Nunca es suficiente

Susana, esposa de Joaquín, judío rico de Babilonia, es deseada por dos ancianos jueces que traman un plan para abusar de ella. Tras espiarla, la sorprenden en el jardín y la conminan a tener relaciones con ellos o, de lo contrario, la acusarán de que la vieron entregarse a un joven. La muchacha los rechaza y, en venganza, la juzgan por adulterio. El poder de los acusadores provoca que Susana sea condenada a morir apedreada. Sus gritos y su llanto reflejan la impotencia de quien no es creída a pesar de decir la verdad. Porque nunca es suficiente.

No es suficiente que la víctima asegure que el futbolista envió a un camarero para invitar a cava a su grupo de amigas. Que afirme que flirteó con las tres e intentó forzarla a tocarle el pene y que insistió en que lo acompañase al baño. No es suficiente que denuncie que la acorraló, cerrando con pestillo, que la llamó ‘putita’, que la tiró y la cogió de la cabeza con la intención de hacerle una felación. No es suficiente que, según la versión de la joven, la abofeteó y provocó rasguños en su rodilla para acabar penetrándola a pesar de su resistencia. No son suficientes los 17 minutos en el baño. Tampoco lo es que esté registrada su declaración inmediata, ni siquiera que haya sido tenaz, consistente y persistente a lo largo de dos años y tres meses. Ni que los forenses hayan confirmado que sufría un cuadro de shock. Ni que los Mossos hayan asegurado que las cámaras de la discoteca corroboran su relato. No es suficiente su renuncia a 150.000 euros de indemnización. Ni tampoco que ya hubiese una sentencia por agresión sexual. No. Nunca nada de esto es suficiente.

Sí es suficiente, sin embargo, decir que nunca has visto a la víctima para asegurar después que coincidiste con ella de casualidad. Sí lo es rectificar ante las pruebas biológicas y afirmar que hubo una felación, pero que fue ella quien se abalanzó sobre ti, que disfrutabais ambos. También vale corregirte de nuevo y apuntar, ahora, que sí hubo penetración, que mentiste para ocultarle a tu mujer una infidelidad. Que todo fue consentido. Que estabas borracho, que no sabías lo que hacías.

Dicho de otro modo: ser mujer nunca será suficiente, pero ser futbolista de élite, y más aún con 43 títulos, es más que suficiente. Para todo lo que quieras.

La ‘Historia de Susana’ es uno de los relatos más famosos del Libro de Daniel, nombre hebreo que significa: ‘Dios es mi juez’. Una intervención milagrosa del profeta salva a Susana en el último suspiro y conmuta su muerte por la de los viejos tras quedar retratadas sus mentiras con dos simples preguntas en un juicio exprés: “¿Tan tontos sois, israelitas, que condenáis a una mujer de nuestro pueblo sin averiguar ni examinar bien el asunto?”.

30 siglos después, tres mujeres consideran que el relato de la víctima no es suficientemente “fiable” porque, entre muchas otras cosas, no queda claro si el rasguño de la rodilla es provocado por una penetración vaginal o por una felación.

Es ahí cuando nos damos cuenta de que somos mucho más tontos que los israelitas y que en la sociedad que le vamos a dejar a nuestras hijas, si una mujer entra con alguien al baño es, cuando menos, para follar.

Porque si se niegan y son violadas, su relato pasará a engordar la lista de denuncias falsas que también las mata.

Solo el Supremo, como el profeta, puede enmendar ahora este atropello. Pero el incuantificable daño ya está hecho a una sociedad y a una ley a las que se les ven demasiado las costuras cuando presumen de igualdad.

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Hogan, André y lo felices que éramos

Resulta sorpresivo ver como un diablillo de 17 años capaz de licuar la defensa más férrea del rigor germánico o de calcar las cabriolas más plásticas del carnaval carioca, pueda permanecer patidifuso observando a Randy Orton, 10 veces campeón mundial de la WWE, mientras graba con su móvil una de sus maniobras como si fuese una maravilla del mundo antiguo.


Un RKO es un cutter con el que un luchador salta a la cabeza de su oponente aplicando un three-quarter face lock. Es mucho más sencillo verlo porque, como todo el mundo sabe, esto de la lucha libre profesional es una pantomima hecha para el goce visual donde hay un poco de combate y mucho de dramaturgia. Y es que la verdadera magia del SmackDown reside en esos fuegos de artificio que embelesan a todos los que, en algún momento, fuimos niños.

Seguro que Lamine conoce la WWE por la renovada onda expansiva que han empujado adolescentes como Carlos Ruiz que abandonó su carrera de Matemáticas para convertirse en Axiom y llegar a ser el primer español en la roster oficial del mundillo. Pero lo que no sabe Lamine es que, como expresaría Manrique en una copla, cualquier tiempo pasado fue mejor.


No sabe que España ya acogió el primer evento WWE en 1991, cuando un debutante llamado Undertaker llegaba invicto al Palau Sant Jordi para perder su primer combate ante Tito Santana. Luego, con su mística de ultratumba, logró cuatro títulos mundiales.


No sabe que Cindy Lauper, sí, la de ‘Girls Just Want to Have Fun’, fue la primera que apostó por el invento. Protagonizó un cómico duelo contra Lou Albano, representó a las primeras luchadoras femeninas y acabó siendo acompañada por el mismísimo Hulk Hogan a recoger uno de sus Grammys.


Pero lo que desde luego no sabe es que los nacidos en los 80 teníamos un inmenso universo para escoger faces y heels –héroes y villanos-, que recreábamos todas sus batallas con nuestros padres entre almohadas sabatinas y con los codiciados muñecos de Mattel y que, entre todos ellos, decidimos regocijarnos en la mayor rivalidad histórica, la de Hulk Hogan y André The Giant. Un duelo de lo que antes se llamaba pressing catch y que se basaba en el enorme poder de sus gimmicks dejando a la altura del betún lo de Orton y Cena.

La interminable frente de Hogan embellecida por una media melena de filamentos dorados y su bigote texano en herradura se revestían de un atuendo tan fulgente como la bandera de España compuesto por una camiseta de un solo uso y un slip hercúleo. André era la antítesis de la ostentación. Un maillot de una sola sisa que liberaba dos diminutos pezones en una infinita masa de 236 kilos y unos evidentes rasgos de gigantismo que le conferían un aspecto bonachón a la bestia parda. Tiempo después, su rostro se convirtió en uno de los mayores iconos de la contemporaneidad gracias a la campaña ‘Obey’ de Shepard Fairey.

Hogan ganó seis títulos mundiales y André solo uno. En el recuerdo de todos queda su batalla de 1984 en la que el titán francés le birló el cinturón con un indudable poso de polémica. Primero, una cuenta del árbitro con André abatido que no se realizó y después, otro conteo en el que un hombro de Hogan no tocaba tierra. De aquellas no había VAR ni móviles que lo grabasen. Y qué felices éramos.

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Elegida para el triunfo

A finales del XIX algunos empresarios de Saint Moritz comenzaron a adaptar los trineos para fines recreativos y desestacionalizar su oferta turística. Así nació el bobsleigh, un deporte olímpico, exótico, nórdico y blanco como la nieve donde la aparición de cuatro negros como el azabache es un milagro. Es la historia que cuenta el filme ‘Elegidos para el triunfo’. Con bastantes licencias poéticas, Disney narra cómo Jamaica se convirtió en la primera selección tropical en participar en unos Juegos de Invierno. Dos empresarios norteamericanos impulsaron un equipo de bobsleigh en el Caribe inspirados por una carrera de carretillas y la tradición velocista jamaicana sin saber que lo que comenzó siendo un chiste, acabaría mitificándose.

La historia de España en el bobsleigh puede resultar similar a la de Harris, Stokes, White y Clayton, al menos, por lo impropio de un deporte de hielo en medio de una península de paella y sangría. Pero mucho antes del debut nacional en unos Juegos de Invierno, en 1936, un inventor español, Ricardo Soriano, marqués de Ivanrey, patentó el bobsleigh contemporáneo de acero, semicabinado, en forma de torpedo, con el que los suizos batieron todos sus récords. Pasaron 20 años hasta que un español lo deslizó sobre una pista olímpica. Fue otro marqués, de Portago. Alfonso Cabeza de Vaca, polímata competitivo, se desempeñó en mil deportes. Fue el primer español en Ferrari y alcanzó un podio en Fórmula 1. En 1956 reunió a dos primos y dos amigos para competir en descenso de trineo. Como ocurrió con el equipo jamaicano, sus rivales se mofaban de las caídas de los españoles pero el denuedo venció a la lógica y consiguieron un histórico diploma. La apuesta continuó sin él cuando falleció en un fatídico accidente automovilístico. Grenoble 1968 fue la última comparecencia olímpica española con cuatro bobs y resultados más discretos. Esta aventura en la que también estuvieron implicados el récord del mundo no oficial de jabalina, De la Quadra Salcedo, o el primer deportista negro español en unos Juegos, Maximiliano Jones, se cortó bruscamente con otro accidente mortal, el de López Solanes en Cervina al salirse su bob en la última curva.

Hoy se retoma con esperanza con otra ‘Elegida para el triunfo’. Leanna García nació y se crió en Ottawa. Comenzó en atletismo lanzando peso y martillo pero no fue hasta la Universidad cuando abrazó el bobsleigh. La fuerza ganada en sus lanzamientos le ayudaba a empujar un trineo de más de 160 kilos. Compitió con éxito con su selección en la modalidad de a dos. Sin embargo, algo no funcionaba bien en las Américas y Leanna quería cambiar. ¿A dónde podría ir? Su familia paterna es oriunda de un pueblo más campechano como Colmenar Viejo. Una oportunidad laboral de su abuelo como soldador les hizo emigrar. Leanna se puso en contacto con Ander Mirambell, cuatro veces olímpico en skeleton, para las gestiones; se convirtió en española de facto y, en noviembre, competía por vez primera en monobob enfundada en un mono rojigualda.

El próximo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, Leanna se convertirá en la primera española en competir en un mundial de bobsleigh. El reto es todavía mayor: ser la primera en hacerlo en unos Juegos Olímpicos que serán en 2026, justamente, 70 años después de que el marqués de Portago lo iniciase todo en el mismo lugar: Cortina d´Ampezzo.

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Elisa Pérez Vera

El pasado jueves recibí de manos de Elisa Pérez Vera, el premio de la UNED que lleva su nombre. Es un galardón que se lleva entregando 27 años y que reconoce los trabajos de investigación sobre género y feminismo. Puede que no exista madrinazgo mejor para tal distinción. Ella es jurista, catedrática de Derecho Internacional Privado, magistrada del Constitucional y la primera rectora en una universidad española. Hoy tiene 84 años y una lucidez física y cabal esplendorosa que ilumina el camino de los que queremos seguir construyendo un mundo justo. Su testimonio, debería ser escuchado por tantos que, día tras día, cometen osadas tropelías en nombre del género.


Esos atropellos a la lógica se sostienen en embustes difundidos sin rubor. En el deporte proliferan con brío: “las mujeres nunca van a llegar al nivel de los hombres, el deporte femenino es menos espectacular, cómo van a cobrar lo mismo si no generan, a nadie le interesa…” Un carrusel de opiniones totalmente subjetivas y alejadas de la realidad, pero altamente peligrosas. Bourdieu fue de los primeros que alertó sobre el poder de las palabras y Butler recogió su testigo en su performatividad del género.


El poder de la sociedad es mucho mayor que la química que nos compone. La manida testosterona, plenipotenciaria en las cuestiones de género, es solo un factor de tantos otros en un engranaje inextricable encabezado por la estructura, las representaciones y los roles de género y que desemboca en abusos como que las diez deportistas mejor pagadas tan solo suman el 17% del capital de los diez mejor pagados.


El efecto Pigmalión de Rosenthal y Jacobson, la profecía que se autocumple de Merton o la amenaza del estereotipo de Nelson, nos dicen que, en muchas ocasiones, nos comportamos como los otros esperan que nos comportemos, es decir, según sus expectativas. Si una mujer escucha continuamente que su deporte jamás alcanzará el nivel que sí tiene en sus sueños, puede que acabe por declinar de los mismos.


La discriminación por sexo en el deporte es un fenómeno que afecta casi exclusivamente a las mujeres, por lo que debemos asumir que el sexo es discriminatorio en el deporte. La percepción social negativa es una de las razones más señaladas en el abandono femenino. Desde muy pequeñas, incluso antes que los chicos, se plantean la posibilidad de dejarlo y, en muchos casos, el simple hecho de ser mujer puede conducirlas al abandono. Todo esto se combina con el hallazgo de que los deportes colectivos y mediáticos tienen índices de discriminación muy superiores a los individuales.

Es evidente que las cosas han cambiado. En los Juegos Olímpicos ya no despeñan por el monte Tipeo a las mujeres que se colaban en un espectáculo prohibido y las futbolistas ya no tienen que vendarse los pechos para camuflarse entre los hombres como sí hacía Nita Carmona hace 100 años. Pero durante todo este tiempo no han podido, no se les ha dejado, construir su propio tejido deportivo. Hoy escriben su propia historia, pero con más de un siglo de desventaja y sin la misma estructura, inversión, apoyo o audiencia que sí tienen los hombres. Que hayamos consumido durante tanto tiempo un solo tipo de contenido no significa que fuera mejor, sino que era el único.

Aún queda mucho por hacer y es un proceso lento, pero lo sorprendente es que todavía sea más lento el cambio de nuestra mirada.

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La memoria de los niños

La Masacre de la carretera Málaga-Almería, conocida como La Desbandá, fue, sin duda, uno de los episodios más cruentos de la Guerra Civil, del que se cumplen 88 años. Una caravana de 300.000 inocentes huían del horror intentando alcanzar una zona más segura que, en muchos casos, jamás pisaron. Lo hacían desamparados, porque el Gobierno republicano renunció a su defensa, entregado a los sublevados desde finales del año anterior. Esto no supuso un atenuante para Queipo de Llano cuyas tropas bombardearon por tierra mar y aire a hombres, mujeres y niños armados únicamente con la esperanza de sobrevivir. Tres buques participaron en el cañoneo: Canarias, Baleares y Almirante Cervera. Hace unos días escuchaba a Nieves Concostrina lamentarse amargamente de que hoy se expongan sus piezas celebrando el orgullo de los navíos sin un cartel que muestre también la parte más oscura de su historia.

Es algo que ocurre a menudo en el fútbol. La cultura de la impunidad se ha extendido peligrosamente como una carta blanca para todos aquellos jóvenes con fama y dinero por darle patadas a un balón. El Día contra la Violencia de Género de 2020 fallecía Maradona. Un año después, Mavys Álvarez, denunciaba múltiples agresiones, violaciones e incluso una retención en un hotel en Argentina donde se le obligó a someterse a un aumento de pecho. Estos acontecimientos no son suficientes para eclipsar la euforia de millones de fanáticos que lo consideran el mejor de la historia hasta ponerle sobre la cabeza un halo de divinidad.

¿Le importa a los seguidores del Barça que Alves haya sido condenado por violación mientras sea el segundo jugador con más títulos? ¿Influyen los nueve años que le caen a Robinho en el recuerdo de sus bicicletas? ¿Qué pasa por la cabeza de los béticos que jalean el nombre de Rubén Castro cuando había ocho denuncias encima de la mesa? ¿Celebran los aficionados de la Arandina la reducción de la pena de sus jugadores para que vuelvan cuanto antes al campo?

Hoy vivimos un caso singular. Raúl Asencio es el nuevo héroe del Real Madrid. El pasado miércoles, buena parte de las 80.000 almas que poblaban el Bernabéu corearon al unísono su nombre. En otros campos como San Mamés o Montilivi, le pitan. ¿Por qué? Asencio está siendo investigado por un posible delito de pornografía infantil por haber, presuntamente, mostrado la grabación de una relación sexual de una menor de 16 años con cuatro compañeros de su equipo.

Todos estos jugadores son buques para sus clubs. Cañoneros que aseguran goles o que secan las acometidas rivales. En la exhibición de sus dotes deportivas, se acompaña un cartel donde se apuntan las causas que tienen pendientes en la justicia ordinaria. Algunos se paran a leerlo y sopesan su aliento. Otros lo ocultan y se dejan llevar por lo irreflexivo del forofismo.

El rapaz tiene 22 años. Los niños y niñas que ansían llegar adonde él lo ha hecho, muchos menos. Es importante que tanto él, como ellos, sean conscientes de que su posición de privilegio no otorga derecho a todo. El fútbol es la herramienta más poderosa que existe para educar en valores y estamos consiguiendo un efecto devastadoramente opuesto.

La memoria consiste en encontrar el pasado que nos une y tratarlo con respeto para construir un futuro mejor. Independientemente del lado que cuente el relato o del color de la camiseta que lleve puesta. Hacerlo es posicionarse. Y es bueno y sanador.

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Loida, famosa guerrera

“El ejercicio estimula la función inmune, favorece la función de las moléculas con capacidad antitumoral y libera adrenalina, hormona que inhibe vías de señalización del cáncer”. Así concluye un artículo de la Sociedad Española de Oncología Médica sobre ejercicio y cáncer.

Es evidente que el deporte es bueno. No solo aleja la eventual aparición de cánceres, sino también de enfermedades cardiovasculares, hipertensión, obesidad o diabetes. Pero no lo es todo. Los seres humanos viajamos a través de esta vida infame con un código genético que, en ocasiones, se convierte en una bomba de relojería a punto de estallar. La recaída del capitán de Las Palmas, Kirian Rodríguez, es una de esas noticias que nos encoge el corazón, pero su ejemplo, ya habiendo superado un primer embate, aporta otro motivo más para creer que esto del cáncer ya no es como antes.

Así lo muestra la historia de Loida Zabala, epítome de la fe. Con once años estuvo postrada varios meses por una mielitis transversa. Su vida quedó unida a una silla de ruedas que ella identifica como la libertad de poder salir del hospital. Decidió hacer pesas para volverse independiente y tanto dominó el powerlifting que en 2008 consiguió un diploma paralímpico en Pekín. Superó otro duro golpe en 2012. Una agresión de su ex pareja estuvo a punto de privarla de los Juegos de Londres pero consiguió otro diploma a los que se sumaron los de Río 2016 y Tokio 2020. La de París iba a ser su quinta cita olímpica pero le detectaron un cáncer de pulmón en estadio 4 avanzado que se había diseminado a hígado, riñón y cerebro provocándole pérdidas del habla y otros trastornos como la imposibilidad de reconocer algunos objetos. Su motivación y la terapia consiguieron que, dos meses más tarde desapareciesen los tumores del cerebro. Se incorporó a los entrenos de inmediato y se plantó en París con indecibles esfuerzos por bajar de peso, desconociendo hasta el último segundo si podría competir. Ganó su quinto diploma y, en medio de una alegría rebosante transformada en lágrimas declara: “estoy súper agradecida con la vida por haberme traído hasta aquí”.

La fe de Loida es la de todos los que padecen cáncer. El 4 de febrero, celebramos el Día Mundial contra esta lacra con lazos verdes porque ese es el color de la esperanza, del resurgimiento y de una primavera que siempre vuelve. El verde calma, tranquiliza y reduce el miedo al fracaso. Una seguridad que aportan los avances y que curan el cáncer más que nunca.

Conocí a Loida el pasado 8 de noviembre en el Congreso Gallego de Personas con Cáncer y Familiares y allí pude comprobar la fuerza de su nombre. Proviene de las voces germánicas ‘hlod’ y ‘wig’ que, combinadas, se traducen como “famosa guerrera”. A lo largo de mi vida he tenido acceso a las historias de miles de deportistas, pero ninguna con la energía que transmite la de Loida. Creo firmemente que es el relato más poderoso que nunca he escuchado y me embauca de una manera sobrenatural, convirtiéndolo, para mí, en la mayor hagiografía deportiva que han visto los siglos.

Loida tiene claros sus próximos objetivos: “revalidar el título de campeona de Europa, ahora con cáncer, y llegar viva a Los Ángeles 2028”. En su móvil tiene una alarma para cuando llegue el momento que dice “¡Sigues viva!” y estoy convencido de que la escuchará con un medalla paralímpica colgada de un pecho en el que florece la esperanza.

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Hic sunt dracones

Uno de los globos terráqueos más antiguos, el Lenox, incluye la inscripción latina ‘hic sunt dracones’ (aquí hay dragones) para referirse a tierras sin explorar. Esta práctica se extendió por toda la cartografía medieval para marcar cualquier zona peligrosa, acompañada de serpientes marinas y criaturas mitológicas. Hubo un tiempo, en el que el Estadio Olímpico de Montjuic también había dragones. Gigantes reptiles alados que colonizaron una tierra inhóspita para España: la NFL.

El lunes Mahomes saltaba al Caesars Superdome de Nueva Orleans para convertirse en el segundo quaterback con más Superbowls de la historia, por detrás de la leyenda de Tom Brady, el mejor mariscal de todos los tiempos con siete anillos. Los Chiefs lo tenían de cara pero, un descalabro ofensivo condujo el trofeo Vince Lombardi a las manos de los Eagles. Jake Elliott fue uno de los mejores, con cuatro field goals, recordando los tiempos dorados de David Akers, el mejor pateador de la historia de los Eagles con varios récords de anotación. Akers se bregó con los Berlin Thunders en la NFL Europa, una liga creada en 1991 -primero como World League of American Football- para dar una oportunidad a los jugadores que querían demostrar su valía para la NFL pero en aquella división no fue el mejor. Otro jugador lideró los registros de touchbacks por delante de él: se llamaba Jesús Angoy, era yerno de Johan Cruyff y había jugado en el Fútbol Club Barcelona.

La historia de Angoy es tan mágica como el mito del equipo que lo acogía. Los Barcelona Dragons son el único conjunto español que participó en competiciones de la NFL. Lo hizo entre 1991 y 2003, llegando a disputar cuatro finales de la World Bowl. Jack Bicknell fue el único entrenador de un equipo que reunía a 50.000 almas en Montjuic para ver fútbol americano, gracias al espectáculo brindado por estrellas cedidas por la NFL, como Jay Gruden, Lawrence Phillips y, sobre todo, Jon Kitna.

Angoy no jugó en la NFL, pero estuvo a punto. Vivió su plenitud deportiva dando patadas a un balón de fútbol para sacar de meta. Ganó una Supercopa con el Barça sin disfrutar de muchos minutos a la sombra de Zubizarreta y Busquets, pero su golpeo de balón, encandiló a los Dragons, que lo incorporaron siguiendo el ejemplo de otros equipos que confiaban en ex futbolistas para la posición de pateadores. Llegó a Montjuic como tapado y acabó siendo capital. Siempre con el 14 en el pecho, en honor a su suegro, se retiró como el segundo máximo anotador de la NFL Europa y llevó a los Dragons al título de 1997.

Su 85% de acierto despertó el interés de los Broncos, que venían de ganar la Superbowl. Realizó un training camp donde hizo buenas migas con Jason Elam, el mejor kicker del momento, con el que se picaba a chuts de 50 yardas en los entrenos. Angoy sorprendió a todos y su fichaje estaba encaminado hasta que él mismo decidió pararlo. En la rueda de prensa convocada para comunicar su decisión, el entrenador mostraba su incomprensión pues era la primera vez que un jugador rechazaba la oportunidad de jugar en su equipo ¿Las razones? Un proyecto deportivo con Cruyff, además de la familia y amistades que quedaban en Barcelona.

Dicen que los dragones viven solos o en pequeñas unidades familiares, una teoría que habría que revisar con el caso de Angoy. Lo que sí confirma es la extrema fiereza de las bestias, así como una mejora en sus habilidades a través de la experiencia.

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Milkan, Chamberlain y una lluvia de puntos

Hace tan solo seis días se cumplía un año del partido de las cuatro prórrogas. En la noche de Reyes de 2024, los Magos de Oriente adelantaron su de viaje para llevar al Wizink un espectacular Real Madrid – Anadolu Efes que batió todos los récords. El 130-126 suspuso la anotación más abultada de la Euroliga alcanzando los 256 tantos. También fue el partido más largo de la máxima competición europea, con cuatro prórrogas y 60 minutos. Sin embargo, no fue el más largo del continente. El Alba Berlín – Bosnia Sarajevo de la ULEB de 2007 llegó hasta las cinco prórrogas y también acabó con más puntos, 268, tras un sorprendente 141-127.

Otro 6 de enero, pero de 1951, se produjo, al otro lado del charco, el partido más largo de la historia. Fue en el seno de la NBA donde los Indianapolis Olympians y los Rochester Royals dilataron su enfrentamiento hasta las seis prórrogas, sumando 78 minutos de juego. La sorpresa es mayúscula cuando descubrimos que el récord no vino acompañado de una jugosa cuantía de puntos, sino todo lo contrario. Un pírrico 73-75 que es difícil de explicar sino fuera porque hasta 1954 no se estableció el reloj de posesión. Los equipos especulaban con el tiempo de sus jugadas hasta el último suspiro. Dos de esas prórrogas terminaron 0-0 y en una de ellas los equipos ni siquiera tiraron a canasta. La máxima expresión de este misérrimo espectáculo, en el que los aficionados abandonaban el estadio antes del final de los partidos, fue el Fort Wayne Pistons – Minneapolis Lakers de 1950 que acabó con un vergonzoso 19-18. La primera gran estrella de la NBA fue el pívot de aquellos Lakers, George Milkan, que con sus 2,08 dominaba los aros en los primeros años de una competición en la que sumó cinco títulos. Los Pistons creyeron haber encontrado la fórmula para deternlo eternizando sus posesiones cuando el marcador era favorable. El propio Milkan definió aquella táctica como el “antibaloncesto” y la liga reaccionó.

No ha sido el único icono del baloncesto que provocó un cambio en las reglas. Si observamos la lista de las mejores anotaciones de la historia de la NBA, Wilt Chamberlein comparece 32 veces, desde los 60 puntos hasta los 100, que sigue siendo un récord imbatible. Los consiguió en 1962 en un partido ante los Knicks en el que llegó a decir que “si no hubiese salido la noche anterior, habría conseguido 140 puntos”. Su dominio en la pintura era tal, que la NBA amplió la zona para alejar a Chamberlain del aro.

La NBA tiende al show. Y cada año busca superarse. Es difícil que se puedan incrementar los 370 puntos del Detroit Pistons – Denver Nuggets (186-184) de 1983 con el mítico Isiah Thomas como máximo anotador pero, en aquel encuentro, se alcanzaron tres prórrogas y hoy son muchos los partidos que se mueven en la horquilla entre los 250 y los 300 puntos, como el Grizzlies-Raptors del pasado 27 de diciembre (155-126) y sin prórrogas. Sin ir más lejos en el último All Star se batió el récord de puntos totales (397) y anotados por una conferencia (211).

Dicen que el verdadero baloncesto, no empieza hasta los playoffs. Puede que sea verdad. Antes de los cruces por el título abundan los experimentos donde lo asombroso no ocurre, sino que se fuerza a que ocurra.

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Los diez micrófonos

En Arabia Saudí las mujeres no pueden hacer casi nada. El sistema de tutela masculina controla su autonomía. No pueden someterse a una intervención, salir del país o casarse sin el permiso de un hombre. Tampoco pueden cambiar de tutor sin esta aprobación, lo que convierte su vida en un ciclo sinfín para el primero que la posea. Si sufren abusos y quieren abandonar el hogar pueden ser denunciadas por desobediencia. No pueden caminar solas por algunos espacios públicos, ni mezclarse con hombres que no sean de su familia. Hasta anteayer, no podían conducir. Deben vestirse con la abaya y taparse el pelo con el hijab. Los delitos calificados como ofensas graves pueden llegar a ser castigados con muerte por lapidación.

Es en este país donde, desde hace más de un lustro, se están celebrando los mayores espectáculos deportivos del planeta. Y es en este momento donde sitúan diez micrófonos delante de la mujer que consiguió el primer Balón de Oro español en 60 años, Alexia Putellas, como diez fusiles. Le preguntan qué le parece que la Supercopa femenina pueda seguir el mismo camino. Está claro que el fracaso de esta iniciativa, de suceder, será de las mujeres, porque para el éxito ya hay demasiados candidatos.

Alexia se encoge de hombros y contesta con brillante naturalidad: “la masculina ya está, ¿no?”. Y ahí debería de terminar la entrevista. Cuando decide enumerar los eventos que se realizan en Arabia, pide ayuda, pero ninguno de los diez micrófonos se la da. No pasa nada porque los enumera bien. En el fútbol no solo comparece la Supercopa española sino también la italiana. En el golf se ha creado un circuito paralelo que se ha llevado a Jon Rahm. En Fórmula 1 tienen el Gran Premio de Yeda. En tenis ya alberga las finales Next Gen y Rafa Nadal es uno de sus embajadores. El rally más importante del mundo, el Dakar, se realiza en Arabia. Y en ciclismo ya están en el pelotón World Tour. No cabe duda de que el sportswashing ayuda a blanquear la reputación dañada. Pero a veces, el maquillaje se corre. Con la llegada de la Supercopa española, en 2020, los saudíes permitieron a las mujeres acceder a los estadios de fútbol. Una vez terminó la fiesta tardaron tres días en reactivar la prohibición.

Alexia es mucho más inteligente que los diez micrófonos y localiza el cepo: “si no vas sales perjudicada porque no tienes ese ingreso y luego tienes que soportar el ‘no generas’, pero si quieren pagar por ti no puedes ir porque eres mujer”. De otro modo lo explican tres mujeres (Martín, Soler y Vilanova Soler) en el preceptivo ejemplar ‘Sociología del Deporte’: “las mujeres se encuentran ante una trampa social: o bien corren el riesgo de no ser identificadas como líderes si no adoptan formas de hacer y de ser propias de los hombres, o bien corren el riesgo de ser consideradas poco femeninas si las adoptan”.

Conviene no caer en la trampa que continuamente tiende el heteropatriarcado para cargar a la mujer con la culpa. “Nosotras no vamos a decidir, al final hay personas encargadas de organizar todo esto”, dice sabiamente Alexia.

Quiero creer que los que tienen que tomar la decisión lo hacen apoyados por una serie de ventajas que nos favorecerán a todos, pero muy especialmente, a todas. Las de aquí y las de allí. Una serie de ventajas que vayan más allá de los pingües beneficios económicos que ingresarán en sus arcas. Y digo bien, pingües, porque ante la crisis de valores que adolece el mundo y los crímenes contra los derechos humanos, el dinero debe ser lo de menos.

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La vida en el umbral de la muerte

Hasta los 16 años dormía con la luz de la cocina encendida. Era una tenue claridad que me resguardaba de lo ignoto de las tinieblas. Muchas noches papá venía a la cama y rezábamos. En mis jaculatorias, que todavía recito hoy, siempre pedí que viviésemos muchos años. Porque la muerte me daba aún más miedo que la oscuridad.

El miedo es una respuesta que se cocina en la amígdala cerebral, responsable de nuestras reacciones ante las amenazas. Esto sucede para garantizar nuestra supervivencia pero, en mi caso, deja de ser un aliado para convertirse en un troyano que dibuja los horizontes más apocalípticos. Todos mis temores confluyen en una hipocondria patológica, porque tengo mucho miedo a morirme sin concluir todo lo que está pendiente.

Hay personas que no lo sienten así. La neuróloga Jane E. Joseph creía que el cerebro de Alex Honnold no tenía amígdala cuando lo estudió. Es el mayor escalador de solo integral, una modalidad en la que el deportista trepa las paredes sin cuerdas ni elementos de protección. Entre sus logros destaca la escalada de El Capitán, una roca imposible que se levanta 914 metros sobre Yosemite.

La amígdala de Honnold está sana. Lo que ocurre, es que su reacción es prácticamente inexistente ante las cosas que, a los demás, sí nos dan miedo. Asume la muerte del modo más pragmático: sabe que un día se va a morir y no le importa que sea antes de tiempo mientras hace lo que le gusta. En cierto modo envidio esa forma de pensar. Yo, que me ahogo en un vaso pensando en nuestra vulnerabilidad. En la malignidad de una célula o un par de latidos desacompasados. Pero los hay que solo sienten la explosión de la vida en el umbral de la muerte. Y puede que tengan razón a los que llamamos locos, porque viven sin red mientras muchos nos paralizamos ante una hipotética muerte, que pase lo que pase, sucederá.

“Creo que todos los que hacían solo integral están muertos ahora”, le dice su amigo Caldwell. Honnold es el candidato idóneo para incrementar la lista: Bachar, Leary, Hersey, Osman, Potter, Steck… Cuando recibe las noticias de las trágicas desapariciones de sus colegas lo hace con una naturalidad inusitada como quien piensa: es normal, se exponen a ello. ¿Qué hace entonces Honnold suspendido sobre el abismo con tan solo el apoyo de dos dedos? Busca la perfección. Una sensación que se magnifica cuando le planta cara a la muerte.

Honnold fue un niño tímido que se resguardaba en la escalada para no hablar con nadie. Su padre era Asperger y lo humillaba en repetidas ocasiones. La misma amígdala que, en su caso, apenas reacciona ante el peligro, es la encargada de la riqueza de nuestra vida social y parece la responsable de que nuestros traumas infantiles se mantengan encendidos. Para Honnold, “el pozo sin fondo del odio hacia ti mismo” es su mayor motivación.

Es probable que el desprenderse de hasta la corporeidad que nos posee sea la forma más pura de alcanzar un júbilo pleno. Asumir la muerte, ayuda. Deificar lo material, centrarnos exclusivamente en lo mundano, nos aleja de la espiritualidad, de lo que somos en realidad.

Es ahí donde me descubro otra vez pidiéndole al Dios que me enseñaron a rezarle, que vivamos muchos años. Olvidándome siempre de pedirle que los que vivamos, sean dichosos.

Y haciendo lo que nos gusta.

📝 Artículo publicado en La Región

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