Josefina, la Champions

Dicen que en su lecho de muerte, Napoleón balbuceó las tres cosas que más amaba en medio del dolor inefable por el cáncer o el arsénico: “Francia, el ejército, Josefina”. Su primera esposa fue la más querida y la más esquiva en una relación consuetudinariamente infiel. Si Bonaparte hubiera existido doscientos años después, es probable que incluyera en su estrofa la Champions, tan deseada y hudiza para la capital del reino que traspasaba los Alpes, como su primer amor.

El Paris Saint Germain es un equipo joven, el de menor edad en levantar la Copa de Europa. Sus 23 predecesores tienen, al menos, una centuria, exceptuando al Steaua y al Estrella Roja nacidos en longitudes más orientales. Enseña los dientes al continente en 1993 cuando forma con sus mejores galas: Lama, Ricardo, Valdo, Ginola. En semis de UEFA se encuentra con su bestia negra, la Juventus. Un delantero con ‘rat-tail’ lo desarbola. Es Roberto Baggio y ganará el Balón de Oro. Dos años después, lo gana uno de los suyos: George Weah, primer africano en conseguirlo. Es pichichi de la Champions, pero al PSG solo le alcanza para unas semifinales contra otro transalpino. El Milan de Capello viene de humillar al Dream Team y no hay nada que hacer.

Una lluvia de perseidas intentan enderezarlo. Raí, Djorkaeff, Leonardo, Okocha, Ronaldinho, Makélélé, Giuly, Pastore, Thiago Silva, Ibrahimovic, Beckham, Cavani, Buffon, Sergio Ramos y, sobre todo, el tridente más ampuloso: Neymar, Mbappé y Messi, a golpe del crudo árabe. Pasan 30 años y todo sigue igual. Una final nefanda en 2020 en un formato extrañísimo por el Covid es su mayor logro. La ciudad de la luz se apaga.

Paris Saint-Germain’s players and Paris Saint-Germain’s Spanish head coach Luis Enrique (C) celebrate with the trophy after the UEFA Champions League final football match between Paris Saint-Germain (PSG) and Inter Milan in Munich, southern Germany on May 31, 2025. (Photo by Kirill KUDRYAVTSEV / AFP) (Photo by KIRILL KUDRYAVTSEV/AFP via Getty Images)

Un entusiasta asturiano descubre entre la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo, Montmartre y Versalles que toda aquella cáscara no estará completa sin sudor. Con una receta plagada de valores, el PSG brilla, por fin, en la cima del viejo mundo, castigando a otro equipo italiano con el mayor revuelco de las finales. No hay grandes astros pero sí un carro de oficio y la lección de que, por mucho dinero que tengas, nunca podrás cumplir tus sueños si te olvidas de la pasión.

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Rosa Porriño

Un análisis genético reciente demuestra que las sociedades celtas eran matrilineales, fenómeno contemplado por vez primera en la prehistoria europea y que predice el empoderamiento social y político femenino. Algunas de estas mujeres fueron raptadas en el medievo por un clan tremebundo que asolaba todo lo que tocaba el Atlántico. La poliginia nórdica dejaba a los jóvenes vikingos sin esposas y terrenos emergentes como Islandia nacieron bajo las faldas forzadas de siervas irlandesas.

Celtas y vikingos volvieron a enfrentar sus realidades 12 siglos después de las afrentas feudales. Las representantes galaicas, hijas de Breogán, surgen de un equipo de balonmano de un pequeño concello del Baixo Miño. Nunca han navegado por Europa pero su periplo cándido coge tintes hegemónicos. Cinco países ya han caído a sus pies. Enfrente, las Dottir, hijas de Odín, herederas de los temibles vikingos. Oriundas de los países donde se inventó el deporte en el que se retan. En el escenario minúsculo del 40×20 no hay salida de emergencia. O muerdes, o eres devorado.

El primer envite es en casa, en un pabellón saturado de camisetas rojas como la ferviente sangre que lo enciende. Las islandesas tiran de galones y su envergadura ahoga el talento. Se van de cinco, pero Porriño vuelve. Una epopeya de Casasola mantiene la inviolabilidad continental de su fortín, donde nadie gana. El desenlace sucede a 3.000 kilómetros. El equipo atraviesa los gélidos mares del Norte abrigado por el calor de su gente, que lo acompaña en la odisea de cruzar el Rubicón. Porriño debe sublimar el balonmano para conseguir una quimera. ‘Alea iacta est’.

Un arreón inicial hace temblar la magma islandesa. Los tambores vikingos acallan con un grito al cielo de Buforn. Ante la amenaza, el volcán entra en erupción y las nórdicas se van de siete. La distancia nunca ha sido mayor. Quedan diez minutos y un tiempo muerto para una hazaña impensable. Porriño, exhausto, parece no tener fuerzas para volver. Pero quedan la magia y el aliento. El speaker local hace sonar los acordes del ‘Sarà perché ti amo’. Debe tratarse de un error. La centena de aficionados gallegos enloquece: “Pongo la roja, será porque te amo, somos Porriño, jugando al balonmano”. Las instrucciones de Isma no se oyen en medio del griterío. Da igual. La mecha está prendida. A la pista no regresan siete. Regresan ciento siete.

Es en ese momento cuando Katia, Carolina, Micaela, Alicia, Iria, Malena, Ayelén, Aitana, Ana, Aroa, Maider, Sarai, Paulina, Maddi, Daniela y Lucía, y tantas otras, asesoradas por el triunvirato de Isma, Gerardo y Sergio, se encaraman para siempre a la mitología tornando divinidades de la única religión que cuenta con idioma universal, la del deporte. En el último parcial, Porriño adquiere la dureza de su granito para destrozar el glaciar islandés. Anota ocho tantos y solo recibe dos. Un gol las separa del trofeo. El mismo que las lleva a la historia.

Puede que la no victoria de Porriño sea una de las mayores coronas que recuerdo. Por el qué, por el cuándo y por el dónde. Pero sobre todo por el quién y por el cómo. Un grupo de mujeres que han perseverado en su sociedad celta y matrilineal, reconocida y enaltecida por el pueblo que las aplaude, para elevar, una vez más, al deporte femenino al lugar del que ya nunca no se bajará: la cima del mundo.

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Relevo: testigo de la historia

Hace una centuria, las mujeres comenzaban a asociarse en torno a la vindicación de sus derechos deportivos. Los Juegos Olímpicos de Amsterdam en 1928 fueron los primeros que las admitieron de manera oficial, lo que significaba su entrada en el atletismo. La primera reina de la velocidad fue la norteamericana Betty Robinson, campeona de los 100 lisos y plata en el relevo 4×100 que ganaron las canadienses.

El pasado domingo, siete mujeres españolas honraban la memoria de aquellas pioneras. Los combinados nacionales femeninos del 4×100 y del 4×400 competían en las finales de los World Athletic Relays de Guangzhou tras haberse clasificado ganando sus series -el 4×100 con récord nacional- y consiguiendo el billete para el Mundial de Tokio, aunque en aquel momento nadie, o casi nadie, lo supiese porque un nuevo partido de fútbol entre Barcelona y Real Madrid se atrevió a discurrir en el mismo horario.

La historia iba a cambiar al poco de concluir las finales. El cuarteto de las especialistas en el hectómetro conformado por Paula Sevilla, Esperança Cladera, Jaël Bestué y Maribel Pérez, se hacían con una plata de valor incalculable. En sus carreras se impusieron a las reinas de la velocidad, Estados Unidos y, sobre todo a Jamaica, que llegaba a la cita con dos leyendas como Fraser-Pryce o Shericka Jackson, tercera y quinta mujeres más rápidas sobre la faz de la tierra con 13 medallas olímpicas entre ambas. “Corre Mari, aprieta el culo que viene la Shericka”, se decía Maribel en plena carrera. Su genuina espontaneidad refleja la inocencia de un equipo al que le queda lo más grande.

Tan solo 20 minutos más tarde, el grupo de las expertas en el anillo -Eva Santidrián, Daniela Fra, Blanca Hervás y, de nuevo, Paula Sevilla- batían el récord de España para hacerse con una medalla de oro antológica. Daniela Fra, recordaba en un llanto áureo a “todas las mujeres que han estado antes de nosotras abriendo el camino”.

No hay duda de ello. Las palabras de Fra van para tantas que lucharon por pisar un tartán en igualdad con los hombres. Pero también para todas aquellas que propulsaron a España con el empuje de sus clavos. Daniel Jiménez, uno de los que más sabe sobre esto, me pasa una lista de 21 nombres que han participado en estos dos últimos años en ambas selecciones. Además de las medallistas, Sonia Molina-Prados, Lucía Carrillo, Carmen Marco, Esther Navero y Elena Guiu en el 4×100; así como Sara Gallego, Geena Stephens, Carmen Avilés, Laura Bueno, Berta Segura, Aauri Bokesa, Laura Hernández, Herminia Parra y Bárbara Camblor en el 4×400, son consustanciales a estas preseas.

Todas ellas se han ido pasando un relevo que es testigo de sus esfuerzos y que lleva más de cien años viajando sin descuidar las postas. Hoy descansa en las mejores manos. Paula Sevilla, lideresa de esta generación, es la calma, la disciplina y la humildad que lleva a España a la excelencia.

Las carreras de relevos se inspiran en los mensajeros de la Antigua Grecia que llevaban importantes mensajes de unas ciudades a otras. Ojalá las ‘Speed Girls’ y las ‘Golden Bubbles’ copen tantas portadas como las que se merecen para que el mensaje de que el atletismo femenino español es de oro llegue a todas las niñas que sueñan con portar también ese relevo.

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La mujer que venció al infierno

Abrazada por un perímetro insondable de la naturaleza más agreste, salvaje y despiadada bajo la sombra de las abominables montañas de Tennesse, Brushy Mountain es una de las prisiones más seguras de Norteamérica. El zarzal tremebundo que rodea la cárcel es Frozen Head State, un parque del que nunca nadie consiguió huir. James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King lo intentó en 1977. Los guardias lo encontraron tras 60 horas de escapada. Estaba tendido sobre la nieve, cubierto de hojas y al borde del colapso. El vergel solo le permitió recorrer 12 kilómetros antes de tragárselo.


A Gary Cantrell, más conocido como Lazarus Lake, le pareció divertido convertir este martirio en carrera y puso en marcha la Barkley Marathons con una salvedad: los participantes disponen del mismo tiempo del que dispuso el asesino de Luther King, pero no para recorrer 12 kilómetros. Sino unos pocos más: 160. El dato de finalizadores estremece. En 40 años consiguieron terminarla 20 personas.

Con solo 40 plazas por edición, la odisea de la Barkley comienza mucho antes de calzarse las botas. No hay forma humana de contactar con Laz. Existe un correo electrónico pero se custodia como el último galón de petróleo. Si se consigue, se debe escribir un ensayo exponiendo los motivos para ser aceptado. La cuota de inscripción es irrisoria -un centavo por kilómetro hasta 1,60 dólares- pero Laz vive de las excentricidades. Los novatos deben entregarle una matrícula de su país; los veteranos, unos calcetines lo más horteras posible y un paquete de Camel.

Laz se fuma uno tras otro contemplando el horror que él mismo edifica y viendo cómo sus crías son devoradas por la espesura. La combustión de uno de sus cigarros marca el inicio del viacrucis que solo él sabe cuando comienza. Una hora antes, una caracola resuena en el bosque para prevenir a los corredores que hacen guardia. A cada vuelta deben entregar, como peaje, las páginas de los libros correspondientes al número de su dorsal que Laz coloca a lo largo del recorrido. Si no continúan, una marcha fúnebre los despide a toque de corneta. Un mapa, una brújula, cinta adhesiva y vaselina son las únicas armas de los corredores ante un abismo de rocas, matorrales y pendientes forradas de lluvia, niebla y nieve en medio de la oscuridad.

Si hoy escribo estas líneas es porque el año pasado una mujer puso patas arriba el infierno de Laz, siendo la primera en terminarlo. Jasmin Paris no es atleta profesional. Es veterinaria e investigadora científica. Con 40 años y madre de dos hijos, se forjó a lo largo de su trayectoria como especialista en carreras de montaña. También es tenaz. La de 2024 fue su tercera participación en la Barkley. El tiempo empleado habla de un milagro. Cuando Jasmin tocó la valla amarilla tras su quinta vuelta al recorrido y tres días en las piernas, faltaban 99 segundos para el final de las 60 horas de plazo.

En 2015 Laz aseguraba que, “matemáticamente”, ninguna mujer podría acabar la Barkley porque no son “lo suficientemente fuertes”. Diez años después, Jasmin Paris ha reventado todas las cuentas de la carrera más voraz. Porque los cálculos que nos han enseñado siempre se olvidaban de un valor en alza: el femenino.

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Bartali, Coppi y el Papa que quiso dividir a Italia

Se ha muerto el Papa pelotero, el que bancaba al fútbol. Lo hacía como en el espíritu, con devoción a un solo color, el azulgrana del Ciclón. Se sabía como un padrenuestro la alineación del 46 de San Lorenzo que campeonó en la Primera argentina y a la que Bergoglio asistió desde las butacas del Gasómetro.

Cuesta recordar a un vicario tan inclinado hacia el deporte porque en tiempos de Pío X hasta se les prohibía a los sacerdotes el uso de la bicicleta por lo indecoroso de arremangarse la sotana. Pero fue otro Pío, dos ordinales posterior, quien elevó el vehículo a los altares: usaba símiles ciclistas; les dio una virgen como patrona; y bendijo al pelotón en el primer Giro después de la Segunda Guerra Mundial. Pío XII, el Papa tifosi del ciclismo, vivió la histórica rivalidad ente dos de los más grandes. Pero tuvo que escoger. Y no fue difícil atendiendo a los cánones de la época.

El veterano Gino Bartali, familiar y conservador, fue elegido por Mussolini como símbolo de un fascismo que usaba sus victorias con afán supremacista. El Papa hizo lo propio, siendo habituales sus elogios desde el balcón de San Pedro. Bartali aborrecía la política, pero sí era un ferviente religioso. Rezaba, corría las etapas con una madeja de medallas de la Virgen y hasta levantó una capilla en su casa. El ‘fraile volador’ también tenía un lado colmado de vicios: podía tomarse 28 cafés, fumar 40 pitillos al día y pasarse las noches en vela. De esa rebeldía nació su revolución. Mientras el Duce y el Papa se arrogaban sus triunfos, urdió un plan secreto para horadar el nazismo y la tibieza de la Iglesia con las leyes antirraciales. Participó en una red clandestina poniendo al servicio de los judíos su bicicleta, en la que escondía pasaportes falsos que llevaba a los perseguidos. Bartali salvó la vida de 800 judíos y lo hizo en silencio, renunciando a los honores de una hazaña que solo se supo después de su muerte.

El joven Fausto Coppi, moderno y progresista, fue, sin embargo, censurado por no ser modelo para la juventud. Su mayor pecado fue enamorarse en una época en la que el adulterio era castigado con cárcel. Giulia Occhini, la ‘dama bianca’, comenzó a orbitar alrededor de su figura en las grandes carreras. Ambos casados y con hijos, el Papa le escribió a Coppi una carta para que se reconciliase con su familia, obteniendo como respuesta una afrenta: se fueron a vivir juntos. Juzgados y condenados, se casaron en México y tuvieron a su hijo en Argentina, dentro de una relación que nunca reconoció Italia. En el Giro de 1955, Pío XII remató la crucifixión: se negó a bendecir al pelotón por contar con un pecador, el adúltero Coppi.

Bartali tiene dos Tours y tres Giros. Coppi, dos Tours, cinco Giros, un Mundial y un récord de la hora. Nadie sabe que habría sido de sus palmareses si la guerra no los hubiese cercenado. Ellos, a pesar de la literatura, se mantuvieron unidos por una noble amistad. En el ascenso del Galibier de 1952 un desencajado Bartali de 38 años languidece ante un Coppi de 33, que coge su único bidón y se lo entrega a su mayor rival: “Toma, bebe que aún queda”. La generosidad de los campeones siempre rebasará la obstinación de cualquier credo, por mucho que los de arriba se empeñen en implicarnos en el juego eterno de vencedores y vencidos.

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Madre (del deporte femenino) no hay más que una

Lorca dice algo así como que “todo lo que soy, lo que he sido y lo que seré poéticamente se lo debo a mi madre”. Vicenta es la piedra angular sobre la que se edifica la descomunal literatura de un genio que los fusiles borraron demasiado pronto. Nunca bien ponderada, en su virtuosismo se esconden, a los pies de un piano o bajo las líneas del teatro de Víctor Hugo, las primeras lecciones de un escritor que dominó todos los géneros para convertirse en el más influyente de España. Maestra brillante, tuvo que dejar la pedagogía al casarse, en un tiempo en el que las mujeres, como en la prehistoria, todavía se dedicaban a la crianza y a la recolección.

Puede que la suerte de Alice Milliat residiese en la temprana muerte de su marido, tan solo cuatro años después de contraer matrimonio, aunque mucho me temo que el tesón de la traductora de Nantes jamás se hubiese amilanado ante cualquier acólito del heteropatriarcado que pretendiese circunscribirla a la cocina.

Fue ella quien cambió el sino de la invisibilidad de la mujer en la competición. Ni una sola mujer compitió en la reanudación de los Juegos Olímpicos, en Atenas 1896. En París 1900 lo hicieron en un exiguo 2% y su presencia solo era permitida en disciplinas “acordes con su naturaleza femenina”. Las ideas misóginas del promotor del evento, el barón Pierre de Coubertin, subyacen la exclusión: “el deporte femenino es poco interesante, antiestético e inapropiado”; unas ideas que camparían a sus anchas muchos más años de los que ya lo hicieron si no fuese por la intervención de Milliat. Sus tesis descansaban en dos bastiones fundamentales. La fuerza de las mujeres, que habían sostenido la economía mundial desde las fábricas en tiempos de guerra, y el voto, para que pudiesen ejercer presión en asuntos determinados.

Destacó en natación y hóckey, siendo el remo donde consiguió mayores logros como ser la primera mujer en recorrer el Sena en menos de 12 horas. Se formó como maestra, trabajó como au-pair, aprendió siete idiomas y ejerció como traductora con el estallido de la Gran Guerra. Pronto se convirtió en el azote del machismo deportivo y lo hizo con una espada forjada por ella misma en 1921: la Federación Internacional de Deportes Femeninos.

Se enfrentó al padre del olimpismo y ante la negativa de su Comité Olímpico, se sacó de la manga diversos eventos de atletismo femenino que, cada año, multiplicaban sus banderas y participantes. Su porfía derivó en la puesta en marcha de los Juegos Olímpicos Femeninos, de los que se celebraron cuatro ediciones con una repercusión insólita. Todo este clamor impulsó una negociación tras la que los organismos correspondientes incluyeron a las mujeres de manera oficial en los Juegos, reconocieron las competiciones femeninas y, finalmente, los eventos internacionales mixtos.

Alice Milliat enviudó joven. No se volvió a casar. No tuvo ningún hijo. Y se convirtió en la mujer más importante de la historia del deporte. Porque el destino de las mujeres no es solo engendrar carne de su carne, sino también ser madres de hitos rotundamente fundamentales para el desarrollo de la humanidad.

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La gorda que se comió al manicomio

Puede que haya algo de frenopático en las remontadas del Real Madrid. Algo de insania en ese ritual que abre de par en par las catacumbas de la Castellana para generar un pozo donde casi siempre prevalecen los de blanco. Los fanáticos prenden tambores bajo sus pies para que los rivales sean banquete de lo que llaman manicomio.

Pero esto es solo fútbol.

En el partido de ida de los cuartos de final de la Champions fue el Arsenal quien envolvió al Madrid en un delirio zozobrante. Dos de los cañonazos que tumbaron al rey de Europa fueron de Declan Rice. El pateador inglés más caro de la historia asaeteó el orgullo blanco con dos disparos tan colosales como el Palacio de Buckingham. Un caballo. Un portento. Un prodigio digno de ver si de verdad te gusta el fútbol.

Tras la exhibición gunner, algunos aficionados comenzaron a edificar las paredes del manicomio del Bernabéu a su manera, con prácticas que solo se entienden en personas sin sus facultades mentales en orden, sin juicio ni cabales. Se lanzaron al anonimato de las redes para acosar a una mujer con comentarios gordófobos que incitan a la náusea. Lauren Fryer es la pareja de Declan Rice desde que eran unos niños en el instituto de Chessington. Hoy son padres de su hijo Jude y, a pesar de su decisión de mantenerse alejada de los focos, las harpías han ido a por ella para desestabilizar al futbolista con el que convive. No es la primera vez que Lauren es diana de la gordofobia. En 2024 decidió cerrar sus redes ante el aluvión de insultos sobre su figura. La reacción de Rice es loable: “Mi mujer es el amor de mi vida y no hay nadie mejor para mí”.

El body-shaming es una de las muchas formas de abuso que existen en el fútbol. Es recibido en mayor medida por las mujeres porque son ellas quienes se tienen que ajustar a unos cánones socialmente creados para la satisfacción masculina. Y es que a algunos todavía les cuesta entender que lo único que importa es la salud física y mental de los cuerpos que jamás deben ser juzgados.

En un informe de la Organización Mundial de la Salud de 2017 se establece que la gordofobia “se asocia con importantes efectos fisiológicos y psicológicos como el aumento de la depresión y ansiedad, trastornos alimentarios y disminución de la autoestima”. Una noticia de National Geographic de 2023 lo resume sin tapujos: “el estigma del peso puede provocar incluso la muerte”.

El fútbol posee una denostable carta blanca por la que todo vale y de la que también se sirven los aficionados. Las pasiones desmedidas llevan a los forofos a un estado de excitación constante en el que el sentido común desaparece. Es urgente actuar para crear un espacio seguro que no esté dominado por la esquizofrenia.

Por lo pronto, Rice le ha cortado la cabeza al monstruo y se la ha llevado a su pareja en forma de dos trofeos que le acreditan como el rotundo mejor jugador de la eliminatoria. Juntos, bailan sobre los comentarios de esos exaltados a los que les auguro semanas terribles intentando dilucidar cómo un futbolista enamorado de una “gorda con cara de cerdo y cuerpo de butifarra” ha podido comerse su manicomio.

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De María Estuardo a Carla Bernat, golfistas regias

A pesar de que los holandeses con su colf, los franceses con su chole y los belgas con su colven se enzarcen en la partida de bautismo del golf, existe amplio quórum en que los inventores de su versión moderna son los guerreros de las Highlands. Poco más de 100 años después de que William Wallace se liase a mamporros por la independencia escocesa, los pastores gaélicos comenzaron a golpear piedras con bastones para embocarlas en madrigueras de conejos, lo que hoy probablemente sería un putt desde el green, y crear un deporte que ya se suele incluir en el Top 10 de los más practicados.

Este reciente arreón de popularidad se debe a una creciente participación femenina impulsada por el aumento de patrocinios y premios en metálico. Y todo ello a pesar de la tragedia griega vivida en sus inicios.

María de Estuardo, reina de Escocia, fue una de las primeras personas golfistas del globo. Con tremendo swing, solía pavonearse por Musselburgh, la cancha más antigua del mundo. Pero esta pasión desmedida la llevó a echar unos hoyos tan solo días después de la muerte de su esposo y primo, Enrique Estuardo, lo que enfureció sobremanera al establishment que acabó condenándola a la guillotina por traición a la reina inglesa Isabel I, también prima suya.

Desde entonces, a las mujeres ya no se les corta la cabeza por jugar al golf pero han tenido que ganarse su espacio a codazos. A principios del XX, Dorothy Campbell se convirtió en la primera profesional. Cuatro décadas después Babe Zaharías fue la primera en jugar un torneo profesional de la PGA contra hombres. Su historia es una auténtica machada y la encumbra a los altares. Antes de partirla en el golf consiguió tres medallas, ¡en tres disciplinas diferentes!, en los Juegos de 1932: dos oros en 80 vallas y jabalina y plata en altura. Annika Sörenstam siguió sus pasos y, en 2003, fue la segunda en un torneo de la PGA, una lista que hoy cuenta con más nombres. La sueca se acabó convirtiendo en una de las mejores de la historia, y la mejor pagada, con 22 millones de dólares y 10 majors.

En la lista de los cinco grandes del golf femenino no está Augusta. Parece surrealista que el torneo del estado de Georgia, que sí es un major masculino, tan solo haya aceptado socias femeninas desde 2012. Es por este motivo que el certamen que acaba de ganar Carla Bernat convirtiéndose en la primera española en lograrlo, sea amateur, porque el Masters solo considera profesionales a los hombres y solo a ellos les enfunda la mítica chaqueta verde, que ahora también descubrimos que es rancia.

Todo ello no le quita ni una brizna de ambrosía a lo conseguido por la castellonense que, a punto de dar el salto al profesionalismo, se mira en su paisano Sergio García y, sobre todo, Jon Rahm, del que dice tener, “su fuego, su garra, su swing y su LAG”. Ahí es nada.

En tres años son los Juegos de Los Ángeles 2028 y esta semana se acaban de anunciar cambios con un porrón de pruebas mixtas entre las que se incluye el golf. Yo me relamo los labios ante el avance de la igualdad, pero también, ante la posibilidad de ver al león de Barrika desquitarse de la espina de París apoyado, por qué no, en el sublime palo de Carla.

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Efemérides, desarrollo y paz

Puede que el 6 de abril, pero de 1896, sea el día más importante del deporte contemporáneo. En aquella jornada primaveral, todavía decimonónica, daban comienzo los primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna. Un empresario, Evangelos Zappas, patrocinó las primeras experiencias basadas en los Juegos de la Antigüedad pero fue el barón Pierre de Coubertin, entusiasta del olimpismo, quien desató el nudo gordiano dándole, a los suyos, una vitola internacional. Ante el principal escollo -no había suficientes dracmas-, el pueblo griego respondió con una aclamada campaña de crowfunding y, junto al apoyo del príncipe heredero Constantino, salvaron al mayor espectáculo de la historia del deporte. Participaron 241 atletas de 14 países. Desde entonces, 178.000 deportistas olímpicos y 48.000 paralímpicos, han rendido tributo a este relato cada cuatro años.

En su cima habitan dos nadadores norteamericanos. Trischa Zorn es la más laureada de los Juegos Parlalímpicos, con 55 preseas, mientras que Michael Phelps, el mayor medallista olímpico, con 28. Ella tiene discapacidad visual y él, autismo. El diagnóstico de TEA le llegó al tiburón de Baltimore a los 9 años y, desde entonces, se ha convertido en el mayor paradigma de que este trastorno no define, en absoluto, a quien lo padece. Y es que cualquier persona con autismo puede conseguir las mayores cotas de éxito si se le brindan las herramientas necesarias.

A quién no se les están ofreciendo es a las personas que cuentan con otra afección, a pesar de que hay ejemplos que tiran todas esas puertas abajo. Chris Nikic fue la primera persona con síndrome de Down en completar un Ironman sublimando la constancia y el esfuerzo con el método del 1% mejor. Carlos Hernández tiene 128 medallas de oro en natación nacionales e internacionales. Sara Marín es campeona del mundo de gimnasia rítmica y tiene 5 oros en los Trisome Games. Kayleig Williamson fue la primera mujer con Down en terminar la Maratón de Boston.

Ninguno de ellos puede representar a su país en los Juegos Paralímpicos.

En los Juegos Paralímpicos de París, solo el 4% tenía discapacidad intelectual. Se incorporaron de forma tardía, en 1996, y apenas están en tres deportes: atletismo, natación y tenis de mesa. El gran problema es que ningún criterio subdivide a esta categoría, por lo que las personas con Down -con una elevada probabilidad de sufrir hipotonía- deben enfrentarse a personas con unas capacidades físicas notablemente superiores, por lo que conseguir una plaza se convierte en una quimera.

El objetivo es que en los próximos Juegos de 2028 la discapacidad intelectual sí tenga categorías para que los Down puedan contar con su espacio y que se cumpla la Carta Olímpica, publicada en 1908 y escrita también por Pierre de Coubertin, que establece que “toda persona debe tener acceso a la práctica del deporte, sin discriminación de ningún tipo”.

Hoy, 6 de abril, celebramos el Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz. Conviene no olvidar otras efemérides recientes como la del Día Internacional del Síndrome de Down -21 de marzo- o el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo -2 de abril- para recordar que el deporte es la mayor herramienta que vieron los siglos para la unión, pero que no habrá desarrollo y paz, hasta que no estemos todos juntos.

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Foreman en busca del tiempo

Puede que el boxeo se le parezca al jazz en aquello de los renglones torcidos. Ambas son artes improvisadas, espontáneas, exclusivas del músico que vibra el saxo o el púgil que viste los guantes. Son movimiento, compás y euritmia. Son las armas de un combate azaroso donde hacer dos veces el mismo truco, se paga con la lona.

Puede que por ello, la figura de George Foreman me evoque, de una manera irrevocable, a la de ‘El Perseguidor’ de Cortázar. En uno de sus cuentos más célebres, el maestro argentino rinde tributo a Charlie Parker, oculto tras el alter ego de Jhonny Carter, un virtuoso del saxo alto, obsesionado con el tiempo que pende sobre su cabeza como una guillotina que amenaza con cercenar todo lo que queda.

Foreman también jugueteó con el tiempo: se fue muy joven y volvió muy viejo, justo antes de virar inmortal.

FILE – Heavyweight champion George Foreman responds to cheers of crowd in stadium in Kinshasa, Zaire Saturday night, October 26, 1974 during the weigh in for his title defense against Muhammad Ali. (AP Photo, File)

Nació rodeado de pobreza en una familia de seis hermanos. Un programa gubernamental de apoyo a adolescentes díscolos lo salvó del caos para subirlo a un ring. En México 1968 se colgó el oro y, cinco años más tarde se convirtió en campeón del mundo tras arrebatarle el cinturón a Joe Frazier, al que mandó seis veces al suelo. Defendió su privilegio con éxito hasta la madre de todas las batallas. Don King preparó en el corazón de África una escebechina para que un barbilampiño pero arrebatado Foreman (40-0), pusiese en jaque al mejor boxeador de todos los tiempos: Muhammad Ali. Big George lo arrinconó pronto pero sus golpes clamaban por un KO que no llegaba. Ali aguantaba en las cuerdas mientras susurraba al oído de Foreman bravatas que minaban el vigor de sus impactos. En el octavo, espoleado por las 60.000 gargantas que, en lingala, aullaban ‘Ali, bomayé’ (Alí, mátalo), encadenó un uppercut de izquierdas y un jab inapelable que fundieron los plomos de Foreman. El ‘Rumble in the Jungle’ es la piedra filosofal del boxeo, pero sumió al bombardero de Texas en una depresión que le llevó a colgar los guantes, dos años después.

En 1987, con 38 años y los ahorros de la hucha dilapidados, volvió al ruedo para librarse de rivales de poco fuste, pero también para recibir auténticas golpizas que claudicaban ante la lógica de la edad, porque Foreman, además de un cañonero tremebundo era un perseguidor tenaz. Persiguió el tiempo y lo atrapó para convertirse en el campeón de los pesos pesados más viejo de la historia. En 1994, con 45 años y 21 después de su primer título, Foreman vencía a Moorer para volver a abrocharse el cinturón. Se retiró definitivamente en 1999, con medio siglo embuchado en el zurrón de la experiencia.

Cada vez que Jhonny Carter toca el saxo en el cuento de Cortázar sobrepasa los límites de lo mundano para aprehender una suprarrealidad donde descansa el sentido de su existencia: “si encontráramos la manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de los minutos y de pasado mañana”.

El saxo de Carter son los guantes de Foreman, que detuvo el tiempo en cada aldabonazo, para dejarnos una valiosísima receta y la esperanza de todo lo que nos queda.

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