Con Franco se vivía mejor

“Desde hoy. Franco asumirá todo el poder. Y el pueblo lo acatará felizmente. No habrá igualdad. La mujer no podrá votar. Se censurará todo contenido político cultural y escrito. La mujer deberá dedicarse al hogar y al matrimonio, no emprender una carrera. A los homosexuales se les aplicará, si no la muerte directa, la lobotomía. Se reinstaura la pena de muerte para delitos comunes y políticos con carácter retroactivo. El judaísmo, el liberalismo y la democracia serán tres de los enemigos del nuevo régimen”.

Con 28 renglones, David Uclés firma ‘El caligrama del funcionario civil’. Es una danza de grafismos -como los de Huidobro, Apollinaire o Manuel Antonio- que dibuja la silueta del Valle de los Caídos, el mausoleo del dictador. Detrás de las 700 páginas de ‘La península de las casas vacías’, se esconden tres lustros de titánica documentación para engendrar una de las mejores novelas de nuestro siglo. Algo sabrá el chaval.

El 20 de noviembre de 1975, Francisco Franco fallecía en el Hospital de La Paz. Su defunción supuso el fin de la dictadura y el advenimiento de la democracia, pero donde solo cabría encontrar alivio también emerge una terrorífica añoranza disfrazada de incultura. El 21,3% de los españoles considera que los años del franquismo fueron “buenos” o “muy buenos”, mientras que uno de cada cinco jóvenes valoran positivamente la dictadura. Los nietos de la barbarie aseveran sin rubor que Franco hizo muchas cosas buenas, pero se quedan in albis cuando toca enumerarlas. Sin tan siquiera entrar en la avalancha de derechos estragados, las torturas, ejecuciones o los campos de concentración, yo vengo a hablar de mi libro.

En 1934 nacía la Sección Femenina para formar a la mujer en los roles del hogar, refinando el esencialismo ilustrado: cariño para ellas, fuerza para ellos. Tocante al deporte, médicos, autoridades políticas y religiosas esgrimían argumentos supuestamente científicos que las limitaban a actividades artísticas como la gimnasia o, en menor medida, el tenis, la natación y el voleibol para reforzar su delicadeza, gracilidad, armonía, elegancia y belleza. No podían practicar fútbol, remo, boxeo, ciclismo y ni siquiera atletismo. En la revista de la Sección se asegura que “la limpieza y abrillantado de los pavimentos, quitar el polvo de los sitios altos, limpiar cristales, sacudir los trajes, cumplen los mismos objetivos que un ejercicio programado o un deporte”.

Pero el caso más desolador fue el de las raquetistas. La primera medalla olímpica española fue ganada en París 1900 en cesta punta por José de Amezola y Francisco Villota. Sin embargo, las auténticas estrellas pelotaris eran mujeres. Bene II, Carmenchu Sánchez, Chiquita de Ledesma o Chiquita de Anoeta cuadruplicaban el salario medio y se codeaban con la flor y nata de la sociedad. Fueron las primeras deportistas profesionales en España y eran motivo de orgullo en el extranjero. Con la llegada del franquismo se definió la pelota como una “actividad no femenina que contribuía a la esterilidad” y en 1944 se prohibió la emisión de licencias a “señoritas raquetistas”. Un año antes, suponían más de la mitad de las licencias de la federación. Hoy apenas superan el 10%.

El franquismo fue el mayor estorbo que encontró el deporte femenino en España. 50 años después, las mujeres siguen empujando una losa que se erosiona a balonazos, en detrimento de todos los que dicen que el deporte femenino nunca será como el masculino y que con Franco se vivía mejor.

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Amaya Valdemoro, estuario y leyenda

“Siempre que metas una canasta acuérdate de mí”. En el desgarro de una agonía temprana e injusta de 19 días, Amaya Madariaga dejó este encargo a su hija. La mejor jugadora española de todos los tiempos se lamenta de no haber podido devolverle un “te quiero”, pero se agarró a aquellas palabras como faro, alimento y premonición. Porque cada lágrima derramada, cada canasta convertida, cuentan la historia de Amaya Valdemoro. El llanto, decía Concepción Arenal “es el modo de expresar las cosas que no pueden decirse con palabras”.

Sus primeras lágrimas fueron de ambición. Amaya soñaba con ser campeona olímpica en el tartán, pero lloraba cada vez que perdía una carrera y así construyó su competitividad. Después llegó el baloncesto por accidente. En el descanso de un partido de su hermana copó un balón de malabarismos y nunca más lo soltó. Tiempo después, se coló en la fiesta de una prueba de la Universidad de Salamanca. Con 15 era la estrella de un equipo de División de Honor y con 16, campeona de Europa.

En el Mundial del 98 fue la jugadora de mayor impacto. Una performance que no pasa desapercibida para la reciente WNBA. Los Houston Rockets de Olajuwon y Drexler ganan dos anillos en ausencia de Jordan y fundan los Comets, su homólogo femenino. Allí están Thompson, Arcain, Cooper y Swoopes. Probablemente, el mejor equipo de la historia. Desde Alcobendas, Amaya lo complementa como la mejor sexta mujer. Gana tres anillos y muchos se la rifan, pero no la dejan salir. Van Chancellor alaba la calidad de la ‘spanish superstar’ pero la prefiere de suplente antes que de rival. Las lágrimas del éxito preceden a las de la impotencia. Amaya deja las Américas en busca de un oro que ya no está en California. En cada partido contra USA, les fabrica una chaqueta de puntos. Chancellor le pide que regrese. En los Mundiales de Brasil y República Checa es la máxima anotadora y conduce a España a su primera medalla mundial. Sweet vendetta.

Una escalofriante caída le parte las dos muñecas en 2011. En el Cerro del Telégrafo todavía resuenan los gritos de “la lesión más rara del mundo”. Muchos creen que es el fin pero Vukovic le enseñó que “sin trabajo no eres nada”. Las lágrimas son de dolor, de apretar los dientes. La resurrección, gloriosa. Amaya lleva a España a la cima continental y se retira. La garra de Petrovic, la cinta de Wallace, el 13 de Nash o las filigranas de Williams, quedarán para siempre fundidas en una jugadora única.

Tras su ingreso en el Hall of Fame de la FEB y la FIBA, la noticia llega de Estados Unidos. “Cada vez que me lo recuerdan me pongo a llorar”, me reconoce Amaya que se sincera como “la tía más llorona de España”. Sus lágrimas son patrimonio porque han formado un prodigioso estuario por el que la riada de jugadoras nacionales vierte talento al océano nortemaericano. Desde su llegada a la WNBA otras 14 han seguido sus pasos, acercándose a la veintena de hombres que han jugado allí y que tienen en otro mito como Fernando Martín a su sherpa iniciático.

A finales de junio, Amaya Valdemoro se enfundará su cuarto anillo. Será el más importante, pues simbolizará su beatificación como una de las mejores deportistas del universo. Y desde ese cielo del baloncesto, tocando las nubes donde ahora viven para siempre su padre Álvaro junto a su madre Amaya, podrá volver a decirles “te quiero”, como hacía con cada canasta que la convirtieron en leyenda.

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Las 12 pruebas de Alcaraz

Hace veintitsiete plúmbeos años me prendí de un partido como Narciso de su reflejo. En aquella pista de Hannover, color salmón y sin pasillos, dos tenistas vernáculos porfiaban por el que siempre he creído el mayor cetro. El tenis es un deporte abrasivo, sin espacio para errores. Si resbalas, un aluvión de puntos te entierra. La Copa de Maestros es el summum del alambre. Los ocho mejores espaderos tras un año sin cuartel. Meterse en ella es sublime. Ganarla, la apoteosis.

Álex Corretja y Carlos Moyá ya me habían engatusado en la final de París del mismo 98. Aquel polvo de ladrillo que Bruguera y Arantxa domaban por costumbre, empezaba a ser tierra amiga para los españoles. Pero lo de Hannover era harto diferente. La pista cubierta repele con obstinación al tenis nacional. La victoria final de Corretja, tan solo precedida por la de Orantes en 1976, se convirtió en un oasis rayano al espejismo.

Poco después, en 2002, lo intentó Ferrero en un thriller contra Hewitt, la bestia más venenosa de la fauna aussie, tras cinco agónicos sets que salieron cruz. A David Ferrer, el mejor de la historia sin un grande, le faltaron armas ante el greatest, Federer, en 2007. La maldición es tan rígida que ni siquiera el fenómeno Nadal -solo dos de sus 92 títulos han sido indoor– fue capaz de doblegarla. Los otros dos miembros del ‘Big Three’ malograron el único gran trofeo que le falta: Federer en 2010 y Djokovic en 2013. En chicas, Garbiñe sí las ganó en 2021, pero fue al aire libre.

Tennis – ATP Finals – Turin – Palasport Olimpico, Turin, Italy – November 16, 2025 Italy’s Jannik Sinner celebrates with the trophy and runner up Spain’s Carlos Alcaraz after winning the final REUTERS/Guglielmo Mangiapane

Y ahora un extaterrestre, pero de Murcia, está dispuesto a colonizar esa tierra inhóspita para sus ancestros. Parece difícil encontrar una fuga en el tenis de Alcaraz, pero si la hubiera sería el mismo talón de Aquiles del tenis patrio: la perversa pista cubierta. Por lo pronto, en este 2025 ha ganado su primer torneo bajo techo, en Rotterdam, pero el desafío de ayer era tan salvaje como las 12 pruebas de Hércules. Sinner, Italia y esa jaula cubierta donde mueren nuestros sueños.

El spoiler es que él sí que acabará venciendo. Y más de una vez.

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2876: campeón enmascarado

En 1998, los millennial más precoces despedíamos a un semidiós que hicimos patrono de nuestra generación. Michael Jordan, el eterno 23, se retiraba del baloncesto. No era la primera vez que el astro nos dejaba huérfanos. En 1993, satisfaciendo uno de los sueños de su padre, se enrolaba en los Chicago White Sox de la Major League Baseball. Pero de algún modo sabíamos que aquello no era más que una pausa. El asueto tan solo dividió los dos mayores hitos de su carrera, los dos ‘Three-Peat’ simétricos con los Bulls. Tras ganar el último anillo con aquella suspensión fantasmagórica sobre Byron Russell, sí que contuvimos el aliento. Esta vez iba en serio.

Un 25 de septiembre de 2001, Jordan anunciaba su regreso y los millennial recuperamos el resuello. Con 38 se volvía a enfundar el 23 en los Wizards, un equipo alejado de pretensiones áureas, pero con un nombre explícitamente ilusionista. Las críticas no tardaron en llegar pero Air Jordan lo tenía claro: “solo quiero jugar al baloncesto que amo. No me importa el dinero, ni si me pagan un solo centavo”. Y de la pasión del mejor de la historia todavía emanó magia: más de 20 puntos por encuentro y el primer jugador de 40 años en anotar más de 40 tantos en un partido de la NBA.

No tengo dudas de que a Alejandro Fernández, tan millennial como yo, también le marcó la historia de Mike. Su trayectoria en la Carrera Popular San Martiño, da buena cuenta de ello. Hace un año se despedía de la competición en la que fue su carrera fetiche, su tótem y talismán. En ella fue el mejor. Todavía es el mejor. Seis triunfos como los seis anillos de Jordan -2012, 2013, 2017, 2018, 2019 y 2021-.

Dos semanas antes de aquella carrera y con 39 años, colgaba un post concluyente: “todo tiene un inicio y un final. Después de muchísimos años esto se termina. Bueno, continúa de manera diferente”. Y en esa retirada profesional también rendía un homenaje. El nombre de Willy García Calvo, su primer mentor, aparecería en su peto acompañando a un dorsal habitual en sus años de preeminencia. El primero. El imponente número 1.

Esta semana, el propio Álex desconocía qué dígitos luciría en su re-debut en la San Martiño como corredor del populacho. Ayer arrancó del Puente del Milenio con el 2.876. Casi tres mil unidades por debajo de las cifras que acostumbraba. Poco le importó. Reseteó su reloj y lanzó su primera zancada con la bizarría del hexacampeón, con la experticia de un cuadragenario y, lo que es más importante, con la ilusión de aquel niño de la Academia Postal que, con apenas 15 años, ya se codeaba con kenianos y etíopes.

Como aquellos 43 puntos que un Jordan de 40 tacos le clavó a los Nets en el MCI Center, Álex pasó por el arco de meta con la misma edad redonda de la madurez en cuarta posición, parando el crono en 30’49”. Tan solo a dos segundos del podio. Tan solo a 35 del campeón. Más allá del entrenamiento, del lactato y, sobre todo, de los años, la San Martiño va de pasión. Y en ese dominio ardiente de las emociones, no hay nadie más entusiasta que Álex.

Este artículo va del fuego que mueve al mundo. La antorcha que dejamos a los que nos siguen. Ese ardor que, en la veteranía, impulsó a Michael Jordan y a Alejandro Fernández en la misma dirección. Para los amantes de la cabalística, que sumen cada uno de los dígitos que forman el dorsal con el que corrió ayer Álex.

El 2876.

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Juan Pablo II, portero escoba

Si hay un Santo con quórum para portar la aureola de los deportistas, es Sebastián de Milán. Fue un soldado valiente que, en tiempos de persecución, escogió el cristianismo. El emperador Maximiano lo condenó a morir asaeteado, conformando un hito en la inconografía, con esa imagen del Santo atado a un poste frente a un aluvión de flechas, retratada por Guido Reni, José de Ribera, El Greco, Tiziano o Rubens. De un modo milagroso, Sebastián sobrevive y regresa ante el emperador. El castigo se redobla y, esta vez sí, muere azotado para convertirse en patrono, entre muchas advocaciones, de los atletas.

El Día de Todos los Santos celebra a todos los difuntos que disfrutan de la vida eterna, pero cabe destacar a aquellos que nos amparan. Con la beatificación de Juan Pablo II en 2011, el sillón del apóstol deportivo se le discute a San Sebastián.

Karol Józer Wojtyla nació en Wadowice hace 105 años. Su vida no fue sencilla pues en tiempos del horror de la Segunda Guerra Mundial tuvo que sobrevivir tanto al Eje como a los Aliados. En 1939 Alemania toma Polonia y en 1945 los rusos la liberan. Tanto Hitler como Stalin recelaban de la religión. Wojtyla se salva de los primeros con su fuerza, trabajando en una cantera y, de los segundos, con su inteligencia, gracias a su incalculable valor como traductor.

No cabe duda de que en esta coalición de mens y corpore, hay mucho deporte. El Papa los practicó casi todos. Esquí, hockey sobre hielo, ciclismo, natación, voleibol, béisbol, ajedrez, senderismo o piragüismo, participando incluso en un concurso internacional de kayak. La larga lista la cultivó desde niño y la mantuvo, en lo posible, tras la fumata bianca de 1978. Ya con la mitra papal hacía jogging por los jardines vaticanos, pesas, natación y senderismo, calzándose las zapatillas en muchas de sus visitas como en Covadonga o mandando construir una piscina en el Palacio de Castel Gandolfo. Todo ello sin olvidar sus 115 escapadas a los Apeninos, los Abruzzos o los Alpes para esquiar. Salía en silencio y atravesaba Roma en un vehículo sin matrícula italiana.

Pero la debilidad del Papa siempre fue el fútbol. Aprendió a jugar con su hermano Edmund en un campo local. En su juventud se federó en el MKS Cracovia. Era un aguerrido portero que también se desempeñaba como delantero cuando era menester. En los partidos entre judíos y cristianos, solía ir con los primeros si no tenían efectivos suficientes. Ya como Papa, llenaba estadios. En 1982 el Bernabéu y el Camp Nou. Fue socio de Madrid y Barça. A día de hoy sigue siendo el único pontífice que ha presenciado un partido, en el Olímpico de Roma en el 2000 por el Jubileo de los Deportistas. Los más grandes han besado su anillo: Pelé, Maradona, Ronaldo, Baggio… y también otros ajenos al balón como Ali o Shcumacher.

Juan Pablo II, conocía el poder del deporte porque hablaba desde la experiencia: “el fútbol es un método excelente de promover la solidaridad en un mundo afectado por las tensiones raciales, sociales y económicas”; pero tampoco perdió la oportunidad de alertar sobre la codicia y el egoísmo que han devorado al deporte rey: “en los deportes debe prevalecer el ser sobre el tener”. Ante la perturbadora falta de valores, el Papa al que quería todo el mundo, enseña a vivir.

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Manel Estiarte, anatomía de un líder

Es miércoles. Llevo días pensando sobre qué escribir. Nada de lo que veo consigue saciarme para poder vomitar sobre el papel, una vez más, todo el frenesí que me genera esto. Las efemérides me recuerdan que el mejor jugador de la historia de mi deporte cumple años. Entro en Instagram. “Hola Manel, ¿cómo estás? Me gustaría escribir sobre ti”. “Hola, mándame tu número de teléfono”. En los diez minutos que dura una conversación impensable me elevo tanto que ya no estoy aquí. Estiarte me arropa y me arroba con cada palabra. Noto su aliento, su presencia carnal, el humanismo de quien creo inmortal. Me gusta el gracejo catalán con el que dice ‘baterpolo’. Reconoce mi pasión por el deporte sin saber que él ha sido uno de sus principales instigadores. Supongo que ese ardor es en lo único en que nos parecemos. Me sigo elevando tanto que llego a Barcelona.

Domingo, 9 de agosto de 1992. El único certamen olímpico en suelo hispano claudica en su último estertor. Son los Juegos de Shcherbo, de Egerszegi, de Lewis. De Jordan y del Dream Team. De una España que despierta en la vanguardia y toca techo con 22 metales. A las 16,35 trece gorros blancos y trece gorros azules asoman en el cielo de Montjuic picoteado por las ocho torres construidas de la Sagrada Familia. Los torsos de Belvedere se zambullen en la Bernat Picornell. El fuego de Prometeo, asaeteado por Rebollo, sobrevive en la piscina para regar de talento a los waterpolistas que se juegan la gloria.

Entre todos destaca uno. Los italianos no le quitan ojo al número 5. Ellos mismos lo han bautizado como ‘Il Maradona del Pallanuoto’. Manel Estiarte viene de ser el máximo goleador en los tres Juegos precedentes -Moscú, Los Ángeles y Seúl- y también lo será en Barcelona. Seis veces será olímpico y se convertirá en el mayor anotador de la historia, con 127 goles, duplicando los registros del siguiente. Durante siete tiránicos años es consagrado como el mejor del mundo. Ha regresado de los Alpes como Aníbal, como Napoleón, para preparar la madre de todas las batallas y lo ha hecho bajo la batuta de una hidra croata. Los métodos de Matutinovic son torturas pero unen en el dolor a las dos Españas de Machado. Estiarte arenga a sus compañeros desde una capitanía que se extenderá dos décadas. En torno a él orbitan los Rollán, Oca, Aguado, Pedrerol, Sans, Michavila, Ballart. Bendita excelencia.

OLIMPIADAS DE BARCELONA 92 JUEGOS OLIMPICOS FINAL DE WATERPOLO ESPAÑA CONTRA ITALIA

El partido es una escabechina. España sobrevive por pundonor y arriba a la epopeya de las tres prórrogas. Por el camino, el capitán pierde una ceja. Antes de Tassotti, fue Fiorillo. Diezmado, agarra la primera ventaja en todo el partido con un penalti. Quedan esos 42 segundos que se ficcionarán 30 años después con fantasía para mayor gloria del waterpolo. Podría hacerse un folletín porque todo es demasiado trágico. Italia lo remonta y el palo repele la última bala de Oca. Barcelona entera se hunde. En el vestuario vuelan sillas pero ellos aún no saben que acaban de gestar el mito fundacional de un imperio.

Cuatro años después, se sacan todas las espinas. Estiarte conduce a los suyos al oro olímpico de Atlanta, recompensa a tanto sacrificio. El paladín comprende el camino -“el equipo sobre el ego”- y así lo instruye. Dos más tarde son campeones mundiales en Perth, repitiendo en Fukuoka, Budapest y, este año, en Singapur. Las hornadas de Tritones se solapan. Los Perrone, Iván Pérez o Guillermo Molina recogen la herencia para seguirla inoculando en los Granados, Sanahuja o Larumbe. No solo en ellos. En 2013 la Picornell celebra el oro que le debían. Vale doble porque ahora también es de ellas. Anni Espar, Laura Ester, Jenni Pareja o Roser Tarragó son tan buenas que engendran otra generación. Las Camus, Crespí, Leitón, Terré, Ortiz, García o Forca tocan techo en París. En total son unas 70 medallas internacionales. Un dislate que nació de aquellos pioneros que cambiaron individualismo por leyenda.

El ‘delfín goleador’ también deja parte de su impronta en los clubs a los que pertenece. Dos Copas de Europa, tres Recopas, cuatro Supercopas, nueve Ligas, once Copas y el primero que junta el Grand Slam, los cuatro títulos continentales. En el 2000, cuelga el gorro. Es miembro del COI seis años. Se alista en el Barcelona y más tarde en Bayern y City, escudando a su amigo Guardiola. Detrás de las Champions de uno de los mejores DT del mundo, también está la visión de Manel. ‘Greatness inspires greatness’. Entre tanto reconocimiento, relumbra el Príncipe de Asturias. Estiarte ingresa en la lista egregia de los Rafa Nadal, Serena Williams, Carl Lewis o Martina Navratilova.

El 26 de octubre de 1961 nacía en Manresa el mejor jugador de waterpolo de todos los tiempos. Hoy, con 64 años sigue diseminando las bonanzas del deporte con una pasión contagiosa, tal y como dirigía sus barcos desde el agua. En sus últimos coletazos en la Barceloneta, un niño de unos diez años se le acercó, le tiró del albornoz y le preguntó por qué llegaba siempre media hora antes. “Yo es que tengo que dar ejemplo”, le contestó.

Manel Estiarte comprendió muy pronto qué significaba ser líder, para convertirse en el mayor exponente y poder moldear a sus sucesores a su imagen y semejanza.

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Nine Queens Slam

Hay una foto de 1970 tan famosa como las de Woodstock, como las de los Beatles, como la de la primera ingeniera de California. Nueve mujeres agitan, radiantes, un billete de un dólar en una proclama de liberación. Les une la raqueta y el ser mujeres en medio de una jauría. Por ese simbólico precio firman su primer contrato liberándose de una ATP que las margina. En ese mismo año, el Pacific Southwest Open otorga 12.500 dólares al campeón masculino y 1.500 a la femenina. El gesto frena la sangría. Con el patrocinio de Philip Morris crean el primer circuito femenino con nombre de cigarrillos, el ‘Virginia Slims’. Un año después Billie Jean King se convierte en la primera deportista en ganar 100.000 dólares. Al siguiente, el US Open iguala sus premios. Y al otro, se crea la Women´s Tennis Association. King, Dalton, Melville, Casals, Bartkowicz, Pigeon, Ziegenfuus, Heldman y Richey son las ‘Original Nine’ que asieron aquel dólar como la semilla de todo. Honor a quien honor merece.

Más de medio siglo después de la emancipación y en un deporte que se jacta de igualitario, volvemos a toparnos, una y otra vez, con la roca de Sísifo. Sí, los cuatro Grand Slams ofrecen las mismas recompensas para hombres y mujeres, pero no ocurre así en el resto de torneos ATP, que dobla en premios a la WTA. Sí, algunas tenistas han entrado entre la lista Forbes de los 50 mejor pagados, pero han sido solo cuatro -Li Na, María Sharapova, Serena Williams y Naomi Osaka- desde 2012.

Y de repente llega Arabia con su mazo vigoroso que hiede a crudo para sacarse del turbante el premio más cuantioso de la historia del tenis: 1,5 millones para cada participante y 6 kilazos para el ganador. Así, en masculino, porque no hay ni rastro de las mujeres. Por segundo año consecutivo el cartel carece de presencia femenina. Ayer noche, Pedriño y Rañolas -Sinner y Alcaraz- se volvían a jugar el mayor botín del tenis mundial. Pero este artículo no va de resultados, sino de causas.

Quitando el disparate de los 24 grandes de Djokovic, las reinas del tenis suman más Slams que los chicos. Swiatek tiene seis, Sabalenka y Osaka cuatro, Gauff suma dos. Llenan estadios, venden entradas y atraen audiencias. Pero Arabia no las llama. Un país en el que las mujeres no pueden hacer casi nada sin el permiso de un hombre y en el que la lapidación aguarda para los delitos más graves. El sportwashing blanquea el lamparón -fútbol, motor, golf, ciclismo, tenis, boxeo- pero 4.000 millones de mujeres siguen fuera del relato.

Puedo entender que se vea al deporte como llave para superar estos regímenes prehistóricos, pero si vamos, vamos con ellas. Hasta 2018, las mujeres sauditas no podían entrar a un estadio. Si hoy siguen siendo óbice y amenaza a la hora de proyectar un evento, no estamos consiguiendo nada más que perpetuar un sistema de éxito exclusivo para los varones. Ante esta paradoja, a ellas solo les quedará abjurar o participar de un negocio inmundo.

El deporte es una forma de vida que ejemplifica y abraza a todos, no un instrumento al servicio de oligopolios y plutocracias. Utilizarlo de esa manera es tan sangrante y nauseabundo como concederle el Planeta a Juan del Val.

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Malabares con cuchillos

El Chava Jiménez, rey del Angliru, imprimía magia a pedaladas. Se deprimió tras perder la varita de los trucos. Falleció mientras enseñaba a otros internos de su clínica las gestas que ya no podía rubricar. Tenía 32 años.

Yago Lamela volaba. Lo aclamaban como a un Mesías y osó tutear a Pedroso, pero se le viró el viento en la retirada. El foso era de arena y fantasmas. Lo hallaron muerto en su casa. Tenía 36.

El magnetismo de Jesús Rollán abrasaba tanto que hasta enamoró a la Infanta. Aquella generación disoluta del waterpolo le explotó el éxito en las manos. Fue un muñeco deshilachado por las drogas. Se arrojó desde una terraza a un vacío mayor que el de su pecho. Tenía 37.

Erica Blasberg se convirtió demasiado pronto en una perla del golf tras ganar un potosí. En la puerta dejó una maleta preparada para un torneo de Alabama que nunca pisó. La encontraron muerta con un cóctel de pastillas en el estómago y una bolsa en la cabeza. Tenía 25.

Robert Enke sería el portero de Alemania en el Mundial de Sudáfrica. Tras su paso por Barcelona contrajo un terrorífico miedo al fracaso. Ocultó sus depresiones para que no empañasen su carrera y se acabó lanzando a las vías del tren. Tenía 32.

Kelly Catlin era una mujer modélica. Coleccionaba medallas en ciclismo, cursaba una ingeniería en Stanford y tocaba el violín. Para cumplir con cada estatus hacía “malabares con cuchillos”. Advirtió que era necesario poner límites y pedir ayuda, pero nadie la escuchó. Se quitó la vida en su casa de California. Tenía 23.

Esos cuchillos se abalanzan como estiletes sobre las mentes de los deportistas. Muchos no saben qué hacer con ellos. Cómo asirlos. Cómo esquivarlos. Cómo evitar que les horaden el alma. Sin herramientas, algunos, pagan el precio más caro, mártires de la salud mental. Pero en medio de tanto desgarro surgen escudos humanos luminosos que dan un paso al frente y esgrimen su torso para frenar el holocausto. Porque cada vez que un referente se frena en seco para priorizarse, se hace la luz.

Se hace la luz con la renuncia de Ricky Rubio a la NBA para acabar siendo feliz con la Penya. Con las sombras de Andrés Iniesta que reconduce y anota el gol por antonomasia. Con las 28 medallas de Michael Phelps que interrumpe para sanarse del abismo del suicidio. Con la pausa de Anisimova para vencer al duelo y al bullying y desembocar en la cima del tenis. Con la prioridad que da Naomi Osaka a su psique por delante de cualquier Grand Slam. Con el plantón de Simone Biles en medio de unos Juegos cuando la cosa no va bien.

El think positive y la cultura del esfuerzo son peligrosos cuando se olvidan de la cabeza. En el deporte se romantizan continuamente mensajes con doble filo. Que podemos con todo. Que si duele, es bueno. Que rendirse no es una opción. Que va a ser un gran día y que nos vamos a comer el mundo. Pero no. No siempre se puede. Y aceptarlo es conditio sine qua non para rematar pudiendo. Después de poner el foco en la vida.

Hace dos días celebrábamos el Día Mundial de la Salud Mental. Cada 40 minutos se suicida una persona en el mundo. También deportistas. Conviene tener presente, que no hay nada más valioso que una mente sana. Mucho más que todo el oro, plata o bronce del mundo. Ganar es siempre seductor. Parar, irremediablemente necesario.

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Thrilla in Manila

Son las diez de la mañana del primero de octubre de 1975 en Manila. Dos torsos nigérrimos y heracleos repelen su inmensidad al compás de treinta mil almas que se desgañitan en tagalo. Aún no lo saben, pero será el mejor combate de nunca. Hay quien concede ese sumun al bramido de la jungla que le arrebató la corona a Foreman. Pero en Filipinas, Ali y Frazier asumen la totalidad de consecuencias por zanjar una tragedia de tres actos. Demasiados para que, aún ninguno, alce el puño sin tapujos.

Los filipinos abroncan al campeón y enaltecen al aspirante. The Greatest lleva años mortificando a su rival. ¡Pero si eran amigos! Frazier auxilió a Ali cuando aún era Clay. Lo defendió en su objeción de Vietnam. Bregó por su licencia. Le prestó dinero. Ali paga con intereses: “feo, ignorante, gorila, Tío Tom”. El adalid de los afroamericanos, demoniza a un hombre de su mismo color como esbirro de los intereses blancos. Desaforadamente injusto.

Frazier carece de esa elocuencia. Solo tiene las manos arrugadas de trabajo y empapadas de sangre del matadero. El rubor le borbota hasta las sienes pero lo reconduce en un ímpetu bizarro. Le gana en 1971 en la pelea del siglo. Ali no lo reconoce y en 1974 le devuelve la moneda. Vence con lo justo y con polémica. Manila deshará el nudo.

Si Foreman despedaza a Frazier en dos actos y Ali manda a la lona a Foreman en el octavo, las cuentas son claras. Pero la campana tintina y todo caduca. Ali vuela como una mariposa y pica como una abeja. Una marabunta de jabs percuten el cráneo de Frazier. Los que advertían una combustión temprana se relamen. “¿Esto es todo lo que sabes, gorila feo?” A Frazier lo sostiene un orgullo que solo quiere venganza. El mar se abre en el quinto y Smokin, de gancho zurdo cerrado, saca a pasear su derecha. Ali ignora por dónde vienen las andanadas. Intenta asirlo por el cogote y cortar la hemorragia pero Padilla lo amonesta como no hizo Pérez un año antes. El plan es simple pero eficaz. Frazier golpea por doquier. Corazón, hígado, riñones, caderas. Le pega hasta en el alma. Esos puños “derribarían las murallas de una ciudad”. Manila es, de súbito, el infierno de Dante. Dos astados embisten sus cornamentas en una danza agónica. El termómetro marca 50 grados en el cuadrilátero. Los focos calcinan. El aire no funciona y la humedad corta el respiro. “Es lo más cercano a la muerte”, masculla Ali. En aquellas tinieblas en las que lo condenaron a vivir, Joe Frazier sabe moverse. “Me dijeron que estabas acabado”. “Te mintieron”.

Durante seis asaltos, Frazier doma al más grande pero se apaga la luz. Su ojo derecho, el único que atisba con claridad, se cierra por la golpiza. Ali lo zarandea como un monigote. Suena el penúltimo timbre y Ali suplica a Dundee que le quite los guantes de 14 onzas. Futch se adelanta ante un Frazier ciego que se revuelve: “todo terminó chico, nadie olvidará lo que hiciste hoy aquí”. Ali otea el ángulo opuesto y ve que nadie sale. Apenas levanta el brazo y, exhausto, cae como un saco. Su victoria es el resuello.

Con el cinto bien ceñido, le dedica ahora panegíricos. Dice que iría con Joe a la guerra, que todo fue un cuento y que se arrepiente. Smokin nunca le perdonará. Ni la épica justifica tanto odio. 50 años después siguen emergiendo de Manila las sombras del mayor error de Ali, pero también las luces de dos semidioses que saldan cuentas en las nubes.

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Todo lo que nos enseñó Moussambani

Éric Moussambani nació en Malabo en 1978. Creció fascinado por atletas la época gloriosa del atletismo en que Marita Koch, con asterisco, o Griffith-Joyner estrechaban los límites de lo imposible. La oportunidad de participar en los Juegos de Sídney se le cerró porque el equipo de Guinea Ecuatorial estaba completo, pero en enero le comunicaron una grieta. Un programa para incentivar la participación de países en desarrollo les otorgaba nuevas plazas. Tan solo había un inconveniente. Era en natación y Moussambani no sabía nadar.

Las zambullidas en los ríos locales y los consejos de los pescadores eran su palmarés. Sin entrenador, asumió el desafío en solitario. Un hotel le prestó su piscina de 15 metros. Tres días por semana y de 5 a 6 para no cruzarse con los huéspedes. En aquel vaso para turistas forjó un estilo anárquico y rudimentario para plantarse en los Juegos con menos de cien horas de entrenamiento.

Llegó a Australia sin saber dónde estaba para asir la bandera de su país. Su desfile, cabizbajo y azorado, era premonitorio. Se presentó en la villa con unas bermudas. Un entrenador sudafricano le preguntó si iba a la playa. Le regaló un bañador azul reglamentario y lo tuteló: “me enseñó todo. Me dio la técnica para sumergirme y empujar con los pies para salir con fuerza en la vuelta”.

Cuatro días después era su turno. Contempló aquella piscina de 50 metros con la misma estupefacción que arrobó a Núñez de Balboa cuando divisó el Pacífico. Unas 14.000 gargantas avivaban la zozobra. Moussambani nadaba con un nigeriano y un tayiko, llegados a la prueba con su mismo salvoconducto. El destino volvió a jugar a los dados y provocó dos salidas falsas para que nadase solo. Sin titubear se lanzó como el nadador a su tumba. Los primeros metros fueron tan violentos que maltrataba el agua. El escaso dominio del viraje lo sentenció: “me entró agua en la nariz y empecé a desorientarme». Éric perdía fuelle. No era capaz de dar patada y la flacidez de sus brazos rogaba por unas corcheras que ansiaba agarrar. La grada lo entendió y pasó del desconcierto a la barahúnda. Lo empujaron como nunca a nadie. Éric ‘la Anguila’ tocaba pared empleando el doble de tiempo que un Van den Hoogenband que había batido el récord mundial poco antes. Se asió a la tierra y saludó al público que lo había propulsado. “Los últimos 15 metros han sido muy difíciles”, dijo.

La prensa lo convirtió en icono, efigie de la superación y la resiliencia; Speedo le ofreció un contrato millonario; Guinea construyó dos piscinas; fue entrenador nacional y, en los dos últimos Juegos, su país clasificó a dos nuevos nadadores. Hoy, el bañador azul reglamentario que le regaló el entrenador sudafricano, luce en el Museo Olímpico de Laussane, al lado del del mayor mito de los cinco aros: Michael Phelps.

En los prolegómenos de los Juegos de 1908, el arzobispo de Pensylvania pronunciaba la frase más famosa en la historia del deporte: “lo más importante no es ganar, sino competir, así como lo más importante en la vida no es el triunfo sino la lucha. Lo esencial no es haber vencido, sino haber luchado bien”.

La carrera más lenta de la historia de los Juegos cumple 25 años para recordarnos que todo lo que se lucha, merece la pena.

📝 Artículo publicado en La Región

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