera desde los jardines Padre Feijóo hasta el parque de San Lázaro. Nos situábamos a los pies del majestuoso edificio Viacambre, porque también era el lugar elegido para cabalgatas y procesiones, pero cualquier espacio de aquel vial era una explosión de ocio. Estaban las atracciones del salón recreativo de la cafetería José Antonio, los helados de la Ibense, las garrapiñadas de la Grandina, los muñecos de goma del Bazar la Gallega, las revistas de La Región, y el baqueteo incesante de la batería de Andrés Abellás. Pero cuando los días se hacían más cortos y el suelo se cubría de un manto de hojas, el aroma a castañas asadas y chocolate con churros se apoderaba de una calle que también encontraba su atractivo en aquella maraña fluorescente de piernas fibrosas que pisaba sus charcos de manera vertiginosa.

Hoy han cambiado muchas cosas, quizás demasiadas, de esa lista de recuerdos felices de un Ourense vintage. Pero ver cómo la ciudad se sigue echando a la calle para hacer deporte cada fin de semana más próximo al 11 de noviembre nos hace regresar a un desván lleno de memorias vívidas. Ourense seguirá construyendo, por muchos años, esa serpiente multicolor que embriaga a los pequeños y enorgullece a los mayores.

Haber recorrido la calle del Paseo en sentido inverso al habitual ha sido una maravillosa experiencia de regresión. De rebobinar las manecillas del reloj para volver a todos aquellos lugares en los que fuimos felices. De ver a mi padre animando a los pies del majestuoso edificio Viacambre y de volver a ser un niño feliz pisando los charcos del otoño.

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Mis muertos favoritos

Desde la noche del 31 de octubre los muertos de la cultura mexica regresan del inframundo. Para darles la bienvenida, en el Altar de Muertos se colocan, entre otros enseres, sus objetos de uso cotidiano. Si tuviese que hacer mi propio altar colocaría una canasta, una bicicleta, una portería, un listón de altura y unos guantes de boxeo para que algunos de los mejores deportistas de la historia -por lo que hicieron y por cómo lo hicieron- regresasen del más allá y aliviasen la sed de referentes de la que adolecemos.

La bicicleta es para Alfonsina Strada. Fue una de las pioneras en la igualdad con su competencia en carreras masculinas, venciendo en 36 ocasiones. Nacida en una familia humilde, su padre consiguió su primera bicicleta canjeándola por gallinas y su primer marido fue su gerente. Llegó a inscribir su nombre en el Giro de Italia, siendo la única mujer en lograrlo. Falleció trágicamente a los 68 años cuando su moto se le cayó encima al intentar arrancarla.

Con la canasta invocaría a Bill Russel. En los 60 lideró a los Celtics para convertirse en el jugador con más anillos, pero lo hizo en un nido de racismo. El público de Boston se quejaba de que en el equipo “había demasiados negros”, su casa fue saqueada y su presencia restringida en espacios públicos. Destacó por su lucha por los derechos civiles y marchó sobre Washington en 1963 acompañando a Luther King. Aunque no le gustaban los homenajes, la NBA retiró su dorsal. Falleció en 2022 en la tranquilidad de su casa.

Con la portería de fútbol haría regresar a Mykola Trusevych. El mítico portero del Dinamo se ocultó en una panadería cuando Alemania invadió la Unión Soviética. reclutó a otros jugadores para formar un nuevo equipo, el Start, que arrasó a todas las guarniciones militares contra las que jugó. El ‘Partido de la Muerte’ los enfrentó a una selección del Tercer Reich. Los soviéticos fueron exhortados a perder y amenazados de muerte. Trusevych aseguró que jugarían al límite y vencieron 5-3. Fue fusilado en el campo de concentración de Siretz.

El listón es de Alice Coachman. Su lugar de privilegio lo comparte con Hélène de Pourtalès, primera competidora y Charlotte Cooper, primera campeona olímpicas. Alice fue la primera negra en ganar un oro. A su regreso a Albany, su ciudad natal, se organizó un desfile en el que no pudieron participar los negros y el alcalde se negó a estrecharle la mano. Se retiró y se dedicó a la educación. Desde su fundación se ayuda a los atletas con pocos recursos. Murió en 2014 de un paro cardíaco.

Y el lugar más destacado lo reservo para el mejor de todos los tiempos. Con un récord de 56-5, Mohammad Ali ha sido, probablemente, el deportista más comprometido. Campeón olímpico, tres veces campeón lineal y con cuatro cetros mundiales, emprendió una enérgica lucha en favor de los afroamericanos. Su conversión al islam y, sobre todo, su negativa a Vietnam se convirtieron en hitos que pusieron el peso de lo social por encima de lo deportivo. Alimentó de esperanza a los más desfavorecidos con peleas como el ‘Rumble in the jungle’ en el corazón de Zaire que hoy cumple medio siglo. Falleció en 2016 a causa del Parkinson.

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Schadenfreude

En 1995 George Weah se convirtió en el primer jugador no europeo en ganar el Balón de Oro. El liberiano había asombrado al mundo siendo el máximo goleador de la Liga de Campeones, pero su papel excedía, en mucho, al fútbol. Fue emabajador de Unicef, realizó una labor humanitaria inmensa y cursó Empresas y Criminología para poder dirigir a su país apoyando a las clases más desfavorecidas y afectadas por la guerra.

El lunes, sobre las 22,30, Weah salía al estrado del Théatre du Chatelet de París para escenificar el trasvase de lo que debe ser el fútbol. En una entrega llena de simbología no sucedió lo que todo el mundo creía. Con una Supercopa, una Liga, una Champions, 24 goles y 11 asistencias debajo del brazo, Vinícius se quedó sin un premio que se daba por sentado. Él mismo, tras el 0-4 del sábado en el Bernabéu, se dirigió a Gavi para mofarse de su estatura y acompañarlo con un “sí, sí, pero el lunes voy a París a por el Balón de Oro”. Pues no Vini. No vas a ningún sitio. Al menos por ahora. Las continuas faltas de respeto, burlas y protestas que bullen en tu cabeza te quitan de las manos un premio, que habrías ganado por lo bien que lo haces con los pies. Pero es que si toda profesión debe ser un todo integral que también nos defina como personas, más el fútbol por la enorme capacidad imitativa que despierta entre las masas.

Que en este primer año que la UEFA coorganiza el premio se haya añadido un criterio que mide “comportamiento ético, clase y juego limpio” me parece un tremendo acierto para que el fútbol comience a cambiar un rumbo devastador que lo ha convertido en una diana llena de dardos para el prójimo.

Y aquí entramos nosotros que nos pasamos una semana entera esperando un partido para poder manchar el honor de nuestro compañero de oficina o cargar la inmensidad de las redes de soflamas. En ese enardecimiento colectivo nos olvidamos de que, cuando llegue mayo, todos sufriremos el mismo hachazo de Hacienda o que una ortodoncia para nuestra hija sería un revés difícil de asumir para todos los que no ganamos un duro con este circo. Y decimos “qué sería del fútbol sin estas pullitas”. Pero el fútbol no es eso. El fútbol no puede ser un lapso de 90 minutos que dirima nuestro estado de ánimo y que nos haga transitar el sinuoso camino entre la depresión y la euforia que destroza nuestro juicio.

El fútbol está enfermo de schadenfreude. Un sentimiento de alegría generado por el sufrimiento, infelicidad o humillación de otro. Los movimientos anti predominan en un sector en el que muchos se identifican más por fobia que por filia. Es lo que nos han enseñado y lo que nuestros hijos ven por televisión. No solo importa ganar, sino también restregárselo al de al lado.

En el Balón de Oro que Weah le entregó a Rodri está la esperanza: “un chico normal, con valores, que estudia, que intenta hacer las cosas bien y que no se fija tanto en los estereotipos de fuera del fútbol”. Es precisamente en ese modelo, y no en otro, donde creer en un fútbol totalmente diferente al actual, es posible.

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El silencio

En la mañana de ayer la cuenta de Instagram de Cristina Fallarás era clausurada.

Desde 2018, la periodista recopila en su perfil los testimonios anónimos de millares de mujeres que se sinceran ante ella en lugar de hacerlo ante los tribunales o los medios para denunciar las agresiones, maltratos y violencias que han vivido. Probablemente, el miedo a no ser creídas o señaladas es lo que les impide alzar su voz.

Si se cierra la cuenta de Cristina no se silencia a Cristina, sino que se le apaga la voz a las miles de mujeres que, por fin, se animan a extirpar su trauma.

Hace tres días, uno de los tantos relatos que acumula la cuenta de Fallarás, acusaba a un un político. Horas después Íñigo Errejón abandonaba la política con un mensaje ambiguo en el que se podía entrever algo más. Ese algo más eran, efectivamente, varias denuncias por violencia sexual.

La historia nos deja la contraposición de dos silencios: el cómplice e incomprensible del círculo íntimo de Errejón y el mancillado y desgraciadamente entendible de las víctimas.

En una de sus últimas entrevistas, Cristina Fallarás describe la “humillación del silencio de los hombres” y lamenta “lo doloroso que es que no hayan hecho nada” centrándose en la pena de que “ningún futbolista levante la voz”.

Lleva razón. Mientras a ella la bloquean, las redes sociales del mundo del fútbol acaparan un enorme público. El partido de anoche entre Madrid y Barça cuenta con una audiencia potencial de 650 millones de espectadores, dos veces la población de Estados Unidos. Además, el Real Madrid es el equipo con más seguidores en Instagram -168 millones- y el Barcelona es el segundo -130 millones-.

Pero por ahora, el fútbol no es el mejor ejemplo.

Los futbolistas de élite siempre encuentran una salida. Una vida extra que les conduce a la condonación de su deuda. Su omnipotencia en una sociedad enferma les otorga la prebenda de la santidad. Dani Alves, en libertad provisional por el precio de un millón de euros. Los jugadores del Arandina que agredieron sexualmente a una menor de 15 años con una pena reducida de 38 a 9 años. Santi Mina, condenado por un delito de abuso sexual, jugando en Arabia. O un sector de un estadio cantando aquello de “no fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien” cuando su jugador, Rubén Castro, estaba acusado de violación.

Mientras Elisa Mouliáa, la primera mujer que cometió la osadía de abandonar el anonimato de las agresiones de Errejón, tiene que justificarse de lo ocurrido -ella, que es la víctima-, 85.000 gargantas corean en el Bernabéu el nombre de Mbapée, el octavo deportista con más seguidores en redes que tiene encima de la mesa una denuncia por agresión sexual sin resolver.

Meta decide a quién le da voz y a quién se la quita. Pero nosotros tenemos un poder mucho mayor que es el de no callarnos nunca. El fútbol, con su enorme poder, debe castigar a los agresores porque como dijo Gisele Pelicot, “la vergüenza no debe recaer en mí, sino en ellos”.

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Un partido que jugamos todos

Si trazamos una lista de deportistas que han superado un cáncer puede que todos, o la gran mayoría de los nombres que recordemos sean masculinos: Lance Armstrong, Eric Abidal, José Francisco Molina, Lubo Penev, Alonzo Mourning, Carlos Roa, Arjen Robben… No es más que otro ejemplo de que el inmenso altavoz que posee el deporte está desequilibrado pero, mientras muchos intentamos corregirlo, conviene recordar otras historias felices protagonizadas por mujeres.

El partido más importante de Martina Navratilova no ha sido ninguno de sus 59 Grand Slams. En 2010, se le detectó un cáncer de mama. Un diagnóstico que se repitió en 2023, acompañado de otro de garganta. Durante la enfermedad, agotada por el tratamiento, hacía yoga. Hoy, totalmente recuperada, sigue practicando tenis y esquí.

Un mes antes de los Juegos de Londres, Novlene Williams-Mills recibía la noticia de su cáncer de mama. Decidió mantenerlo en secreto. Ganó un bronce en los relevos y regresó ipso facto para pasar por quirófano. Se sometió a una doble masectomía. En 2016 volvió a los Juegos y ganó una plata.

Edna Campbell fue campeona del mundo de baloncesto en 1998. En 2002 se le detectó cáncer de mama. A pesar del diagnóstico siguió jugando con su equipo mientras recibía el tratamiento. Se retiró en 2006 dejando para la historia uno de los momentos más inspiradores de la WNBA.

Chaunté Lowe ganó un bronce en salto de altura en los Juegos de Pekín. En 2019 le diagnosticaron cáncer de mama. Tras una masectomía doble y cinco meses de quimio, superó la enfermedad y volvió a las pistas. En Tokio participó en sus quintos Juegos.

La incredulidad de cómo puede entrar el cáncer en un cuerpo sano que no bebe, no fuma, hace ejercicio diario y come de manera equilibrada, es común en todos sus testimonios. Pero esos hábitos se convierten también en una garantía de éxito. Una vida activa y saludable ayuda no solo a prevenir el cáncer, sino también a mejorar la supervivencia de quienes lo padecen. Y no solo por los evidentes beneficios físicos, sino por tener la cabeza centrada en una meta.

Desgraciadamente, a veces, no es suficiente.

El cáncer de mama es cacareado el 19 de octubre, donde todo se cubre de un vaporoso y efímero manto rosa. Pero esto no es Halloween, el Black Friday o los Días de Oro del Corte Inglés. Afecta a una de cada ocho mujeres, siendo el más diagnosticado y la principal causa de mortalidad. Es paradójico ver como las situaciones que nos tocan tan de frente, se restringen a una oferta de 24 horas en la que presumir solidaridad. Ocurre con todo lo que no es propio de la virilidad como el orgullo o el día de la mujer. En la reivindicación finita de estos asuntos, zumban los alaridos desde las cavernas que reclaman atención: ¿Para cuándo el día del hetero? ¿Y el del hombre? La respuesta es fácil: no hacen falta.

Que una causa posea un día internacional tan remarcado refleja una urgencia palmaria de esfuerzos, investigación e inversión. Es cierto que la mortalidad del cáncer de mama se ha reducido un 40% desde 1980 y que 9 de cada 10 mujeres con un diagnóstico temprano lo superan, pero solo cuando se salven todas, el lazo rosa pasará a ser una reliquia de tiempos remotos.

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Padiola, cambadela, apupos

Onde Marcel Proust coloca unha madalena, eu coloco un bocadillo de manteiga. A madalena conduce á súa personaxe á casa da tía Leoncia en Combray invadíndolle unha alegría desmesurada. A min, nunha viaxe de éxtase paralela, o bocadillo de manteiga lévame á salita da avoa na rúa Cardenal Quevedo onde devoro aquel manxar acompañado dun zume tropical, cando aínda se chamaban BioFrutas e sempre, sempre, sempre, vendo o tótem da nosa infancia: o Xabarín Club.

As Bólas Máxicas, xa emitidas antes da canle do porco bravo, impulsaron un idioma que os cativos falabamos no recreo. Loitabamos posuídos pola carraxe de Son Gohanda, recuperabámonos con feixóns máxicos e ameazabamos con esnaquizar miñocas convertidos en superguerreiros. Tempo despois, outros debuxos completaron a obra matria do galego: Doraemon e o seu “peto máxico”; un Sin Chan “falangueiro, descarado e bo larpeiro” ou Beakman, ao que había que enviarlle as preguntas sobre o mundo a un enderezo postal de Kansas City, Misouri.

Pero para a maioría dos que hoxe peiteamos canas, a televisión propia era protagonista doutro momento de xúbilo ao abeiro da noite. Dende 1990 a FORTA tiña a exclusividade do mellor partido da xornada, que se emitía os sábados ás 21 horas nunha época na que o fútbol tamén era para os pobres. E entón, os mesmos rapaces que cantabamos os retrousos de Siniestro Total ou Heredeiros da Crus con sete vogais, comezamos a imitar as voces e o vocabulario de Manuel Pampín, Terio Carrera, Alfonso Hermida ou Luis Timiraos.

Aprendemos que os xogadores lesionados marchan en padiola cunha escordadura no nocello; que unha viravolta é unha cambadela; que os saques de esquina bótanse dende o curruncho; que cando os seareiros se amolan chegan os apupos dende a bancada; que os futbolistas descansan no tempo de lecer e que o balón pode golpear no traveseiro, marchar a rentes do pau ou vir dun rexeite do gardamallas. Sería imperdoable esquecer a galeguización dos antropónimos neerlandeses como Coquí, Kloifert, Saidorf ou Fan Jal, nun fenómeno que xa é parte da nosa idiosincrasia.

O deporte descubriuse como unha ferramenta poderosísima para dinamizar o galego entre os máis pequenos co carácter melifluo dun campo semántico que agarima os ouvidos. Hoxe, os nenos teñen outra influencia ben distinta: crossfit, deuce, power clean, running, rookie, final four, holeshot, pole, pit lane, boxes, hat-trick, MVP.

Segundo o avance da enquisa do IGE sobre o uso do galego, só o 16% dos rapaces de 5 a 14 anos fala galego sempre ou máis ca o castelán. Probablemente, a razón de que os cativos de agora coñezan o galego pero o falen menos ca antes é porque trocaron o Xabarín por youtubers e o fútbol en aberto por canles estranxeiras en streaming. 

A retransmisión da TVG dalgúns partidos do Celta alimenta as esperanzas de recuperar un pasado no que o que máis nos abraiaba aos pequenos -os debuxos e o fútbol- era en galego. É por iso que, ao regresar a aqueles momentos co bocadillo de manteiga que me preparaba a miña avoa sinto, como a personaxe de Proust, unha felicidade inmensa que tamén quero para os meus fillos. A responsabilidade está na nosa lingua. Na lingua coa que lles falamos.

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La eternidad

En el tercer set de la final de Australia de 2022, Medvedev disponía de tres bolas de break para sentenciar el partido. El win predictor del torneo le otorgaba un 96% de probabilidades de victoria pero, de un modo indescifrable, Rafa Nadal consiguió darle la vuelta.

A ese Melbourne, llega recién operado de su vitalicio Müller-Weiss y tras una semana destrozado por el Covid. No es nada sorprendente en una carrera de 29 lesiones que le han apartado más de 2.000 días de las pistas. Habiéndose perdido más de un lustro -cinco años y medio- de competición, ha completado uno de los mejores palmareses de la historia. Reconozco que, en aquel 2022, soñé con el Calendar Grand Slam pero la victoria ante Fritz en los cuartos de Wimbledon con una rotura abdominal de 7 milímetros fue el último milagro. El volumen de las alertas de su cuerpo ya era ensordecedor, a pesar de nunca haber dejado de ser fiel a su máxima: darse una nueva oportunidad.

El vacío que deja Nadal es un cráter del tamaño de la luna que nos acompañaba a los que veíamos sus partidos en las antípodas. Se despide el Día Mundial de la Salud Mental, con el mensaje necesario de parar cuando cuerpo y mente dicen basta y con la lección de que un 4% de esperanza es suficiente si deseas algo con fervor.

En el documental ‘Strokes of Genius’ que orbita alrededor de la final de Wimbledon de 2008, conocida como el partido del siglo, el periodista William Skidelsky ofrece una explicación plausible al desgaste de Nadal comparándolo con su mayor rival y amigo: “Federer encarna la ausencia de esfuerzo. Es pura destreza, talento, arte. Nadal es sinónimo de esfuerzo y de sus cualidades: resistencia, potencia muscular, fuerza, aguante”. Las incalculables horas que llevo visionando tenis desde que Vicario y Bruguera dominaban el Bois de Boulogne me permiten suscribir todas sus palabras.

Federer es el noble caballero de armadura exquisita, ataviado de un blanco inmaculado que no se corrompe ni con las briznas de hierba que saltan de los gráciles movimientos con los que, en los campos de fresas, somete a cualquier insolente que ose desafiar su corona. Nadal es un estajanovista, un obrero raso que sabe que en el sudor de su frente está su pan. Una relación directa entre sangre y recompensa que le lleva a correr detrás de todas las pelotas amarillas como un sabueso desatado. Y lo hace bajando al barro, rebozándose en el mismo polvo de ladrillo con el que construye sus sueños, sin miedo a partirse la cara. En la unión de los dos extremos, en el eclipse de ambos astros, sublima la catarsis, el éxtasis, el tenis.

Kierkegaard, padre del existencialismo, centró gran parte de su trabajo en el deseo como motor de la experiencia humana: “el goce decepciona, la posibilidad no”. Las oportunidades que se ha ido dando Rafa a lo largo de su carrera lo han convertido, junto a Roger, en el mayor epítome del deporte, un estatus inalcanzable para nadie más que ellos. El cincel de Nadal y la pluma de Federer han escrito, a su manera, su deseo abrasivo de subir a lo más alto y, sin saberlo, han elevado su esencia, la de los dos, a la eternidad.

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La vertical

Cuando era pequeño tenía un juguete que, por muchos trompazos que llevase, siempre se mantenía en pie. Siendo niño me quedaba pasmado ante aquella tecnología que no sabía cómo diablos podía deificar la vertical del trasto. Hoy no tengo aquel tentetieso, pero tengo un Daruma tatuado, que viene a ser lo mismo. Bodhidarma viajó a China para fundar el zen. Meditó nueve años frente a una roca, impasible ante incendios y tempestades. Cuenta la leyenda que tras permanecer tanto tiempo inmóvil, sus brazos y piernas se desprendieron, manteniéndose erguido por su fuerza interior. Eso es el Daruma. Un muñeco sin extremidades, que siempre que se cae, se levanta. En su pecho vive un viejo proverbio nipón: “si te caes siete veces, levántate ocho”.

En 2023 Jorge Prado ganó el mundial de motocrós de una forma relativamente cómoda. Se colocó primero en la inauguración en Argentina y ya no soltó el liderato. No lo hizo con muchas victorias pero sí con una consistencia descomunal que le llevó a disfrutar de una ventaja de más de cien puntos en el ecuador. En 2024, su mundial se ha basado en cimentos diferentes, pero igual de fuertes. Jorge destapó el tarro de las esencias desde el primer día para vencer en once de los 20 asaltos. Una realidad que esconde una encarnizada pugna, en la que, en varias ocasiones, se tuvo que levantar del fango.

En la clasificación de Trentino se fue de vacío tras perder el sillín. Acto seguido llegó el lodazal de Águeda que embarró su inmaculado inicio. En un infierno de charcos y roderas que rozó lo inhumano, se cayó en dos ocasiones y cedió la placa roja. Pero el mayor batacazo estaba por llegar. En Maggiora, justo donde campeonó en 2023, algunos osados se permitieron dudar. En el apretado holeshot de la segunda manga, una maniobra de Guillod terminó con Jorge por los suelos en medio de un enjambre de motos. Cojeando, con la rodilla dolorida y el manillar torcido, se volvió a subir en su GasGas para rodar otras dos vueltas. La prudencia le hizo renunciar antes de sufrir daños mayores y el tiempo le dio la razón. La diferencia con el líder llegó a ser de 36 puntos pero, como la hormiga trabajadora, Prado fue arañando la distancia para asestar el golpe definitivo en casa, ante un público enfervorecido y con la satisfacción de haberse levantado de todas sus caídas.

El sábado, tras la clasificación en Cózar, su padre Jesús nos comentaba que el anillo que mide todos sus parámetros le había marcado, por primera vez, que sus niveles de estrés estaban por encima de lo habitual. No parece raro cuando te juegas las castañas en un último baile con dos perros de presa como Gajser y Herlings que coleccionan mundiales.

Pero es evidente que Prado tiene algo de tentetieso, algo de Daruma que hace que siempre se mantenga sólido, vertical, incólume. Supongo que, aunque la procesión vaya por dentro, la forma que tiene de encarar todo este rebumbio abrumador en el que vive es la que le otorga su firmeza. Porque, por muchos nubarrones que amenacen tormenta, jamás ha perdido la risueña esencia de un chaval de 23 años que hace lo que le gusta: jugar a las motos y, de paso, comerse el mundo.

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Un corazón de excepción

Vengo de jugar al tenis y escribo este artículo con extrasístoles. Las conozco bien. Son latidos extra que se adelantan. Un vuelco que sube hasta la garganta como si acabase de arrancar el saltamontes de la feria. Me sacuden en reposo, y, aunque me han dicho que son benignas, mi ansiedad las dibuja desmesuradas hasta el punto de ponerme un Holter. Es un monitor que te embute el torso como la piel de un butelo. Un día, enchufado a aquel cachivache, sentí un golpe en el pecho como el retroceso de la culata de un rifle. Cuando me senté a analizar los resultados con Pérez de Juan, al que recomiendo con mi mayor énfasis, apareció aquella extrasístole dibujada como el trazo anárquico que deja el boli cuando alguien te mueve el brazo. El doctor le quitó todo el hierro del mundo. Yo estaba tranquilo y nos pusimos a hablar de Javier Gómez Noya.

Con 16 años recibió la noticia de que tenía una anomalía cardíaca: una valvulopatía bicúspide. El CSD le retiró la licencia pero sus ganas eran irreductibles. Tras deambular por consultas y despachos, encuentra en Nicolás Bayón una luz y una condición: “te permito competir durante los próximos seis meses y nos volvemos a ver”. Durante tres años, Javi resiste en el triatlón como un furtivo al que se le juzga de poner en riesgo su salud por un puñado de percebes. Lo hace con una licencia gallega, más que suficiente para comprobar que, si le dejan, puede ser el mejor. En 2003 le devuelven la licencia internacional. Tiene apenas unos días para preparar el mundial sub23 y lo gana. Con 20 años ya había hecho historia.

Desde el pacto con Bayón hasta su retirada, el pecho de Javi solo ha cambiado por fuera, con infinitas medallas que lo embellecen. Los exhaustivos exámenes bianuales han ido confirmando la premisa necesaria para lograrlo ya que por dentro, todo seguía en su sitio.

Las veces que he estado cerca de Javi tan solo me he agarrotado por mi propia convicción de estar cerca de un semidios. Escribo tanto sobre deportistas extraordinarios que los venero a todos de un modo casi místico pero, a través de la carne y los huesos de Javi te das de bruces con la realidad de que es alguien como tú y como yo. La diferencia es el precio que estamos dispuestos a pagar por lo que queremos y un corazón de excepción, genéticamente diseñado para el deporte. Con incontables cifras de sacrificio y voluntad, Javi convirtió su materia humana, la de todos, en hierro. Es probable que cualquiera de nuestros corazones no soportase ni un solo sprint de los que se rifaba con los Brownlee en la definitiva moqueta azul tras un esfuerzo titánico. El de Javi sí, porque más allá de una anomalía, lo que tenía en medio del pecho era un deseo abrasivo por ser el primero en agarrar la cinta de meta.

El médico que contribuyó a recuperar su licencia, McKenna, afirma que Javi “tiene el doble de corazón que la gente normal”. Tras haberlo conocido, puedo confirmar que es cierto. Quizás sea por eso que a mí un simple latido extra me paraliza y a Javi una valvulopatía bicúspide le lleva a buscar un salvoconducto a la inmortalidad.

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Tan machista como racista

No me gusta Vinicius. La vanidad de sus formas en el campo, su fanfarronería y excesos desacreditan cualquier denuncia que ejerza como víctima. Pero en el fondo tiene razón. Puede que España no sea un país racista, pero en España hay racismo. Es una lacra que suele prodigar en los campos de fútbol. En los estadios que acaparan la atención de todos los niños del mundo y que tienen como banda sonora algunas de las notas más discordantes del pentagrama: “maricón”, “puta”, “vete a limpiar” o “negro de mierda”. Cualquier deporte transmite buenos valores pero las situaciones más dantescas se concentran siempre en el balompié. Allí, el racismo se alía con el machismo para campar a sus anchas.

Ahora, un aficionado acaba de ser sancionado con una multa de 60.001 euros y la prohibición de acceder a recintos deportivos durante dos años por insultar a Vinicius. Es evidente que esta multa es plausible pero desconozco cual es el castigo para las personas que vejan día tras día a otras que no optan al Balón de Oro masculino.

Esto nos lleva al efecto del varón blanco y a la interseccionalidad. La primera es una teoría acuñada por James Flynn que nos dice que los hombres blancos perciben menos riesgos que las mujeres y los no blancos desde la atalaya de seguridad desde la que controlan el mundo. La segunda fue aportada por Kimberlé Crenshaw y señala la “interacción entre género, raza y otras categorías sociales” de la que se obtienen todas las discriminaciones múltiples de las mujeres. Esto es, que si Vinicius fuese mujer y no ganase 21 millones de euros al año, tendría muchos más problemas que el racismo y ninguno sería noticia.

En el programa de moda, David Broncano realiza una pregunta nueva a sus invitados: “¿qué eres, más machista o más racista?” Hasta hoy, todos han huido del racismo como de un monstruo de mil cabezas y la mayoría -actrices, deportistas, cantantes, youtubers e incluso un médico- se han declarado “un poco” machistas. Ello nos deja una peligrosísima lectura: en todos los campos de la sociedad, cierta dosis de machismo puede ser aceptable. Los más afinados han sido un escritor -Millás- y un paleontólogo -Arsuaga- que han asumido poder tener trazas de ambas infecciones y lo han vinculado con la educación que hemos recibido. Debemos aspirar a ser cero machistas y cero racistas. Y eso solo pasa por la educación.

No podemos decir, bajo ningún concepto, que en España no hay racismo porque ya no hay una Gran Redada contra los gitanos. No podemos decir, bajo ningún concepto, que en España no hay machismo porque aquí no lapidamos a las mujeres. Que estemos mejor que nuestro pasado y que nuestro contexto es solo parte del largo camino que nos queda hacia la igualdad.

Racismo y machismo son los dos cánceres que han causado más dolor en la historia de la humanidad. Es probable que tengamos tanto recelo a aceptar su existencia porque, como varones blancos, jerárquicos e individualistas nos aterra que, algún día, las mujeres y los negros hagan con nosotros lo que durante tantos siglos, hicimos con ellos.

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